miércoles, 1 de mayo de 2013

Nighthawks

Y llegó el día esperado. Hoy por fin conocería a Jack, con quien llevaba carteándose ya tres meses. Cuando Kate aceptó el trabajo y se mudó a New York, no sospechaba que le resultaría tan difícil conocer a alguien, por ello, se decidió a poner el anuncio en la sección de contactos del periódico. Fueron varios los que le escribieron, pero tras unas semanas de correspondencia con algunos de ellos, sólo Jack pasó el filtro. Semanalmente, Kate iba a la oficina de correos, donde había contratado un apartado postal para no desvelar su identidad, y leía feliz las líneas recibidas cuando llegaba a casa. Mil veces estuvo tentada de abrir la carta allí mismo, pero se resistía y esperaba a saborear el momento relajada, sentada en el alféizar de la ventana, mientras tomaba un té helado y dejaba vagar su mirada ilusionada sobre el río Hudson. Aunque él propuso un intercambio de fotos, ella era reacia, y prefería verle en persona. Para no prolongar más la incertidumbre, finalmente hoy se verían las caras.

En la oficina, en un estado de nerviosismo feliz, la mente de Kate retozaba en el azul del cielo saltando de nube en nube, sus ojos se mostraban soñadores y su boca exhibía la sonrisa de quien guarda un secreto. La jornada parecía interminable, pero tocó a su fin. Más tranquila en casa, intentó relajarse con el sonido del último disco que había comprado. La voz de Sinatra cantando Begin The Beguine impregnaba el ambiente. Se sentía romántica, danzaba de puntillas girando por el salón con un almohadón del sofá, que dejó caer camino del dormitorio. Debía empezar a arreglarse y preparó con esmero las prendas elegidas para el encuentro: el vestido de manga francesa y falda evaseé, sus zapatos negros de tacón, un bolso de mano y... violetas para el pelo. Ese fue el detalle elegido para que Jack la reconociera. Él, por su parte, llevaría una corbata violeta.
 
Kate se vistió, mientras su imaginación intentaba poner rostro a aquel a quien ya creía conocer a través de las cartas. Se recogió la melena pelirroja, colocando las violetas con gracia, se puso carmín en los labios, unas gotas de perfume en su largo cuello y en las muñecas, y se miró satisfecha. Salió de casa flotando y paró un taxi, indicándole el bar de Little Italy donde habían quedado, normalmente muy concurrido los viernes noche.
 
Ilusionada, llegó puntual al bullicioso bar. Lanzando miradas en busca del esperado color violeta, se dirigió hacia el fondo, y encontró un hueco junto a la barra. Desde ahí veía bien la entrada, y se sintió segura. No había ni rastro del que pudiera ser Jack. Pidió un refresco y esperó, desoyendo los piropos que algún joven le brindaba, deseoso de trabar conversación. Ella permanecía atenta a la puerta del bar, mientras las parejas entraban y salían riendo. Acabó el refresco, y pidió otro. Kate esperó y esperó, y ya harta, decidió marcharse y no ser la boba a la que habían dado plantón. Abriéndose paso, aturdida entre parejas demasiado sonrientes para su estado de ánimo, fue arrasada por un hombre que salía tras ella como una tromba. Cayó al suelo sin poder evitarlo y se torció el tobillo. Se levantó como pudo, buscando su bolso, que había escapado de su mano en la caída. Lo vio, lo agarró y salió furiosa de allí.
 
"¡Menuda idiota crédula!", pensó. ¡Se había hecho tantas ilusiones! Se alejó caminando, todo lo digna que pudo, pero varias manzanas después las lágrimas caían, imparables. Al abrir el bolso para sacar un pañuelo, descubrió que le faltaba la cartera. Debió de salir del bolso en la caída. Desechó la idea de volver al bar. Se había alejado bastante y, probablemente, ya no estaría allí. Abandonó la idea de tomar un taxi y se resignó a caminar hasta el Greenwich Village, su barrio. Tras recorrer varias cuadras el tobillo le ardía, y recordó vagamente haber visto un par de dólares en un bolsillito interior del bolso... Rebuscó, rebuscó... y ¡ahí estaban! Realmente necesitaba una pausa, e intuía que también algo más fuerte que un refresco. Entró resuelta en un diner que hacía esquina.
 

