Mostrando entradas con la etiqueta Love. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Love. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de mayo de 2015

The Pact


Es el momento de hacer una pausa en mi ajetreada mañana. Cinco minutos de ausencia no repercutirán demasiado en mi carga de trabajo. Además, me ha cundido bastante la semana y llegaré a presentar mi informe en la fecha prevista.

Me dirijo a la cocina sin pensarlo más, dispuesta a desentumecer un poco las piernas. Lo de estar sentada sin tenerlas cruzadas me cuesta horrores, y aunque las separo cuando me doy cuenta, a los cinco minutos ya he vuelto a las andadas. Con el humeante café ya en mano y sentada en el taburete, empiezo a trastear con el móvil. Reconozco que no sé estar sentada sin más, sin hacer nada, pensando tan solo, así que, tras revisar notificaciones variadas, decido asomarme a una de esas aplicaciones para conocer gente.

Estoy dada de alta en varias y, aunque tienen sus matices, al final son todas bastante similares. Estoy venga a pasar fotos de los diferentes candidatos que me ofrece la aplicación según el filtro elegido.

No.
No.
¡Hum! Tal vez...
No.
Ni de coña.
A ver... Amplío la foto un poco .... No.
No.
No.
¿Y este? Pincho el icono del perfil. Leo en diagonal los datos principales. Nada. Muy simple y muy bajito.
No.
¡Uf, por favor! Ni hablar. Menudo imbécil. Si es que a veces se sabe sin leer ni un dato.
No.
No.

No os podéis hacer idea de las fotos que la gente pone para, de algún modo, venderse. ¡Que es que son elegidas por ellos, eh! Que las han puesto voluntariamente y, digo yo (aunque a veces lo dudo) que han hecho un poco de selección previa, que se lo han tenido que pensar, vamos. Pero con un simple vistazo, e independientemente del aspecto físico, ya hay fotos que tienen el "no" por adelantado.

No.
No.
Nnn... ¡¡Espera!! A ver...

Miro las fotos restantes. No parecen falsas, aunque eso nunca lo sabes. Puede que no se trate de las fotos de un famoso, como hacen muchos, pero a veces, aunque reales, son de hace diez años o más. Pero... me gusta lo que veo de momento. Sonrío. Entro al perfil, a leer qué tiene que contar. No es muy extenso, pero no tiene faltas de ortografía y destila optimismo y vitalidad. Sonrío de nuevo. Este Just_Be —su nick en la aplicación— invita a dejarse llevar. Decido darle al "Sí", a ver qué pasa.

Termino mi café y vuelvo a la tarea. Quedan apenas un par de horas para salir de la oficina. No han pasado ni diez minutos cuando me llega el beep del móvil. Me asomo con curiosidad y compruebo encantada que he tenido un match con Just_Be y me ha enviado un mensaje.

Como ya tengo todo hecho, contesto a su mensaje y nos enfrascamos en un divertido y refrescante chat. Todo fluye natural. Me divierte y me excita. Me propone que nos conozcamos y, casi como un reto, sugiere que pasemos el fin de semana juntos, pero quedando en otra ciudad diferente a la nuestra. Me parece una idea sugerente que de pronto me conquista, y me encanta eso de dibujar un escenario en que ninguno de los dos sea el anfitrión. Me sorprendo a mí misma diciendo que sí pero también lanzo yo una propuesta por mi parte y le digo: "Encontrémonos en Barcelona. Y que no sea esta la típica cita. Libérate, no te midas, sé tu tú más real, actúa como si nos conociéramos de toda la vida, como si no tuvieras nada que perder, como si no te jugaras nada y al mismo tiempo haciendo que todo sea un juego. Hagámoslo lúdico. Si te atraigo y te gusto, trátame como si fuera la mujer más maravillosa del mundo. Si en un instante sientes amor o deseo, exprésalo, no te asustes y dale rienda suelta, solo mírame a los ojos y dime que me quieres, que yo no exigiré compromiso después. Quiero vivir el momento, este presente inmediato, y quiero que lo vivas conmigo. Riámonos, derrochemos caricias y besos, hagamos el amor como dos cuerpos hambrientos de placer, o con la mezcla de pasión y dulzura con que lo haríamos a la persona amada... Entrégate a mí al 100%, sin red, sin reservas, que yo haré lo mismo, como si ambos fuéramos dos náufragos perdidos en una isla desierta y no hubiera nadie más. Y quiero un pacto: tras el fin de semana, saldré de tu vida y no volveremos a vernos".

Barcelona by Nikola T

Él aceptó mi planteamiento, excitado y emocionado ante la idea de no tener que construir un personaje para gustar al otro. Nos encontramos en el aeropuerto y desde el minuto uno todo fluyó con magia. Tuvimos un fin de semana maravilloso, sin parar de charlar acerca de infinidad de temas, riendo en cada callejuela que la noche nos ponía delante, besándonos en cada portal múltiplo de siete, disfrutando al deshacer la cama pulcramente hecha, gozando el desayuno junto a la ventana viendo el mar,... Parecíamos dos chiquillos que han escapado de casa para vivir una aventura. Y la vivimos. Pero como todo lo bueno, el fin de semana llegó a su fin. El avión de vuelta aterrizó y nos dejó frente a frente intentando decirnos adiós.

—Ha sido el mejor fin de semana que he pasado en mucho tiempo —dijo rodeando mi cintura y acercándome a él—. Sabes que quiero volver a verte. ¿Querrás? 

