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martes, 31 de marzo de 2015

LifeFulness

Deambulo descalza por la casa, inundada por la luz del mediodía que entra a raudales por las ventanas. Camino con toda mi conciencia. Las plantas de mis pies sienten la superficie cálida de la madera a cada paso. Voy hacia la terraza y me detengo un instante para acariciar las hojas de la Kentia con las yemas de mis dedos. Sigo avanzando y salgo afuera. El sol da de lleno en los baldosines y cae sobre mi empeine cuando piso la terraza. El suelo quema. Muevo los dedos, alegrando la terraza con mis coloridas uñas. Hace calor, el sol resbala sobre mis hombros, lamiéndolos. Una leve brisa me hace levantar la vista hacia el cielo para sentirla en mi rostro y cuello mientras mueve suavemente mi melena. Capturo el momento con los ojos cerrados, mientras escucho los trinos de los pájaros que gorjean a su antojo y a los niños que corren y ríen abajo en el patio.
 
Dejo la terraza y entro de nuevo a la agradable sombra del interior de la casa. Mi vestido de gasa deja intuir al trasluz las largas y delgadas piernas y unas braguitas azules. Soy de pronto muy consciente de mi cuerpo. Me siento un tanto excitada. Debe ser el calor, el olor a verano que impregna la casa.

Zen :)
 
Voy a la cocina. Los trigueros siguen a fuego lento en la sartén, tan verdes y brillantes, y oliendo tan bien... Aleteo mi nariz y los olores me inundan. Me llega el aroma de la hierbabuena que tengo en la terraza. Huele a vida. Doy una vuelta a los trigueros, que ya casi están. Tú te acercas por detrás. No te oí llegar, tan absorta estaba en mi sentir el instante. Rodeas mi cintura con el brazo derecho y tus dedos palpan mi piel, mientras dejas una copa de vino para mí sobre la encimera. Bajo un poco el fuego hasta apagarlo y me giro despacio para tenerte frente a mí. Miro tus ojos negros que bailan ante mí, risueños. Tu beso sella mis labios, jugoso, dulce, apasionado. Me transmite tu sabor y detecto notas de vainilla y tal vez de castañas. Sabes rico. Quiero más.
 


martes, 9 de septiembre de 2014

Ghost Station

Abrí los ojos y me sobresaltó el ruido del tren acercándose. ¿Qué hacía yo allí? Estaba en el andén, sentada en un banco. Debí haberme quedado dormida esperando al metro al volver a casa. Un poco aturdida aún, subí al vagón en cuanto abrieron las puertas. Me encontraba cansada, pero extrañamente ligera. Era de noche y el vagón iba bastante atestado para lo normal a esas horas de un martes. Tenía frente a mí a una mujer. Lucía en su cara la mayor de las sonrisas. Me fijé en que realmente sonreía como si escuchara a alguien, y de hecho me sorprendió verla hablar y reír al momento, como si realmente mantuviera una conversación. Hablaba sola, como si se dirigiera a alguien sentado a su izquierda. Sus gestos acompañaban perfectamente la impresión de que así era, asintiendo de tanto en tanto, o poniendo su mano donde supuestamente podría estar la del otro. Miré a mi alrededor, por si alguien más lo había advertido, pero nadie parecía prestar atención o, tal vez, a esas horas no era algo inusual y pensaban que no estaba bien de la azotea o que había tomado unas copas de más. Estaba empezando yo también a pensarlo cuando caí en la cuenta de que el hueco que ocupaba su supuesto acompañante permanecía vacío desde que entré, a pesar de que en cada estación, aunque bajaban unos cuantos, seguía subiendo gente. El vagón continuaba llenándose, pero nadie ocupaba ese hueco. Tal vez era por respeto a la pobre mujer que, sin perder la sonrisa, seguía manteniendo una animada conversación.
 
Vi que hizo ademán de levantarse y me sentí impelida a seguirla, por pura curiosidad. Me levanté yo también, y me puse tras ella y su acompañante invisible. La verdad es que me sentía realmente intrigada y fascinada.