Nighthawks, Edward Hopper (1942)
Estaba casi vacío. Había una pareja al fondo medio discutiendo, un hombre cabizbajo en un lateral y un afable camarero. Pidió un bourbon y, enfadada, se quitó las violetas del pelo y se concentró en sus pensamientos.
 
Al poco rato, el hombre cabizbajo pidió la cuenta y sacó la cartera para pagar.
 
—¡Eh! ¡Esa es mi cartera! —dijo Kate al verla.
 
Él la ignoró, deslizando un billete al camarero.
 
—¿No me ha oído? —dijo yendo hacia él—. Compruebe la documentación, y las fotos. Es mía, ¡sin duda! —siguió Kate, creyendo de pronto visualizar una americana y un sombrero similares en su caída—. Usted, usted estaba allí..., usted…
 
—¡Amigo!, ya ha oído a la señorita —gritó el joven del fondo—. Devuélvasela si no quiere problemas.
 
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de problemas? —preguntó socarrón.
 
Por toda respuesta, el joven abrió la chaqueta un poco, dejando ver una placa de policía. El hombre cabizbajo, reconsiderando su postura, se levantó, dejó la cartera junto a Kate y salió del diner con cierta prisa, murmurando unas disculpas.
 
Kate la cogió, sin intentar comprender. No quería pensar. Viendo que no era su noche, pagó y se largó, caminando despacio y cojeando por culpa del tobillo, que para entonces ya estaba hinchado.
 
No bien había doblado la esquina, entró un joven al diner.
 
—Hombre… ¡Jack! ¿Qué tal? —saludó la mujer encendiendo un cigarrillo.
 
—¡Hola, chicos! ¡Vaya nochecita! —dijo acercando el whisky que ya le tendía el camarero—. ¡Llegué demasiado tarde!
 
Les contó lo ilusionado que había estado toda la semana porque por fin llegara el viernes. ¡Sentía que iba a conocer a su futura mujer!, pues tras meses de correspondencia con la maravillosa Kate, se sentía enamorado. Había salido con tiempo suficiente para la cita, incluso para ir caminando hasta el bar, pero, tal vez por llegar algo más relajado, decidió parar un taxi. Y ahí estaba él, tan abstraído imaginando cuáles serían sus primeras palabras en cuanto se vieran, que el sonido del claxon le hizo dar un respingo. Tardó en comprender que algo no iba bien. Estaban detenidos en un semáforo y el taxista había caído desmayado sobre el volante. Jack movió su brazo desde el asiento trasero, zarandeándolo un poco, pero al ver que no reaccionaba, salió del taxi con rapidez, e intentó reanimarlo. No sabía nada de primeros auxilios, pero pudo comprobar que respiraba y decidió que lo mejor era llevarlo a un hospital a toda prisa. Colocó al taxista con sumo cuidado en el asiento trasero, y condujo él mismo hacia el hospital más cercano lo más rápido que pudo. Llegó a urgencias e hizo los trámites con la agilidad que su mente —que escapaba a la imagen de una linda chica esperando a encontrarse con él— le permitió. Pero no podía dejarlo allí sin más, y esperó hasta saber que había sufrido un infarto, que estaba controlado y que se pondría bien.
 
—¡En fin! Tal vez sea cosa del destino y no deba conocerla —dijo finalizando su relato de los hechos con el gesto abatido—. Cuando finalmente llegué al bar, seguía abarrotado, pero por más que miré, no había ni rastro de la chica que debía llevar una violeta... ¡como ésa! —exclamó sorprendido al verla sobre la barra.
 
Quitándose unos a otros la palabra, le contaron atropelladamente que la llevaba en el pelo una joven pelirroja, que salió justo antes de entrar él.
 