—Lo siento, —repliqué mordiéndome el labio y realimentando mi resolución mientras me separaba de él con suavidad—, no quiero sonar como una desagradecida, una arpía o una mujer sin corazón, pero buscaba justamente lo que he tenido. Algo perfecto, sin fisuras ni grietas. Momentos maravillosos que atesorar y revivir sin que el día a día los contamine.

Sonrió con cierta pena, pero no insistió. Era el primero que parecía entenderme. Le di un beso en los labios y me giré caminando hacia la parada de taxis, pensando internamente si no merecería la pena arriesgarse esta vez.


jueves, 9 de abril de 2015

Faking Fine

Voy acelerada porque llego tarde a una reunión. Detesto la impuntualidad. El ascensor va nutrido a estas horas. Contengo la respiración y me pongo de puntillas sin darme cuenta, como si ello le hiciera ir más rápido. En cuanto se abren mínimamente las puertas, salgo disparada cual gacela por la sabana, derrapando con elegancia en la curva del final del pasillo. Sin que me dé tiempo aún a tocar el pomo, se abre la puerta de la sala y te veo al otro lado. Sales tú al tiempo que entro yo. Nos sale con tanta coordinación que parece algo ensayado. Es como el giro de un vals. Me dan ganas de quedarme ahí un ratito, bailando contigo, y olvidarme del resto. Nos miramos a los ojos y susurro "¿Qué tal todo?". Un lacónico "Bien" es todo lo que me brindas por respuesta, acompañado de una sonrisa que se dibuja en tu cara. La sala me engulle con hambre y a ti te vomita con indiferencia.
 
La reunión es de esas en las que distintas personas son convocadas a lo largo de la mañana, cada una en su turno. Acabó el tuyo y comienza el mío. Mi compañero ya está también en la sala y juntos hemos de dar soporte al departamento que nos ha convocado para aclarar ciertas dudas. Alguien baja un poco la intensidad de la luz y comienzan a proyectar un PowerPoint. En esa inesperada penumbra que me regala el ambiente propicio, yo no puedo evitar pensar en ti. Sin darme cuenta mi cabeza ha saltado al momento de nuestro breve encuentro. Lo tengo en la pantalla de mi mente y necesito reproducirlo a cámara lenta, muy muy lenta, y observar.
 
Detengo un momento el mundo que me rodea, me sumerjo en una burbuja que me aísla. Externamente nadie lo advierte, mi mirada permanece atenta a la presentación, con la cabeza ladeada ligeramente, pero internamente observo, simplemente, observo de verdad. No digo mirar resbalando la vista líquidamente sobre el recuerdo que proyecto, haciendo que se desparrame toda ella sobre tu imagen. No, no digo eso. Digo mirar de verdad, volcándome en cada fotograma, atando el iris a la conciencia con una lazada y prestando atención plena, captando cada detalle que no quiero que se me escape, analizando esas pequeñas marcas, gestos y señales, —en tus ojos, en tu voz, en tu mano sobre el pomo o en la tensión de tu cuello—, microexpresiones todas que, tal vez puedan parecer minucias, pero que en conjunto no lo son y me dicen muchas cosas. Fue solo una palabra, modulada en un tono un tanto neutro. “Bien”, dijiste. Sin más. Ahora ya lo sé. Tú no estás bien, cielo. Tú no estás bien. A ti te pasa algo... y me lo vas a contar.

Behind the mask there might be a different face
 

martes, 31 de marzo de 2015

LifeFulness

Deambulo descalza por la casa, inundada por la luz del mediodía que entra a raudales por las ventanas. Camino con toda mi conciencia. Las plantas de mis pies sienten la superficie cálida de la madera a cada paso. Voy hacia la terraza y me detengo un instante para acariciar las hojas de la Kentia con las yemas de mis dedos. Sigo avanzando y salgo afuera. El sol da de lleno en los baldosines y cae sobre mi empeine cuando piso la terraza. El suelo quema. Muevo los dedos, alegrando la terraza con mis coloridas uñas. Hace calor, el sol resbala sobre mis hombros, lamiéndolos. Una leve brisa me hace levantar la vista hacia el cielo para sentirla en mi rostro y cuello mientras mueve suavemente mi melena. Capturo el momento con los ojos cerrados, mientras escucho los trinos de los pájaros que gorjean a su antojo y a los niños que corren y ríen abajo en el patio.
 
Dejo la terraza y entro de nuevo a la agradable sombra del interior de la casa. Mi vestido de gasa deja intuir al trasluz las largas y delgadas piernas y unas braguitas azules. Soy de pronto muy consciente de mi cuerpo. Me siento un tanto excitada. Debe ser el calor, el olor a verano que impregna la casa.

Zen :)
 
Voy a la cocina. Los trigueros siguen a fuego lento en la sartén, tan verdes y brillantes, y oliendo tan bien... Aleteo mi nariz y los olores me inundan. Me llega el aroma de la hierbabuena que tengo en la terraza. Huele a vida. Doy una vuelta a los trigueros, que ya casi están. Tú te acercas por detrás. No te oí llegar, tan absorta estaba en mi sentir el instante. Rodeas mi cintura con el brazo derecho y tus dedos palpan mi piel, mientras dejas una copa de vino para mí sobre la encimera. Bajo un poco el fuego hasta apagarlo y me giro despacio para tenerte frente a mí. Miro tus ojos negros que bailan ante mí, risueños. Tu beso sella mis labios, jugoso, dulce, apasionado. Me transmite tu sabor y detecto notas de vainilla y tal vez de castañas. Sabes rico. Quiero más.
 