Chamberí Station, by Daniel Dionne
 
Salimos del vagón y comenzamos a caminar hacia la salida. Ella seguía charlando y riendo al subir por las escaleras mecánicas, con el brazo izquierdo plegado, como si lo enlazara con el de alguien. Yo iba unos metros detrás, y enfilamos por un largo pasillo de una zona comercial. Al pasar por delante de uno de los escaparates de las tiendas, me giré por puro acto reflejo, para echar un vistazo casual, y entonces lo vi. El cristal reflejaba perfectamente a un hombre que caminaba hablando solo por delante de donde se supone que estaba yo. Ni la mujer ni yo aparecíamos en la imagen. No pude contener una exclamación de asombro y giré de inmediato la cabeza hacia delante, para ver, como antes, a la mujer sin el hombre. Ella, dándose cuenta de todo, se detuvo un momento y caminó hacia mí. Tomó mis manos con dulzura y me dijo:
 
—Primer día por aquí, ¿verdad? Te acostumbrarás enseguida, querida. Te llevará un par de días poder ver... a los vivos. Podrás hasta comunicarte con aquellos que puedan vernos. —Hizo una pausa, dándome tiempo a empezar a entender—. Siento comunicártelo así, pero... tú y yo, y la mayoría de los que iban en el vagón, ya estamos muertos.

 

lunes, 8 de septiembre de 2014

As I Began To Love Myself

Hace poco hice una escapada a Denia con mi queridísima Isabelle. Hubo un poco de todo en tan corto período, en el que no faltaron nuestras largas charlas, de esas en que conoces tanto a la otra persona que parece que a veces sobran las palabras y una sola mirada lo dice todo. Y no sé cómo surgió en la conversación, la verdad, pero en algún momento, ella recordó un maravilloso poema que, afanosa, buscó en su móvil y pasó a leerme en español, entonando deliciosamente, con un leve toque de acento francés. El poema fue escrito por Charles Chaplin cuando cumplió setenta años, un 16 de abril de 1959. Os dejo la versión en inglés.

 
 
As I began to love myself I found that anguish and emotional suffering
are only warning signs that I was living against my own truth.
Today, I know, this is “authenticity”.
 
As I began to love myself I understood how much it can offend somebody
as I try to force my desires on this person, even though I knew the time
was not right and the person was not ready for it, and even though this
person was me. Today I call it “respect”.
 
As I began to love myself I stopped craving for a different life,
and I could see that everything that surrounded me was inviting me to grow.
Today I call it “maturity”.
 
As I began to love myself I understood that at any circumstance,
I am in the right place at the right time, and everything happens
at the exactly right moment. So I could be calm.
Today I call it “self-confidence”.
 
As I began to love myself I quit steeling my own time,
and I stopped designing huge projects for the future.
Today, I only do what brings me joy and happiness, things I love to do
and that make my heart cheer, and I do them in my own way and in
my own rhythm. Today I call it “simplicity”.
 
As I began to love myself I freed myself of anything that is no good for
my health – food, people, things, situations, and everything that drew
me down and away from myself. At first I called this attitude
a healthy egoism. Today I know it is “love of oneself”.
 
As I began to love myself I quit trying to always be right, and ever since
I was wrong less of the time. Today I discovered that is “modesty”.
 
As I began to love myself I refused to go on living in the past and worry
about the future. Now, I only live for the moment, where everything
is happening. Today I live each day, day by day, and I call it “fulfillment”.

As I began to love myself I recognized that my mind can disturb me
and it can make me sick. But As I connected it to my heart, my
mind became a valuable ally. Today I call this
connection “wisdom of the heart”.
 
We no longer need to fear arguments, confrontations
or any kind of problems with ourselves or others.
Even stars collide, and out of their crashing new worlds are born.
Today I know that is "Life"!
 

