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martes, 27 de mayo de 2014

Blowing A Kiss


Esta mañana no sabía nada de ella. Iba hacia el trabajo, soportando estoicamente el mismo atasco de siempre. Llevaba mi música puesta, que suele animarme. No soy de los que se desesperan en cuanto se monta el circo. Sé que no sirve de nada, así que prefiero tomarlo con calma y disfrutar del momento centrado en otras cosas. Me gusta perder la vista en el cielo de Madrid mientras conduzco pensando en lo que me depara el día, y a veces, en los atascos, me dedico a observar a los conductores que circulan a mi lado.

A mi izquierda, un niño pegaba la cara en el cristal de su ventanilla, dejando que su nariz se aplastara. Se separó y me sonrió tímidamente al verse sorprendido. Le devolví la sonrisa, como diciendo "no pasa nada, chaval", y seguí a lo mío según avanzaba un poco mi carril. Apenas unos metros después, nuevo parón. Esta vez, a mi derecha, una mujer se afanaba en escribir en su móvil aprovechando la detención, pero lo dejó caer sobre su regazo al reanudarse la marcha. Su lugar lo ocupó un señor con cara de malas pulgas. Por suerte, duró poco la visión y avancé de nuevo otro poquito. Percibí por el retrovisor que se colaba tras de mí un coche que cambiaba de carril. Un atasco es como un tablero de bloques que se van colocando lentamente, y a veces hay que aprovechar los espacios que se abren. Vi en el luminoso que quedaba aún un kilómetro de tapón y me vino a la mente la pila de cosas por hacer según llegara a la oficina.
 
Me fijé entonces en la chica que conducía detrás de mí. Estábamos prácticamente parados en ese tramo, avanzando solo unos metros cada vez, y ello me permitía mirarla descaradamente. Iba con la música puesta también, o eso sospeché, porque aunque no oía lo que ocurría en su vehículo, movía la boca a ratos y llevaba la cabeza de un lado al otro con cierto ritmo. Sí, sin duda cantaba. De tanto en tanto sus manos agarradas a la parte alta del volante, liberaban los pulgares y daban golpecitos rítmicamente, como si marcaran el compás a golpe de baqueta. Llegó el momento del estribillo y explotó a cantar y contorsionarse bailando todo lo que un coche permite. Desde luego lo vivía, lo dio todo en esa canción. No pude evitar girarme y hacerle una seña levantando el pulgar y acto seguido juntar mis palmas en un aplauso. Al darse cuenta se sonrojó por haber sido pillada in fraganti y estalló en carcajadas. Ya me lo había parecido, pero al verla reír, confirmé mi sospecha: era toda una preciosidad.

Blow a kiss, by Ailenni

 Ella vio un hueco abierto a su derecha y efectuó un cambio de carril. Yo estaba en ascuas por verla más de cerca. En paralelo a mí, bajó su ventanilla y yo hice lo propio.
 
—Me pillaste. ¡Qué vergüenza! Es que me encanta esa canción.
 
—Chapeau! —repliqué sonriendo—. Lo mejor de mi día hasta ahora.
 
—¡Jajaja! Me alegro de haber contribuido.
 
Avanzamos aprovechando que nuestros carriles iban en paralelo, y nos mirábamos de tanto en tanto.
 
—¡Oye! —alcé mi voz sobre el ruido de los coches—. ¿Y si te propongo contribuir más? Te invito a una cerveza esta tarde. Me llamo Darío.
 
—Ehhhmmmm… Estoy loca pero… ¿por qué no? Soy Eva. Espera, te paso mi teléfono.
 
Empezó a hurgar en su bolso frenéticamente y al instante sacó un papel de la cartera y un boli, y se puso a anotar algo. Hizo una pelotita con el papel y me lo lanzó a través de la ventana, con tan poca suerte que fue directo al asfalto. Ambos soltamos al unísono un "¡Noooo!" y echamos a reír. Las filas avanzaban y había que reanudar la marcha, nos gustara o no.
 
—¡Quiero verte! —voceé por la ventana y avancé un poco.
 
—Vale —dijo colocándose a mi altura—. Sobre las ocho estaré libre. ¿Dónde?
 
—¿Conoces The Irish Rover? Nos vemos allí.
 
Tenía que decir algo rápidamente. Intuía que su salida se aproximaba y ella callaba mientras ambos avanzábamos despacio.
 
—¡Hecho! —respondió por fin. Se llevó la mano a los labios y me lanzó un beso antes de desaparecer por la derecha.
 
Hace muchas horas de eso. Acabo de salir de la ducha y de ahí, rumbo a conocer a Eva. Llevo todo el día sin poder quitarme ese beso de la cabeza. Y sé que quiero más.




Nota: Post escrito para la Escena 18 "Móntame una escena: el circo y el beso" propuesta por Literautas. La escena debía contener las palabras circo y beso y como reto proponía no usar adjetivos calificativos. Creo que al final logré erradicarlos todos :)
 

lunes, 28 de abril de 2014

The Last Request


Era la cuarta vez que se oían las risas y los chillidos infantiles, y Harry no estaba dispuesto a dejar que le dieran la noche y le impidieran disfrutar de la velada. Había alquilado un castillo escocés por una semana con otra pareja de amigos. Él no tenía niños, pero la otra pareja tenía a Lena, una hija adolescente que pasaba de todo la mayor parte del tiempo, y a Jan, un pequeño diablo de cuatro años que todas las noches, sin excepción, se paseaba con una sábana por el ala este, pretendiendo ser un temible fantasma. Ann y Jack, sus padres, eran blandos con él, y al final el pequeño se salía con la suya casi siempre.