miércoles, 3 de septiembre de 2014

Some Day


Las manecillas avanzan... Pasan los minutos y las horas, se hacen días y acumulan meses, y aquí sigo yo, esperando que aparezcas. Tenemos una cita, ¿no recuerdas, amor? No, claro que no lo recuerdas, pues de hacerlo aquí estarías. Sonaría el timbre de la puerta y, al abrirla, me encontraría contigo, con tu yo de esta vida. Tal vez me pillaras tras despertar de la siesta, aún somnolienta y perdida, sin vestir de calle, acaso en zapatillas de andar por casa, o tal vez abriera desnuda, cubierta por una toalla tras salir de la ducha. ¡Qué ricura de imprevisto hallarte! ¡Vivan los momentos naturales, frescos, sin preparativos, sin adulterar, sin maquillar! Viva la energía que se genera cuando dos que se quieren vuelven a reencontrarse, días después, semanas o, como aquí, toda una vida. No dudaría un instante en salir tal cual a la calle, a la vida, a que me lleves donde el corazón te susurre al oído como si te contara un secreto, para darme una sorpresa y entender que, en el fondo, sí te acuerdas. Pudiera ser también que en lugar de salir yo, entraras a mi casa. No para amarnos, —que eso vendrá después, cuando en tu memoria estallen los recuerdos que tu alma guarda—, sino para dejar que te mire y me emborrache, que mis ojos se gasten dulcemente en cada línea de tu cara y recorran cada poro y lo hagan suyo, aprendiéndose de nuevo tu ser, tu color, tu olor, tu sabor. Y cerrarlos, sabiendo que esta vez, al abrirlos, no habrá sido un sueño y seguirás ahí, cerrarlos para que mi memoria redibuje tu nuevo yo, sabiendo que estás a mi lado, que si estiro un poquito la mano, me la atraparás entre las tuyas y me la cubrirás de besos. Pero no, corazón, no te acuerdas de la cita. Si lo hicieras no estaría yo escribiendo estas líneas. Andaría disfrutándote como en otras vidas, riéndole al destino los juegos que nos gasta para juntarnos. Tal vez no sea el momento aún y ha de pasar tiempo, tal vez esta vida no me toca tenerte, sino echarte de menos hasta el final. No te preocupes, amor, que aunque sea éste el caso, yo... sí recuerdo, y nos veremos en la siguiente.

Heart Galaxy by the astronomer Julien Girard @djulik
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Nighthawks

Y llegó el día esperado. Hoy por fin conocería a Jack, con quien llevaba carteándose ya tres meses. Cuando Kate aceptó el trabajo y se mudó a New York, no sospechaba que le resultaría tan difícil conocer a alguien, por ello, se decidió a poner el anuncio en la sección de contactos del periódico. Fueron varios los que le escribieron, pero tras unas semanas de correspondencia con algunos de ellos, sólo Jack pasó el filtro. Semanalmente, Kate iba a la oficina de correos, donde había contratado un apartado postal para no desvelar su identidad, y leía feliz las líneas recibidas cuando llegaba a casa. Mil veces estuvo tentada de abrir la carta allí mismo, pero se resistía y esperaba a saborear el momento relajada, sentada en el alféizar de la ventana, mientras tomaba un té helado y dejaba vagar su mirada ilusionada sobre el río Hudson. Aunque él propuso un intercambio de fotos, ella era reacia, y prefería verle en persona. Para no prolongar más la incertidumbre, finalmente hoy se verían las caras.

En la oficina, en un estado de nerviosismo feliz, la mente de Kate retozaba en el azul del cielo saltando de nube en nube, sus ojos se mostraban soñadores y su boca exhibía la sonrisa de quien guarda un secreto. La jornada parecía interminable, pero tocó a su fin. Más tranquila en casa, intentó relajarse con el sonido del último disco que había comprado. La voz de Sinatra cantando Begin The Beguine impregnaba el ambiente. Se sentía romántica, danzaba de puntillas girando por el salón con un almohadón del sofá, que dejó caer camino del dormitorio. Debía empezar a arreglarse y preparó con esmero las prendas elegidas para el encuentro: el vestido de manga francesa y falda evaseé, sus zapatos negros de tacón, un bolso de mano y... violetas para el pelo. Ese fue el detalle elegido para que Jack la reconociera. Él, por su parte, llevaría una corbata violeta.
 
Kate se vistió, mientras su imaginación intentaba poner rostro a aquel a quien ya creía conocer a través de las cartas. Se recogió la melena pelirroja, colocando las violetas con gracia, se puso carmín en los labios, unas gotas de perfume en su largo cuello y en las muñecas, y se miró satisfecha. Salió de casa flotando y paró un taxi, indicándole el bar de Little Italy donde habían quedado, normalmente muy concurrido los viernes noche.
 
Ilusionada, llegó puntual al bullicioso bar. Lanzando miradas en busca del esperado color violeta, se dirigió hacia el fondo, y encontró un hueco junto a la barra. Desde ahí veía bien la entrada, y se sintió segura. No había ni rastro del que pudiera ser Jack. Pidió un refresco y esperó, desoyendo los piropos que algún joven le brindaba, deseoso de trabar conversación. Ella permanecía atenta a la puerta del bar, mientras las parejas entraban y salían riendo. Acabó el refresco, y pidió otro. Kate esperó y esperó, y ya harta, decidió marcharse y no ser la boba a la que habían dado plantón. Abriéndose paso, aturdida entre parejas demasiado sonrientes para su estado de ánimo, fue arrasada por un hombre que salía tras ella como una tromba. Cayó al suelo sin poder evitarlo y se torció el tobillo. Se levantó como pudo, buscando su bolso, que había escapado de su mano en la caída. Lo vio, lo agarró y salió furiosa de allí.
 
