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miércoles, 27 de junio de 2012

The Advertisement

Es miércoles, y en la agencia de publicidad queda aún mucho trabajo por hacer. Hay nervios, el ambiente está tenso y la actividad mental es frenética. El jefe del departamento creativo, Héctor, ha convocado una reunión de urgencia. En dos días hay que presentar un boceto de proyecto a un cliente importante para anunciar uno de sus productos, y conseguirlo significaría un importante contrato. Héctor aún no tiene producto que presentar y ha convocado a sus principales creativos a un brainstorming, pero llevan más de dos horas encerrados y de las muchas ideas y chaladuras que unos y otros han ido aportando nada ha sido merecedor de su aprobación. Busca algo fresco, diferente, y el tiempo se agota. Son doce personas encerradas en la sala mucho tiempo. El ambiente empieza a estar cargado de tanta humanidad.

Ángel, el nuevo, no se arredra, está sembrado de ideas y no se corta en expresarlas por absurdas que parezcan. A cada momento lanza un "¿qué tal si...?", o un "¡ya lo tengo!, podríamos hacer que...". Todos callan y le escuchan, algunos de ellos niegan con la cabeza, otros ríen, pero muchos apoyan con fervorosos asentimientos cada una de ellas, tal vez hartos de llevar allí tantas horas y deseando salir y ponerse manos a la obra con algo concreto. Héctor, crítico, anota un par de líneas en la pizarra, pero no le convencen, falta algo.

El tiempo sigue avanzando. Alternativamente Marta, Raquel y Jaime participan al resto de sus ideas. Héctor sigue con su inamovible no. Mira la pizarra cabreado. "¿Eso es lo que entendéis por nuevas ideas?", —dice con voz potente y un tanto desesperada—. "¡Está bien! Hagamos una pausa. Os quiero de vuelta aquí en diez minutos, y bien despejados".

Un murmullo de suspiros y aprobación generalizada recorre la sala. Unos escapan a por café, otros al baño o a hacer una llamada, otros salen a la terraza a fumar un cigarrillo, y alguno intenta hacer las cuatro cosas en tiempo record, con riesgo de beberse el móvil y verterse el café por la oreja. A los diez minutos todos están de nuevo en sus asientos.

Nada más reanudar la reunión, Laura aporta un poco de calma al proponer una idea que, al menos, saca una sonrisa a Héctor quien revisa la pizarra y elimina definitivamente alguna de las ideas previas, que no le convencían demasiado, y anota la de Laura.

Violeta, desde uno de los laterales de la mesa, piensa, imagina, propone, y una tras otra sus aportaciones caen a la papelera como las de los demás. Está cansada, como el resto, y lucha contra un dolor de cabeza que amenaza con quedarse. Un beep le saca de su concentración. Es un whatsapp:

—Estás preciosa. El verde hace juego con tus ojos.

Violeta lo lee sorprendida. Es de David, que está al otro lado de la mesa, y con quien apenas ha cruzado un par de comentarios alguna vez en el comedor o en la zona del vending.

—Gracias —responde con otro whatsapp.

—No puedo quitar los ojos de tu escote. Es demasiado tentador, tiene un efecto imán en los míos y lo tengo justo enfrente —lee Violeta en el nuevo mensaje de David.

Ella disimula, y evita hacer contacto visual con él, porque está convencida de que le dará la risa, pero, segura de sí misma y traviesa, no mueve un sólo ápice el foulard que cae a cada lado del escote.

Héctor sigue rechazando ideas: "No, Luis, no me vale". "No, Sara, ¿qué os pasa hoy?", y así una tras otra. El cansancio empieza a hacer aparición en todos.

Violeta, desde uno de los laterales de la mesa, pasa de estrujarse los sesos, sabiendo que así no vendrá nada a su mente. Es justo cuando no lo buscas, cuando estás relajado o desarrollando alguna actividad que no requiera de mucho cerebro, cuando más creativa se encuentra tu mente. Aprovechando que las miradas están puestas en Iván, —quien al fondo de la sala les tiene absorbidos con algo que no suena mal del todo—, recuesta la cabeza en el respaldo y cierra sus ojos, intentando no pensar, solo relajarse, evadirse mentalmente de la sala e imaginarse en algún lugar confortable para ella, dejando abonado el terreno de las ideas para que broten fácilmente. Escucha otro beep, pero lo ignora y sigue con los ojos cerrados.

—Mmmmmmhhhh... esos labios, así entreabiertos, invitadores... me están tentando —dice el nuevo mensaje de David.

Violeta no lo escucha tal vez y él, al ver que ella no abre los ojos para leerlo, envía un nuevo mensaje:

—Solo tengo una idea en mi cuerpo y en mi mente, y no sé cuánto tiempo podré luchar contra ella. Quiero besarte —dice David.