—Dejadme a mí—dijo Harry levantándose y haciendo una seña a Ann para que permaneciera quieta.

Subió las escaleras de dos en dos sin hacer ruido, y se asomó al pasillo que daba a las habitaciones donde dormían los niños. Allí estaba el pequeño tunante, justo en medio del pasillo, arrastrando la sábana que lo medio cubría y avanzando hacia la habitación de Lena, para volver a asustarla. Harry dejó que por enésima vez abriera la puerta de la habitación de su hermana y entrara haciendo "¡Uuuuuuhhhh! ¡Zoy un fantazma!" y ante el fingido grito de horror de su hermana, echara a reír como un loco quitándose la sábana de la cabeza.

—Se acabó el juego —tronó la voz de Harry, acallando de pronto la risa de Jan que se dio un susto de muerte al no esperar que apareciera nadie tras él—. A dormir, mocoso. Como salgas de tu habitación, subiré personalmente a ponerte el culo colorado. Tus padres lo toleran, pero yo no estoy dispuesto a aguantarlo. Y los fantasmas no existen, que te quede bien claro. Y a ti, —le dijo a Lena—, debería darte vergüenza, que ya eres mayorcita para esto, ¿no?

Agarró con malas mañas a Jan del brazo, y tras dar un portazo lo arrastró hacia su habitación, mientras el pequeño lloriqueaba.

—De aquí no sales hasta mañana. ¡A dormir!

Lena, aún parada ante la puerta tras el tremendo portazo, pensó que ese Harry era un perfecto cretino, no entendía cómo sus padres no se daban cuenta. ¡Tratar así a su hermano! Joder, que tenía cuatro años. Se giró hacia la cama de nuevo y casi se cae del susto al ver allí sentada a una chica. Solo su dulce y calmada voz suplicándole que no gritara le hicieron contenerse.


—No te asustes, no voy a hacerte daño.
 
Enchanted Castle

—¿Qqq...uién eres? ¿Cómo has entrado aquí? ¿Vives en el castillo?

—Me llamo Allie, y... no grites, por favor, pero... soy un fantasma y... necesito tu ayuda.

Tenía un tono de voz tan afable que Lena supo que no tenía nada que temer, y se sentó junto a ella. Con dulzura infinita, le contó que llevaba un año muerta, pero no podía irse dejando a su novio Ran tan deshecho después de su muerte. Había una chica, Samy, que era perfecta para él, pero por más que lo había intentado, sus caminos aún no se habían cruzado. Estaba segura de que cuando lo hicieran, Ran podría olvidarla por fin y que juntos serían felices. Tras el susto e incredulidad iniciales, Lena, romántica incurable, se prestó a ayudarla a cambio de un favor.

Al día siguiente, Lena fue en bici al pueblo. Gracias a las indicaciones de Allie, localizó fácilmente el colegio donde Samy trabajaba. Se detuvo a cierta distancia y cuando vio que salía, reanudó el pedaleo para pasar junto a ella y fingir una caída. Tendida en el suelo se quejó exageradamente de haberse roto un hueso y Samy, tal como esperaba Lena, corrió presta a ayudar. Lena le suplicó que la llevara hasta el hospital y que pidiera que le atendiera el Dr. Hubert, diciendo que era un amigo suyo. Éste, claro está, no era otro que Ran. Ya en el hospital, en cuanto vio que Samy hablaba con Ran explicándole la caída y se dirigían hacia el box donde ella esperaba, Lena se las ingenió para escabullirse y volver al castillo. Al fin y al cabo, ya había hecho lo prometido y solo restaba dejar que el tiempo siguiera su curso.

—Ya está, —le dijo a Allie en su habitación esa noche—, ahora te toca a ti, aunque no sé yo...

—Sé lo que vas a decir. No temas. Tengo mis contactos. Confía en mí.

Esa noche, mientras la oscuridad reinaba en el castillo, el peor y más temible fantasma de todos los tiempos hizo su aparición en la habitación de Harry. Aún recuerdan en el pueblo los alaridos que daba el pobre diablo mientras huía en la moto, gritando como un poseso que el castillo estaba encantado.




Nota: Post escrito para la Escena 17 "Móntame una escena: en un castillo" propuesta por Literautas.
 

viernes, 28 de marzo de 2014

Taste of Guilt


Disfruta del parque a esa hora de la tarde. Las madres que pasean a los bebés y dejan corretear por el césped a sus pequeños, ya empiezan a retirarse. Toca la tanda de baños y cenas, supone Nela. Los ancianos abandonan también los bancos junto al lago, caminando despacio hacia la salida entre el revoloteo de las palomas. Es buena hora para los patinadores, los que pedalean en sus bicis o los que, como ella, van a correr. A veces se cruza algún perro tras algo que le lanzó su dueño. Se ve también a algún trajeado que, zapatos y chaqueta en mano, afloja la corbata y camina descalzo sobre el césped o se sienta a leer en algún banco. Los más retirados se llenan de parejas que intercambian arrumacos y se buscan las bocas. Nela les mira con envidia mientras completa su tercera vuelta. Hace semanas que no queda con Álvaro. Tal vez le llame luego por si le apetece ir al cine. Piensa en las distintas opciones mientras corre, observando todo a su alrededor y escuchando la música de su iPod. Héctor, el chico que hace de estatua viviente junto al lago, ya está empezando a recoger. Lo ve a diario, e intercambian un saludo con la mano. Dirige sus zancadas hacia su banco de descanso. Suele estar vacío, y allí acostumbra a reponer líquidos, darse un respiro y estirar un poco.