"¡Menuda idiota crédula!", pensó. ¡Se había hecho tantas ilusiones! Se alejó caminando, todo lo digna que pudo, pero varias manzanas después las lágrimas caían, imparables. Al abrir el bolso para sacar un pañuelo, descubrió que le faltaba la cartera. Debió de salir del bolso en la caída. Desechó la idea de volver al bar. Se había alejado bastante y, probablemente, ya no estaría allí. Abandonó la idea de tomar un taxi y se resignó a caminar hasta el Greenwich Village, su barrio. Tras recorrer varias cuadras el tobillo le ardía, y recordó vagamente haber visto un par de dólares en un bolsillito interior del bolso... Rebuscó, rebuscó... y ¡ahí estaban! Realmente necesitaba una pausa, e intuía que también algo más fuerte que un refresco. Entró resuelta en un diner que hacía esquina.
 

Nighthawks, Edward Hopper (1942)
Estaba casi vacío. Había una pareja al fondo medio discutiendo, un hombre cabizbajo en un lateral y un afable camarero. Pidió un bourbon y, enfadada, se quitó las violetas del pelo y se concentró en sus pensamientos.
 
Al poco rato, el hombre cabizbajo pidió la cuenta y sacó la cartera para pagar.
 
—¡Eh! ¡Esa es mi cartera! —dijo Kate al verla.
 
Él la ignoró, deslizando un billete al camarero.
 
—¿No me ha oído? —dijo yendo hacia él—. Compruebe la documentación, y las fotos. Es mía, ¡sin duda! —siguió Kate, creyendo de pronto visualizar una americana y un sombrero similares en su caída—. Usted, usted estaba allí..., usted…
 
—¡Amigo!, ya ha oído a la señorita —gritó el joven del fondo—. Devuélvasela si no quiere problemas.
 
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de problemas? —preguntó socarrón.
 
Por toda respuesta, el joven abrió la chaqueta un poco, dejando ver una placa de policía. El hombre cabizbajo, reconsiderando su postura, se levantó, dejó la cartera junto a Kate y salió del diner con cierta prisa, murmurando unas disculpas.
 
Kate la cogió, sin intentar comprender. No quería pensar. Viendo que no era su noche, pagó y se largó, caminando despacio y cojeando por culpa del tobillo, que para entonces ya estaba hinchado.
 
No bien había doblado la esquina, entró un joven al diner.
 
—Hombre… ¡Jack! ¿Qué tal? —saludó la mujer encendiendo un cigarrillo.
 
—¡Hola, chicos! ¡Vaya nochecita! —dijo acercando el whisky que ya le tendía el camarero—. ¡Llegué demasiado tarde!
 
Les contó lo ilusionado que había estado toda la semana porque por fin llegara el viernes. ¡Sentía que iba a conocer a su futura mujer!, pues tras meses de correspondencia con la maravillosa Kate, se sentía enamorado. Había salido con tiempo suficiente para la cita, incluso para ir caminando hasta el bar, pero, tal vez por llegar algo más relajado, decidió parar un taxi. Y ahí estaba él, tan abstraído imaginando cuáles serían sus primeras palabras en cuanto se vieran, que el sonido del claxon le hizo dar un respingo. Tardó en comprender que algo no iba bien. Estaban detenidos en un semáforo y el taxista había caído desmayado sobre el volante. Jack movió su brazo desde el asiento trasero, zarandeándolo un poco, pero al ver que no reaccionaba, salió del taxi con rapidez, e intentó reanimarlo. No sabía nada de primeros auxilios, pero pudo comprobar que respiraba y decidió que lo mejor era llevarlo a un hospital a toda prisa. Colocó al taxista con sumo cuidado en el asiento trasero, y condujo él mismo hacia el hospital más cercano lo más rápido que pudo. Llegó a urgencias e hizo los trámites con la agilidad que su mente —que escapaba a la imagen de una linda chica esperando a encontrarse con él— le permitió. Pero no podía dejarlo allí sin más, y esperó hasta saber que había sufrido un infarto, que estaba controlado y que se pondría bien.
 
—¡En fin! Tal vez sea cosa del destino y no deba conocerla —dijo finalizando su relato de los hechos con el gesto abatido—. Cuando finalmente llegué al bar, seguía abarrotado, pero por más que miré, no había ni rastro de la chica que debía llevar una violeta... ¡como ésa! —exclamó sorprendido al verla sobre la barra.
 
Quitándose unos a otros la palabra, le contaron atropelladamente que la llevaba en el pelo una joven pelirroja, que salió justo antes de entrar él.
 
—¡Corre, muchacho! ¡Es ella sin duda! —dijo el camarero, agarrándole del brazo—. No pierdas tiempo. Salió cojeando y no andará muy lejos.
 
Jack se levantó raudo y, recordando que no había pagado, se detuvo en la puerta un instante, al tiempo que el poli duro del fondo, cigarrillo en mano, decía con media sonrisa:
 
—¡Ve tras ella, idiota!, que ya pago yo. No puedo resistirme a una buena historia de amor cuando la tengo delante.
 


Nota: Post escrito para la Escena 8 propuesta por Literautas, que debía basarse en el famoso cuadro Nighthawks de Hopper. Intenté centrarme en Manhattan en los años 40, época en que se pintó el cuadro. Me quedé con ganas de ampliar un poco el que envié inicialmente y que titulé Violets, entre otras cosas para dejar ver algo más de Jack, como apuntó alguien en los comentarios que recibí. Y me gustó la idea que me dio mi compi Raúl con respecto a quién decía la última frase. Esta vez la participación aumentó, y os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas ツ

domingo, 17 de marzo de 2013

The Lost Senses


Ayer, te miraba y veía chispitas en tus iris…
una aquí, otra allá,

todas ellas compitiendo con las mías
a ver cuál brillaba más o hacía la pirueta más graciosa,
jugando a crear colores nuevos cuando chocaban.