La reunión sigue, ajena a estas líneas que cruzan de un lado a otro de la sala y que quedan de momento sin leer. Ambos disimulan perfectamente mientras prosigue la reunión. Héctor está a punto de darse por vencido y mandar a todos a comer, o a la calle, para que no vuelvan, tal es su cabreo. El tiempo apremia y aunque hay alguna idea, sabe de antemano que no impactará a su cliente, quien tal vez no les dé el proyecto. Necesita ese contrato. No lleva un buen año y su puesto de trabajo se tambalea.

Violeta abre los ojos por fin, y se encuentra cara a cara con David, mirándola descaradamente desde el otro lado de la mesa como esperando contestación. Ella accede a leer por fin y mira de reojo sus mensajes. Sonríe abiertamente.

Al momento responde:

—Hazlo. ¿Qué te detiene?.

En ese momento varios hablan a la vez para hacerse oír. Héctor intenta poner orden y apagar un conato de discusión entre dos de ellos. Aprovechando el guirigay, David se levanta de su asiento y se sienta sobre la mesa de reuniones para, inmediatamente, flexionar las piernas hacia sí y girar ágilmente, colocándose sentado al otro lado, justamente delante de Violeta, y se pone en pie frente a ella. Violeta se levanta también. Se miran a los ojos, ignorando alguna mirada despistada que ya reciben de alguno de sus compañeros. David sujeta la cara de Violeta con ambas manos, y ella apoya las suyas sobre el pecho de él. Sus labios se unen, se retan, se tantean, se saborean, y se funden en un beso largo y perfecto ante la mirada atónita de todos y alguna que otra mandíbula descolgada. Es Héctor el primero en reaccionar:

—¡Bravo! ¡Eso es! ¡Fantástica idea! Es justo el broche que faltaba. ¡Es perfecto! Silencia las bocas con un beso —dice radiante.

Violeta y David se separan, se guiñan un ojo y sonríen, y vuelve cada uno a su sitio, como si tal cosa, haciendo parecer al resto que es una suerte de idea que tramaron durante el descanso.

Desde ese momento, los hombros de todos se relajan, y con las líneas que ya había en la pizarra más el beso añadido, Héctor bosqueja perfectamente cómo será el anuncio y sonríe satisfecho. Ya tienen material para trabajar. Queda aún mucho por hacer, les espera una tarde muy larga y un jueves eterno, pero sabe que todo estará listo para el viernes y respira por fin. Distribuye el trabajo por hacer entre unos y otros y disuelve la reunión mandándoles a sus puestos.

Mientras Violeta va hacia la sala donde seguirá trabajando en equipo con otros dos compañeros, alguien la llama por su nombre. Se gira. Es David.

—Y... ¿ahora qué? Yo quiero más —dice él susurrando—. Y a solas —añade.

—David, ahora... nada. Tenemos mucho trabajo por delante —dice Violeta un tanto seria y con actitud muy profesional, empezando a girarse para proseguir su camino.

—Lo sé, lo sé, —dice sujetándola suavemente por el codo—. Pero, ¿qué me dices del viernes? —sigue David, rápido, no queriendo dejar escapar la oportunidad.

—David, lo siento. Olvida lo que pasó ahí dentro. Se trataba de conseguir una idea y lo logramos. Fin del tema. Ahora, si me disculpas, todos tenemos muchas cosas que hacer —dijo Violeta dando definitivamente media vuelta y dejando a David sin respuesta.

Sí, todos tenían mucho trabajo que hacer. Los distintos equipos debían desarrollar cada una de las ideas para unirlas todas en el producto final al día siguiente. Contrariado, se encaminó a una de las salas a reunirse con su compañera Raquel y ponerse manos a la obra. Se sentía un poco idiota por haberse hecho ilusiones, y le chocó la actitud de Violeta, tan cortante después de semejante beso. Creía que los besos no mentían, pero aparentemente estaba equivocado. Raquel ya lo esperaba cuando entró. Empezaron a hacer un borrador de las escenas que tendría su parte cuando David escuchó el famoso beep.

—¡Pero qué crédulo eres! Si el viernes va a haber más besos como ese, no seré yo quien se lo pierda. Aún me quedan por desarrollar más ideas que vinieron a mi mente cuando cerré los ojos. ¿Qué tal un japonés para abrir boca? —decía el whatsapp de Violeta.