Mientras bebe con avidez, ve un periódico doblado en la papelera. Es de ayer, pero le servirá para echar un vistazo a la cartelera. Al cogerlo, resbala un sobre de su interior. Lo recoge, curiosa, y levanta la solapa. Está lleno de billetes. Nerviosa, mira a derecha e izquierda y, sin sacarlos, pasa su pulgar por el lateral, comprobando que todos son de 500 euros. "¡Debe haber unos cien mil!", piensa. Sin dudarlo un instante, cierra el sobre, lo desliza bajo sus mallas bien pegado a su vientre, y anuda a su cintura la sudadera para sujetar bien el sobre. No puede quedarse ahí ni un segundo más y se pone en marcha para alejarse.
 
Park bench

Corre con ganas. Su mente alberga ideas agitadas. “He visto demasiadas películas pero, ¿qué diablos hacía ese dinero ahí? ¿De quién es?". Solo le vienen a la mente respuestas peligrosas y ahora se lamenta de haberlo cogido. "¿Y si me han visto?". Sabe que en esa zona del parque no hay cámaras, tan solo en las entradas, pero no está segura de si alguien la vio. Corre intranquila. Tras ella viene alguien y gana terreno. Siente acercarse los pasos. Cuando la alcanzan cierra fuertemente los ojos, pero los abre al notar que la sobrepasan y ve que era solo un corredor más.

Cualquiera cerca de ella le parece amenazador y sospechoso. Un chico encapuchado se dirige hacia ella patinando. Se prepara por si viene directo a derribarla y quitarle el sobre, pero pasa también de largo. Se está poniendo muy nerviosa y por el esfuerzo de la carrera, le resulta difícil respirar. Se detiene de golpe. Se lleva las manos a las rodillas mientras boquea para recuperar el aliento. No quita ojo al camino ni a las parejas que charlan en los bancos. Esa zona está más poblada y ve amenazas por todas partes. Está paranoica y su corazón late desbocado. De pronto escucha ruido de sirenas. Se oyen cada vez más cerca. Están en el parque. Se incorpora y se gira, percibiendo las luces de coches de policía y ambulancias cerca del lago. La gente se encamina hacia allí para saber más. Nela debería salir ya, pero algo le impulsa a seguir al resto. Presiente que, lo que haya ocurrido, tiene relación con el tesoro que esconde bajo sus mallas.

Los curiosos rodean la escena. Ella se acerca también, y ahoga un grito en su garganta llevándose la mano a la boca al contemplar a Héctor tendido en el suelo. La sangre se extiende desde su estómago tiñendo de rojo el color bronce de su disfraz, mientras el médico de la ambulancia intenta detener la hemorragia. La policía ha encontrado droga en una de las mochilas de Héctor. A Nela le flaquean las piernas, su mente parece estallar. Ni entiende, ni quiere entender, pero le asalta la idea de que el agresor tal vez está ahí, observando. “Normalidad”, piensa, “actúa con normalidad, y vete”. Se une a los que emprenden la retirada y, aparentando tranquilidad, camina hacia la salida del parque, sintiendo una mezcla de vulnerabilidad, éxito, miedo y… un amargo sabor de culpa en la boca.




Nota: Post escrito para la Escena 16 "Móntame una escena: el parque y el periódico" propuesta por Literautas.
 

viernes, 28 de febrero de 2014

Casual Jump

El pub bullía a esas horas de la noche. El sábado era el día estrella. Maya había ido con un par de amigas, ganosas de soltar tensiones bailando en la pista y de tomar un par de tragos echando unas risas con algún valiente que se atreviera a acercarse a ellas. Mientras Laura y Simone pedían la segunda copa e intercambiaban risas y miradas con unos tíos, Maya, aburrida, se escabulló hacia la pista al escuchar Lithium, de Nirvana, una de sus canciones favoritas. Esa había que bailarla, saltarla, brincarla y vivirla. Se contoneaba, sintiendo la música salir de dentro, y en el momento álgido en que Kurt eleva la voz en su Yeah, yeah, yeah, Maya saltó, sin preocuparse de dónde fuera a parar su cuerpo. Chocó de espaldas con otra tía que, como ella, brincaba poseída por los acordes. Todo podía haber quedado en un "perdona, fue sin querer", pero la mirada asesina con la que se topó Maya al volverse para disculparse, le hizo comprender que de nada valdría una disculpa, así que la omitió y siguió bailando. Los verdes ojos de Pía echaban fuego cuando vio que Maya la miraba y volvía a lo suyo sin más. Ambas siguieron bailando, pero mientras Maya había olvidado el incidente, para Pía fue solo el primer round, y a la menor oportunidad, arremetió frontalmente contra Maya, tirándola de bruces contra el suelo, y siguió bailando como si nada de espaldas a ella. 

—¡Eh, tú, zorra! ¿De qué vas? —gritó Maya incorporándose.

Para Maya no valía disimulo alguno, y fue directa hacia Pía. La empujó y se quedó esperando el contraataque, bien plantada y lista para lo que pudiera ocurrir, enfrentándola mientras Pía se ponía en pie. Sabía que la sorpresa era el mejor ataque, así que, sin darle oportunidad a incorporarse del todo, según tuvo a Pía a su altura, le lanzó un puñetazo al estómago. Pía se dobló de dolor, pensando "si quieres juego sucio lo vas a tener".

