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lunes, 17 de diciembre de 2012

Treacherous Dreams

Está muy excitada. Pensar en Rick —un compañero del trabajo al que secretamente adora— le provoca a menudo esa sensación. Se deja llevar, lánguidamente, y al poco no puede evitar retorcerse de placer, anticipando el momento del clímax, saboreándolo. Lleva sus manos al pecho, lo pellizca, gime. Necesita sentir contacto de otro cuerpo en su boca y se lleva una mano hasta sus labios. Lame sus dedos, los besa, los mordisquea, cada vez más excitada.

Baja la otra mano desde el pecho hacia las bragas, para apartarlas con habilidad y despojarse de ellas, dejando que se pierdan bajo las sábanas, pero descubre gustosa que no lleva. Mejor, piensa. Menos obstáculos. Sus manos alcanzan su sexo y juegan, hábiles. Está ardiendo de placer, completamente húmeda. Sus dedos exploran, y cada punto produce más placer que el anterior. Le sobra la ropa de cama y la aparta hacia atrás de un plumazo. Su cuerpo, su piel, quedan expuestos, pero no siente frío. Está ardiendo de gusto y disfrutando de pequeños orgasmos que la inundan, previos a la explosión final. Y sintiendo que llega ese momento, gime, grita de placer, arqueando su cuerpo para recibirlo por completo. Siente el palpitar extendiéndose a cada fibra de su ser. Queda exhausta y feliz, completamente relajada, y abre los ojos...

Devoted to her pleasure

Kate parpadea dos veces, porque no entiende lo que ve. ¡Ahí está Rick!, y... más gente. Está confusa, traga saliva y siente como el ardor que un momento antes recorría su cuerpo se posiciona por completo en sus mejillas, que le queman de vergüenza. Alarga una mano para estirar de la sábana y cubrir su desnudez. No hay palabras que decir. Solo quiere cubrirse la cabeza y desaparecer, hacerse diminuta, mientras varios pares de ojos, divertidos, completamente abiertos e impactados aún por lo que han presenciado, son testigos de su azoramiento, y asoman desde el otro lado de la cortinilla verde del box.

—Señorita Emmerson, no se alarme —dice el doctor, sin poder evitar una sonrisa, mientras se acerca a la camilla en la que Kate, muerta de vergüenza, intenta hacerse invisible con el poder de su mente—. Soy el Dr. Schunt. ¿Cómo se encuentra? Ha sufrido una caída en la oficina y ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, que le ha hecho perder el conocimiento. Sus compañeros la han traído hace un par de horas —dice señalando a las cabezas que asoman—.  Enfermera, por favor, vaya a comprobar si ya están los resultados de la analítica mientras exploro a la paciente. Y, —añade girándose al resto—, por favor, ustedes dispérsense, que el espectáculo ha terminado y esto es un hospital. ¡Vamos, vamos!

lunes, 1 de octubre de 2012

Scatterbrain

Me viene a la mente una anécdota de hace mucho tiempo, que prueba una vez más lo despistada que era y, —¿para qué voy a disimular a estas alturas?—, que sigo siendo. Es de la época en que salía con mi segundo novio, —mi adorado Nino—, quien cumplió años este fin de semana. Tal vez ese haya sido el detonante del recuerdo. Yo debía tener por esa época unos 21 o 22 años. Él tenía un Ibiza blanco, y había quedado en recogerme en casa de mis padres a cierta hora. Yo ya estaba preparada, y esperaba en casa, mirando tras la ventana, a ver si aparecía o no. Cuando vi un coche blanco con techo solar y reconocí su matrícula, salí rauda hacia la puerta avisando en casa con un "¡Me voy!" y repartiendo besos de despedida. Corrí escaleras abajo, de dos en dos y de tres en tres, y salí del portal.

En la calle donde vivían mis padres, los coches aparcan en batería a ambos lados de la calle, con lo que, cuando yo salí, había varios coches delante y, a través de ellos, aparcado detrás en doble fila, vi un coche blanco. Sin pensarlo más, me colé toda chula entre dos coches y dirigí la mano a abrir la puerta del coche blanco aparcado sin prestar demasiada atención. Iba ya a tocar la manilla pero, justo antes de poder hacerlo, el coche se puso en marcha y salió. Me quedé a cuadros, con la mano tendida en el aire, con cara de puzzle y sin comprender, y avancé un par de pasos hasta el medio de la calle, mirando cómo se iba el coche y diciendo en alto "Pero ¡Ninoooo!, ¿estás tonto?, ¿dónde vas? ¡Da la vuelta!", haciendo gestos con la mano, segura de que estaba de guasa y de que tal vez me vería desde el espejo retrovisor. Pero no, el coche se alejaba y yo no entendía. Cuando comprendí que no podía hacer nada —en esa época no había móviles— y me tocaba esperar a que diera la vuelta a la manzana o qué sé yo, me giré a la derecha para entrar de nuevo al portal y... ¡vi a Nino! Estaba allí mismo, dentro de su coche, muerto de risa sobre el volante. Cuando fue capaz de parar de reír, me contó que mientras él esperaba tranquilamente aparcado, ahí mismo donde estaba y dando tiempo a que yo bajara, otro coche blanco se había puesto delante de él en doble fila, justamente segundos antes de que yo saliera del portal y diera tres zancadas, pretendiendo abrir la puerta del coche de un desconocido y colarme dentro. No sé si el tipo llegó a verme y justamente por eso salió pitando antes de permitir que una loquita entrara en su coche, o si ni siquiera se enteró, pero sin duda, su colaboración me regaló esta anécdota.


Laughing out loud

jueves, 6 de septiembre de 2012

The Secret Ingredient

—Bueno, tranquilízate, mujer, y ahora cenando me cuentas más despacio —dice Ivana a su amiga mientras echa un vistazo final a la carta.

—Es que ha sido un infierno. Estoy agotada, y este dolor de cabeza no se me va. ¿No tendrás por ahí un ibuprofeno? —pregunta Sandra.

—Algo llevo, sí, tranquila. Te tomas luego uno —contesta levantando la vista hacia el camarero, que ya está listo para tomar nota.

Ivana y Sandra son muy buenas amigas desde hace años. Suelen verse con frecuencia, pero durante el verano no han tenido muchas ocasiones, y han quedado a la vuelta de las vacaciones para ponerse al día. Ivana acaba de volver de pasar dos semanas en Tailandia. Vuelve encantada de la vida, descansada, con un bonito bronceado, miles de fotos y muchas anécdotas que contar. Sandra, muy al contrario, ha pasado uno de los peores veranos de su vida. El día antes de emprender el vuelo que les llevaría a ella y a Marco, —su novio—, al continente africano, se enteró de rebote de que él llevaba poniéndole los cuernos durante un par de meses, llevando en secreto una relación paralela con una tía de la oficina. Discutieron hasta la saciedad, se llamaron de todo, se perdieron el respeto por momentos y al final, exhaustos, decidieron calmarse y comportarse como adultos que han compartido buenos momentos y, a pesar de todo, marcharse a Egipto al día siguiente. Pensaron que merecía la pena ir y no tirar por la borda un viaje que les había costado un pastón, y que les llevaría una semana por El Cairo y en crucero por el Nilo, y finalizaría con una estancia de completo reláx en las playas de Mauritius Island. Como era de esperar, no fue la decisión acertada, y han pasado las dos peores semanas de su vida, sin poder escapar uno del otro y lanzándose continuas pullas. Al final él ha prometido terminar con la aventura y luchar por su relación con Sandra, a quien ha pedido perdón en todos los idiomas posibles, pero la convivencia de estos últimos días les ha desgastado tanto que han decidido darse un tiempo, calmarse y aclarar sus ideas separados, por lo cual él se ha ido al piso de un amigo mientras tanto. Sandra por su parte tiene solo una idea fija en mente, que sabe que no le aportará solución alguna, pero sí una especie de paz interior y un poco de ayuda para recobrar su autoestima perdida: necesita tener una aventura, para vengarse, liberarse y darse el gustazo, para sentirse menos idiota en el fondo.