David se echó a reír, y ante la mirada interrogante de Raquel respondió:

—Desde luego, tía, ¡no hay quien os entienda!.


domingo, 11 de marzo de 2012

Revenge (Part II)

…el inicio de la historia lo puedes leer aquí

Pensó mucho sobre ello. Era nueva en el tema, una auténtica pardilla, nunca antes se había vengado de nadie. ¿Cómo se empieza a ser mala, cómo se aprende? ¿Cómo encontrar algo que haga daño a la persona de la que te quieres vengar? ¿Sería capaz? Inicio sus pesquisas con cautela, recabando datos aislados aquí y allá y juntando las piezas. Lo que parecía algo inconexo, un puzzle que componer sin imagen como modelo, fue poco a poco tomando forma, y lo que vio le pareció triste y decadente. Este tipo no tenía vida, o más bien, tenía una vida de mierda, lo que tal vez le había hecho convertirse en ciudadano contra el mundo y hallar placer en ver a los demás pasarlo mal. Eso no le daba derecho, por supuesto, ni suponía atenuante alguno a los ojos de Nadia. Si no le gustaba su vida tendría que hacer por cambiarla, no destruir la de los demás. Había descubierto que no tenía amigos ni pareja con los que compartir momentos, y estaba a malos términos con la poca familia que le quedaba. Se pasaba los fines de semana encerrado en casa, tal vez maquinando nuevos planes para nuevas víctimas. “Este tío necesita una novia”, pensó Nadia, “alguien que lo mantenga distraído y alejado de sus maquinaciones, alguien que lo suavice”. El problema era encontrar a alguien. ¿Quién lo aguantaría hasta el punto de enamorarse de él?

Nadia is a poppy compared to Emily Thorne ;)

Pensó al principio en convencer a alguien para que lo conquistara, y cuando al cabo del tiempo lo tuviera comiendo de la mano y enamorado hasta las cejas, que lo abandonara y dejara solo de nuevo, en su oscuro y triste mundo. Pero descartó la idea pronto, pues no era el típico favor que pides a una amiga si realmente la quieres y llegó a la conclusión de que para lograr eso debería pagar a alguien, algo que no podía permitirse. Así pues, debía encontrarle pareja. Y es que el que es bueno, no aprende a ser malo con un par de lecciones. No, definitivamente no sabía ser mala. Y en el fondo, lo peor que se le había ocurrido, no le haría mal alguno, ¡todo lo contrario! Lo convertiría en mejor persona, le haría feliz, le quitaría tiempo que dedicar a su truculento hobby y todo ello revertiría en una mejora notable para sus compañeros. Cuando estás enamorado ves el mundo mejor, todo brilla más, eres más tolerante, entierras el hacha de guerra. Al menos ya tenía un plan, y aunque no parecía una empresa fácil, pondría manos a la obra ya. Debía conseguir que Carlos encontrara pareja. Tocaba estudiar escenarios posibles, y aunque el más evidente era la oficina, especialmente por ser donde más horas pasaba, no parecía lo más conveniente ni lo más sencillo. Tendría que pensar en algo externo, de modo que él estuviera más receptivo. ¿Y si organizaba una quedada? Si lo vendía bien e incluía a algún jefe, tal vez él se apuntara y si terminaban en algún garito tomando copas o bailando, ella podría ser su wingwoman sin que él lo sospechara y venderle como alguien encantador ante posibles candidatas. El ambiente festivo y el alcohol ayudarían un poco. Lo incierto era que aún consiguiendo que saliera del garito con alguien, el resto dependería de él. Pero tendría que confiarse al destino, no podía hacer otra cosa.

En la oficina, de momento, el día a día no le dejaba mucho tiempo libre para dedicarse a su particular empresa. Estaba justamente en una semana de mucho jaleo, con reuniones diarias y saliendo tardísimo. Aunque ya no estaban en el mismo departamento, seguía teniendo contacto con sus compañeros y se había enterado casualmente de una de las jugarretas que Carlos maquinó contra ella. El tema le pilló en un momento de furia por varios motivos y su carácter latino salió a la superficie cuando decidió escribirle aquel email en el que le decía que se había enterado de que él fue el principal instigador de su descalabro. Realmente no esperaba respuesta, pues sabía que él no dejaría nada que le inculpara por escrito, pero se quedó tan a gusto después de desahogarse y decirle claramente que sabía cómo era, que no le engañaba con sus falsas sonrisas y que si tenía un mínimo de decencia le explicara en persona los motivos de esa guerra contra ella. Respiró liberada después de aquel parto epistolar, y se dirigió a la sala que tenía reservada para su reunión. Tenía que presentar las nuevas directrices metodológicas a los distintos departamentos de la empresa, uno por uno, y en esa ocasión había convocado a Recursos Humanos y Formación. Iba a estar ella sola en la sala, cosa que prefería. Había distribuido la presentación y los asistentes se conectarían por teléfono. Era casi la hora, y abrió puntualmente la conferencia para que unos y otros se fueran conectando. La música que llenaba el silencio hasta que se iniciara la reunión la estaba aturdiendo, y bajó el volumen del todo mientras intentaba ordenar sus papeles y concentrarse en preparar la introducción.

