domingo 8 de noviembre de 2009

Men Puzzle

Tus ojos verdes me retan, burlones, y se ríen de mí, acercándose tiernos a mi boca cuando tus labios me besan. Pero es mi risa la que suena si tu cuerpo, delgado y fibroso, un tanto flaco, me atrapa en un abrazo a traición. Y al volverme, veo tu cabello rebelde y de punta, y rodeo tu cuello con mis brazos empinándome para besarte si no llevo tacones, o me refugio en ti, sintiéndome pequeña. Miro tus largos dedos, que dejan ver que te muerdes las uñas, mientras recorren mi piel. Tu risa franca y abierta, contagiosa, me hace cosquillas. Tu voz suave penetra por mis oídos cuando te acercas y me susurras, pero... ¿sabes?, a veces no te escucho, porque me transportas a otros mundos si siento tu cálido aliento tan cerca. Disfruto pasando mis dedos por tu cabello, tan corto y tan suave, es casi como acariciar a un peluche. Y esos ojos negros me intrigan, me invitan a asomarme al misterio de lo prohibido, mientras desvío los míos a tu boca de beso, sin poder razonar, deseando tan sólo callarla atrapándola con la mía. Y te pongo un dedo en los labios, y sacas la punta de tu lengua para saborearlo. Y las miles de terminaciones nerviosas de mi cuerpo sienten una maravillosa descarga. Adoro cuando en la noche despierto y te sé abrazado a mí, los dos en cucharita. O cuando, estás sentado en una silla, me acerco y me siento a horcajadas sobre a ti, mirándote, y juego con tu larga melena negra, dejando que mis dedos hagan tirabuzones, hasta que reparo en el azul nítido de tus ojos, y me zambullo, como el que se lanza de cabeza a las increíbles aguas de un lago perfecto, y me encuentro en el camino con la sorpresa de tu boca, de labios carnosos, que asciende a mi cuello para dibujar un corazón con esa lengua tan sabia. Como sabias son tus manos, de uñas cuidadas, cuando viajan por mi cuerpo buscando tesoros. Y sueño en la noche, llena de placer, porque alguien ha iniciado un juego amoroso... Mas, despierto y ¡oh!, veo que no sueño, que eres tú quien, bajo las sábanas, muestra sus ojos de gato, ora verdes, ora grises, y me besa en todas partes, y decido no soñar y vivirlo. Y conduzco feliz, escuchando música, viendo en mi mente cómo cantas, moviendo tu cabeza llena de cortos rizos negros, mientras yo bailo a tu alrededor llenando todo de burbujas de locura y estallidos de colores. Y tú, parado en el centro, recibes mi abrazo, y te llamo gordito mientras toco cariñosamente esos michelines extra. Y acaricio tu cabeza, casi rapada, deteniendo mi mano en las largas patillas que endurecen un poco tu rostro, dándote ese aspecto de niño malo que me encanta. Y caminamos de la mano, y te gusta subirte al bordillo de las aceras para ser más alto que yo, y pararte de pronto a regalarme un beso para probar a mirarme desde arriba.

Eres un puzzle, cambiante, caleidoscopio de personalidades...