Ayer, nuestras manos se unían,
saboreándose,
muy atentas a cada surco,
reaprendiéndose a base de recorrerse con las yemas,
jugando como chiquillas a fundir los pulgares en un beso.

Ayer, tus labios bebían de los míos,
a sorbitos y a tragos,
calmando la sed o provocándola,
dejando que nuestras lenguas hablaran un lenguaje mudo,
antiguo, lleno de rugidos, jadeos y dibujos.

Ayer, tu olor era mi perfume,
cubría mi piel,
vistiéndola poro a poro,
con mimos cálidos en invierno y de té verde en verano,
alimentando mi cuerpo y dejándolo satisfecho y hambriento de más.

Ayer, nuestros pasos resonaban juntos en la noche,
caminábamos de la mano de día,
abrazados o compartiendo meñique de tarde,
saltando en todos los charcos que nos salían al paso,
porque la vida se goza aspirándola y metiéndola de lleno en ti.

Ayer, mis sentidos se mezclaban, crecían en revoltijo
creando sentidos nuevos de nombres desconocidos.
Mis ojos te comían, mis labios te miraban,
mis manos aspiraban tu aroma y lo encerraban en frasquitos de esencia
para poder olerte a escondidas,
mi nariz seguía el trazo de tu pecho
luchando con mi boca para que no se entretuviera,
mis oídos sentían cada escalofrío de tu espalda
porque tus poros gemían a cada beso,
mi piel escuchaba a la tuya y seguía su voluntad
como conducida por un maestro de orquesta.

 
Sleeping woman by Anuraag Fulay

Hoy..., ya no estás.
Mis ojos perdieron su luz,
mis manos están vacías,
mi boca ya no sonríe y no sabe calmar su sed,
mi nariz busca anhelante como un yonqui el rastro de tu aroma,
mis pies dejan huellas invisibles y caminan silenciosos sin nadie al lado.
 
Hoy mis sentidos vagan adormecidos, drogados y aburridos,
como extraños en un mundo sensorial que no comprenden.
No encuentran nada que les despierte.
Les faltas tú.
Me faltas tú.


 
...More nonsense and ravings :)

jueves, 7 de marzo de 2013

The Three Denials

Salgo a disfrutar de este día tan luminoso dando un paseo. Adoro los días luminosos. El Sol tiene ese mágico poder de dar vida a los objetos; los matiza y los redefine maravillosamente, haciendo que parezcan nuevos. El aire huele a verano, mi cuerpo se activa y una sincera sonrisa se dibuja en mi cara. Las hojas se mecen y el viento pronuncia tu nombre en suave murmullo. Ainssss... ¡ya empezamos! Yo hago oídos sordos y simulo que no me entero, como que no va conmigo y que no significa nada para mí. Decido hacerle boicot y tarareo cualquier melodía repetida, como si fuera un mantra.

Sigo adelante, mientras observo mi entorno. ¡Cuántas veces caminamos sin mirar! Porque ver, vemos, pero no miramos. Así que, yo veo, y miro al cielo azul, salpicado a capricho de nubes con formas sugerentes, roto por las estelas blancas que dejan los aviones. Me fijo en la abuela del parque con su nieto, en la chica que me adelanta trotando con los cascos puestos y ceñida en un chándal divino de la muerte, en el chico tumbado en el césped leyendo de su tablet. En ese mirar mío, un banco a la sombra me sale al paso, invitándome a descansar un rato. Acepto la sugerencia agradecida con una sonrisa y me siento. Creo que es buen momento para sacar mi Moleskine y anotar lo que me rondaba por la cabeza, antes de que la esquiva musa se desvanezca. Me pongo a escribir, pero al detenerme un segundo buscando en mi mente la palabra adecuada, mis ojos se posan en el respaldo del banco. ¡No puede ser! ¿Me persigues aquí también? Ahí está. Leo tu nombre, grabado sobre la madera, tal vez con unas llaves. La inspiración se ha dado definitivamente a la fuga y cierro mi libreta de un manotazo, decidida a no dejar que mis pensamientos ahonden en ti. Le dije al viento que no. Se lo repito ahora a la madera del banco. ¡No! Decido ignorarte y no perder la sonrisa, y echo a andar de nuevo.

Mis pasos me conducen fuera del parque y al cabo de un rato me sumerjo de lleno en una calle comercial y bulliciosa. Paseo tranquila, esquivando a la gente, parando de tanto en tanto para mirar un escaparate bien dispuesto o hacer una foto urbana a algo que llama mi atención. Mi estómago gruñe, recordándome que comí hace ya tiempo. Me viene el vago recuerdo de que en la siguiente manzana hay una pequeña cafetería, acogedora y deliciosa, y mis pies caminan directos a ella con ligereza. Pido un café a la vainilla y un croissant, y los saboreo mientras me vuelco enfrascada en escribir de nuevo. Me levanto a pagar, y ¡no doy crédito! El chico que me cobra luce sobre el uniforme la chapa con su nombre, que resulta ser... tu nombre. ¿Es obsesión mía o acaso una confabulación? Muevo la cabeza desechando el enfado que pugna por brotar y salgo a la calle. Me da la risa tonta. Es de locos. Será casualidad, no digo que no, pero tanta ya me escama.