Let's start a conference!
Tan volcada estaba en ello que no oyó la puerta ni vio a Carlos en jarras ante ella hasta que éste no abrió la boca.
 
—¿Tú de qué vas? ¿Me crees tan estúpido como para contestarte por correo? —le dijo—. No tengo ningún problema en decirte a la cara lo que pienso de ti, estúpida.

A partir de ese momento, mientras ella permanecía atónita y casi muda, interrumpiéndole tan solo para preguntar de vez en cuando, salió por boca de Carlos toda suerte de insultos, acompañados de explicaciones a algunas de sus jugadas. Le confesó su animadversión, el odio visceral que sentía por ella, cómo había tenido que ver con las muchas zancadillas que le había puesto a ella y a algún otro a los que había alcanzado también su inquina. El sonido del móvil de Nadia le detuvo por un instante. Ella, como saliendo de un mal sueño, se apresuró a responder.

—¿Sí?

—...

—Sí, sí, ya mismo —respondió.

Colgó al tiempo que se inclinaba ante el teléfono fijo que accidentalmente había girado mientras ordenaba sus notas. Subió el volumen y dijo con tono de disculpa:
 
—Perdonad, se me fue el santo al cielo.

Se oyó un poco de barullo al otro lado de la línea y la voz clara de la directora de Recursos Humanos dijo con firmeza:

—Carlos, haz el favor de venir a verme a mi despacho... Ahora mismo.

martes, 6 de marzo de 2012

Revenge (Part I)

No recordaba cuándo había sido la primera vez. No es que antes fueran íntimos, pero su relación podría decirse que era más o menos cordial. Trabajaban en distintos departamentos, y ella no había notado jamás especial animadversión por parte de él. Coincidían en reuniones, tomaban café, intentaban resolver problemas juntos,… vamos, lo normal, tenían una relación profesional estándar. En cierto momento ella fue transferida al departamento de él, y éste comenzó a comportarse como si fuera su jefe, sin serlo realmente por entonces. Tal vez todo empezó aquel día en que chocaron por algo que él le ordenó, y que ella, lejos de tomar como orden, no solo ignoró, sino que rechazó en público. No un gran público, no, pero sí recuerda vagamente que en aquel momento otras dos personas estaban presentes en el despacho. Él siempre hablaba sentando cátedra, con un tono machacón que se hacía especialmente irritante, creyéndose en posesión de la razón absoluta. Desconocedor del efecto de rechazo que ello provocaba en las demás personas, no hacía nada por suavizarlo, ni con gestos, ni con sonrisas, ni admitiendo estar equivocado cuando era evidente, y ello ponía al pobre sujeto, objeto de su verborrea, en actitud, no solo defensiva, sino de ataque. Así había sido en aquella ocasión. Intentaban resolver un problema y cada uno aportaba sus ideas y explicaba al resto su razonamiento, y habían llegado a un punto de discusión en que ella consideró que la energía que necesitaba para que él entendiera su razonamiento había llegado a su fin, y excedía de lo que consideraba razonable para no quedar al momento exangüe, así que su cuerpo activó el escudo protector, y como casi siempre nos ocurre en este tipo de situaciones, le dio un subidón de adrenalina y su voz salió crispada cuando se levantó para ir hacia su sitio, dejando muy claro que no estaba de acuerdo, que él estaba equivocado y que no estaba dispuesta a perder un solo segundo más, que tenía cosas más importantes que hacer. Sentía los latidos a toda tralla en su pecho y la cara arder.

Lose one's temper

Desde aquella ocasión, habían seguido coincidiendo aquí y allá, y hasta tomando café echando unas risas. Ella jamás había sido rencorosa y siempre estaba haciendo borrón y cuenta nueva con las personas cuando sentía que le daban un revés. De hecho, apenas recordaba aquel incidente. Él, por el contrario, aunque ante ella mostraba de vez en cuando su falsa sonrisa, debió anotar su nombre en la lista de “seres a aniquilar”, y efectivamente lo hizo, creando pacientemente una red de personas a las que fue abduciendo de algún modo, hasta lograr que no la tuvieran en cuenta profesionalmente y quedara anulada. Desde entonces, ella había meditado mucho y había tenido tiempo suficiente para observar su comportamiento con tranquilidad, para ver que a todo al que estaba cerca de él y podía suponer una amenaza o arrebatarle el puesto, antes o después le ponía la zancadilla. Demostraba ser un cobarde y una serpiente rastrera, porque jamás lo hacía de frente. Se valía de hacer política de pasillo para sembrar en las mentes de los más influyentes ideas negativas sobre aquellos a los que tenía en el punto de mira. De cara a sus superiores, nadie en su equipo merecía una palmada, nadie hacía bien su trabajo, nadie salvo él, que era quien más trabajaba, más aportaba y más valioso era.