miércoles 21 de octubre de 2009

No Internet Available

No tengo Internet. Algo gordo ha ocurrido, hará una media hora, y se han despanzurrado todas las cosas que tenía corriendo gracias a la savia internetera que corría por las venas del Pc. Dicen lo de siempre: avería técnica generalizada en la zona. A saber si se trata de un cable pelado o es algo verdaderamente complejo, pero el caso es que aquí me hallo, escribiendo lo que podrá ser (si Internet vuelve algún día) una entrada en mi blog.
Te acostumbras a algo y en el momento en que te falta te encuentras un tanto raro. Por Dios, si he estado a punto de buscar el teléfono de atención al cliente de mi operador en la web. Ppfffffffffff!!! Que hasta he enviado unos cuantos tweets vía móvil… Pero no hay color, porque no veo mi timeline. No veo nada. Es como un diálogo de besugos entre yo y yo, y ¿qué voy a decir? Ya me conozco, con lo cuál ni me contesto.
Me digo ¿qué hago?, ¿qué hace una persona que pasa tantas horas diarias delante del ordenador y casi siempre haciendo algo que requiere conexión? Cuando estoy de viaje o por ahí, ni me acuerdo, aunque he echado un ojillo al iPhone y cualquier día se viene conmigo. Pero estando de relax en casa, para mí es fundamental. En fin… Pasó por mi mente lo de encender la tele, pero lo descarté rápido. Aunque, quién sabe, como esto vaya para largo me veo viendo… ¿viendo qué? Si no sé ni qué programación hay, jajaja…
Mis constantes vitales y mis pulsaciones parecen normales. No observo manchas en el iris, ni pigmentaciones o sarpullidos en la piel. Las ojeras ya estaban está mañana, así que no cuentan. ¿Significa esto que no estoy enganchada a Internet? Llevo ya casi una hora, y extrañamente estoy tranquila, pero ¡estoy intentando a cada rato ver si ha resucitado! Y nada. Que está haciéndose la interesante y pasa de mí. Pero sé que está con otr@s, ¡qué desvergonzada! Huys… que me veo encendiendo la caja tonta o retomando mi libro de la mesilla de noche.
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Fuera llueve. Mejor dicho, diluvia. Voy a cerrar la ventana que se me inunda la casa y para eso no necesito Internet, y ya que me levanto voy y ceno algo. Lo mismo a mi vuelta todo ha regresado a la normalidad :-)
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Pues no, así que cambio la cara: :-(, ¡ea!. Y encima me he recorrido 34 canales de TDT en busca de algo que me retuviera y… nada. Aunque me conozco, salvo que hubiera encontrado algo realmente apasionante, estaría asomándome por aquí de nuevo a probar fortuna.
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Me he puesto música. El iTunes, claro, porque Spotify no puedo. Y doy vueltas por la casa. Pico algo en la cocina, aunque acabo de cenar como quien dice. Riego una maceta aquí y otrá allá. Me peso al pasar por uno de los baños y ver la báscula. ¡He perdido un kilo! ¿Ya? ¿Tan pronto? ¿Tanto me está afectando esto? ¿Significa esto que Internet engorda o que el mono adelgaza?
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Y canto, ¡hala! Que lo hago fatal, pero me importa un comino. Es mi mono y lo paso como quiero. Y que se le ocurra a un vecino asomarse, que como tenga Internet le hago prisionero y le asalto la casa, lol. Pasó por mi mente lo de llamar a alguno para pedir una tacita de Internet, por caridad, suficiente para ir de surfing por un ratito. Ay… Y mientras esto parece un disco rayado: “Resolviendo la dirección xxx” “Servidor no encontrado”.
...
A lo tonto, a lo tonto, llevo casi 2 horas sin Internet, y será la música, ¡quién sabe!, pero al final estoy pasando un rato de lo más agradable. Me voy a secar la melena, que el secador sólo necesita electricidad. Cruzo los dedos para que no le dé por morir esta noche, que lleva días con extraños ruiditos...
...
Se ha portado como un jabato. ¡Ese sí que sabe! No te deja colgada en un momento así. Aunque otros lo hicieron. Aún recuerdo cuando tuve que pedir el secador a la vecina, para evitar ir a currar como una loca huida de algún sitio al día siguiente. Y al final casi fue peor. Su secador secaba, sí, y tanto que secaba. Me quemó el pelo en una zona, porque no había manera de regular la temperatura. Bueno, al menos hoy no he tenido tal percance.
Y la música sigue sonando y animándome, mientras Internet me evita y me saca la lengua :-P
Y fumo algún que otro cigarro. Me había pensado lo de no comprar más tabaco hoy, pero al final compré una cajetilla a la hora de comer. Mucho p’al body habría sido eso de pasar ¡dos monos hoy! Aunque poco imaginaba yo de eso esta mañana. Que de haberlo sabido, lo mismo me habría hecho plan de salir por ahí a cenar, y volver a casa para meterme en la cama, o me habría escapado a comprar un iPhone, jajaja… Nah, eso no lo habría hecho, tan mal no estoy. Creo que tengo salvación pero… ¡que me restablezcan el servicio YA, hombre!
...
Resignada ya a no tener Internet hasta mañana, al menos hasta que llegue a la oficina. Tenerlo en casa será cosa de que arreglen lo que sea que no me ha permitido subir esta entrada al blog… Aunque, pensándolo bien… esta entrada no habría existido de no haber sido por este desaguisado, ¿no?
Ya es casi la 1:00 am y el despertador sonará en unas horas, haya o no Internet, así que cierro filas y mañana será otro día.