—¡Corre, muchacho! ¡Es ella sin duda! —dijo el camarero, agarrándole del brazo—. No pierdas tiempo. Salió cojeando y no andará muy lejos.
 
Jack se levantó raudo y, recordando que no había pagado, se detuvo en la puerta un instante, al tiempo que el poli duro del fondo, cigarrillo en mano, decía con media sonrisa:
 
—¡Ve tras ella, idiota!, que ya pago yo. No puedo resistirme a una buena historia de amor cuando la tengo delante.
 


Nota: Post escrito para la Escena 8 propuesta por Literautas, que debía basarse en el famoso cuadro Nighthawks de Hopper. Intenté centrarme en Manhattan en los años 40, época en que se pintó el cuadro. Me quedé con ganas de ampliar un poco el que envié inicialmente y que titulé Violets, entre otras cosas para dejar ver algo más de Jack, como apuntó alguien en los comentarios que recibí. Y me gustó la idea que me dio mi compi Raúl con respecto a quién decía la última frase. Esta vez la participación aumentó, y os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas

viernes, 29 de marzo de 2013

Blue Madness

A todas las unidades... El sospechoso ha huido en un Saab plateado por Madison Avenue en dirección este. Va armado y es peligroso. Ha herido a un policía...

El mensaje suena en los coches patrulla. Las calles se llenan de sirenas de coches de policía y ambulancias. La mente de Mike es un ordenador que intenta dar con la ruta óptima de escape, mientras revive la locura del atraco de hace tres días. Escogieron varias cajas al azar y la que constituía su objetivo. Se sentían con derecho a recuperar lo que en otro tiempo fuera de su abuela, la Comtesse du Sheelly, y que su padre perdió apostando. Mike conduce con temeridad, esquivando coches en sentido contrario y saltándose semáforos, mientras baraja posibilidades. Habían quedado en dejar la ciudad el sábado, pero los golpes en la puerta de su apartamento aceleraron el plan. Ha escapado por la escalera de incendios, disparando a policías apostados en el callejón, y ha robado un coche a punta de pistola. Quieren cercarle. Su única opción es el barco, pero detesta la idea de que los explosivos sigan aún allí.

No lejos, un yate de lujo avanza despacio. Robert ha reservado mesa. Es el escenario elegido para proponer matrimonio a Claire. Lo hará antes del almuerzo, en cubierta, con el mar y el cielo de testigos. Ahora toman un cocktail en el bar. Salta a la vista que están enamorados, y no prestan atención a las noticias.

¡Espectacular persecución! Mientras esperamos imágenes en directo grabadas por un testigo, conectamos con Main St, donde la huida de un sospechoso del pasado atraco a Glady's Bank ha ocasionado múltiples accidentes. Como recordarán, la cámara acorazada fue forzada con explosivos y se llevaron el contenido de varias cajas de alquiler. ¡Ahora sí! Ann, ¡adelante!...

El barman sube el volumen, mientras Claire y Robert salen a cubierta, a sentir la brisa y ver a las gaviotas. Pasean abrazados, admirando la grandiosa belleza del mar.

El Saab llega al muelle a toda velocidad. Mike detiene el vehículo, sabe que les lleva escasos minutos de ventaja y corre hacia la lancha. Libera amarras hábilmente y sube sin perder un segundo. Arranca el motor y maniobra para salir a toda velocidad, mientras escucha las sirenas acercarse. Ha de llegar al otro lado de la bahía.

Yatch in the blue sea

En el yate, Robert, nervioso, con la mano en la cintura de Claire, la guía al sitio elegido. 

—Claire... He pensado mucho en este instante. Habría deseado que fuera en Venecia, pero no puedo esperar —dice poniendo una rodilla en tierra y sacando de su bolsillo una cajita—.

Un par de lanchas salen en pos de Mike, y van acortando distancias. Un helicóptero se suma a la persecución. Mike está perdido. Estarán sobre él en breve. No ve escapatoria.

Robert alza la vista hacia los azules ojos de Claire.