Images from Egypt, Thailand & Mauritius Island
 
Mientras mantienen su charla, van dando buena cuenta de un delicioso tartar de atún rojo y de una botella de Chardonnay helado. Una lubina a la sal hace su aparición como plato de fondo, y llegado el momento del postre y café, ya se han contado con detalle su verano.

—No puedo más, Ivana. De verdad que ha sido una tortura. Necesito otras vacaciones para recuperarme. Llevo tres días sin dormir, con ataques de ansiedad.

—A pesar de la pasta que os haya costado, yo creo que no habría ido al viaje. ¿Para qué? Estaba claro que discutiríais —replicó Ivana.

—¡Yo qué sé! Decidimos que intentaríamos disfrutar las vacaciones como amigos, pero yo me sentía engañada y no podía disimularlo, la verdad, y al final se armaba la bronca a diario. ¡Qué agotamiento lo del discutir! Ahora solo puedo pensar en disfrutar un poco. Me lo debo a mí misma.

—No sé, creo que no arreglas nada teniendo una aventura. Lo que tenéis que pensar de verdad es si tenéis algo por lo que merezca la pena luchar o no.

—Que quiero disfrutar, ¡he dicho! —dijo resueltamente—. ¿No ha tenido él sus ratos de gozo? Pues yo también los merezco. ¡Ainnnsss!, y no se me va este maldito dolor de cabeza.

—Ahora te doy algo para que te lo tomes en casa —dice Ivana levantándose de su asiento—. Pero dame un momento, ahora vuelvo. Tenía que haber ido al baño cuando entramos, llevo toda la cena aguantándome por no dejarte a medias con la historia, pero ya no puedo más —dice susurrando y desapareciendo entre las mesas directa al WC.

Sandra asiente con una sonrisa mientras ve a su amiga alejarse. Se lleva a la boca el último bocado del postre con la mirada perdida. Su mente vaga por recuerdos de sus primeros años con Marco. Tal vez su amiga tenga razón. Una aventura no soluciona nada, y lo que tienen que pensar ambos es si quieren seguir juntos, aunque ve difícil poder hacerlo si no equilibra la balanza. Pero tendrán que rehacer entre ambos el puzzle de la, ahora rota, confianza, muy despacio, pieza a pieza. ¡Qué complicado todo! Y su dolor de cabeza va a peor. Necesita tomar algo ya, y sin pensarlo dos veces echa mano del bolso de Ivana y rebusca hasta encontrar un bote de pastillas y saca una. "Esto debe ser", piensa. Intenta leer lo que pone en el bote, pero ni su inglés ni su vista están en su mejor momento. "¿Que me lo tome al llegar a casa? No, no, no way!, que así empieza a hacer efecto ya", se dice. Vierte un poco de vino en la copa y se traga la pastilla, mientras divisa a Ivana volviendo hacia la mesa.

Reanudan su conversación mientras les sirven los cafés. Ivana está contando lo bien que lo ha pasado en Tailandia.

—Merece mucho la pena a pesar de volar tan lejos. Es otro mundo. Ya te enseñaré las fotos —dice Ivana.

—Sí, tengo que ir a Asia... algún día —replica Sandra, sonriendo con la vista un tanto desenfocada.

—¿Estás bien, linda? Te noto... —pregunta Ivana, fijándose por primera vez en el bote de pastillas sobre la mesa—. Sandra, dime que no has...

—Mmmmsssí, me siento muy relajada... —dice con una bobalicona sonrisa—. Esas pastillas... eeehhh... ¡Jajaja! No serán... eeeehh... droga, ¿no? ¡Jajaja!

—¡Ay!, ¿pero qué has hecho? —dice Ivana entre preocupada y divertida.

—¡Mmmmhh, mmmhhhh...! ¡Oooohhh! Esto... ¡es genial! ¡Mmmmhhh...! —dice Sandra, quien verdaderamente parece drogada.

—¡Sshhhh...! Baja el tono —suplica Ivana a su amiga en voz baja.

—¡Aaaaahh! ¡Mmmmhhhh, mmmhhhh, mmmhhhh, aaahh...! ¡Oooh, sí! ¡Mmmhhsssseeeh! ¡Mmmhhhssssí, mmmmhhhssssíiiiiiii!

—¡Sandra! Pero... ¡jajaja! ¡Sshhhh...! ¡Calla un poco, por favor!, ¡que nos mira todo el mundo! ¡Te dije claramente que lo tomaras al llegar a casa! —suplica Ivana a su amiga, intentando como sea disimular ante las miradas que ya reciben—. Lo traje de Tailandia. Es una pastilla buenísima para el dolor de cabeza, pero tiene... eeehhh... ciertos efectos —le dice bajando la voz todo lo posible, aliviada al ver que su amiga parece haber parado y se muestra completamente relajada mientras sonríe al vacío.

Ivana se vuelve hacia el camarero para pedir la cuenta y, subiendo un poco el tono para que las mesas cercanas lo escuchen, le dice:

—Es actriz, ¿sabe? Está ensayando la famosa escena de Meg Ryan en esa peli, ya sabe, la de When Harry Met Sally. Lo hace bien, ¿eh? —dice como mostrando orgullo para disimular el bochorno que siente.

Meg Ryan in the famous scene
El camarero sonríe sin saber qué pensar y se va a preparar la cuenta. Sandra, que parece haber vuelto de su viaje al éxtasis más absoluto y estar de nuevo de vuelta en el restaurante, alarga la mano hacia el bote.

—Me siento mejor que nunca. ¡Qué momentazo! Esta maravilla..., no tengo palabras... ¡Me lo quedo! Lo necesito más que tú, ¡jajaja! —dice guardándolo en el bolso.

—Tranquila, si lo traje para ti. Me he traído varios, ¡jajaja! Te lo iba a dar luego, y advertirte de tomarlo en privado. Ahora ya sabes por qué —sonríe Ivana.

En la mesa de al lado, tras Sandra, está sentada una mujer de unos sesenta y tantos años. Ha cenado sola, aparentemente sumida en un infinito aburrimiento mientras se concentraba en su plato. Ya ha pagado la cuenta y se dispone a salir. Se cuelga el bolso en el lado izquierdo y se levanta despacio de la silla, apoyándose en la mesa para no perder el equilibrio. Se lleva la mano derecha a la cabeza, haciendo una ostensible mueca de dolor, que no le pasa desapercibida a Ivana, quien la tiene de frente. Ya de pie, la mujer se gira con cuidado y pasa junto a ellas, caminando despacio y arrastrando un poco los pies, con el dolor plasmado en el rostro. Rebasa su mesa y parece dirigirse hacia la puerta, pero a un par de pasos, se gira y desanda el camino, deteniéndose frente a la mesa de Ivana y Laura.
 