miércoles 14 de octubre de 2009

Reading Carefully

A veces voy tan acelerada por la vida que igual chocó con paredes, que descascarillo mi cadera contra los pomos de las puertas (me salen unos cardenales la mar de monos, todo hay que decirlo) o leo un texto en diagonal, por aquello de las prisas, rellenando los huecos con mi imaginación más que con las palabras que realmente contienen. Y es que es conveniente prestar atención cuando se lee, porque a veces se cae en errores... como éste:
Cierto amigo me recomendó un día un buen dentista, que resultaba ser su primo. No me dio sus datos de contacto en aquel momento, y fue hace poco, tras hablar con él por teléfono, cuando recordé su consejo y me di cuenta de que aún no disponía de los datos. Al saberle metido en un avión en ese momento, decidí enviarle un SMS, para que no se me pasara preguntarle y me contestara cuando pudiera.
Moona:

Pasó la tarde, y yo salí a cenar a mi japonés preferido, donde me puse las botas degustando sushi & sashimi, y acompañándolo de un delicioso vino. Ya no me acordaba del SMS enviado antes, y el sonido de recepción de nuevo mensaje en el móvil, según entraba en casa, me pilló desprevenida. Era de mi amigo. Abrí el mensaje, y leí:
Mi amigo:

Me quedé de piedra, y pensé, ¿eh?, este tío es imbécil y en su casa no lo saben. ¿A cuento de qué me dice esto?, ni que yo fuera por la vida creyéndome la reina de Saba, ¡será idiota! Pero... ¿qué mosca le ha picado? Es majo, pero no es George Clooney. ¿Le he hecho algún feo y mi memoria de mosquito me impide recordarlo? No parecía molesto hace un rato cuando hablé con él. Pero la que sí estaba de repente molesta era yo, y ni corta ni perezosa, sin pensarlo mucho más (¡ay, las prisas!) le respondí:
Moona:


(una es así, aún enfadada sigue mandando besos)
Y al instante recibo:
Mi amigo:


Ahí me dije, ¿qué?, ¿cómo que qué?, ¿qué de qué, idiota?, ¿ahora vamos de graciosos o qué?. Pero en el fondo me chocó ese "¿qué?" suyo. Quiso la casualidad que tuviera su mensaje aún guardado (los suelo borrar tras leerlos) y pudiera releer de nuevo con más calma. Y releí. ¡Dios! ¡Qué chasco! Había escrito:
Mi amigo:

¡Ooooops! ¡Glubs! Menuda metedura de pata. Me moría de vergüenza, y me llamé torpe una y mil veces. Yo poniéndole verde, y él, pobre, inocente de todo, y seguramente planteándose el borrar mi nombre de su agenda por no tener que vérselas más con las acusaciones de una petarda. No tarde en responder diciendo:
Moona:


Mi amigo:

(claro, ¿qué otra cosa me iba a decir?, que me cuide la vista, o que me cuide de leer si bebo vino, lol)

Moona:



Pfiuuuuuu, ays... todo se aclaró y solucionó. Me partía de risa yo sola, y él se partía también al día siguiente cuando me llamó para ver si "ya estaba más tranquila" y le expliqué lo que había leído inicialmente y todo lo que pasó por mi cabeza en esos momentos con respecto a su persona. Charlamos un buen rato y nos despedimos, aún como amigos. En adelante, me cuidaré mucho de leer con detenimiento todos los próximos mensajes que reciba, en especial los suyos.

martes 13 de octubre de 2009

Laugh Therapy

Un portazo, seguido de un grito animal. El silencio de la noche queda roto. El grito torna en lamento, hondo quejido desgarrador de almas. Se le escapa el color del rostro, ahora cerúleo y brillante en la oscuridad. Rostro de muerta. Paralizada, exánime, mira la puerta sin comprender, sin querer creer. Tiritando inicia un llanto quedo, inconsolable, llanto de niña. Su barbilla tiembla mientras el mar brota de sus ojos y resbala por su blanca piel. Está congelada, gélida, sin sentirse confortada al abrigo del edredón que la envuelve. No es capaz de reaccionar. Se ha roto en mil pedazos. Sólo llora y gime. No quiere consuelo, quiere llorar su dolor para superarlo. Parece anestesiada. El sol se detuvo. El mundo paró su giro planetario. Todo quedó en silencio, en tinieblas, sin estrellas, sin luna, sin arco iris, sin colores. Quedó suspendida en el vacío, sin caer, sin poder tampoco remontar el vuelo. Está sin brújula, desorientada. Agotada y exangüe se tumba en la cama. No puede pensar. Ya no brota llanto. No le quedan lágrimas, y sus ojos enrojecidos sólo ansían cerrarse. Y los cierra. Y se tiende sobre la cama. Y se deja llevar por ese cansancio infinito que le nubla los sentidos. Se sume en el sueño sin remedio, mientras su respiración se normaliza y las convulsiones de su cuerpo cesan. 



Duerme. Duerme, mi niña. Duerme, Princesa... Una mano invisible acaricia con  suavidad su cabello y sus sienes, y la calma. Y ella duerme, duerme y duerme.

Y muchas, muchas horas después... despierta. Y se siente sola y vacía, un tanto extraña, y a la vez, completamente relajada. Todo está oscuro. Siente la necesidad de respirar aire fresco, y de ver la luz. No quiere más negrura, ansía claridad. Liberando tras de sí el edredón se dirige al ventanal. Y corre las gruesas cortinas, y sube las persianas, y abre las ventanas una a una, de par en par. Y la luz inunda todo, y ve el claro día en el valle. Y se llena los pulmones con el aire de la mañana, tiritando un poco porque está desnuda. Pero su piel agradece los escalofríos y no se cubre con nada. Inhala y expele aire con fruición y ansia, y sus ojos, con las pestañas pegadas entre sí por tanto llanto, se deleitan en el paisaje, como viéndolo por vez primera. Alza la vista al cielo azul, y cierra los ojos sintiendo el sol mimar su piel. Y sus comisuras comienzan a dibujar una sonrisa. Es como un bálsamo. Siente relax y cosquillas. Siente la vida recorrer su cuerpo. Tiene ganas de reír de pronto. Sí, sí, síiiiiiii... Piensa que está loca, pero ríe, ríe, más alto, a carcajadas. Su boca abierta es una fiesta, baila y gira junto a la ventana, feliz y liberada, y su risa cantarina recorre el valle y trepa a las cimas cercanas resbalando imparable por las laderas al otro lado...






lunes 14 de septiembre de 2009

The Awakening

El silencio reinaba en la habitación. La luz comenzaba a filtrarse por la pequeña brecha que había dejado abierta entre las cortinas, y flotaba, tímida, dando vida a los objetos que componían la estancia, redibujando sus perfiles y haciendo que cobraran vida de nuevo. Estaba amaneciendo.