De la risa paso a ver cómo mi voluntad es anulada, y mi cuerpo camina, empujado por una decisión que no sé ni cómo ni cuándo he tomado, pero, he debido ser yo, ¿qué otro si no? No soy una marioneta movida por hilos, aunque es así como siento este caminar dirigido. Llego a mi destino, abro la puerta sin poder evitarlo y entro. Si ha de ser así, que sea.

Tras algo más de media hora salgo de nuevo a la calle, sintiéndome extrañamente liberada, y notando un leve escozor en mi espalda. Tal vez este tatuaje que adorna ahora mi cuerpo te exorcice de mi mente... para siempre.


If this doesn't work, next thing to do is a spell

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Masquerade


No le apetecía nada, pero estaba indefenso ante el pertinaz Lucas, no solo porque fuera un gigante, sino porque era su mejor amigo, y finalmente decidió no malgastar la energía en batallas perdidas. Iría a la fiesta de máscaras, y lo haría por Lucas, pero no tenía intención de quedarse mucho.

—¿De dónde saco yo vestimenta para algo así? ¡Es este sábado! —murmuraba Adrián mientras rebuscaba en el armario.

Su insistente negativa a ir se debía a la reciente ruptura con Alba. Desde que la conoció y durante casi un año, habían sido inseparables y felices hasta que, hacía tres meses, había surgido otra persona que sumió a Alba en un mar de dudas, y planteó dejar la relación. Él decidió que era el fin, que no iba a quedar en el banquillo, esperando por si el nuevo jugador era expulsado y él volvía a entrar en el juego. Fue como un mazazo y aún la quería. Lo sentía aún reciente y no le apetecía nada hacer sociedad.

Tras algunas llamadas a amigos consiguió ropa elegante, de corte medieval y una preciosa máscara forrada en raso negro con una particular forma de nariz puntiaguda que, junto a la abertura oblicua para los ojos, le hacía parecer otro. Completado con su melena, el conjunto quedaría redondo.

Y llegó el sábado. Adrián salió de la ducha y se secó enérgicamente. Se afeitó y se arregló un poco las patillas. Entró en la habitación, donde las prendas, dispuestas sobre la cama, esperaban a cobrar vida. Se vistió, ajustó bien los blancos puños de vuelo, que asomaban por la manga de la levita morada, y se puso un vistoso pañuelo color mostaza en el bolsillo superior. Se colocó la máscara. ¡Listo! Estaba impactante. Sonrió satisfecho a la imagen que le devolvía el espejo.

Llegaron ya empezada la fiesta. No querían ser de los primeros y, cuando aparecieron, el inmenso salón ya bullía de conversaciones, risas y movimiento. El anfitrión no había reparado en gastos, su fortuna se lo permitía. Los camareros pasaban bandejas con exquisitos canapés y excelentes vinos. El champán soltaba las lenguas y quebraba posturas. Tras un rato, Adrián, despistado por Lucas, se encontraba solo, pero relajado y disfrutando. Divisó a unos metros a una sugerente pelirroja vestida de verde, que en ese momento apuraba su copa. Sin dudarlo, tomó de la bandeja que pasaba dos copas al vuelo y se acercó a ella.

—¿Más champán? —dijo tendiéndole una.

—¡Claro! Pero brindá conmigo —aceptó ella con una sonrisa y marcado acento argentino.
 

Venetian Masque by Ariadna Pinyana


Iniciaron una charla, superficial al principio, algo más personal después. Las máscaras ocultaban sus rostros, pero la boca de ella, siempre sonriente, enmarcada por la impresionante melena, le tenía rendido. Solo pensaba en besarla. Bailaron, bebieron, rieron... Adrián se había quitado la máscara, incapaz de soportarla por más tiempo, pero Selena aún la conservaba y su rostro era un misterio.

El tiempo había pasado volando y en contra de las intenciones iniciales de Adrián, la cosa se había alargado y fuera del palacete pronto amanecería. Selena era encantadora. En un arrebato, Adrián propuso salir a ver amanecer sobre el mar, y al poco, descalzos los dos, pisaban la fina arena de la playa, aún fría a esas horas. Caminaron un rato, sin dejar de conversar, y se sentaron a ver despuntar el día junto al espigón, al resguardo de miradas curiosas.

—¿Puedo ver tu rostro ahora? —preguntó Adrián dulcemente.

Selena se llevó las manos a la cabeza con delicadeza y, despacio, se retiró la máscara. Adrián quedó mudo al ver ante sus ojos a una desconocida Alba, pelirroja y diferente. Unido al acento argentino, era normal que no la hubiera reconocido. Ahora se sentía como un perfecto imbécil y sin dudarlo, se levantó para irse, pero ella lo detuvo agarrando su mano.

—Adrián, por favor —ya sin falsear su voz—, escúchame.

Le explicó que realmente no hubo nada serio con el otro chico, ni con nadie, pero conociéndole, sabía que no podría llamar a su puerta sin más diciendo que todo había sido un error. Así pues, acudió a Lucas, y le convenció para que lo llevara a la fiesta. Necesitaba acercarse a él y tantearle de incógnito.

—He meditado mucho. Sé que te echo de menos y que te quiero.

­—Alba, no es tan fácil. He pasado tres meses de infierno. ¿Quieres que lo olvide sin más?, ¿que haga como si nada? Tengo miedo, pánico más bien, de que vuelvas a dudar..., de dudar yo mismo.

—Te entiendo, amor. Yo también. Pero hay que vivir el ahora. El miedo no puede atenazarnos, sino darnos alas.

Ambos quedaron en silencio por unos segundos, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol despuntaba. Alba, se giró hacia él y mirándole con ternura le dijo:

—¿Te... atreverías a intentarlo de nuevo?