—Perdonad, jovencitas, ehhhh... ¿no tendréis, por casualidad, una aspirina? Se me ha puesto un dolor de cabeza inaguantable —pregunta con voz muy débil y la mano en la sien que la tortura.

—¡Claro! —dice rápidamente Sandra sacando el bote de su bolso y ofreciéndole una a la anciana—. Tómela mejor en cuanto llegue a casa, que produce... somnolencia y... es mejor así —recalca bajando la voz.

—Ya, sí, sí, no te preocupes..., —le dice la anciana a Sandra, guardando la pastilla en su bolso—, que la tomaré en casa. Muchísimas gracias —dice con una leve sonrisa girando de nuevo hacia la salida.

La anciana camina, tal vez más ligera ahora, ¿o son imaginaciones de Ivana?, que se ha vuelto a verla alejarse. Lo que no ve, pues la anciana está de espaldas, es el modo en que acaricia el bolso, con los ojos llenos de brillo y luciendo una gran sonrisa, entre pícara y culpable, al salir a la calle.


martes, 28 de agosto de 2012

Personal Matters

Natalia iba por su segunda copa. Acodada en una esquina de la barra y sumida en sus pensamientos, no prestaba atención, ni a la música, ni a las escasas conversaciones que había dentro. La gente parecía preferir la terraza a pesar del calor, pero ella había bajado justamente para encontrar un poco de frescor huyendo del horno de su apartamento, y dentro del garito, el aire acondicionado lo hacía posible. De tanto en tanto el led de su móvil se iluminaba y dedicaba un momento a mirar la pantalla y escribir algo.

Al otro extremo de la barra, Bosco le dirigía miradas de vez en cuando, tal vez tratando de sopesar sus posibilidades de éxito en caso de acercarse. Sin disimulo admiró sus largas piernas, sus brazos torneados, la manera en que se llevaba el pelo tras la oreja para retirarlo de su cara de vez en cuando. Convino en que, sin duda, era una mujer atractiva y decidió que le caía bien. Había algo en ella que le producía esa sensación. Se acabó la copa y se escabulló hacia los baños, pasando junto a Natalia. Aunque no era demasiado tarde y aún faltaban horas para el cierre, empezaba a plantearse la retirada. Y ya casi estaba convencido, pero cuando se acercó a la barra con la intención de pagar, algo le hizo sentarse en un taburete a dos metros de ella para pedir otra copa.

—¡Hola! —se dirigió a ella—. Te veo muy volcada en ese cacharro.

—Sí —respondió lacónicamente sin siquiera volver la vista.

—Entretiene mucho desde luego, pero cuando es posible yo prefiero interactuar con personas reales —dijo intentando iniciar una conversación.

—Tú mismo —respondió ella aún con la vista en el móvil.

—¡Vaya! No te veo muy habladora. ¿Te apetece una copa? —le dijo, conciliador—. ¡Yo invito! Los hielos de la tuya pasaron a mejor vida hace rato.

—Si esa es tu táctica para ligar, olvídate. No vas a conseguir sexo de mí —respondió tajante.

—¿Sexo? Eh, eh... ¡que solo pretendía charlar! —se defendió Bosco, levantando las manos en señal de inocencia y pensando que era pésimo juzgando a la gente al primer vistazo.

—Vale, perdona —dijo ella mirándole y sonriendo por primera vez—. Lo siento, me puse muy borde sin motivo. No llevo un buen día y este calor no ayuda, y no es justo que lo pague contigo. Aunque eso sí, es cierto que lo de tener sexo es algo muy íntimo que no acostumbro a practicar con desconocidos que pesco en garitos.

—¡Jajaja! Te entiendo, —dijo Bosco, confiando de nuevo en su primera impresión, animado sobre todo por la sonrisa que aún bailaba en el rostro de ella—, pero... ¿eso significa que lo de charlar un rato sí lo consideras? A veces es mucho más sencillo hablar con un desconocido, que no sabe nada de tu vida, no te juzga, no te verá mañana, no te señalará con el dedo —dice Bosco girando un instante hacia el barman, y haciendo un gesto con la mano para señalar las copas vacías—. E incluso si lo hace, te la trae al pairo.
 
The bar

—Mira, en eso te doy la razón. Hay cosas que no contaría a nadie de mi círculo de amigos, familia o personas cercanas, pero tal vez sí a un desconocido, precisamente porque la opinión o imagen que se forme de mí me importa bien poco, y eso a veces te brinda una magnífica oportunidad para sacar todo lo que llevas dentro.

—¿Ves?, ya tenemos tema de conversación. Podemos intercambiar anécdotas. A ver, ¿cuál es la situación más bochornosa que has vivido? —preguntó él acercando su taburete junto a ella—. De esas en que das gracias porque no te haya visto nadie y ni siquiera comentas despúes.

—¡Huy!, de esas me vienen a la mente varias. Como una vez en la oficina, en uno de esos momentos en que te estás meando y tienes una reunión a la que llegas tarde. Entras rauda al baño como una exhalación. Dejas tus cosas en la repisa de los lavabos y pasas al retrete, y casi según estás cerrando la puerta ya estás subiéndote la falda o bajándote los pantalones. Entiéndeme, es todo muy rápido. Te estás meando, joder, ¡¡no puedes más!! Y llega por fin el momento de liberar esa tensión. Pssssssss... comienza a caer, y ooops!, el sonido no es del todo el esperado. Pero, "¿¿¡¡qué diantres...!!??", te preguntas. Te detienes a la mitad, y miras horrorizada hacia abajo, para descubrir que... ¡la tapa está bajada! "¡Mierda!", te dices. Y es que las tías no nos sentamos en los baños públicos, con lo que si no has prestado atención a la tapa al entrar con prisa, no te das cuenta justamente hasta que no empiezas. Tuve que recoger todo lo mejor que pude y a la velocidad del rayo para volar hacia la reunión, y usé metros y metros de papel higiénico que era lo único que, afortunadamente, tenía a mano, porque una es despistada, pero muy limpia.

—¡Jajaja! ¡Menudo caso! Y luego nos abroncáis por dejar la tapa abierta en casa.

—Ya, ya, ya, pero este es otro caso, no mezclemos. En un sitio público es distinto y casi siempre suelen estar levantadas, sobre todo por eso de tocar lo menos posible. Pero vamos, las anécdotas de las mujeres en los baños dan para escribir un libro, te lo digo yo —replicó, dando un trago a la bebida que el camarero había colocado frente a ella—. Ya me gustaría a mí veros entrar en el baño encharcado e inmundo de un garito, con el bolso, el abrigo, a veces hasta con la copa, de puntillas, bajándote los pantalones al tiempo que intentas subirles el bajo por no mojarlo con el líquido del suelo, cosa que te aseguro no es fácil, y todo ello haciendo equilibrios para no rozar ni suelo, ni paredes, y aun así ¡lograr tu objetivo!, por supuesto sin mancharte y sin tirar nada al charco en el que estás. Te reto a que lo intentes un día. Lo vuestro es mucho más fácil, ¡dónde va a parar!

—¡Uffff! Calla, calla... Pido seguir siendo un ser simple en mi próxima vida y reencarnarme en hombre. Si tengo que montar eso simplemente para mear, no quiero ni pensar en todo el resto —dijo riendo.