Olivia se desperezaba lentamente, fatigada, aún ebria de sensaciones. Sus ojos cerrados. No se sabía despierta, no se sabía dormida. Despertaba durmiendo, dormía despertando. Vagaba entre imágenes incongruentes e imposibles, mezcla de planos irreales y reales, coloreados por un loco. Deambulaba por un mundo paralelo. En su mente persistían aún los retazos del último sueño, donde los sonidos reverberaban amortiguados, haciéndose metálicos o tornando en graves en su rebotar en los objetos, derramándose en su cabeza hasta desvanecerse. Era ese delicioso momento en que retienes las vivencias que has sentido como reales hace tan sólo... ¿segundos? Se acariciaba con suavidad, mimosa, dejándose llevar en ese duermevela, como si fuera una niña a la que hubiera que calmar con dulzura. Tenía la piel ardiendo, los labios entreabiertos, los pezones duros, los muslos húmedos,... y sonreía beatíficamente mientras se iba haciendo borrosa la última imagen de ella, la mujer del sueño, la diosa que la había poseído como nunca un hombre lo hizo, la mujer que la había transportado a un mundo mágico de placeres, una mujer sin nombre... ... Se oía la ducha...

sábado 12 de septiembre de 2009

Healing My Soul

Despertó. Aún estaba algo oscuro. Ordenó su mente mientras tomaba conciencia de su cuerpo y de dónde estaba. Se había acostado llorando, pero ahora, al recordar, sonreía. Se levantó animada y decidida, sin borrar esa sonrisa de su rostro. Se dirigió así, desnuda como estaba, hacia la terraza que daba a la piscina. La puerta corredera estaba abierta. Vio abandonada en la mecedora su fina camisola blanca, y se la puso, sin prestar demasiada atención y sin perder tiempo en abotonarla. No hacía frío, pero notaba una ligera brisa. Atravesó la piscina para llegar a la playa, y rodeó las hamacas y sombrillas de paja para dirigirse al mar.

No había nadie, ni un alma. Todos dormían. La arena, la más fina y suave que jamás hubiera pisado, la recibía aún fría. Sus pies se deslizaban familiares por ella. Siguió avanzando en línea recta. El sol empezaba a dejar entrever su presencia, asiendo el horizonte con sus manitas y asomando tímido al fondo su cresta, como pidiendo permiso para salir. Ya pisaba arena húmeda, y sus pies debían estar dibujando nítidamente sus pisadas, pero no se volvió a comprobarlo. Una gaviota pasó volando para darle los buenos días con un graznido. Con gesto indolente se despojó de la camisola, dejándola caer, y la adivinó aterrizando como una pluma, etérea, sobre la playa. Siguió, sin volverse a mirar. El agua lamía casi sus pies, pero no se paró.


Entró decidida al mar, tranquila, avanzando, sin mirar atrás para ver el camino que intuía dibujado desde su bungalow hasta ella. El agua estaba fría, pero no daba impresión. Siguió en línea recta, adentrándose sonriente. Ya le cubría hasta los muslos, y en su caminar, sus manos jugaban con el agua, dejándola deslizarse entre sus dedos. Cogió aire y se zambulló, y sumergida, sus ojos verdes quisieron ser testigos. El sol hacía su trabajo, y la claridad que proporcionaba junto a la transparencia del agua, permitían ver los pequeños seres vivos que buceaban a su lado. Se impulsaba con brazos y piernas sin perder la sonrisa. Se sentía feliz y plena. Se impulsó de nuevo hacia la superficie y asomó la cabeza. Boqueó en busca de aire y llenó sus pulmones. Y gritó ¡sí!… ¡Sí!, repitió… ¡Sí!, ¡sí!, ¡sííí!, ¡síííí!… Notaba su cuerpo vibrante, lleno de energía. Se dejó flotar sobre la superficie, con los brazos en cruz, como descansando en una gran cama de agua, sintiéndose acunada por el mar. Estuvo así unos minutos, ahora abriendo los ojos, ahora cerrándolos. Suspiró, como anunciando el final de la resolución tomada, y puso rumbo a la orilla. Llegó nadando a braza hasta donde ya hacía pie, y se irguió para salir caminando, empujada brevemente por alguna ola caprichosa.