Adrián respiró hondo y cerró los ojos. Al abrirlos, la atrajo hacia sí y, por toda respuesta, le dio el mejor beso que tenía, uno lleno de esperanza.




Nota: Este post (retocado) es el que envié para la Escena 6 propuesta por Literautas, que tenía que ocurrir durante un carnaval o una fiesta de disfraces, y debía haber un personaje que tuviera miedo de algo, por los motivos que fuera. Yo estaba flaca de inspiración, pero me forcé a escribir, para no perder el hábito. Algunos de los posts escritos para la escena por otros participantes me han parecido geniales. Si queréis echar un vistazo, podéis hacerlo aquí.
 

viernes, 22 de febrero de 2013

Ungiven Kisses

Abro los ojos y ya es de día. Me estiro perezosa, tooooodo lo que mi cuerpo permite ser estirado, y resuelta a no desperdiciar la mañana, salgo de la cama. Aún adormilada, abro la ventana, sonriendo al comprobar que hace un día precioso y dejando que la luz inunde mi habitación. Al girarme, ahí la veo, olvidada en una esquinita. Me quedo parada y sorprendida, mirando como una boba la bolsa de los besos que guardaba para ti. Besos, sobre todo, pero también caricias, días perfectos, siestas veraniegas, noches de pasión... Es muy temprano para dejar viajar la mente soñadora en lo que podría haber sido, y además, ¡aún no he desayunado!, así que, mejor será que me encamine a la cocina. Y eso hago. Mecánicamente voy preparando mi desayuno, que disfruto pensativa y en silencio. Mi zumo de naranja, mis tostadas, mi café. Según doy cuenta de ello, mi mente divaga y vaga, transcurre por una dimensión alternativa durante un buen rato. Un gorrión que aterriza momentáneamente en mi terraza me trae a la realidad. Recojo la cocina y cuando salgo de ella sé lo que tengo que hacer. He decidido vaciar la bolsa.

Creo que es una sabia decisión. Dejaré en ella los besos de amistad, ¡esos sí!, y los abrazos, esos maravillosos abrazos. Pero he de deshacerme de los besos de amor, porque los besos de amor no dados se emponzoñan con el tiempo, se llenan de un veneno que no mata, pero que hace daño al alma y la vuelve turbia y rugosa. Abriré la bolsa y haré tres montones. Para el primero, me acercaré una mañana a a la cima de una montaña, al nacimiento de un río, o a un acantilado, y allí, dejaré que uno a uno, despacito, vayan saliendo, liberados. Para el segundo, voy a preparar la tierra en el jardín, para sembrarlos y darles cuidado con mimo y esmero, a ver si nace un árbol de hoja perennne y roja, con forma de corazón. Y el tercer montón de besos voy a guardarlo en una botella y salir a navegar en un velero, y cuando esté mar adentro, los lanzaré al agua, permitiendo que vayan a la deriva y recorran mares y océanos hasta llegar a alguien con hambre de besos.

Kisses in a bottle (based on a picture by Kraftwerckk)


...Looking for a recipient for ungiven kisses...



domingo, 17 de febrero de 2013

The Blue Envelope

Soy peluquera. Como puedes suponer, a lo largo del día me cuentan muchas historias. Mis clientas hablan de sus enfermedades, de lo listos que son sus nietos, de lo gorda que se ha puesto la vecina o de lo mala malísima que es la suegra, chismorrean de lo que ven en las revistas, de los famosos, de los casposos, de los escándalos que se van destapando en este país. Pero también, me cuentan sus vidas amorosas e infidelidades cada día. No siempre con palabras ni de modo consciente, pero de algún modo me lo cuentan, con sus cambios de look, su repentina preocupación por lucir impecables manicuras, su nerviosismo y brillo especial en los ojos, y lo percibo especialmente si las conozco desde hace tiempo y he visto que estas cosas solo las hacían muy de tanto en tanto o para una boda. Son mis clientas, sé de qué pie cojean. Hablan ilusionadas, vuelcan en mí confidencias que a veces no cuentan ni a sus mejores amigas. Soy una suerte de psicóloga tal vez, pues desde luego psicología no me falta, aunque ésta sea de andar por casa. Les hago preguntas, tantas como ellas me permiten, y ahondo tanto como puedo para hacerme una idea de la situación y darles mi opinión sincera. Son mis niñas, y cuando vuelven al cabo de la semana o del mes, nada más saludarlas ya sé si ha habido cambios buenos o malos desde la última vez.
 
Malena es una de ellas. Debe rozar la cuarentena, y la conozco desde hace años. Venía a cortarse las puntas y peinarse cada mes y medio, y excepcionalmente cuando tenía algún evento. Últimamente viene cada semana, a peinarse y a hacerse las uñas, y una vez al mes, pide cita para la de estética y se hace limpieza de cutis o alguno de esos tratamientos rejuvenecedores. Tiene un brillo especial en la piel, no solo producto de los tratamientos de belleza, sino más bien como si su piel sonriera, como si cada pose en ella tuviera ahora una gracia y frescura nuevas, que antes no estaban. Me empezó a contar su historia desde el primer día. Después de llevar años viuda, sola y aburrida, había decidido apuntarse a grupos de lo más diverso sin éxito aparente, hasta que por fin había conocido a alguien por Internet, en una de esas redes sociales de contactos tan en boga hoy en día. Estaba radiante, ilusionada y feliz como si tuviera veinte años. Me alegraba por ella, siempre había pensado que era un desperdicio que una mujer como ella estuviera sola. Era inteligente, atractiva, dulce y divertida.