—¡Jajaja! Bueno, confieso que aun así, a mí me compensa ser mujer, y no lo cambiaría por nada —sonrió Natalia—. Pero, no nos desviemos del tema, que ahora te toca a ti contar una anécdota bochornosa.

—A ver, déjame pensar qué te cuento yo...

Y así continuaron, charlando animadamente, intercambiando anécdotas y aventuras que a más de uno de sus conocidos le habrían espantado pero, esa confianza que a veces surge entre dos desconocidos, parecía innata entre ellos, como si realmente se conocieran de toda la vida y no se juzgaran, y les permitió desnudar sus almas con absoluta naturalidad. Se sentían tan cómodos desvelando todo tipo de secretos el uno al otro, que el tiempo pasó volando de historia a historia, y llegó la hora de cierre sin que apenas fueran conscientes.

Abonaron las consumiciones y, con un poco de cara de resignación, se avinieron a salir a la calle. Al menos había refrescado y Natalia lo agradeció. Su apartamento estaba a solo una manzana del pub. Se habían hablado con la frescura y naturalidad de quienes hace tiempo que se conocen, y ahora la conversación se impregnaba del nerviosismo de una primera cita. Iniciaron las consabidas frases de despedida y cuando no quedaba mucho más que decir, o tal vez quedara todo, Natalia se quedó mirando a Bosco, con un amago de duda dibujado en su rostro y, un poco azorada, pero con los ojos brillantes y pícaros dijo:

—Mi apartamento está aquí al lado. Me has dicho que viniste en coche, y no creo que conducir sea la mejor idea por ahora. Si te apetece seguir charlando, creo que tengo lo necesario para preparar unos mojitos.

—¡Hecho! —dijo Bosco de inmediato, tal vez pensando que era mejor contestar antes de que retirara la oferta—. El tiempo se me pasó volando contigo y es pronto aún, la verdad, así que... ¡vengan esos mojitos! Aunque..., no sé si eres consciente de que eso no mejorará mi estado para la conducción.

A refreshing mojito 

—¡Jajaja! Tranquilo, soy muy consciente. Sé que fui muy borde al principio, pero me caes bien y confieso que, después de tanta confidencia, tú ya eres de todo menos un desconocido, —dijo guiñando un ojo—, así que, no sé dónde aún, pero te puedes quedar a dormir en casa.

Y con una sonrisa y recobrando la naturalidad como de conocerlo desde siempre, se colgó del brazo de Bosco y echaron a andar camino del apartamento de Natalia, dejando que el eco de sus pasos y sus risas se fuera diluyendo en la noche.


miércoles, 20 de julio de 2011

Renewal Anecdotes

Las anécdotas me persiguen cuando se trata de renovar el DNI. Ya tuve una hace dos años, y pensé que todo quedaría ahí, pero este año, al tener que volver a pasar por comisaría por haberlo perdido en Roma, ha vuelto a ocurrir.

En la primera ocasión, el día antes a la cita para hacerme el DNI, fui a hacerme las fotos a un Fotomaton cercano. El simpático cacharrito me obsequió con una bonita pantalla azul de la muerte al más puro estilo de Windows. Se debió acojonar en cuanto me vio el careto y le produjo algún evento no contemplado por el programa, con lo que salió por peteneras dándome con esto en las narices:

"Pantallazo" azul de Windows por cortesía de Fotomaton

A mí me parece ponerse incluso un poco borde eso de decir "Windows has been shut down to prevent damage to your computer" porque, vamos, una cosa es tener mala cara y otra muy distinta es dañar al computador con ella, ¿no?

Ahí no quedó la cosa. A pesar del chasco me arriesgué a intentar con otra maquinita, y tuve por fin mis fotos. Así que, toda ufana, me fui a la comisaría al día siguiente. Llegado mi turno, me piden DNI anterior y foto de rigor. Tiendo ambos a la auxiliar que me atendía y según posa la vista en mi foto me dice:

—Huys, no, no, no. Esta foto no te vale —muy convencida. Y añade: —Ángel, ¿verdad que con este flequillo no? —dice mostrándola a su compañero.

Le explico que siempre he llevado flequillo porque me gusta, y que si se fija en el DNI que tiene en su mano puede comprobarlo. Y me espeta:

—Mira, guapa, esta foto no es para un book, —reconozco que me hizo gracia la frase. Y prosigue: —Se trata de un documento oficial, donde se te ha de ver la cara, así que, anda, ve al estudio de ahí enfrente y retírate el flequillo un poco y el pelo de los lados, que se te vea mejor. Y a ver si puede hacer algo con el color, que al digitalizar la foto en blanco y negro, como no ponga un fondo que haga que destaques, va a parecer que no tienes pelo.

"Sí, hija, tú complícalo", pensé, y salí frustrada y cabreada, pero no tenía más opción. Fui donde dijo, y le expliqué al buen hombre que necesitaba una foto con contraste por mi color de pelo y pregunté si tenía algo para sujetarme un poco el flequillo. Casi me parto cuando me acerca una cajita con toda suerte de horquillas y plis-plas. Debía ser común el tema.

Me hizo las fotos. Me parecieron horrorosas, pero no tuve más gaitas que entrar al matadero y salir al poco con mi flamante DNI en la mano, pensando en la mala pata de que no caducara antes.
Nuevo DNI electrónico
Justamente por ello, en Roma, superado el primer momento de cabreo tras notar que había perdido el DNI en la estación de Piazza di Spagna (y acompañado de unos 150 euros), me sentí liberada al haber dicho adiós a esa foto.

Por fin hoy llegaba el día y esta mañana tenía la cita en comisaría. Las fotos me las hice ayer, de nuevo en un Fotomaton, y esta vez sin contratiempos. Antes de salir del curro hacia la zona, eché un ojillo en Google Maps para ver el camino, y esta mañana cogí mi GPS para que me fuera guiando, porque la zona de Ventas es liosa para aparcar y no la tengo muy controlada. Nada más salir del parking de la oficina, paro a encender el aparato. Nada. Insisto, presionando el botón como siempre. Que no. Que se niega. Debí dejarlo sin batería y no había cogido el cable con las prisas. Era la 1:10 pm y la cita era a las 2:00 pm. Lanzo todo tipo de juramentos en arameo y recuerdo que en el HTC tengo navegador. Me pongo a ello. Pruebo primero con Aura de Sygic, y a pesar de haberla utilizado antes con éxito, desisto, porque decide ignorarme y no funcionar. Intento con Maps de Google. ¡Bien! Localiza el destino, pero para colmo compruebo que me queda poca batería, así que decido tirar de intuición y conectarlo más tarde, cuando ya haya recorrido el trozo de M40 y M30 y esté cerca de la zona.

Me salgo de la M30 hacia Alcalá y me paro en doble fila en cuanto veo que puedo. Repito conexiones y empiezo a ser guiada. Faltaban 15 minutos para la cita. "Gire a 200 m", "siga 80 m", y así hasta que veo que no, que me suena y recuerdo las calles de la otra vez, pero que la "tipa" no es suficientemente clara a veces y recalcula. Es más, creo que estoy dando vueltas. Al tercer "gire al oeste" que me suelta, decido pasar de ella, que después de tanto giro ya no sé ni dónde está el norte. En cada semáforo, aprovecho a desplegar el plan C: el callejero de toda la vida, y descubro que estoy ya al lado, pero que la calle donde está la comisaría tiene tan mala uva que no hay quien aparque. Por fin, en un golpe de suerte, descubro muchos sitios de zona azul libres no muy lejos y sin pensarlo aparco, saco el ticket y camino deprisa los 400 m hasta la comisaría. Entro por la puerta a las 2:00 pm.