Ya en la orilla, comprobó que el agua había borrado sus huellas sobre la arena mojada. Su camisola aparecía desmadejada. No la recogió. Quedaba ahí como testigo de que tuvo una vida que terminó, y ahora daba comienzo otra. La sal escuece, pero cura las heridas. Ella había entrado a curar su alma, a decir adiós al dolor y a dejar de luchar por aquello en lo que no creía y que no sentía. Había reencarnado su alma en vida, y un nuevo camino se abría ante ella. Habría piedras, seguro, pero ahora sabía que tenía la energía suficiente para apartarlas, porque su voluntad se había fortalecido. Where there’s a will, there’s a way...

Siguió decidida hacia el bungalow, deseosa de disfrutar de la primera ducha de su nueva vida…

lunes 7 de septiembre de 2009

The Governess

Eran casi las nueve de la mañana, y Germán y yo ya esperábamos impacientes. Estábamos en Escocia, donde habíamos pasado gran parte del verano, empapando cada fibra de nuestros cuerpos en el fluido de la lengua inglesa. El máster que íbamos a empezar exigía un alto nivel de inglés, y habíamos decidido irnos a un enclave adecuado para asimilar el idioma. Era una antigua casa señorial, reconvertida ahora en una residencia de estudiantes. En ella habíamos pasado los últimos dos meses, saliendo tan solo a realizar algunas de las actividades externas contempladas en el curso, muy diversas y orientadas todas a comprender y hablar mejor. El programa, además, incluía tres horas de clase diaria que nos daba en la biblioteca una profesora. La "ráspida", la llamábamos. Una de nuestras palabras inventadas que nos sonaba perfecta para describirla. "Dícese de la persona de talante serio, rancio, estirado y severo, poco amiga de sonrisas y carente de simpatía", y ella era todo eso por añadidura. Vamos, un encanto de mujer, que alegraría con su sola presencia cualquier camposanto. De hecho, cuando la vimos el primer día, la imagen que vino a nosotros fue la de una institutriz de las duras, que viniera dispuesta a poner firmes a un par de mozalbetes usando la fusta si fuera necesario.



Habíamos tenido el examen de comprensión auditiva la tarde anterior, y ahora quedaba la gramática. Solos Germán y yo. Los demás "residentes" estaban en otros niveles. La puerta se abrió y entró ella, puntual como siempre. Vestía de negro, falda recta hasta la rodilla y camisa abotonada casi hasta el cuello. Llevaba medias negras, zapatos de un tacón altísimo y el cabello recogido, sin un solo mechón suelto. Es increíble la facilidad y gracia que tienen las mujeres para, con un gesto experto, recogerse en un santiamén la melena, usando a veces tan sólo un lápiz. Ella siempre lo llevaba sujeto con alguno de esos artilugios, sin horquillas. 


Tras el Good morning inicial tomó asiento, y abrió el cajón superior de la mesa, de donde extrajo los exámenes. Tocaba responder 200 preguntas. Nos dio los exámenes a ambos, vueltos boca abajo, y se dirigió a su mesa, donde una vez sentada activó el cronómetro y dio la salida. Teníamos una hora por delante, y nos pusimos a ello sin perder un segundo.

Cada uno se concentró en su examen, y así pasaron los minutos. Yo ni levantaba la vista, salvo en esos momentos en que, no sé por qué razón, nos da por mirar al infinito o a un punto invisible del horizonte, en espera de que las ideas se coloquen en nuestra mente y se oiga ese mágico clic que ocurre cuando encuentras lo que buscas. Mi respuesta llegó y completé el examen, dispuesto a revisarlo desde el principio. Quedaban apenas cinco minutos.