Imagen de freepik

En la pista ya se había apartado la gente, nadie quería recibir un golpe por error. Pía, aún doblada, visualizó por el rabillo del ojo dónde estaba la cabeza de Maya, y saltó para darle un cabezazo en la barbilla. El golpe hizo que Maya se mordiera la lengua y pronto empezó a sangrar por la boca. Pía, decidida a no darle tregua, echó el puño hacia atrás para tomar impulso y lanzó un directo a su mandíbula. Maya lo vio venir, y con gran rapidez de reflejos, elevó su codo derecho, logrando que el puño se estrellara contra él. El gesto de dolor en la cara de Pía fue evidente y aprovechando ese momento, Maya lanzó una patada lateral directa al costado y Pía cayó al suelo de nuevo. La multitud asistía impasible al espectáculo, nadie intentaba separarlas, y algunos las jaleaban. Desde el suelo, a cuatro patas, Pía agarró a Maya por los pies y la hizo caer, y saltó encima de ella, sujetando sus manos e intentando paralizar sus piernas. Maya se había hecho daño y parecía estar vencida, se debatía y retorcía para zafarse y esquivar los puñetazos de Pía. Laura y Simone asomaron en ese momento y comprobaron atónitas que era su amiga la que estaba en pleno meollo. Se abrieron paso a codazos hasta el improvisado ring y sacaron a Maya de allí, recibiendo alguna patada de Pía, que sentía que aún le faltaba leña que repartir.

Se retiraron las tres de la pista, camino a la barra para calmar a Maya y pedir un trago. Laura y Simone acusaban a Maya de camorrista e inconsciente. Ella, acodada en la barra y pasándose un hielo por los labios y la barbilla, aguantaba el chaparrón y echaba miradas a la pista, buscando la melena pelirroja de Pía. La divisó al cabo de un rato, yendo hacia los lavabos.

—Ahora vuelvo, chicas.

Se escurrió entre la gente y entró a los lavabos. No se veía a Pía. Debía estar dentro de uno de los baños. Mientras esperaba a que saliera, se lavó las manos y se refrescó la cara, limpiando la sangre seca del labio. Le dolía la barbilla. Se miró al espejo y vio que ya se formaba un círculo morado alrededor de su ojo derecho, pero estaba satisfecha de haber salido casi ilesa.

—Me jodiste la mano, ¿sabes? ¿Vienes a por más? —preguntó Pía con chulería al salir y verla allí parada.

—Depende... —dijo acercándose a ella, felina y sensual. Se llevo la mano de Pía a sus labios y la besó suavemente—. ¿Te cuento un secreto? Te pones increíblemente sexy cuando peleas.



Nota: Post escrito para la Escena 15 "Móntame una escena: enfrentada" propuesta por Literautas.

martes, 28 de enero de 2014

The Scratch

Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. Ya era oficialmente el cumpleaños de Ron. Quería sorprenderle y presentarme en su apartamento. Contaba con pillarle dormido, pues la semana en el bufete en que ambos trabajamos había sido dura. 

Llegué al portal, aparqué y subí. Caminé descalza hasta su puerta con los tacones en la mano, deslicé la llave con sumo cuidado y giré lentamente. Entré y cerré sin hacer ruido. Permanecí inmóvil por unos segundos, para cerciorarme de que no me había oído. Cuando estuve segura, dejé el bolso y los zapatos y me desnudé despacio, soltando las prendas por el suelo. Recorrí el pasillo de puntillas, pasando junto al salón camino a su cuarto. La puerta estaba abierta. Dejé que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad mientras mi mente anticipaba la escena: deslizar mi cuerpo desnudo bajo sus sábanas hasta el suyo, piel con piel, dejando que dudara si era un sueño, recorrer su cuerpo beso a beso y hacerle el amor, para después dormirme en sus brazos. Sigilosamente avancé hacia la cama y me paré abruptamente. Un larga melena ocultaba el rostro de una mujer, a quien Ron abrazaba desde atrás con el rostro hundido en su cuello. Un grito sordo quedó atrapado en mi garganta, mientras mis manos cubrían mi boca, en una mezcla de crispación, shock y dolor. No podía creerlo. Me tragué las ganas de saltar sobre ellos y liarme a puñetazos. No soy de montar escenas, y el orgullo me dio las fuerzas necesarias para salir de ahí, tan despacio y en silencio como entré. Bebiéndome las lágrimas que brotaban sin que pudiera controlarlo, me vestí junto a la puerta y salí. 
 
 
 
El aire fresco de la noche me vino bien. Apreté los puños de rabia, me sentía traicionada, pero mi mente iba a mil. No pensaba darle el gusto de mostrarme herida y actuaría con fría normalidad. Buscaría el momento de hablar con él fuera de la oficina. Al ir hacia mi coche, vi su flamante Audi aparcado, estrenado hacía unos días. Y no pude evitarlo.

—¡Ahí tienes tu regalo de cumpleaños, cabrón! —murmuré rabiosa. 

Fue como si alguien moviera los hilos y me hiciera actuar así. El resultado: un precioso y profundo arañazo de punta a punta en el lateral del conductor. Aunque las lágrimas seguían fluyendo, mi pequeña venganza con su coche me hizo sentirme menos idiota.