Tras unas semanas, él le confesó que estaba casado, pero que no era feliz y quería dejarlo, lo cual les llevo a algunas tiranteces y a un intento de cortar por lo sano por parte de Malena, que tenía las ideas muy claras y no quería ser la amante. Quedó para hablar con él, y le dijo que no podía seguir más tiempo a dos aguas. Debía tomar una decisión: o seguir con su mujer, o dejarla y estar con ella. Le dejó bien claro que las medias tintas no le parecían justas para ninguna de las dos.

La última vez que vi a Malena vino a peinarse y a despedirse. En mi vida la había visto tan feliz. Él había accedido y, aunque sabía que sería un largo proceso que su mujer ni sospechaba, estaba decidido a pedirle el divorcio y empezar una nueva vida con Malena. Había dejado una larga carta a su mujer, explicando sus motivos, pidiéndole perdón por comunicárselo así y prometiéndole hablar en unos días, pues esa misma noche saldrían de viaje juntos, sin esconderse de nadie, y a su vuelta, contactaría con ella para hacer una separación lo más civilizada posible.
 
The blue envelope
De eso hacía ya una semana. Recuerdo claramente cada una de las cosas que hice ese día, hasta con quién hablé o qué comí. Al final del día, salí de la peluquería y conduje hacia casa, deseando abrirme una cerveza y descansar un rato. La estupefacción inicial que se dibujó en mi cara cuando entré y lo vi, me duró unos minutos. En el aparador de la entrada me esperaba un sobre azul. Tenía mi nombre escrito con la inconfundible letra de Carlos. Lo abrí a cámara lenta, sabiendo el contenido antes de leer una sola palabra. Lo leí de tirón. Como una sonámbula me dirigí a la nevera, saqué una cerveza y fui a sentarme al sofá del salón, muy tranquila. Tomé un trago directamente de la botella y, poco a poco, la sonrisa iluminó mi cara, mientras saboreaba un hecho que, sin saberlo, había estado deseando largamente.

—Soy... libre —musité.

Pues sí, ya ha pasado toda una semana. Malena y Carlos estarán a punto de volver. Seguramente piensan que mi reacción va a ser otra, quién sabe, pero no le voy a poner el más mínimo problema. Mentiría si dijera que no me duele, al menos un poquito, sobre todo comprender que él y yo no éramos felices juntos y no nos dábamos ni cuenta, habíamos puesto un velo a la realidad de la relación. Yo había llenado el vacío viviendo la vida de mis clientas, en lugar de vivir la mía propia. Nuestro día a día en cierto momento se volvió rutinario, y nos llevábamos bien, pero más como dos personas que comparten piso y coinciden a la hora de cenar, cruzan unas palabras y salen juntas de tanto en tanto. Tengo mucho cariño a Carlos, y le deseo lo mejor, y he de aceptar que ni yo era para él, ni él para mí. A veces hay que pararse en mitad de la vida, romper la rutina del dejarse llevar y asomarse desde fuera, como si vieras una película en la que los actores son otros y, en ese momento, preguntarte si serías feliz con una vida como la de la protagonista, y ser muy sincera y honesta contigo cuando respondas. En mi caso, fue la vida la que tomó la iniciativa, pues yo andaba en el limbo, pero no siempre es ella quien te organiza los pasos a seguir y te zarandea, y has de ser tú quien tome las riendas. Yo ahora tengo un nuevo camino ante mí, y estoy ilusionada y ansiosa por recorrerlo.

—¡Riiiiiiiiiiinnnnng, riiiiiinnng!

Ese debe ser Carlos.

 

viernes, 18 de enero de 2013

There are loves...

Hay amores que se siembran,
y se riegan, y se miman...
Cuando llega la primavera, florecen,
y para seguir vivos y lustrosos,
se protegen de los hielos del invierno.

Hay amores que se viven
con los cinco sentidos y los siete colores,
con la música alta y pasos de baile improvisados,
con el pañuelo de la ilusión anudado al cuello.

Hay amores que nacen de la amistad,
o del roce día a día, beso a beso,
boca a boca, cuerpo a cuerpo,
y envejecen dulcemente salpicados de tomillo.

Hay amores en conserva o expuestos en una vitrina,
y se ríen, se bostezan o se lloran
según la luz que entre por la ventana
y el polvo que se pose sobre ellos.


Ceramic hearts ornaments by ©KaroARt

Hay amores prohibidos,
ocultos a otros ojos y susurrados en la escalera,
que roban tiempo al presente,
porque no tienen futuro.

Hay amores que se visten de rutina,
que se interpretan en un escenario,
que se pasean por las casas de los amigos
y que, a solas, y a veces a oscuras, se ven las caras.

Hay amores que no arrancan,
que entre el sí y el no se piensan tanto que pierden la frescura,
y se amputan de raíz, por miedo.
Son amores que se gastan sin vivir.

Hay amores imposibles, de momento,
pero nunca para siempre, porque siempre es mucho tiempo
y porque nada hay imposible si lo sueñas
y crees firmemente que puede ocurrir.

Indigo Heart - Image and ceramic by ©MAKUstudio

Y también hay amores que guardas para otra vida,
porque en ésta ya no hay sitio,
pero los intuyes mágicos y sientes que habrán de ser y
tal vez, solo tal vez,
dejando esto por escrito, yo lo encuentre cuando vuelva,
 y pueda seguir un rastro que me lleve junto a ti
donde, sin necesidad de verte,
mi alma te reconozca y
recuerde fácilmente lo que ahora siento y sé...
y es... que te quiero.



 

...Sometimes I tend to write such nonsense and ravings :)