—¿Quieres casarte conmigo? —pregunta abriendo la caja y mostrando un maravilloso anillo.

Alertados por las noticias, varios pasajeros salen del bar a ver la persecución en directo. Claire y Robert están absortos en su mundo.

—Ya sabes la respuesta sin más que mirar mis ojos. Sí, Robert, ¡sí!

Una de las lanchas intenta cerrar el paso a Mike, quien vira a estribor, donde está la otra. Todo ocurre con mucha rapidez. Desde la lancha efectúan disparos y dan en el blanco. Mike se desploma, herido, sobre el timón, pero ve que el yate está en su trayectoria. Tiene que esquivarlo, pero no puede... "¡Los explosivos!", piensa.

Claire sostiene el anillo entre sus dedos, admirando la exquisita factura.

—¡Es precioso, Robert!

El impacto es inevitable. La motora embiste al yate por la mitad, la explosión se ve desde la costa. Todo es caos. Robert sale despedido al agua, seguido de Claire, de cuyos dedos escapa el anillo, directo al mar.

Horas después, el muelle es un hervidero de actividad. Policías, equipos médicos y periodistas reparten su tiempo entre los ocupantes del yate. Claire está empapada, arropada por una manta, conmocionada por lo sucedido y por lo que va descubriendo.

—Nunca dijo que no supiera nadar —repite una y otra vez, balanceándose de atrás a delante sin parar de tiritar—. Ni que se llamara Sheelly.

La agente le acerca la foto del contenido de la caja robada, esperando respuesta.

—Sí —dice señalando uno de los anillos—. Reconozco éste.

—¿Dónde lo ha visto? —pregunta la agente.

—♪ En el fondo del mar ♪♫...

La canción, y su risa, desquiciada e histérica, llenan de irrealidad y sinsentido el muelle.




Nota: Este post es el que envié para la Escena 7 propuesta por Literautas, que debía ocurrir (en todo o en parte) en un barco, y tenía que suceder un robo. En el taller, enviamos nuestro texto y recibimos tres comentarios anónimos acerca de la forma y contenido, que incluyen una opinión personal. Me frustró que algunos no entendieran la historia (os recuerdo que condensada en un máximo de 750 palabras) y me pregunto si la entenderéis o no (que sé que sois muy listos, jajaja, pero me quedo más tranquila sabiéndolo). ¿Os queda claro quién cometió el robo, qué eran Mike y Robert, si vive alguno de los dos? ¿Dudas? ¿Os apetece hacer un comentario formal? No es malo criticar, es la única forma de aprender. Os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.
 
 
 

domingo, 17 de marzo de 2013

The Lost Senses


Ayer, te miraba y veía chispitas en tus iris…
una aquí, otra allá,

todas ellas compitiendo con las mías
a ver cuál brillaba más o hacía la pirueta más graciosa,
jugando a crear colores nuevos cuando chocaban.

Ayer, nuestras manos se unían,
saboreándose,
muy atentas a cada surco,
reaprendiéndose a base de recorrerse con las yemas,
jugando como chiquillas a fundir los pulgares en un beso.

Ayer, tus labios bebían de los míos,
a sorbitos y a tragos,
calmando la sed o provocándola,
dejando que nuestras lenguas hablaran un lenguaje mudo,
antiguo, lleno de rugidos, jadeos y dibujos.

Ayer, tu olor era mi perfume,
cubría mi piel,
vistiéndola poro a poro,
con mimos cálidos en invierno y de té verde en verano,
alimentando mi cuerpo y dejándolo satisfecho y hambriento de más.

Ayer, nuestros pasos resonaban juntos en la noche,
caminábamos de la mano de día,
abrazados o compartiendo meñique de tarde,
saltando en todos los charcos que nos salían al paso,
porque la vida se goza aspirándola y metiéndola de lleno en ti.