Esa noche no pegué ojo. No ayudaba el saber que él dormía plácidamente junto a otra, mientras yo me sorbía los mocos por el llanto y daba vueltas a todo. Para cuando caí rendida, el despertador, insobornable por muchos morritos que le pusiera, me sacó a patadas de la cama. La ducha y un café bien cargado me activaron, y llegué puntual al despacho. Chequeé rápidamente los emails y la agenda, y fui a su despacho, para felicitarle como si nada hubiera ocurrido. Quería ver con qué descaro disimulaba. Cuando me asomé, hablaba por teléfono junto a la ventana. Al verme, hizo señas con la mano para que entrara.

—Sí, sí, si puede ser esta misma mañana, mejor —decía masajeando y frotando su cuello —. No te imaginas cómo me duele. Ese sofá es un infierno, pero es mi hermano. ¡Qué iba a hacer!

Al oír la mención a su hermano, mi mente hizo click. Casi me atraganto tragando saliva. Comentó hace semanas que vendrían su hermano y su mujer desde Philadelphia para su cumpleaños, y ¡lo había olvidado! Indudablemente, la mujer que vi no podía ser otra que... su cuñada. Y el que estaba con ella su marido. ¡Qué fallo el mío! Pero no era momento de acercarme a la cama o enfocar con linterna, y la sorpresa nubló mis sentidos por completo hasta el punto de creer que era Ron.

—Perfecto. Allí estaré. No sabes cómo te lo agradezco.

 Colgó y se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Hola, princesa.

—¡Felicidades! —dije rozando sus labios con un beso tímido, ausente ya de encono y preñado de culpa, sintiéndome lo peor de la Tierra—. Vengo solo a desearte un buen día, que voy volada. ¿Comemos juntos?

—Perfecto. Yo voy apurado también. A media mañana escaparé al quiropráctico. Dejé mi cama a Mike y Carol, y dormí en el sofá. Tengo el cuello roto. Hoy me acogerás en tu casa, ¿no?, —dijo atrayéndome hacia sí y besando mi cuello—, no puedo con otra noche así.

—¡Mmmhhh! ¡Claro! No puedo negarme si me haces eso, cuenta con ello. ¿Qué tal Mike?, por cierto.

—Bien, como siempre, pero ¡no te imaginas el cabreo que tenía esta mañana! Algún cretino le ha rayado el coche, que es casi idéntico al mío.

—¡Vaya! ¡Ay que ver cómo es la gente!

Nos despedimos con un beso. De vuelta a mi despacho, pensaba lo mala que he sido siempre para fijarme en los coches, pero no podía evitar sonreír, a pesar de que mi fechoría afectara al pobre e inocente Mike.



Nota: Post escrito para la Escena 14 "Móntame una escena: doce campanadas" propuesta por Literautas.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Hunting Luck

Antes de subir al coche, Harry palpó su bolsillo trasero. ¡Había olvidado la cartera! Fastidiado, volvió a casa, subió los siete escalones pisando solo los impares, y abrió la puerta. Ahí estaba, en el recibidor. La abrió, comprobó que su trébol de cuatro hojas estaba dentro y la guardó. Antes de volver a salir, se miró en el espejo de la entrada para espantar la mala suerte.
 
Había quedado con Lizzy, con quien llevaba saliendo unos meses. Todo iba bien entre ellos, pero por los fracasos de relaciones anteriores, Harry iba a la caza de la buena suerte e incorporaba a menudo nuevas manías a su día a día. Sin embargo no era algo nuevo. El hecho es que siempre había sido supersticioso y había usado todo tipo de amuletos desde aquella primera vez cuando contaba siete años, en que su madre, viéndolo tan nervioso antes del examen de Matemáticas, rebuscó en su caja de costura y sacó un precioso botón azul que colocó en su manita.
 
—Es mágico. Guárdalo en el bolsillo y verás como todo irá bien.
 
Desde entonces, Harry había ido variando de amuletos: usó calzoncillos de la suerte —que se ponía del revés en los exámenes—, bajaba siempre de la cama con el pie derecho, lanzó monedas en multitud de fuentes tras pedir un deseo, e incluso grabó un candado, con la fecha, su nombre y el de Ann, su ex-novia, lo colocó en la barandilla del Ponte Milvio y cogiendo su mano y mirándola a los ojos, lanzó la llave al Tevere. Aún hoy cree que si no hubieran retirado todos los candados debido al peso extra que suponían para la estructura, su relación no se habría roto hacía ya un año.
 
Subió al coche y condujo concentrado, buscando señales en las matrículas del resto de los coches en espera de toparse con alguna capicúa, mientras la pata de conejo se balanceaba rítmicamente junto a la llave de contacto. Habían quedado en un coqueto restaurante del centro, y sentados frente a frente, debatían sobre la suerte, disfrutando de un delicioso Zinfandel mientras esperaban la cena.
 
Groucho y sus genialidades
 
—O sea... A ver si lo he entendido bien... ¿Estás absolutamente convencido de todas esas cosas? Tus amuletos y supersticiones, los viernes trece..., todas esas bobadas.
 
—Ehhh... básicamente, sí.
 
—¿Y si hago esto? —dijo volcando el salero y derramando unos granos de sal.
 
—¡No! ¡No hagas eso! —saltó muy nervioso, tomando el salero y echando sal por detrás de su hombro izquierdo.
 
—¡Jajajaja! ¿Ves? A eso me refería, Harry. Son sandeces. Tienen poder sobre ti solo porque las crees. ¿Has intentado pasar de todo eso tan solo por un día? Comprobar que nada malo ocurre por ignorarlo. Es tu mente la que tiene el poder de atraer la desgracia o la suerte si así lo crees.
 