Sí, Nadia había meditado largo y tendido, respirando y llenando sus pulmones, juntando los dedos en un mudra y diciendo Om infinitas veces. Al principio se concentró en ignorarlo y salir de sus redes, y ya en una posición a salvo, empezó a observarlo desde la distancia, casi admirando su habilidad pasmosa de hacer daño a todo el que se interpusiera y salir siempre ileso. Algunos de sus compañeros fueron blanco de sus juegos de poder, y hubo un caso especial que hizo colmar su vaso de paciencia. Se dijo ¡basta ya! Sintió que debía hacer algo. Tal vez el Universo tuviera preparado algún castigo en alguna de sus vidas futuras, donde al ver su karma se le haría pasar por lo que fuera para aprobar las asignaturas que se había encargado de suspender en esta vida, pero llegó a la conclusión de que no podía esperar a otras vidas. Necesitaba venganza en ésta, quería ser testigo de ello, aunque significara complicar su propio karma. Estaba claro que no podía hacerlo en el trabajo. No tenía medios, ni poderosos aliados. Tendría que centrarse en su vida personal y encontrar su punto débil.

Continuará...

(Puedes leer el resto aquí)

domingo, 13 de febrero de 2011

Mouchos, Coruxas, Sapos e Bruxas...

Me afané en deshojar..., y según caían los pétalos y alguna lágrima, más se reducían mis posibilidades de seguir en Boston. Ahora, unas tres semanas después de mi vuelta desde Chile y de conocer la noticia de que tal vez mi aventura americana tocaría a su fin, el veredicto me es desfavorable. Mucho han de cambiar las cosas para que un golpe de suerte me permita quedarme. Sólo me viene a la mente hacer magia, convocar a las hechiceras, meigas y brujas del mundo, para que entre todas hagan un conjuro que me salve... o en su defecto, una buena queimada que me haga olvidar las penas :)


La esperanza es lo último que se pierde,... dicen...

jueves, 27 de enero de 2011

Doubts Walking A Tightrope

No ha hecho más que empezar el año y de nuevo en la incertidumbre. ¡Qué ganas tengo de un poco de estabilidad! Pero todo parece indicar que habré de buscar una margarita y empezar el ritual...
 


sábado, 25 de diciembre de 2010

Wrap Up Of The Year

Creo que en las fechas en que estamos bien puedo hacer balance de mi primera experiencia en lo que a trabajar y vivir en el extranjero se refiere. Llevo prácticamente todo el año en Boston, ciudad que, decididamente, me encanta; pequeña, muy "caminable", luminosa, limpia, llena de gente amable. Adoro el puerto, el Charles river, el Faneuil Hall lleno de vida con sus tiendas, restaurantes y el Quincy Market, la zona de Washington St cerca del Macy's, el Common park, las calles de Newbury, Boylston, Charles, Tremont, Beacon... 

Faneuil Hall
En ese tiempo he podido escapar muy poco a España: al Madrid de mis amores, a Coma-ruga en verano para disfrutar de una corta semana de vacaciones con mi familia, a Barcelona para reencontrarme con amigos especiales... He recorrido un poco Massachusetts, lo que el tiempo libre me ha ido permitiendo, y escapé a New York cuando Jogi vino a verme. En Boston he visto la primavera, el verano, el otoño y aunque me ha dado tiempo a intuir el frío, escapé a tiempo a Chile hace unos días y de momento me he librado de las nevadas y las bajísimas temperaturas. He "vivido" todo el año en el hotel, y mi búsqueda de apartamento comenzó, se vio frustrada, y ha recomenzado de nuevo, aún sin frutos, con lo que claramente a mi vuelta seguiré en el empeño.