Ayer, mis sentidos se mezclaban, crecían en revoltijo
creando sentidos nuevos de nombres desconocidos.
Mis ojos te comían, mis labios te miraban,
mis manos aspiraban tu aroma y lo encerraban en frasquitos de esencia
para poder olerte a escondidas,
mi nariz seguía el trazo de tu pecho
luchando con mi boca para que no se entretuviera,
mis oídos sentían cada escalofrío de tu espalda
porque tus poros gemían a cada beso,
mi piel escuchaba a la tuya y seguía su voluntad
como conducida por un maestro de orquesta.

 
Sleeping woman by Anuraag Fulay

Hoy..., ya no estás.
Mis ojos perdieron su luz,
mis manos están vacías,
mi boca ya no sonríe y no sabe calmar su sed,
mi nariz busca anhelante como un yonqui el rastro de tu aroma,
mis pies dejan huellas invisibles y caminan silenciosos sin nadie al lado.
 
Hoy mis sentidos vagan adormecidos, drogados y aburridos,
como extraños en un mundo sensorial que no comprenden.
No encuentran nada que les despierte.
Les faltas tú.
Me faltas .


 
...More nonsense and ravings :)

jueves, 7 de marzo de 2013

The Three Denials

Salgo a disfrutar de este día tan luminoso dando un paseo. Adoro los días luminosos. El Sol tiene ese mágico poder de dar vida a los objetos; los matiza y los redefine maravillosamente, haciendo que parezcan nuevos. El aire huele a verano, mi cuerpo se activa y una sincera sonrisa se dibuja en mi cara. Las hojas se mecen y el viento pronuncia tu nombre en suave murmullo. Ainssss... ¡ya empezamos! Yo hago oídos sordos y simulo que no me entero, como que no va conmigo y que no significa nada para mí. Decido hacerle boicot y tarareo cualquier melodía repetida, como si fuera un mantra.

Sigo adelante, mientras observo mi entorno. ¡Cuántas veces caminamos sin mirar! Porque ver, vemos, pero no miramos. Así que, yo veo, y miro al cielo azul, salpicado a capricho de nubes con formas sugerentes, roto por las estelas blancas que dejan los aviones. Me fijo en la abuela del parque con su nieto, en la chica que me adelanta trotando con los cascos puestos y ceñida en un chándal divino de la muerte, en el chico tumbado en el césped leyendo de su tablet. En ese mirar mío, un banco a la sombra me sale al paso, invitándome a descansar un rato. Acepto la sugerencia agradecida con una sonrisa y me siento. Creo que es buen momento para sacar mi Moleskine y anotar lo que me rondaba por la cabeza, antes de que la esquiva musa se desvanezca. Me pongo a escribir, pero al detenerme un segundo buscando en mi mente la palabra adecuada, mis ojos se posan en el respaldo del banco. ¡No puede ser! ¿Me persigues aquí también? Ahí está. Leo tu nombre, grabado sobre la madera, tal vez con unas llaves. La inspiración se ha dado definitivamente a la fuga y cierro mi libreta de un manotazo, decidida a no dejar que mis pensamientos ahonden en ti. Le dije al viento que no. Se lo repito ahora a la madera del banco. ¡No! Decido ignorarte y no perder la sonrisa, y echo a andar de nuevo.

Mis pasos me conducen fuera del parque y al cabo de un rato me sumerjo de lleno en una calle comercial y bulliciosa. Paseo tranquila, esquivando a la gente, parando de tanto en tanto para mirar un escaparate bien dispuesto o hacer una foto urbana a algo que llama mi atención. Mi estómago gruñe, recordándome que comí hace ya tiempo. Me viene el vago recuerdo de que en la siguiente manzana hay una pequeña cafetería, acogedora y deliciosa, y mis pies caminan directos a ella con ligereza. Pido un café a la vainilla y un croissant, y los saboreo mientras me vuelco enfrascada en escribir de nuevo. Me levanto a pagar, y ¡no doy crédito! El chico que me cobra luce sobre el uniforme la chapa con su nombre, que resulta ser... tu nombre. ¿Es obsesión mía o acaso una confabulación? Muevo la cabeza desechando el enfado que pugna por brotar y salgo a la calle. Me da la risa tonta. Es de locos. Será casualidad, no digo que no, pero tanta ya me escama.