viernes, 5 de septiembre de 2014

Addicted


Llevaba muy poco tiempo sin fumar, y aún no podía quitárselo de la cabeza con facilidad. Antes o después, algo desencadenaba en su mente el recuerdo del cigarrillo: el café de la mañana, el momento de la cervecita en el aperitivo, o los momentos de presión en la oficina. Cuando eso ocurría, tenía que hacer grandes esfuerzos por pensar en otra cosa, llenar su cabeza con algo que no implicara humo. Sabía, —todo ex-fumador lo sabe—, que estaba siendo tentada por "la bicha", como ella decía. Sabía que si lograba ignorarla y se controlaba, ese breve momento de ansiedad se reduciría paulatinamente y desaparecería. La verdad es que lo estaba llevando bastante bien. Al principio, con la fuerza que te da intentar algo por primera vez y los ánimos de los que te quieren, se le hizo más sencillo. Pasadas unas semanas, aunque paradójicamente debería ser más fácil al estar más desenganchada de la dependencia física y al estar motivada por haber acumulado todos esos días, se le presentaba con mayor insistencia la tentación, como un eco que se repite una y otra vez antes de que salgas de su radio de alcance y te alejes para siempre. Cuando la bicha acechaba, pasaban por su mente mil y una razones que apoyaban la idea de que, total, nada pasaba por dar una sola caladita o por fumar solo un cigarrillo. Eso no mermaría su firme decisión de dejarlo, se decía a sí misma intentando creerlo así.
 
Sonia piensa en todo ello mientras batalla con las increíbles ganas de fumar que siente en este instante. Sentada en la terraza de un bar, la brisa del mar lleva hasta su nariz el olor del cigarrillo que, dos mesas más allá, otra mujer fuma con evidente placer. La observa mientras ella se refresca con un mojito, lo cual tal vez no ha sido lo más inteligente para luchar contra las ganas de fumar. Acaso un vino blanco habría servido mejor. No quita los ojos del cigarrillo de la mujer. Observa hipnotizada cómo lo lleva a su boca, frunce los labios dando una calada profunda, y libera lentamente el humo, que asciende directo al cielo en pequeñas volutas. Como en un segundo plano, una idea empieza a tomar forma y abrirse paso en su mente, mientras el cerebro que ocupa su primer plano hace la vista gorda, aparentando interés en las gaviotas y en el mar. Impulsada por la idea que acapara su mente, se levanta para dirigirse a la fumadora de la terraza dispuesta a pedirle un cigarrillo.
 
The lovely Audrey Hepburn
 
Un paso. Su vista fija en la elegante mano que sostiene el humeante tesoro. Otro paso. Sus fosas nasales aletean, nerviosas. Un paso más. La bicha sonríe por dentro, acariciando con antelación ese pequeño instante de triunfo. Le separan de la meta apenas unos metros. Otro paso. Su campo de visión, reducido, no ve otra cosa que a su presa. Avanza de nuevo su pie derecho. Sus labios, entreabiertos, anticipan el momento. Siente un golpe por la derecha cuando da el siguiente paso. Se ha tropezado con alguien. Se gira, para entender qué es lo que retrasa su momento. Es una boca. Solo ve una boca. No piensa más. Se deja llevar por un impulso desconocido, sedienta. Une su boca a esos labios. Necesita beber lo que tengan que ofrecer.
 
Hace ya tres años de aquel encuentro. Consiguió vencer a la bicha y sigue sin fumar. Su adicción es diferente ahora. Se llama Irene. 
 

lunes, 7 de julio de 2014

Nada

Tendidos boca abajo, uno junto al otro, dejan que el sol de la tarde caldee sus cuerpos. Escuchan el ronroneo del mar de fondo y sienten la brisa acariciando su piel.
 
Kevin, con los ojos entrecerrados, la mira, pensando en su interior que no la cambiaría por ninguna otra, a pesar de que sus pechos no tengan la firmeza de antes, de que su vientre no sea tan plano y de que sus ojos se llenen de arruguitas cuando le dedica una de sus preciosas sonrisas. El tiempo también ha pasado para él, no tiene la misma mata de pelo que hace años y se dice a sí mismo muchas veces que ha de hacer más deporte, pero hoy por hoy, su barriga lo precede al doblar cada esquina. La sigue mirando y sabe que el día a día con ella no depara grandes sorpresas, pero nunca es aburrido y está siempre regado de buena onda y de color. Al principio de su relación, y a petición de él, ambos acordaron permitir que ocasionalmente existieran relaciones sexuales externas a la pareja. Y así ha sido para Kevin, que a veces tiene aventuras con otras mujeres, un calentón aquí, un polvo allá, pero son mujeres por las que no pierde el sueño,  no conoce ni sus gustos, ni sus ilusiones, ni sus problemas, no piensa en ellas cuando le apetece compartir algo o cuando pasea por el bulevar intentando encontrar un detalle que llevar a su chica. Carla es su ser humano favorito, su compañera, quien le conforta y entiende. Cada día la ama más, aunque de tanto en tanto existan esas aventuras a las que él no da ninguna importancia, pero a las que no quiere renunciar.
 