Este es mi primer proyecto internacional. Sin exagerar lo más mínimo puedo decir que ha sido un año duro de trabajo, en el que las largas jornadas laborales han sido la tónica, especialmente en agosto, con alguna semana record de más de 85 horas de trabajo que, sinceramente, espero no repetir. Demasiadas horas, sí, pero sin que me ciegue el optimismo, no he de hacer esfuerzos para que lo que venga a mi mente sean recuerdos inolvidables, entrañables, divertidos y especiales. Aún recuerdo aquel fin de semana maratoniano en que Raquel y yo recorríamos los desiertos pasillos de la oficina a las 4 de la mañana, cantando a voz en grito, o cuando al ritmo de la música nos marcábamos bailes con las sillas ante la mirada atónita de Barry, quien debía pensar "estos españoles están locos". Había que mantenerse despierto mientras los procesos se ejecutaban y esperábamos, pacientes, a que en México nos hicieran caso con las peticiones que íbamos encadenando. Cada ¡ahorita, ahorita! nos desesperaba, pero sólo recuerdo risas y buen rollo. Igual que en las semanas previas en que Fernando decía las palabras mágicas de "hoy, lo mismo, salimos pronto" y terminábamos saliendo a las mil, cenando frente al hotel a las 11:00 porque ya no había muchos más sitios donde pudiéramos hacerlo. Luis, el colombiano, repite incansable que en este proyecto le parece estar inmerso cada día en una peli de Almodóvar. Pero, volviendo a alejar el zoom de esas semanas y mirando en conjunto todo el período, aparece en escena toda la familia: mi familia bostoniana, compuesta por todos los compañeros (amigos, en realidad) a los que he ido conociendo día tras día, dentro y fuera de la oficina. Cuando estás en un proyecto fuera de casa pasas muchas horas con el resto de la gente, no tienes una vida a la que regresar cuando dejas la oficina, y sales a cenar, a tomar una cerveza, a dar un paseo, a ir de compras..., con tus compañeros, lo cual hace que pasemos muchas horas juntos, semana tras semana, especialmente cuando estábamos la mayoría en el hotel, en el que prácticamente ahora sólo quedo yo. Se produce un efecto "Gran Hermano", todo se vive más intensamente y se magnifica, y los lazos que se crean son fuertes. A medida que unos y otros nos mudemos a apartamentos y nos integremos individualmente en nuestra rutina diaria, se ampliará el grupo con integrantes autóctonos, pero de momento somos básicamente la gran familia española. Les quiero. Nos tenemos unos a otros para mimarnos y animarnos en momentos de bajón, para dar un abrazo al que lo necesita, para comernos a besos, para celebrar lo que se tercie, para compartir nuestros ratos de ocio... para vivir, en definitiva. Añoro en muchos momentos a mi familia y amigos, me encantaría poder chasquear los dedos y materializarme junto a ellos o traerlos junto a mí sin más que desearlo, pero no han inventado aún lo del teleport (científicos del mundo, ¿para cuándo?). Es entonces cuando más agradezco tener también aquí una familia a la que adoro.
 

Vamos que, in summary, el resultado del balance es positivo 100%, y sin dudarlo estoy dispuesta a repetir en el 2011. Ahora me toca descansar, disfrutar de mis merecidas y largas vacaciones con mi familia, desentumecer los músculos, vaciar la mente, reunir energías y embotellarlas, para ir liberándolas a medida que me hagan falta, y poder estar, a mi regreso a Boston, llena de vitalidad y con las pilas bien cargadas. Go for the New Year 2011!!! ;D

jueves, 16 de diciembre de 2010

When The Rook Flies Low...

Viernes pasado: comida de Navidad con los compañeros.

Temperatura que marcaban los mercurios en Boston: alrededor de 25 ºF, que vienen a ser unos -4 ºC.

Sensación térmica: depende de la constitución de cada uno, de la calle en la que estés y de si llevas un orujo en el cuerpo o ninguno, pero doy fe de que el grajo iba reptando por las calles, y de que eso de -4 ºC, nada de nada.

A rook
En esas circunstancias, ese viernes me abrigué (no hice como las bostonianas, que lucen escotes, minifaldas sin medias y calzado de verano con los dedillos al aire, que si soy yo se me caen uno por uno del frío; prometo averiguar algún día cómo lo resisten y cuál es su secreto). Fui a trabajar en taxi, y en coche hacia el restaurante. Las pocas veces que me aventuré a salir a la calle a fumar (sin comentarios) lo hice pertrechada con bufanda y abrigo bien cerrado hasta arriba. Me llevaron en coche hasta el sitio de copas al que fuimos después. Tras varias horas de pasarlo bien, regresé al hotel en taxi, que tuvimos la suerte de parar a pocos metros del local. Y, ahí es cuando llego yo y me pregunto,... ¿dónde ha sido que he pillado este tremendo catarro, resfriado o proceso gripal? ¿Quién me ha transmitido vía aérea uno de esos bichitos malos? Como me entere, me lo cargo, ¡ja! Que me ha tenido el tema como alma en pena, envuelta en toses, escalofríos y temblores, con dolor de cabeza y garganta, inapetente de todo, encerrada en mi castillo (léase hotel) hasta hoy. Y si hubiera sido una transmisión boca a boca, al menos habría tenido con quien delirar en mis momentos febriles, digo yo.