De la risa paso a ver cómo mi voluntad es anulada, y mi cuerpo camina, empujado por una decisión que no sé ni cómo ni cuándo he tomado, pero, he debido ser yo, ¿qué otro si no? No soy una marioneta movida por hilos, aunque es así como siento este caminar dirigido. Llego a mi destino, abro la puerta sin poder evitarlo y entro. Si ha de ser así, que sea.

Tras algo más de media hora salgo de nuevo a la calle, sintiéndome extrañamente liberada, y notando un leve escozor en mi espalda. Tal vez este tatuaje que adorna ahora mi cuerpo te exorcice de mi mente... para siempre.


If this doesn't work, next thing to do is a spell

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Masquerade


No le apetecía nada, pero estaba indefenso ante el pertinaz Lucas, no solo porque fuera un gigante, sino porque era su mejor amigo, y finalmente decidió no malgastar la energía en batallas perdidas. Iría a la fiesta de máscaras, y lo haría por Lucas, pero no tenía intención de quedarse mucho.

—¿De dónde saco yo vestimenta para algo así? ¡Es este sábado! —murmuraba Adrián mientras rebuscaba en el armario.

Su insistente negativa a ir se debía a la reciente ruptura con Alba. Desde que la conoció y durante casi un año, habían sido inseparables y felices hasta que, hacía tres meses, había surgido otra persona que sumió a Alba en un mar de dudas, y planteó dejar la relación. Él decidió que era el fin, que no iba a quedar en el banquillo, esperando por si el nuevo jugador era expulsado y él volvía a entrar en el juego. Fue como un mazazo y aún la quería. Lo sentía aún reciente y no le apetecía nada hacer sociedad.

Tras algunas llamadas a amigos consiguió ropa elegante, de corte medieval y una preciosa máscara forrada en raso negro con una particular forma de nariz puntiaguda que, junto a la abertura oblicua para los ojos, le hacía parecer otro. Completado con su melena, el conjunto quedaría redondo.

Y llegó el sábado. Adrián salió de la ducha y se secó enérgicamente. Se afeitó y se arregló un poco las patillas. Entró en la habitación, donde las prendas, dispuestas sobre la cama, esperaban a cobrar vida. Se vistió, ajustó bien los blancos puños de vuelo, que asomaban por la manga de la levita morada, y se puso un vistoso pañuelo color mostaza en el bolsillo superior. Se colocó la máscara. ¡Listo! Estaba impactante. Sonrió satisfecho a la imagen que le devolvía el espejo.

Llegaron ya empezada la fiesta. No querían ser de los primeros y, cuando aparecieron, el inmenso salón ya bullía de conversaciones, risas y movimiento. El anfitrión no había reparado en gastos, su fortuna se lo permitía. Los camareros pasaban bandejas con exquisitos canapés y excelentes vinos. El champán soltaba las lenguas y quebraba posturas. Tras un rato, Adrián, despistado por Lucas, se encontraba solo, pero relajado y disfrutando. Divisó a unos metros a una sugerente pelirroja vestida de verde, que en ese momento apuraba su copa. Sin dudarlo, tomó de la bandeja que pasaba dos copas al vuelo y se acercó a ella.

—¿Más champán? —dijo tendiéndole una.

—¡Claro! Pero brindá conmigo —aceptó ella con una sonrisa y marcado acento argentino.
 

Venetian Masque by Ariadna Pinyana


Iniciaron una charla, superficial al principio, algo más personal después. Las máscaras ocultaban sus rostros, pero la boca de ella, siempre sonriente, enmarcada por la impresionante melena, le tenía rendido. Solo pensaba en besarla. Bailaron, bebieron, rieron... Adrián se había quitado la máscara, incapaz de soportarla por más tiempo, pero Selena aún la conservaba y su rostro era un misterio.