Ya no hay apenas gente y no me toca esperar. Me atiende un chico muy simpático. Le digo que perdí el DNI y le doy la nueva foto. Muestra sus dudas, esta vez no por el flequillo, del que no dice nada tal vez porque lo aparté un poquito, sino por el fondo blanco y mi color de pelo. Va a proceder a digitalizarla cuando dice contento:

—¡Ah, no! No hace falta. Si veo que es duplicado, no renovación. Tengo que usar la foto del DNI anterior.
¡Tierra, trágame! Le suplico que la cambie, pero me dice  que el programa informático no lo permite si es duplicado, sólo cuando ha caducado y hay que renovarlo. Desecho el soborno porque estoy rodeada de "polis" por todas partes, y si achaca el tema a la informática, ¡apañados estamos! Como pille al analista que no ha dejado opción para casos de extrema necesidad de cambio de foto, me lo cargo. Así que, he salido ¡la mar de contenta!: DNI hermano gemelo del que perdí en Roma y que estaba deseando sustituir, y encima a un coste de unos 165 euros: los perdidos en Roma, más el duplicado y más las fotos.

Y como el que no se consuela es porque es un masoquista, he decidido relajarme compartiendo la anécdota en mi blog. De aquí al 2019, día en que me caducará, tengo tiempo de sobra para planear una estrategia de foto y documento sin percances :)

domingo, 3 de julio de 2011

Still Dreaming? (English version)

I published this entry in Spanish (you can read it here), but now, thanks to my friend Céline, who was kind enough to help me with the translation, you can also read it in English.

She stretches her body, slim but voluptuous with soft curves ... She looks like a sweet kitten, and she half-opens her feline eyes just to verify what her hands have already felt when she touches the other side of the bed and doesn’t find anybody: she’s alone. The sun is about to come up and, with sleepy eyes, she stares at the blue figures of the alarm clock. It says 6:33. She smiles and stretches to snuggle again and try to go back to sleep for an hour, or at least, lulled by the early riser chirping of sparrows that greet from the street, to let her mind wander in that particular half-sleep in which part of the mind remains stuck in the dream world. She dreamed of... what was it?... She searches carefully into her memory the images that filled her brain just a few minutes ago. It's night… the fire lights up the beach... The memory is blurry, and her mind struggles to grasp the fleeting scenes that come to pieces, her body seems to remember, and she feels aroused... It's a dance... no!... it’s a wild dance... drums...? Various thoughts come to her mind, but she can’t find out the origin of that feeling. Her body moves at a wild rate...


She enjoys feeling over her almost naked skin a gentle breeze, that moves the curtains and the pages of the book on her bedside table. She tries to fix the breeze to her body, to make it stay with her during the day when the overwhelming heat will stop her from breathing and sprinkle her skin with sweat. Her hands touch other bodies, and various hands touch hers... Her left hand rests on the sharp curve of her waist, and playful, explores the surrounding area. She quenches the thirst with other mouths... Swaying, with still no memory, but encouraged and spurred on by signals emanating from her body, she twirls in the bed and starts to touch herself. Her body falls under the ecstasy and pleasure that other bodies give her… She slides her shorts and enjoys her nudity kissed by the breeze. Her left hand plays with her nipples, hard as stone, while her right hand covers the short distance that separates it from her sex, expectant and hungry for her soft touch...
 
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
 
Damn! Although it is better to wake up with the soft voice of Gabriella Cilmi instead of the nasty alarm beep, Charlotte goes mad and turns it off immediately, extending her arm unwillingly. She feels the temptation to continue with her sweet awakening. She lays still and thinks about it, reluctant to get out of bed... "Well," she tells herself, "next time, maybe!", and, leaving her hot wishes behind, she goes to the shower.

It's a catchy tune and she hums it while the water runs from her head to her toes and down the drain, taking with it all the heat that was dominating her just a few moments ago.

♪ If There's Lessons To Be Learned, I'd Rather ♫ Get My Jamming Words In First Oh ♪
♫ Tell Ya Something That I've F...

She suddenly stops, the water still flowing... "Oooooohhh, noooo!", she cries out loud and then starts laughing. The water falls in her mouth and gushes out while she laughs and laughs ... "Hahaha!... I can't believe it! Hahaha!... Today is Saturday! "...

martes, 28 de junio de 2011

Still Dreaming?

Se despereza y estira su cuerpo, delgado, pero voluptuoso y de suaves curvas… Parece una gata mimosa, y entreabre apenas sus ojos de felina para verificar lo que ya constatan sus manos al tantear el otro lado de la cama y no palpar cuerpo alguno: está sola. Está a punto de amanecer y, con mirada somnolienta, logra enfocar la vista en las cifras azules del despertador. Son las 6:33 am. Sonríe volviendo a estirarse para acurrucarse de nuevo e intentar conciliar el sueño por una hora más, o al menos, acunada por los trinos mañaneros de los gorriones que saludan desde la calle, para dejar vagar su mente en ese duermevela especial en que parte de la mente sigue anclada en el mundo onírico. Soñaba… ¿qué era?... rebusca en su memoria las imágenes que poblaban su cerebro hace solo unos minutos. Es de noche… el fuego ilumina la playa… Está borroso, y mientras su mente pugna por agarrar las huidizas escenas que le llegan a retazos, su cuerpo parece recordar, y se nota excitada... Un baile… ¡no!... es más una danza… ¿tambores?... Le asaltan pensamientos diversos, pero no da con el origen de esa sensación. Su cuerpo se mueve frenético siguiendo un ritmo salvaje…


Disfruta sintiendo sobre su piel casi desnuda una suave brisa, que mueve las cortinas y las páginas del libro abierto sobre la mesilla. Intenta prenderla a su cuerpo para que la acompañe el resto del día, cuando el calor aplastante le impida respirar y perle de sudor su piel. Sus manos tocan otros cuerpos, y diversas manos tocan el suyo… Su mano izquierda reposa en la marcada curva de su cintura, y juguetona, recorre sus alrededores. Sacia su sed con otras bocas… Cimbreante, aún sin recordar del todo, pero impulsada y espoleada por las señales que emana su cuerpo, se revuelve en la cama y se acaricia. Su cuerpo se abandona al éxtasis y al placer que otros cuerpos le producen… Hace deslizar su culotte y disfruta de la desnudez besada por la brisa. Su mano izquierda juega con sus pezones duros, y la derecha recorre la distancia que la separa de su sexo, expectante y hambriento de caricias...

Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫

Damn! Aunque es mejor despertar con la suave voz de Gabriella Cilmi en lugar del odioso pitido del despertador, Carlota cree morir y lo apaga de inmediato, alargando el brazo de mala gana. Está tentada de seguir ejecutando su particular y dulce despertar. Se queda quieta y duda, remisa a levantarse de la cama… “En fin”, se dice a sí misma, “¡otra vez será!”, y dejando atrás las ganas marcha camino de la ducha.

Se le ha pegado la melodía, y tararea el Sweet About Me mientras el agua resbala por su cuerpo, apagando todo rastro del fuego que lo consumía hace un momento.