En esas estaba cuando me di cuenta, - no lo había advertido antes, de concentrado como estaba -, de que nuestra "institutriz" no estaba en su mesa. La biblioteca era espaciosa, pero no tanto como para no localizarla al instante. Se había acercado a los libros. Llenaban toda una pared cubierta de estanterías hasta el techo. Paseaba como absorta, recorriendo con la vista cada título, y acariciando los lomos de los libros que esperaban ser abiertos. No sé por qué, pero me quedé observándola. De pronto había olvidado que me estaba examinando. Y ella..., es como si no estuviera allí. A juzgar por su expresión, su mente estaba de viaje. Tal vez vagaba por alguna de las historias que tenía ante sus ojos, tal vez por una propia. Así como estaba, de modo ausente, realizó el gesto que aún hoy me persigue en sueños. Casi sin darse cuenta, y con toda naturalidad llevó la mano a su muslo derecho, donde tanteo algo. Bajó la vista al punto donde su mano reposaba y, ayudándose con la mano izquierda, subió un poco su falda, lo bastante como para dejar al descubierto unos centímetros de su muslo. Vi absorto cómo, ajena a la atención que estaba despertando en mí, subía la media con infinita delicadeza. Pude ver la blancura de su carne, so tender, y la esbeltez de su pierna, y cómo, con movimiento ágil y experto, ajustaba su... ¡liguero!... 





Mi mandíbula colgaba sin remedio y mis ojos no podían estar más abiertos. Creo que boqueaba en busca de aire, y no estoy seguro de si escapó de mí un leve jadeo. Mis ojos tenían delante la imagen de mis fantasías. La veía en mi mente, con las medias, el liguero negro y un corsé. La melena suelta y alborotada. Con esos ojos grises, que siempre había creído fríos, ardientes de pasión, abandonados al deseo. Su cuerpo se movía, sabio y salvaje, en un rapto de placer y delirio. Liberada del corsé mostraba su pecho lleno y su vientre plano, y arqueaba la espalda como una gata en celo. Su boca entreabierta invitaba al beso y a la locura...  Nunca había reparado en esos labios..., en ese cuello... Nunca mis ojos habían captado lo atractiva que era. La institutriz fría y distante convertida en un ama del placer... una diosa...




Ella colocó de nuevo su falda y miró el reloj, aún ajena a mi mirada. Su taconeo me despertó de mi ensoñación y me recompuse como pude. Había empezado a notar cierta inquietud en mis pantalones. Volví la vista al examen y, con la mente agitada y confusa ojeé las preguntas y respuestas sin realmente ver nada. Ella volvió a su mesa y la oí decir que quedaba un minuto. Yo miraba mis hojas, colocadas pulcramente sobre mi mesa, con las manos en las sienes para evitar que mi cara delatara mi ansiedad. Me serené, me levanté, dejé mi examen sobre su mesa y salí sin atreverme a mirarla. Eché a andar hacia el jardín con paso rápido. Necesitaba respirar. No me había alejado más que unos metros cuando caí en la cuenta de que había dejado el móvil olvidado sobre mi mesa. Di media vuelta y llegué de nuevo a la puerta de la biblioteca. Tan confuso estaba que ni llamé (¡acababa de salir de allí!). Abrí la puerta y la vi delante de la mesa de Germán, pasando sus dedos por los labios de él, los mismos dedos que me habían mostrado su liguero. Fueron décimas de segundo, pero comprendí que había llegado tarde a ella. Todo encajó en mi mente, las mañanas en que Germán parecía no haber dormido nada, su referencia a ella por su nombre en lugar de usar el apodo que inventamos... Todo cobró sentido y supe que Germán ya había vivido mi fantasía en primera persona. Musité confuso algo sobre mi olvido, cogí mi móvil y me marché.


Nuestra estancia allí llegó a su fin, y regresamos a Madrid al final de la semana. Jamás comenté nada con Germán, ni él conmigo, pero desde entonces, cada vez que paso por un escaparate con lencería, mis ojos no pueden evitar buscar un liguero, para volver a traer a mis sueños a mi institutriz.