 
Carla le mira, ocultando el rostro con la melena y su brazo, tal vez para esconder las imágenes que revive en su mente. Son de hace dos noches, cuando se escabulló entre los brazos de Adam pretextando reuniones a última hora. Es tan dulce con ella que se ha hecho adicta, la hace sentirse aventurera, una heroína moderna, deseada, en definitiva, algo que con Kevin parece haberse diluido en el tiempo. Está planteándose dejarle por Adam. No es por sus infidelidades, pues accedió a abrir la puerta a ellas al inicio de la relación, convencida de que no tendría tanta importancia que él compartiera un rato con otra de vez en cuando, del mismo modo que el resto de actividades que ambos realizan con terceros. La puerta, además, también ha estado abierta para Carla, claro, pero ella es de naturaleza distinta a la de Kevin y está segura de que él ya contaba con eso. Ella no es de irse con desconocidos a la primera de cambio, no le surge el deseo por otro en plena  calle por muy atractivo que sea, caso en que lo mirará admirativamente, eso seguro, pero no saltará alarma alguna. Para tener sexo con alguien Carla necesita cierta confianza y complicidad, adquirida a medida que va conociendo a la persona, sea en el trabajo, el gimnasio, el parque, ¿qué más da? Tuvo dos aventuras. La primera fue un experimento para ella misma, pues necesitaba saber si era capaz, y asaltó a besos a un desconocido camino del baño un día que tomaba algo en un garito con unas amigas. Los besos subieron la temperatura y ella lo arrastró al baño de chicas, de donde salió tras diez minutos, con la sensación de "misión cumplida" y subidón de adrenalina, pero con la certeza de que eso no era para ella y de que el disfrute alcanzado tampoco fue la bomba. La segunda aventura fue con un proveedor a quien veía con frecuencia, pero no quedó en un encontronazo puntual y se extendió más en el tiempo, siendo casi una relación paralela a la suya. Se terminó al cabo de año y medio por aumento de rutina y falta de interés. Ya llevaba tiempo sin nada hasta que surgió Adam, su tercera aventura en todos estos años. No fue planeado y, como en la ocasión anterior, surgió del roce. Carla no es celosa, nunca lo fue, de haberlo sido no podría haber accedido a este plan de relación abierta propuesto por Kevin, pero, con el paso del tiempo, comprobó que las cosas habían cambiado, ya no tenía la atención de Kevin y una mujer necesita sentirse querida y deseada, especialmente a medida que pasa el tiempo y su cuerpo va perdiendo forma y firmeza. Saber que tu pareja besa cuellos tersos, mordisquea pezones erectos de pechos turgentes y agarra cinturas sin michelines, no tendría importancia para Carla si luego él llegara a su cuerpo con la misma avidez, si la cubriera de mimos y la atrajera hacia su pecho en un abrazo. Pero ya no es así, ella siente que Kevin perdió el deseo de hacer el amor con ella o que las ocasiones son más escasas de lo que a ella le gustaría, y ello le hace sentirse fea, vieja y nada atractiva. Por primera vez se pregunta: "¿por qué ya no me desea? ¿está enamorado de otra?". Todo ello la ha empujado más hacia Adam. Cuando está con él es feliz, se siente poderosa, vital, una diosa, el centro de atención, y es justamente lo que necesita en este momento de su vida.
 
—¿En qué piensas? —pregunta Kevin.
 
—En nada. ¿Y tú?
 
—En nada.

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas ツ

martes, 26 de febrero de 2013

Mother, What Did You Do?

—Nadia, tranquilícese. Su estado es grave. Necesita de un trasplante urgente. Hemos avisado a su madre y está de camino. Hay muchas probabilidades de que sea una donante válida.