♪ If There’s Lessons To Be Learned, ♫ I’d Rather Get My Jamming Words In First Oh ♪ 
♫ Tell Ya Something That I’ve F…

Se queda paralizada y la canción congelada en su boca… “¡Oooooohhh, noooo!”, dice en voz alta, y empieza a reír a carcajadas. El agua cae en su boca y sale a borbotones mientras ella ríe y ríe... “¡Jajaja!... ¡No puedo creerlo! ¡Jajaja!... ¡¡¡Hoy es sábado!!!”…

jueves, 24 de junio de 2010

Rolling On Bed Laughing

Esta es de esas anécdotas que no sabes si contar, porque te sientes como boba, y hasta sin el como, pero ya que me he puesto a ello sigo, que no soy yo de enseñar el caramelo y guardarlo en el bolsillo de nuevo.

Trabajo de momento en una oficina, retirada del hotel donde me alojo mientras estoy aquí en Boston, pero esa tarde tenía una reunión en el edificio noble, que casualmente queda justo al lado. Mi jefe me había pedido que le informara tan pronto acabara. Así que, no más pisé la calle para caminar hacia el hotel, le llamé por teléfono. Le pillé ocupado y no me cogió la llamada. Subí a mi habitación, me puse ropa cómoda y abrí de nuevo el portátil para seguir conectada trabajando desde allí. Al poco me devolvió la llamada. Me levanté a por el móvil, que había dejado a la entrada, cerca del bolso. Contesté, y me puse a contarle, caminando de acá para allá por la habitación. Recuerdo que me vi caminando y pensé “Voy a hacer un surco en la moqueta. Mejor me siento”. Ni corta ni perezosa me dirigí al sitio más confortable: la cama. Esa pedazo cama king-size que me acoge cada noche y me envuelve tan bien. Me senté. Pero del estar sentada pasé al estar tumbada, y tan grande es la cama y tan boba yo, que seguía hablando con él desgranando los pormenores de la reunión, cuando empecé a rodar por la cama, cual croqueta. Blablabla vuelta a la derecha, blablabla vuelta a la izquierda, blablabla... Y el largo de la cama, en la que yo estaba atravesada, pensé que me daba para rodar una vuelta completa. Creo que mientras seguía mi cháchara, sin parar de hablar, me reté a mí misma dándome más impulso en el rodar, pero…., calculé mal… Fatal, diría yo, o incluso ni calculé, pues todo ocurrió muy rápido. Tanto rodar y rodar me llevó al borde sin darme cuenta y del blablabla que escuchaba mi jefe pasó a oír un alarido “Aaaaughhhhhh Wooooouuuhhh”, acompañado de un “¡Booomm!” y seguido de una cascada de carcajadas.
 

Allí estaba yo, sentada en el suelo, con el móvil a un metro o más, riendo como una posesa y llevándome la mano a la cadera derecha, que fue la que recibió el golpe. Recuperé el teléfono riendo aún, y al otro lado imaginaba a mi jefe con los ojos muy abiertos y cara de interrogante, y él me decía:

—¿Qué ha pasado? ¿estás bien? ¿quieres llamarme en unos minutos?
 

Creo que hasta debió pensar que yo estaba allí con alguien, jugueteando en la cama, tal era la juerga que yo tenía encima de pronto, y es que me parecía tan tan tan absurda la caída que no sabía si era mejor pasar de ello o intentar explicarlo.

En fin, doy fe de que el moradito existe en mi cadera derecha, y mis compañeros prometen asegurarse de que estoy bien sentadita y lejos de una cama cuando hablen conmigo, que no quieren verme accidentada al día siguiente :-)

miércoles, 21 de octubre de 2009

No Internet Available

No tengo Internet. Algo gordo ha ocurrido, hará una media hora, y se han despanzurrado todas las cosas que tenía corriendo gracias a la savia internetera que corría por las venas del Pc. Dicen lo de siempre: avería técnica generalizada en la zona. A saber si se trata de un cable pelado o es algo verdaderamente complejo, pero el caso es que aquí me hallo, escribiendo lo que podrá ser (si Internet vuelve algún día) una entrada en mi blog.

Te acostumbras a algo y en el momento en que te falta te encuentras un tanto raro. Por Dios, si he estado a punto de buscar el teléfono de atención al cliente de mi operador en la web. Ppfffffffffff!!! Que hasta he enviado unos cuantos tweets vía móvil… Pero no hay color, porque no veo mi timeline. No veo nada. Es como un diálogo de besugos entre yo y yo, y ¿qué voy a decir? Ya me conozco, con lo cuál ni me contesto.

Me digo ¿qué hago?, ¿qué hace una persona que pasa tantas horas diarias delante del ordenador y casi siempre haciendo algo que requiere conexión? Cuando estoy de viaje o por ahí, ni me acuerdo, aunque he echado un ojillo al iPhone y cualquier día se viene conmigo. Pero estando de relax en casa, para mí es fundamental. En fin… Pasó por mi mente lo de encender la tele, pero lo descarté rápido. Aunque, quién sabe, como esto vaya para largo me veo viendo… ¿viendo qué? Si no sé ni qué programación hay, jajaja…

Mis constantes vitales y mis pulsaciones parecen normales. No observo manchas en el iris, ni pigmentaciones o sarpullidos en la piel. Las ojeras ya estaban está mañana, así que no cuentan. ¿Significa esto que no estoy enganchada a Internet? Llevo ya casi una hora, y extrañamente estoy tranquila, pero ¡estoy intentando a cada rato ver si ha resucitado! Y nada. Que está haciéndose la interesante y pasa de mí. Pero sé que está con otr@s, ¡qué desvergonzada! Huys… que me veo encendiendo la caja tonta o retomando mi libro de la mesilla de noche.
...

Fuera llueve. Mejor dicho, diluvia. Voy a cerrar la ventana que se me inunda la casa y para eso no necesito Internet, y ya que me levanto voy y ceno algo. Lo mismo a mi vuelta todo ha regresado a la normalidad :-)
...

Pues no, así que cambio la cara: :-(, ¡ea!. Y encima me he recorrido 34 canales de TDT en busca de algo que me retuviera y… nada. Aunque me conozco, salvo que hubiera encontrado algo realmente apasionante, estaría asomándome por aquí de nuevo a probar fortuna.
...

Me he puesto música. El iTunes, claro, porque Spotify no puedo. Y doy vueltas por la casa. Pico algo en la cocina, aunque acabo de cenar como quien dice. Riego una maceta aquí y otrá allá. Me peso al pasar por uno de los baños y ver la báscula. ¡He perdido un kilo! ¿Ya? ¿Tan pronto? ¿Tanto me está afectando esto? ¿Significa esto que Internet engorda o que el mono adelgaza?
...

Y canto, ¡hala! Que lo hago fatal, pero me importa un comino. Es mi mono y lo paso como quiero. Y que se le ocurra a un vecino asomarse, que como tenga Internet le hago prisionero y le asalto la casa, lol. Pasó por mi mente lo de llamar a alguno para pedir una tacita de Internet, por caridad, suficiente para ir de surfing por un ratito. Ay… Y mientras esto parece un disco rayado: “Resolviendo la dirección xxx” “Servidor no encontrado”.
...

A lo tonto, a lo tonto, llevo casi 2 horas sin Internet, y será la música, ¡quién sabe!, pero al final estoy pasando un rato de lo más agradable. Me voy a secar la melena, que el secador sólo necesita electricidad. Cruzo los dedos para que no le dé por morir esta noche, que lleva días con extraños ruiditos...
...