En fin, ya estoy más o menos restablecida, curada y casi sana del todo, pero no las tengo todas conmigo. Ayer se estropeó la calefacción en mi habitación. Me arrastré a recepción a contarles el problema. Era algo general que afectaba a muchas habitaciones, pero no a todas, y me ofrecieron cambiar de habitación. No way, me dije, que con lo hecha papilla que estaba no me veía yo empacando mis pertenencias para llenar las 4 maletas que traje, y sabiendo que los regalos que he ido comprando no tenían hueco en ninguna (ni tienen de momento, a ver cómo apaño esto). Me subieron un radiador pequeño que no sirve más que para hacerme compañía. Opté por meterme bajo el edredón y sobreviví a la noche. Hoy, cuando he vuelto del curro, he entrado a mi habitación con la esperanza de ver resuelto el problema, pero no. La nueva visita a recepción me ha hecho conocedora de la grata noticia de que no podrá solucionarse ¡hasta el fin de semana! Bbbbrrrrr.... Muero de sólo pensarlo y de ver previsiones de frío y nieve estando sin calefacción. ¿A que voy y no me curo?

viernes, 19 de noviembre de 2010

Look On The Bright Side Of Life

Hay días que empiezan con el pie izquierdo... definitivamente, y el de hoy fue uno de ellos. Me levanté con infinito sueño. Habría necesitado al menos un par más de horitas para levantarme como nueva, pero no solo el despertador se puso pesado, sino que tenía cita con mi médico. Nada grave: el típico chequeo médico. Desterré la idea de hacer pereza y caminé directa a la ducha. Iba bien de hora. La cita era a las 9:00. Bajé a desayunar a la cafetería del hotel: mi zumo, mi piña, mi café y mi muffin tostado, con mantequilla y miel. Que mira que hay opciones en el buffet, pero entre que voy a veces como un autómata y entre que realmente es lo que más me apetece, tomo el 99% de los días lo mismo, aunque hoy me salió un tanto chungalí. El café, - he decidido llamarlo así, porque es la traducción literal de coffee, pero deberían rebautizar el término, porque de solo recordar esos cafés de mi Europa... ¡aaahhh!, se me ilumina la cara, ¡eso sí son cafés! -, ... decía que el café es... americano, pero descubrí esta mañana que tiene grados de calidad. En concreto, el que me ha servido Dan esta mañana con la sonrisa de siempre era, yo diría, no potable. Sabía a sucedáneo de café, sin gracia, amargo y quemado. Y por si fuera poco, el muffin, que siempre dejo en el tostador mientras tomo la piña, salió un tanto quemado. Y ahí estaba yo, sentada en la mesa, con el "café" y el muffin morenito. Mal empiezo el día, pensé, pero todo tiene a veces un aspecto positivo. Mi desayuno no tenía arreglo, y no tenía tiempo de tostar otro muffin, eso estaba claro, pero el momento se equilibró cuando levanté la vista en pleno bocado y me encontré con un peque rubito de alrededor de un año, poniendo morritos como solo los niños saben poner. Sonreí. Era de foto. Su papá intentaba hacer que se comiera una suerte de potito e imitaba, sin ser consciente, los gestos de su hijo. Que el niño era mono, pero el papá estaba para mojar pan. Momento nivelado, me dije. Y terminé mi desayuno con buena onda.


Salí a buen ritmo por Milk St hacia Washington St. Eran las 8:50. El médico estaba cerca, pero por asegurar la puntualidad aceleré, cargada con bolso y portátil, dando tan buenas zancadas como los botines de tacón me permitían.Llegué al edificio y unos minutos antes de las 9:00 estaba ante la recepcionista. Cuando le dije que tenía cita descubrí que realmente ¡era a las 11:00, no a las 9:00!, pero poco importó, me informó que esa mañana no estaba la doctora, que habían dejado un mensaje en mi móvil para avisarme, que si no lo había escuchado. Me hice de cruces y concerté una nueva cita. Salí dispuesta a averiguar cómo configurar el teléfono para que me avisara de los mensajes y para saber cómo diantres podía escucharlos (confieso ahora que llevo parte del día intentándolo y no lo he logrado, pero lo haré).

The Charles River
El día era de foto. Brillante y soleado. Me gusta caminar a esas horas por el centro, que está lleno de vida, mientras los comercios empiezan a abrir y la gente corre a sus trabajos. Disfruté del momento y entré en el metro. Eran solo cuatro estaciones hasta la oficina. Esperé en el andén y llegó mi tren. Encontré asiento y no fui consciente de que mi cerebro había perdido la cobertura. Me sumí en mis pensamientos, dejando vagar la mente hasta el momento en que ante mis ojos desfiló el Charles River. ¡Hey!, ¡el río!, pero... No, no me había pasado de estación como tal vez estéis pensando. Peor. Me había montado en dirección contraria, ¡arrrrrggghhhh! Bajé en Kendall/MIT y me puse a buscar cómo cambiar el sentido. Imposible, o al menos no fui capaz, tuve que salir a la calle, cruzar, entrar de nuevo en la estación, pagar otra vez con la Charlie Card y esperar a mi tren hacia el sentido correcto. Jamás tengo la suerte de ver el Charles por las mañanas camino del curro, porque no es parte del recorrido, pero hoy lo iba a ver dos veces, ¡ja! Me pareció que, de nuevo, el momento se compensaba con otro positivo. Recorrí las estaciones restantes hasta la oficina, con mi cerebro ya de vuelta y alerta, disfrutando del paseo inesperado.