Elena está en un taxi, nerviosa. Casi no puede pensar. El corazón le late a mil por hora, y su mente, ajena al recorrido, revive una y otra vez una escena acaecida mucho tiempo atrás. Era una apacible tarde de primavera. Había estado caminando por el parque, y llevaba un rato sentada en un banco junto al lago, leyendo una novela de Paul Auster. La historia la tenía completamente concentrada y fascinada. Apenas levantaba la vista del libro y por ello tardó unos minutos en percibir el llanto de un bebé. Intento escuchar y detectar de dónde procedía, pero no veía ninguno cerca. Se levantó, con los oídos alerta, y se encaminó hacia un árbol al que rodeaban en parte varios arbustos. Allí, semioculto tras ellos, descubrió a un bebé envuelto en una toquilla, tumbado sobre una manta de juegos, en la que reposaba un sonajero de juguete y una bolsa con un par de pañales de muda y un biberón. Se sorprendió muchísimo. En la escena solo echaba de menos a la mamá o al papá, pero allí no había nadie más. Se agachó y recogió a la criatura del suelo y la acunó en sus brazos para calmarla. Debía de tener unas semanas. Era una niña, ¡tan pequeña!, con sus grandes ojos grises anegados en lágrimas. Dejó de llorar cuando se sintió protegida y a Elena le pareció que hasta sonreía. Estuvo allí un buen rato con ella en brazos, haciéndole cucamonas y dándole el biberón cuando sospechó que podría estar hambrienta. Cuando parecía evidente que no iba a volver nadie a por ella, sopesó sus opciones y descubrió que no era capaz de despedirse de ella entregándola en comisaría o en un hospital. Algo le impelió a llevarla a casa para disfrutar de ella un poco más.

Pasó toda la noche pendiente de la niña, pensando, debatiéndose entre sus deseos, el bien y el mal, maquinando estrategias de todo tipo, y la mañana le sorprendió con los ojos como platos y con una determinación inusual en ella. Salió a primera hora de casa, fue derecha a una tienda de cosas para bebés y compró un cochecito. De vuelta a casa se aprovisionó de pañales, biberones y alimento para la pequeña. Empaquetó lo que creyó más importante en una maleta y salió con la niña, camino de la estación de tren. Compró el billete con destino a Alicante y dejó la capital.

Se instaló en un hotel mientras buscaba alquiler y envió una carta a su empresa para darse de baja. Inscribió a la niña en el registro como hija suya, y estuvo muy atenta a los periódicos y la televisión en las primeras semanas, pero con el tiempo se relajó. El dinero que tenía ahorrado le permitió tener un margen para gestionar con su empresa un cambio de ubicación que, afortunadamente, fue posible, ya que contaba con oficinas en todo Levante. Con el paso de los meses y estando completamente instalada, decidió vender el piso que dejó en Madrid para contar con otra fuente de ingresos, y se olvidó de su pasado. Se volcó de lleno en Nadia, y en vivir la nueva aventura con la que el destino la había premiado. Su hija creció sana y le regaló una existencia no soñada. Enterró su secreto tan profundamente que lo había olvidado ella misma y había aceptado como cierta la historia que tantas veces le contó a la niña cuando, de pequeña, preguntaba por su papá. Para ambas, él murió antes de nacer Nadia, y la identidad que había escogido Elena era la de un vecino que tuvo en aquella época, quien no tenía familia y, efectivamente, falleció por entonces en un accidente de coche. Había añadido algún detalle romántico, para que la niña no le diera vueltas al asunto cuando fuera haciéndose mayor, así pues, Daniel, que así se llamaba, estaba enamoradísimo de ella, y tenían planes de boda que se vieron truncados fatalmente. Fue poco después del accidente cuando Elena descubrió que estaba embarazada. ¡Curiosa mentira! Ella, que jamás había llegado a acostarse con un hombre y tan solo había tenido un medio novio con el que no cruzó más que cuatro besos. ¡Qué extraño es el destino! Sí, sí, el destino. Elena asumió su mentira como una verdad producida por el destino, que le había puesto al alcance a aquella pequeña criatura una tarde de primavera.

—Me dijo la entrada principal. ¿Le viene bien aquí?