Se ha portado como un jabato. ¡Ese sí que sabe! No te deja colgada en un momento así. Aunque otros lo hicieron. Aún recuerdo cuando tuve que pedir el secador a la vecina, para evitar ir a currar como una loca huida de algún sitio al día siguiente. Y al final casi fue peor. Su secador secaba, sí, y tanto que secaba. Me quemó el pelo en una zona, porque no había manera de regular la temperatura. Bueno, al menos hoy no he tenido tal percance.

Y la música sigue sonando y animándome, mientras Internet me evita y me saca la lengua tal que así :-P

Y fumo algún que otro cigarro. Me había pensado lo de no comprar más tabaco hoy, pero al final compré una cajetilla a la hora de comer. Mucho p’al body habría sido eso de pasar ¡dos monos hoy! Aunque poco imaginaba yo de eso esta mañana. Que de haberlo sabido, lo mismo me habría hecho plan de salir por ahí a cenar, y volver a casa para meterme en la cama, o me habría escapado a comprar un iPhone, jajaja… Nah, eso no lo habría hecho, tan mal no estoy. Creo que tengo salvación pero… ¡que me restablezcan el servicio YA, hombre!
...

Resignada ya a no tener Internet hasta mañana, al menos hasta que llegue a la oficina. Tenerlo en casa será cosa de que arreglen lo que sea que no me ha permitido subir esta entrada al blog… Aunque, pensándolo bien… esta entrada no habría existido de no haber sido por este desaguisado, ¿no?

Ya es casi la 1:00 am y el despertador sonará en unas horas, haya o no Internet, así que cierro filas y mañana será otro día.


miércoles, 14 de octubre de 2009

Reading Carefully

A veces voy tan acelerada por la vida que igual chocó con paredes, que descascarillo mi cadera contra los pomos de las puertas (me salen unos cardenales la mar de monos, todo hay que decirlo) o leo un texto en diagonal, por aquello de las prisas, rellenando los huecos con mi imaginación más que con las palabras que realmente contienen. Y es que es conveniente prestar atención cuando se lee, porque a veces se cae en errores... como éste:

Cierto amigo me recomendó un día un buen dentista, que resultaba ser su primo. No me dio sus datos de contacto en aquel momento, y fue hace poco, tras hablar con él por teléfono, cuando recordé su consejo y me di cuenta de que aún no disponía de los datos. Al saberle metido en un avión en ese momento, decidí enviarle un SMS, para que no se me pasara preguntarle y me contestara cuando pudiera.
 
Moona:

Pasó la tarde, y yo salí a cenar a mi japonés preferido, donde me puse las botas degustando sushi & sashimi, y acompañándolo de un delicioso vino. Ya no me acordaba del SMS enviado antes, y el sonido de recepción de nuevo mensaje en el móvil, según entraba en casa, me pilló desprevenida. Era de mi amigo. Abrí el mensaje, y leí:

Mi amigo:

Me quedé de piedra, y pensé, ¿eh?, este tío es imbécil y en su casa no lo saben. ¿A cuento de qué me dice esto?, ni que yo fuera por la vida creyéndome la reina de Saba, ¡será idiota! Pero... ¿qué mosca le ha picado? Es majo, pero no es George Clooney. ¿Le he hecho algún feo y mi memoria de mosquito me impide recordarlo? No parecía molesto hace un rato cuando hablé con él. Pero la que sí estaba de repente molesta era yo, y ni corta ni perezosa, sin pensarlo mucho más (¡ay, las prisas!) le respondí:

Moona:
(una es así, aún enfadada sigue mandando besos)

Y al instante recibo:

Mi amigo:

Ahí me dije, ¿qué?, ¿cómo que qué?, ¿qué de qué, idiota?, ¿ahora vamos de graciosos o qué?. Pero en el fondo me chocó ese "¿qué?" suyo. Quiso la casualidad que tuviera su mensaje aún guardado (los suelo borrar tras leerlos) y pudiera releer de nuevo con más calma. Y releí. ¡Dios! ¡Qué chasco! Había escrito:

Mi amigo:

¡Ooooops! ¡Glubs! Menuda metedura de pata. Me moría de vergüenza, y me llamé torpe una y mil veces. Yo poniéndole verde, y él, pobre, inocente de todo, y seguramente planteándose el borrar mi nombre de su agenda por no tener que vérselas más con las acusaciones de una petarda. No tarde en responder diciendo:

Moona:

Mi amigo:
(claro, ¿qué otra cosa me iba a decir?, ¿que me cuide la vista o que me cuide de leer si bebo vino?)


Moona:

Pfiuuuuuu, ays... todo se aclaró y solucionó. Me partía de risa yo sola, y él se partía también al día siguiente cuando me llamó para ver si "ya estaba más tranquila" y le expliqué lo que había leído inicialmente y todo lo que pasó por mi cabeza en esos momentos con respecto a su persona. Charlamos un buen rato y nos despedimos, aún como amigos. En adelante, me cuidaré mucho de leer con detenimiento todos los próximos mensajes que reciba, en especial los suyos.

jueves, 27 de agosto de 2009

Mamá... Que Ya Soy "Gande"

Andaba yo esta mañana en una reunión de trabajo con otros dos compañeros. Llevábamos horas encerrados (es un decir, porque la puerta del despacho la teníamos abierta), analizando documentos, a veces de lo más denso, y exprimiéndonos la materia gris que tanto le gustaba ejercitar a Poirot. Habíamos hecho sólo un coffee break de los cortitos, de esos en que aprovechas para hacer todo a la vez y terminas por sacar el café de la máquina y engullirte un bollito, al tiempo que haces un par de llamadas con el móvil (que cualquier día me tiro el café en la oreja y me bebo el móvil), y te pasas por el baño antes de volver a la reunión. Ya reanudada, hemos seguido al menos otra hora y nos hallábamos en el típico punto de desentendimiento, en que te suena a algún dialecto de un poblado de la China profunda lo que dicen los otros y no entiendes ni papa. Y, ¡momento mágico!, una compañera ha hecho su aparición por la puerta preguntando algo. En ese cruce de qué tal, todo bien, ah, pues me alegro, se me ha ocurrido decirle: "Anda, nenita, cuéntanos una anécdota de las de tu hija, que son muy graciosas" (tiene una gracia especial para contarlas), y así lo ha hecho. Ha sido como un bálsamo, porque además de oírse las risotadas desde fuera del despacho, creo que ha roto el maleficio que nos tenía hechizados y nos ha permitido completar el resto de puntos a tratar tan ricamente.

Sé que estas cosas por escrito nunca son lo mismo, pero no se me ha ocurrido grabarla para la posteridad, así que, cuento a continuación más o menos lo que ella dijo.



Carlota (de 2 años) y su mami:

—Noooo, Carlota... las braguitas no, que vamos de viaje y a veces se te escapa el pipí. Ven que te ponga un pañal.

—¡Mamá!, que soy "gande", —dice poniendo morritos al tiempo que eleva una ceja muy seria—, ya no soy un bebé. ¡Pañal no!

—Tienes razón, tesoro. Pañal no, que eso es para bebés y tú ya eres grande. Ponemos braga-pañal, que es de grandes, ¿vale?

—Sí, de "gandes"...

—Pues como sabes dónde están y eres grande, ve y tráete uno, como una chica mayor.