—Eso que dices me parece casi tan supersticioso como lo mío.
 
—Tienes razón, vale, pero lo que intento es que justamente veas el lado opuesto. ¿Por qué no lo intentas? ¡Desde mañana mismo! Levántate con el pie izquierdo e ignora todas esas supersticiones el resto del día.
 
Harry aceptó el reto. Le costaría trabajo pero estaba decidido, y así, pasaron todo el sábado, sin tréboles ni herraduras, sin evitar gatos negros o escaleras. Se atrevió incluso a abrir el paraguas dentro de la casa por el mero hecho de retar a la suerte. Vivieron un día divertido y al llegar la noche, contemplando a Lizzy dormida junto a él, se dio cuenta de que había temido no llegar a ese instante sin una desgracia, y el nudo que atenazaba su estómago durante todo el día comenzó a aflojarse.
 
—Gracias —susurró besándola.
 
A la mañana siguiente, se levantó temprano, contemplando feliz cómo ella aún dormía. Aunque se le hizo raro por la fuerza de la costumbre, bajó de la cama con el pie izquierdo. Estaba inspirado y creyó que podría retomar su faceta de escritor y avanzar con el capítulo. Se dirigió a su despacho tras desayunar y, antes de sentarse a escribir, se acercó al ventanal, admirando los colores otoñales del bosque ante su casa.
 
El repentino ruido de cristales rotos y un disparo arrancaron a Lizzy de sus sueños. Abrió los ojos asustada y saltó de la cama al no verlo junto a ella. Le llamó, recorriendo las habitaciones sin encontrar respuesta. Al entrar al despacho, su grito resonó en la casa. Harry yacía tendido junto al ventanal, con un profundo agujero rojo en su frente.
 
Cuando la policía llegó, Lizzy, conmocionada, no fue capaz de explicar nada. Supo después que todo fue un accidente fortuito, provocado por un vecino de la zona que practicaba el tiro en el bosque. Un gato negro saltó de repente de un árbol, haciendo que tropezara y que el arma se disparara involuntariamente, enviando la bala directamente a la cabeza de Harry.
 
Un mes después, amanece y Lizzy se despereza lentamente en la cama. Es domingo, y se puede permitir el lujo de quedarse un ratito más. Finalmente se guarda la pereza en el bolsillo del pijama y se levanta, plantando cuidadosamente primero el pie derecho. Baja trotando las escaleras hacia la cocina, y ve de refilón el nazar que ha colgado junto a la entrada. En poco tiempo, ha adquirido muchas supersticiones. Mientras prepara el café sumida en sus pensamientos, en su muñeca tintinean un trébol y una pequeña herradura de plata.
 
Nota: Post escrito para la Escena 13 "Móntame una escena… supersticiosa" propuesta por Literautas.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Still, Very Still

El acostumbrado parón a media mañana no podía faltar. Cruzaba la pequeña calle adoquinada hacia la cafetería de enfrente y disfrutaba de veinte minutos sin emails ni llamadas de teléfono. Era el único momento del día en que se daba un respiro. Se sentaba junto al ventanal y la linda Becky le llevaba un capuccino bien caliente y un croissant recién horneado. Henry lo tomaba a sorbitos y mordisqueaba el bollo con deleite. Hoy necesitaba especialmente ese pequeño instante, a solas con sus pensamientos y su ritual, pues en cuanto entrara en la oficina le esperaba una reunión crucial. Su jefe, Peter, había sido propuesto para la dirección de la sede de la oficina en Nueva York, al jubilarse el actual, Robert. El otro candidato era Ellie, una arpía de pies a cabeza, capaz de pisotear a quien se cruzara en su camino para conseguir sus propósitos. Llevaba toda la semana recibiendo veladas amenazas por parte del grupo de Ellie, conminándole a votar en favor de ella. Se rumoreaba que habría empate y ello daría la victoria a Peter, que llevaba más años en la empresa. Pero Henry no había querido dejarse intimidar. Sabía que si ganaba Peter, él, como su mano derecha, sería trasladado también y por fin viviría en la ciudad de sus sueños.

Terminó el desayuno y se despidió de Becky con una sonrisa agradecida cuando ella, sabedora de la importancia de la reunión, le colocó con gracia un trébol de cuatro hojas en la solapa de la chaqueta y lo besó en la mejilla. Cruzó de vuelta al edificio, haciendo sonreír a cada adoquín que pisaba —tal era el optimismo y buen humor que emanaba—. 

Subió hasta su despacho, revisó rápidamente el correo y se dirigió a la sala de reuniones. Cuando llegó ya estaban allí todos los convocados y no tuvo más remedio que sentarse entre los del otro bando: a su derecha, Ellie; a su izquierda, el ambicioso Luke.

Robert abrió la reunión y relató emocionado su trayectoria en la compañía. Hubo sentidos aplausos al final de su discurso, momento en que Henry notó un leve pinchazo en el tobillo y pudo ver por el rabillo del ojo un pincho retráctil en el zapato de Luke mientras retiraba el pie. Robert, sin más preámbulos, presentó a los dos candidatos y dio paso a la votación.

—Por antigüedad en la empresa, empecemos con Peter. ¿Votos a favor?