El tiempo había pasado volando y en contra de las intenciones iniciales de Adrián, la cosa se había alargado y fuera del palacete pronto amanecería. Selena era encantadora. En un arrebato, Adrián propuso salir a ver amanecer sobre el mar, y al poco, descalzos los dos, pisaban la fina arena de la playa, aún fría a esas horas. Caminaron un rato, sin dejar de conversar, y se sentaron a ver despuntar el día junto al espigón, al resguardo de miradas curiosas.

—¿Puedo ver tu rostro ahora? —preguntó Adrián dulcemente.

Selena se llevó las manos a la cabeza con delicadeza y, despacio, se retiró la máscara. Adrián quedó mudo al ver ante sus ojos a una desconocida Alba, pelirroja y diferente. Unido al acento argentino, era normal que no la hubiera reconocido. Ahora se sentía como un perfecto imbécil y sin dudarlo, se levantó para irse, pero ella lo detuvo agarrando su mano.

—Adrián, por favor —ya sin falsear su voz—, escúchame.

Le explicó que realmente no hubo nada serio con el otro chico, ni con nadie, pero conociéndole, sabía que no podría llamar a su puerta sin más diciendo que todo había sido un error. Así pues, acudió a Lucas, y le convenció para que lo llevara a la fiesta. Necesitaba acercarse a él y tantearle de incógnito.

—He meditado mucho. Sé que te echo de menos y que te quiero.

­—Alba, no es tan fácil. He pasado tres meses de infierno. ¿Quieres que lo olvide sin más?, ¿que haga como si nada? Tengo miedo, pánico más bien, de que vuelvas a dudar..., de dudar yo mismo.

—Te entiendo, amor. Yo también. Pero hay que vivir el ahora. El miedo no puede atenazarnos, sino darnos alas.

Ambos quedaron en silencio por unos segundos, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol despuntaba. Alba, se giró hacia él y mirándole con ternura le dijo:

—¿Te... atreverías a intentarlo de nuevo?

Adrián respiró hondo y cerró los ojos. Al abrirlos, la atrajo hacia sí y, por toda respuesta, le dio el mejor beso que tenía, uno lleno de esperanza.




Nota: Este post (retocado) es el que envié para la Escena 6 propuesta por Literautas, que tenía que ocurrir durante un carnaval o una fiesta de disfraces, y debía haber un personaje que tuviera miedo de algo, por los motivos que fuera. Yo estaba flaca de inspiración, pero me forcé a escribir, para no perder el hábito. Algunos de los posts escritos para la escena por otros participantes me han parecido geniales. Si queréis echar un vistazo, podéis hacerlo aquí.
 

martes, 26 de febrero de 2013

Mother, What Did You Do?

—Nadia, tranquilícese. Su estado es grave. Necesita de un trasplante urgente. Hemos avisado a su madre y está de camino. Hay muchas probabilidades de que sea una donante válida.


Elena está en un taxi, nerviosa. Casi no puede pensar. El corazón le late a mil por hora, y su mente, ajena al recorrido, revive una y otra vez una escena acaecida mucho tiempo atrás. Era una apacible tarde de primavera. Había estado caminando por el parque, y llevaba un rato sentada en un banco junto al lago, leyendo una novela de Paul Auster. La historia la tenía completamente concentrada y fascinada. Apenas levantaba la vista del libro y por ello tardó unos minutos en percibir el llanto de un bebé. Intento escuchar y detectar de dónde procedía, pero no veía ninguno cerca. Se levantó, con los oídos alerta, y se encaminó hacia un árbol al que rodeaban en parte varios arbustos. Allí, semioculto tras ellos, descubrió a un bebé envuelto en una toquilla, tumbado sobre una manta de juegos, en la que reposaba un sonajero de juguete y una bolsa con un par de pañales de muda y un biberón. Se sorprendió muchísimo. En la escena solo echaba de menos a la mamá o al papá, pero allí no había nadie más. Se agachó y recogió a la criatura del suelo y la acunó en sus brazos para calmarla. Debía de tener unas semanas. Era una niña, ¡tan pequeña!, con sus grandes ojos grises anegados en lágrimas. Dejó de llorar cuando se sintió protegida y a Elena le pareció que hasta sonreía. Estuvo allí un buen rato con ella en brazos, haciéndole cucamonas y dándole el biberón cuando sospechó que podría estar hambrienta. Cuando parecía evidente que no iba a volver nadie a por ella, sopesó sus opciones y descubrió que no era capaz de despedirse de ella entregándola en comisaría o en un hospital. Algo le impelió a llevarla a casa para disfrutar de ella un poco más.