—¡Sí!. - Desaparece trotando por el pasillo feliz y contenta -.

.......   .......   .......   ....... ....... .......   ....... ....... .......   ....... ....... .......   ....... ....... .......  

—
¿Lo encuentras, cielo? —a voces desde la habitación—.

—¡Sí!, ya "etá". —Y se empieza a oír la carrera de vuelta a la habitación—. ¡Lo encontré!

— ¡Jajaja, jaja, jajajaa...!, —se dobla de risa, sin poder contenerse, viendo cómo su hija entra corriendo y, alargando la mano, le acerca un... ¡¡¡salvaslip!!!—.

sábado, 4 de octubre de 2008

How To Get Out Of A Dress

A veces necesitas un respiro. Sobre todo, después de una de esas semanas de infarto, con mucho trabajo y prisas a todas horas, o de esas otras en que andas alicaído, con los biorritmos por los suelos. Hay infinitas opciones para conseguir un pequeño subidón, allá cada cual con la suya, pero a mí a veces me da por... ¡irme de compras!

¿Que qué hago? En mi caso, al salir del curro, me dejo caer accidentalmente por algún centro comercial de los que encuentro a mi paso. ¡Y mira que hay! Cada vez que me entero de la apertura de uno nuevo me sorprende que tenga éxito, porque los hay a patadas. Pero lo terminan llenando, ¿eh? Incluso los domingos en que abren, y pese a los atascos, acuden hordas de compradores ansiosos. Yo, la verdad, esos días los evito si puedo, pues prefiero la visita esporádica entre semana.

Una vez en el centro, intento pensar en cosas específicas para comprar, pero las más de las veces, termino deambulando y entrando tienda aquí, tienda allá, en ejercicio de la curiosidad y deseando que me conquiste alguna prenda. Pero para eso necesito el flechazo. Si a la primera de cambio, al echar la ojeada general, no siento palpitaciones, sé que es poco probable que encuentre algo. Aun así, me doy el paseo de rigor entre las prendas, a buen ritmo, sin mucha pausa. Otras veces, no paro de encontrar candidatos, y los voy cogiendo, sujetándolos como puedo, sin que arrastren por el suelo, no sea que acabe pisándolos y sufriendo alguna calamidad. Intento recordar si en ese probador te dejan entrar con cinco prendas, o si eran siete... O si cuenta como unidad el típico pantalón del que te coges dos tallas just in case.

Pertrechada con mi selección me dirijo a los probadores. Descorazona y desanima encontrar una enorme cola esperando a entrar antes que tú: sobre todo si en ella está la típica madre con su hija, que sabes que irán para largo. El caso es que con cola o no, no has llegado hasta allí para rendirte, y esperas con total estoicismo a que llegue tu turno. ¡Por fin! Pasado el control de número de prendas, te lanzas de cabeza al probador. Haces sitio y colocas todo como puedes, que una está delgada, pero cuando el probador es pequeño o no tiene ni un mal pincho para colgar el bolso, la ropa que te irás quitando y la colección que acarreas, te vienen a la boca mil palabros estupendos para desahogarte, pero que no solucionan tu problema de logística. Te las apañas como puedes, y empieza la función. Las prendas pertinentes abandonan su emplazamiento habitual y eliges tu primera víctima. Para mí es un proceso fluido, que no lleva mucho tiempo. No me quedo embobada ante el espejo cuestionando cada prenda como si fuera la decisión más crucial de mi vida. En pocos minutos he apartado lo que me quedo de lo que dejo, y estoy lista para salir. Pero... a veces hay problemas.

De compras

 
Aún recuerdo los sudores fríos que me entraron en una ocasión. Se trataba de un vestido, de esos un poco entallados, tipo pichi, de los que te pones con algo debajo. Tenía en el lateral una cremallera que olvidé abrir al metérmelo por la cabeza. Lo tenía ya medio encajado, con las sisas (esa parte que va debajo de la axila) a la altura de los antebrazos, media cara asomando por encima del escote, la cintura a la altura del pecho, el bajo del vestido (que se supone tenía que llegar a la rodilla) a la altura de la cadera, y los brazos en alto, como si bailara ballet o una jota. Imagínatelo. Decido parar. Ya es más que evidente que no es mi talla, que mi espalda es algo más ancha de lo que el tallaje requiere. No va a entrar ni de coña. Intento desandar el camino. Pero veo que no... ¡no puedo moverme! Estoy encajada por completo. Con los brazos en alto, y las manos demasiado lejos del vestido como para poder tirar de él hacia arriba. ¿Cómo he sido capaz de meterme en él si tengo los brazos en alto? Me entran los escalofríos de la muerte. ¿Qué hago? ¿Quién me manda a mí intentar probármelo? Si ya se intuía que no, que mi talla era una más. Fíjate que parecía un poco elástico, y ahora me tiene "aprisionaíta". Estoy en una absurda postura, y me veo viviendo dentro del vestido para siempre. Tengo que salir de él, pero ni coordino ni razono, ni sé por dónde tirar. Si llamo a la dependienta se va a descojonar, y es que veo que al final me lo cargo. Don’t panic, me digo. Y, de pronto, se produce el momento en que algo hace click, y afortunadamente no se trata del vestido. Vienen a tu mente las escenas que tantas veces has visto en la tele, cuando enseñan a respirar a las embarazadas en las clases de preparación al parto. Y, ¿qué vas a perder? ¡Si esto es como un parto! Lo que pasa es que tienes que salir tú del vestido, y seguro que él no va a respirar por ti. Te concentras, y empiezas a inspirar calmada y profundamente. Con un poco de miedo, la verdad. Que sólo falta que hiperventiles y te dé el torozón, y te desplomes, en plan escena tipo Matrix: la caída se produce a cámara lenta y tu cuerpo, con el peso, empuja la cortina del probador hacia afuera, mientras aterrizas en el pasillo. Pero no, nena, fuera esas ideas. Ahora hacen falta pensamientos positivos y concentración. Sigues respirando. Pidiendo a tu mente que haga resbalar tu cuerpo hacia abajo del vestido y que lo encoja. Si tan solo logras desplazarlo unos centímetros, será posible. Y, con mucha lentitud, ganas terreno. Si doblas las muñecas hacia abajo, casi tocas con la punta de los dedos los tirantes. Sólo un poco más. Respira. Concéntrate. Un poquito más. ¡Ya lo tocas!, pero tienes que conseguir pillarlo entre dos dedos para tirar de él hacia arriba. Un milímetro más. Tú puedes. Ya casi está... Casi... Venga... ¡¡¡Lo tienes!!! Paras un momento, ya exhausta por el esfuerzo..., y te serenas... Ya pasó lo peor. Ahora es cuestión de ir tirando con suavidad hacia arriba, no sea cosa que después del tremendo parto, acabes destrozando el vestido: eso ya lo podía haber hecho desde un principio, y opté por la sensatez. Y sacas por fin el vestido por la cabeza, como si fuera lo más fácil del mundo, y nunca hubieras estado dentro de él.

Desde entonces, si se me ocurre por lo más remoto volver a probarme un vestido de los de meterte por la cabeza, abro en primer lugar todas las posibles cremalleras que el diseñador le haya colocado, y acto seguido, actúo despacio, comprobando si soy capaz de salir del vestido o no, antes de que sea demasiado tarde. A pesar de todo... ¡Me sigue encantando irme de compras!