No he tenido más contratiempos el resto del día pero, de tenerlos, sé que habría olfateado y paladeado el aire, abierto poros y oídos, y aguzado la vista... looking on the bright side of life :-) al más puro estilo Monty Python.

jueves, 24 de junio de 2010

Rolling On Bed Laughing

Esta es de esas anécdotas que no sabes si contar, porque te sientes como boba, y hasta sin el como, pero ya que me he puesto a ello sigo, que no soy yo de enseñar el caramelo y guardarlo en el bolsillo de nuevo.

Trabajo de momento en una oficina, retirada del hotel donde me alojo mientras estoy aquí en Boston, pero esa tarde tenía una reunión en el edificio noble, que casualmente queda justo al lado. Mi jefe me había pedido que le informara tan pronto acabara. Así que, no más pisé la calle para caminar hacia el hotel, le llamé por teléfono. Le pillé ocupado y no me cogió la llamada. Subí a mi habitación, me puse ropa cómoda y abrí de nuevo el portátil para seguir conectada trabajando desde allí. Al poco me devolvió la llamada. Me levanté a por el móvil, que había dejado a la entrada, cerca del bolso. Contesté, y me puse a contarle, caminando de acá para allá por la habitación. Recuerdo que me vi caminando y pensé “Voy a hacer un surco en la moqueta. Mejor me siento”. Ni corta ni perezosa me dirigí al sitio más confortable: la cama. Esa pedazo cama king-size que me acoge cada noche y me envuelve tan bien. Me senté. Pero del estar sentada pasé al estar tumbada, y tan grande es la cama y tan boba yo, que seguía hablando con él desgranando los pormenores de la reunión, cuando empecé a rodar por la cama, cual croqueta. Blablabla vuelta a la derecha, blablabla vuelta a la izquierda, blablabla... Y el largo de la cama, en la que yo estaba atravesada, pensé que me daba para rodar una vuelta completa. Creo que mientras seguía mi cháchara, sin parar de hablar, me reté a mí misma dándome más impulso en el rodar, pero…., calculé mal… Fatal, diría yo, o incluso ni calculé, pues todo ocurrió muy rápido. Tanto rodar y rodar me llevó al borde sin darme cuenta y del blablabla que escuchaba mi jefe pasó a oír un alarido “Aaaaughhhhhh Wooooouuuhhh”, acompañado de un “¡Booomm!” y seguido de una cascada de carcajadas.
 

Allí estaba yo, sentada en el suelo, con el móvil a un metro o más, riendo como una posesa y llevándome la mano a la cadera derecha, que fue la que recibió el golpe. Recuperé el teléfono riendo aún, y al otro lado imaginaba a mi jefe con los ojos muy abiertos y cara de interrogante, y él me decía:

—¿Qué ha pasado? ¿estás bien? ¿quieres llamarme en unos minutos?
 

Creo que hasta debió pensar que yo estaba allí con alguien, jugueteando en la cama, tal era la juerga que yo tenía encima de pronto, y es que me parecía tan tan tan absurda la caída que no sabía si era mejor pasar de ello o intentar explicarlo.

En fin, doy fe de que el moradito existe en mi cadera derecha, y mis compañeros prometen asegurarse de que estoy bien sentadita y lejos de una cama cuando hablen conmigo, que no quieren verme accidentada al día siguiente :-)

jueves, 11 de marzo de 2010

Unsolved Equations

Y aquí estoy de nuevo: de vuelta en los Madriles, tras haber hecho mi tercera escapada a Boston por motivos de trabajo. Pero al menos los fines de semana dejaban tiempo para turistear, y pude ir a Cape Cod y a Rodhe Island. Lo he pasado en grande, la verdad. Estas allí, lejos de tu familia y amigos, pero rodeada de compañeros que, de algún modo, se convierten en tu familia, y se crean lazos especiales. Es como una especie de Gran Hermano, tal vez, y todo se magnifica. Ahora les echo de menos estando aquí, aunque es cierto que acabo de aterrizar como quien dice, y no me ha dado tiempo a calentar motores y dejarlos al ralentí. En dos o tres semanas, cuando me vea de nuevo haciendo maletas para volver, será a los de aquí a los que me dé penita dejar.

Y yo soy la misma, sigo siendo la chica envuelta en la incertidumbre, porque aún quedan muchos interrogantes por despejar, y por más que me afano para resolver ecuaciones, éstas no me las enseñaron en la carrera. Será cuestión de seguir caminando, paso a paso, cruzando los puentes que aparezcan en mi camino, o saltando por ellos para remojarme de vez en cuando. ¡Es la vida! :-)