Pasó toda la noche pendiente de la niña, pensando, debatiéndose entre sus deseos, el bien y el mal, maquinando estrategias de todo tipo, y la mañana le sorprendió con los ojos como platos y con una determinación inusual en ella. Salió a primera hora de casa, fue derecha a una tienda de cosas para bebés y compró un cochecito. De vuelta a casa se aprovisionó de pañales, biberones y alimento para la pequeña. Empaquetó lo que creyó más importante en una maleta y salió con la niña, camino de la estación de tren. Compró el billete con destino a Alicante y dejó la capital.

Se instaló en un hotel mientras buscaba alquiler y envió una carta a su empresa para darse de baja. Inscribió a la niña en el registro como hija suya, y estuvo muy atenta a los periódicos y la televisión en las primeras semanas, pero con el tiempo se relajó. El dinero que tenía ahorrado le permitió tener un margen para gestionar con su empresa un cambio de ubicación que, afortunadamente, fue posible, ya que contaba con oficinas en todo Levante. Con el paso de los meses y estando completamente instalada, decidió vender el piso que dejó en Madrid para contar con otra fuente de ingresos, y se olvidó de su pasado. Se volcó de lleno en Nadia, y en vivir la nueva aventura con la que el destino la había premiado. Su hija creció sana y le regaló una existencia no soñada. Enterró su secreto tan profundamente que lo había olvidado ella misma y había aceptado como cierta la historia que tantas veces le contó a la niña cuando, de pequeña, preguntaba por su papá. Para ambas, él murió antes de nacer Nadia, y la identidad que había escogido Elena era la de un vecino que tuvo en aquella época, quien no tenía familia y, efectivamente, falleció por entonces en un accidente de coche. Había añadido algún detalle romántico, para que la niña no le diera vueltas al asunto cuando fuera haciéndose mayor, así pues, Daniel, que así se llamaba, estaba enamoradísimo de ella, y tenían planes de boda que se vieron truncados fatalmente. Fue poco después del accidente cuando Elena descubrió que estaba embarazada. ¡Curiosa mentira! Ella, que jamás había llegado a acostarse con un hombre y tan solo había tenido un medio novio con el que no cruzó más que cuatro besos. ¡Qué extraño es el destino! Sí, sí, el destino. Elena asumió su mentira como una verdad producida por el destino, que le había puesto al alcance a aquella pequeña criatura una tarde de primavera.

—Me dijo la entrada principal. ¿Le viene bien aquí?

Not a case of Lupus this time
La voz del taxista la saca abruptamente de sus pensamientos. Abre nerviosa el bolso y paga la carrera. Recibe la bofetada del frío en el rostro casi con alivio. Necesita desenterrar sus recuerdos y encontrar desesperadamente a los padres biológicos de Nadia, si es que existen, y no sabe ni por dónde empezar. Su mente es un torbellino de pensamientos. Acudirá a la policía, les contará la historia, usará Internet y cualquier medio a su alcance para difundirla. No tiene miedo de ir a la cárcel, de ser sometida a insultos populares, de ser apedreada. Volvería a hacerlo de nuevo sin dudarlo un solo instante. Nadie podrá arrebatarle jamás lo que ha sido su vida con Nadia en estos treinta años. Lo que más teme es al rechazo de su pequeña y a no ser capaz de salvarla y que se vaya para siempre. Y también a su conciencia, que parece torturarla sin respiro con una pregunta, formulada con voz infantil, que se repite insistentemente en su cabeza:

—Mami, ¿qué hiciste?