Una tras otra se fueron alzando las manos previstas, hasta llegar a Henry, en quien todos los ojos se posaron. Mostraba una sonrisa hierática, mientras por dentro sentía miedo y desesperación. Estaba completamente inmóvil y su garganta agarrotada. Parpadeaba sin poder expresar emoción alguna y sin poder emitir el más leve sonido. "¿Qué me han hecho?", pensaba impotente.

Nadie parecía percibir que algo le ocurría. Él miraba fijamente a Peter, pidiendo auxilio por dentro, pero la cara de su jefe solo mostraba una tremenda decepción.

—Seis,... siete... ¡Siete votos a favor de Peter! —concluyó Robert.


The Brooklyn Bridge

Nada iba según lo previsto. Los ocho restantes apoyaban a Ellie. Henry veía su sueño de ir a Nueva York desvanecerse y Peter, abatido, ocultaba su rostro entre las manos.

—Ahora los votos a favor de Ellie.

Varias manos empezaron a elevarse hacia el techo, al tiempo que James, uno de los chicos de Ellie, se levantó como impulsado por un resorte y abandonó la sala a toda velocidad, ante la mirada atónita e intrigada de todos los presentes. Ellie, furiosa, echaba fuego por los ojos y apretaba los puños hasta clavarse las uñas.

Robert, divertido por tanta sorpresa, inició el recuento en voz alta.

—Cinco, seis y... siete... ¡Bien! ¡Empate! —recapituló—. Como sabéis, el procedimiento de la compañía deja muy claro este punto y el empate se deshace por antigüedad. Así que... ¡Enhorabuena, Peter! A partir del próximo mes, serás el nuevo director de la oficina de Nueva York. 

Ellie abandonó la sala como una exhalación, mientras Peter se ponía en pie, agradeciendo las felicitaciones de los presentes. Henry, aún inmóvil, parecía notar un cosquilleo y esperaba que fuera síntoma de la vuelta de su movilidad. Ardía en deseos de excusarse ante su jefe, explicarle la trampa de la que había sido objeto y darle la más sincera enhorabuena. Todos fueron saliendo y Henry tardó un rato en recuperar la movilidad, pero en cuanto lo hizo, corrió a explicar a Peter lo sucedido antes de que fuera demasiado tarde.

La tensión del momento vivido y acaso también lo que fuera que le habían administrado lo habían dejado exhausto y decidió bajar a desentumecer los músculos. Entró al bar de Becky.

—Te veo feliz. Temí haberme quedado corta con el laxante —dijo ella nada más verlo entrar.

—¡No me lo puedo creer! ¿Fue cosa tuya? —preguntó sin dar crédito.

—¡Claro! ¿Qué esperabas? Estuvieron aquí esta mañana justo cuando saliste. Les oí jugar sucio. Tenía que hacer algo y eso fue lo primero que se me ocurrió. Actué casi sin pensar. No sabía si surtiría el efecto previsto, y solo pude adulterar uno de sus cafés, pero veo que funcionó.

—Lo hizo, lo hizo. Eres toda una mujer de acción por lo que veo.

—Claro que sí. Y mi próximo objetivo es... encandilarte para que me lleves a Nueva York.

—¡Vaya! ¡Jajaja! Eso no me lo esperaba, pero me parece una idea muy interesante. Tienes tooooda una semana para convencerme.

—Pienso aprovecharla —dijo contoneándose.

—No me cabe la menor duda.
 
Nota: Post escrito para la Escena 12 "Móntame una escena… muy, muy quieto" propuesta por Literautas (reescrito aquí con leves variaciones). Puedes ver los relatos participantes aquí.

 

lunes, 28 de octubre de 2013

The Green Heart

Decidí visitar a la bruja. No se me ocurría qué otra cosa podía hacer. Me había quedado sin ideas y estaba aterrado, pero si había una posibilidad, una sola, aunque fuera diminuta, tenía que intentarlo, o si no, sería uno más de esos niños con papás divorciados. Había muchos en mi clase. Mi amigo Germán decía que era guay, pero yo no lo veía así, a pesar de que, según él, así obtenía lo mejor de cada uno y le hacían regalos de lo más cool. No, para mí no tenía nada de guay y oía a Germán llorar por la noche algún día que dormía en su casa. Él creía que no me enteraba, pero escucharles discutir e insultarse por teléfono, o ver cómo intentaban ponerle en contra del otro, le rompía el alma.

Amani vivía cerca de nuestra casa, junto al bosque. No sabía si era una bruja, una hechicera, o simplemente una tía rara, pero cuando montábamos en bici por la explanada cerca de su pequeña casa, veíamos cosas raras, explosiones de luces de colores en las ventanas, animales que salían de la nada por el camino, su casa llena de sol mientras caía una tromba de agua alrededor... No sé, en el barrio los rumores acerca de ella eran inquietantes.

Dejé la bici apoyada junto a la cerca y me aproximé a su casa por el camino empedrado. Antes de llamar pensé asomar la nariz por una de las ventanas, por si veía algo que me hiciera cambiar de idea. Me acerqué con sigilo a una de ellas, agachado, y estando bajo el alféizar subí la cabeza muy lentamente, hasta que mis ojos alcanzaron el cristal para ver.

—¡Buuuuhhh! —la cara de Amani apareció al otro lado de la ventana.

El susto me hizo caer de espaldas. Pero me levanté rápidamente, resuelto a huir como alma que lleva el diablo.

—No huyas, pequeño McAllister —dijo abriendo la ventana, mientras en mi escapada tropezaba y caía de nuevo—. ¡Jajaja! Vamos, muchacho, no tienes nada que temer.

Me levanté y mis rodillas sangraban. Me volví a mirarla, dudando. Al fin y al cabo seguía necesitando su ayuda.

—Anda, Ron, ven y deja que te cure esa herida tan fea —me invitó sonriendo.



A Heart Tree

Me encogí de hombros, pensando “¡qué caray!”, y di media vuelta. Me abrió antes de que mis nudillos tocaran la puerta. Sus rizos rojizos enmarcando unos increíbles ojos azules le daban un aspecto divertido y su dulce voz y su sonrisa me dieron la bienvenida, ahuyentando definitivamente mis miedos.

Me hizo pasar al salón. El olor a incienso invadió mis fosas nasales, y los colores y muebles de la estancia me hicieron sentirme cómodo al instante. Se sentó junto a mí en el sofá y, no sé cómo, en sus manos se materializó lo necesario para limpiar mi herida y ponerme un pequeño apósito con infinita delicadeza. Del mismo modo, la taza con chocolate caliente que me ofreció pareció salir de la nada.

—¿Qué puedo hacer por ti, pequeño? —dijo acariciando mi cabeza.

—Creo que ya lo sabes.

—Así es, —admitió—, pero para que funcione he de oírtelo decir.

—Pues… Necesito una poción, un encantamiento, magia, lo que sea, para que mis padres recuerden por qué se enamoraron.

Me miró como los mayores miran a veces a los niños. Con esa expresión de lástima expresando “¡Ay!, es complicado, eres muy pequeño, algún día lo entenderás”.

—Mira —proseguí—, no quiero que estén juntos si no se quieren, no quiero que finjan por mí. Yo quiero que sea de verdad, y vengo porque creo que sí se quieren, pero se les ha olvidado cuánto y por qué. Solo quiero refrescarles la memoria.

—Es la petición más bonita que me han hecho nunca.

Sacó un corazón verde de una cajita, y me lo dio, indicándome que debía plantarlo en el jardín. No quiso aceptar los billetes arrugados que saqué de mi bolsillo. Dijo que se conformaba con que la visitara de vez en cuando y lo he hecho desde entonces.

—¡Y esa es la historia de Amani! —concluí—. Y ahora, apresurémonos. Le prometí que te llevaría esta tarde. Quiere conocerte.

—O sea… ¿es una bruja buena? —preguntó mi hermano Nicholas.

—Juzga por ti mismo, enano. Dos años después, naciste tú, y hace tres Lillian. Y nunca he visto a papá y mamá tan enamorados. ¿Sigue dándote miedo?

—No —dijo Nicholas guardando sus temores en el bolsillo—. Creo que me va a caer genial.



Nota: Post escrito para la Escena 11 "Entre brujas" propuesta por Literautas. Puedes ver los relatos participantes aquí. Creo que voy a leérselo a mi sobri Guillermo, que anda un poco temeroso de las brujas. Lo mismo le gusta Amani, que es una tía majísima :)

viernes, 27 de septiembre de 2013

Compilation of Literautas' Scenes

Como ya os avanzaba en agosto, tras todo un año montando maravillosas escenas e invitando a cualquiera a participar en ellas con un relato, Literautas ha publicado un libro recopilatorio. El motivo no es otro que celebrar que en septiembre se cumplirá el primer aniversario del taller de escritura Móntame una Escena, y el libro aúna 65 de los relatos participantes, seleccionados por cada uno de los autores de entre aquellos con los que hemos ido participando en el reto mes a mes. El libro es gratuito, y está disponible en los formatos epub, pdf y mobi.
 
¿Recordáis aquella entrada en la que pedía vuestra ayuda para seleccionar una de las seis escenas que escribí para Literautas? Al final la elegida fue The Wound y está incluida en el capítulo correspondiente a la escena nº 5 titulada Entre Bastidores. 
 
Os confieso que me hace mucha ilusión, y os invito a que leáis el libro, porque estoy segura de que lo disfrutaréis. 
 
Doy las gracias desde aquí a Literautas por la maravillosa iniciativa que me servido de acicate para seguir escribiendo de tanto en tanto, y para conocer las historias y blogs de otros participantes :)
 
- Libro recopilación Nº1 Literautas -

Pincha en la imagen para descargar el libro :)


jueves, 15 de agosto de 2013

Trying To Make Up My Mind

No me decido. ¿Me ayudáis con esta breve encuesta? :)

Os cuento... Literautas va a sacar un libro recopilación de relatos, para celebrar que en septiembre se cumplirá el primer aniversario del taller de escritura Móntame una Escena. Los que hemos participado en alguna de las diez primeras ediciones, podemos enviar uno de los relatos para que lo incluyan, y se permite incluso ampliarlo hasta las 1.000 palabras. ¡Y ahí está mi dilema! Aunque mi mente ya ha descartado alguno, al final no consigo decidirme por uno de los seis relatos que escribí para seis de las escenas propuestas, y he pensado que lo mejor es preguntaros.
 
Los relatos son:
 
 
 
 
 
 
Me encantaría saber cuál es vuestra opinión. Podéis dejar un comentario (puede hasta ser anónimo, si queréis) indicando vuestra opción.


2013/08/25: Finalmente, tras recabar las votaciones recibidas por los distintos medios, y resuelto el casi empate entre The Wound y The Mission (curiosamente mis dos preferidas), opto por enviar la elegida mayoritariamente, que es... (redoble de tambores) ... ¡The Wound! :)