Not a case of Lupus this time
La voz del taxista la saca abruptamente de sus pensamientos. Abre nerviosa el bolso y paga la carrera. Recibe la bofetada del frío en el rostro casi con alivio. Necesita desenterrar sus recuerdos y encontrar desesperadamente a los padres biológicos de Nadia, si es que existen, y no sabe ni por dónde empezar. Su mente es un torbellino de pensamientos. Acudirá a la policía, les contará la historia, usará Internet y cualquier medio a su alcance para difundirla. No tiene miedo de ir a la cárcel, de ser sometida a insultos populares, de ser apedreada. Volvería a hacerlo de nuevo sin dudarlo un solo instante. Nadie podrá arrebatarle jamás lo que ha sido su vida con Nadia en estos treinta años. Lo que más teme es al rechazo de su pequeña y a no ser capaz de salvarla y que se vaya para siempre. Y también a su conciencia, que parece torturarla sin respiro con una pregunta, formulada con voz infantil, que se repite insistentemente en su cabeza:

—Mami, ¿qué hiciste?
 

domingo, 17 de febrero de 2013

The Blue Envelope

Soy peluquera. Como puedes suponer, a lo largo del día me cuentan muchas historias. Mis clientas hablan de sus enfermedades, de lo listos que son sus nietos, de lo gorda que se ha puesto la vecina o de lo mala malísima que es la suegra, chismorrean de lo que ven en las revistas, de los famosos, de los casposos, de los escándalos que se van destapando en este país. Pero también, me cuentan sus vidas amorosas e infidelidades cada día. No siempre con palabras ni de modo consciente, pero de algún modo me lo cuentan, con sus cambios de look, su repentina preocupación por lucir impecables manicuras, su nerviosismo y brillo especial en los ojos, y lo percibo especialmente si las conozco desde hace tiempo y he visto que estas cosas solo las hacían muy de tanto en tanto o para una boda. Son mis clientas, sé de qué pie cojean. Hablan ilusionadas, vuelcan en mí confidencias que a veces no cuentan ni a sus mejores amigas. Soy una suerte de psicóloga tal vez, pues desde luego psicología no me falta, aunque ésta sea de andar por casa. Les hago preguntas, tantas como ellas me permiten, y ahondo tanto como puedo para hacerme una idea de la situación y darles mi opinión sincera. Son mis niñas, y cuando vuelven al cabo de la semana o del mes, nada más saludarlas ya sé si ha habido cambios buenos o malos desde la última vez.
 
Malena es una de ellas. Debe rozar la cuarentena, y la conozco desde hace años. Venía a cortarse las puntas y peinarse cada mes y medio, y excepcionalmente cuando tenía algún evento. Últimamente viene cada semana, a peinarse y a hacerse las uñas, y una vez al mes, pide cita para la de estética y se hace limpieza de cutis o alguno de esos tratamientos rejuvenecedores. Tiene un brillo especial en la piel, no solo producto de los tratamientos de belleza, sino más bien como si su piel sonriera, como si cada pose en ella tuviera ahora una gracia y frescura nuevas, que antes no estaban. Me empezó a contar su historia desde el primer día. Después de llevar años viuda, sola y aburrida, había decidido apuntarse a grupos de lo más diverso sin éxito aparente, hasta que por fin había conocido a alguien por Internet, en una de esas redes sociales de contactos tan en boga hoy en día. Estaba radiante, ilusionada y feliz como si tuviera veinte años. Me alegraba por ella, siempre había pensado que era un desperdicio que una mujer como ella estuviera sola. Era inteligente, atractiva, dulce y divertida.

Tras unas semanas, él le confesó que estaba casado, pero que no era feliz y quería dejarlo, lo cual les llevo a algunas tiranteces y a un intento de cortar por lo sano por parte de Malena, que tenía las ideas muy claras y no quería ser la amante. Quedó para hablar con él, y le dijo que no podía seguir más tiempo a dos aguas. Debía tomar una decisión: o seguir con su mujer, o dejarla y estar con ella. Le dejó bien claro que las medias tintas no le parecían justas para ninguna de las dos.

La última vez que vi a Malena vino a peinarse y a despedirse. En mi vida la había visto tan feliz. Él había accedido y, aunque sabía que sería un largo proceso que su mujer ni sospechaba, estaba decidido a pedirle el divorcio y empezar una nueva vida con Malena. Había dejado una larga carta a su mujer, explicando sus motivos, pidiéndole perdón por comunicárselo así y prometiéndole hablar en unos días, pues esa misma noche saldrían de viaje juntos, sin esconderse de nadie, y a su vuelta, contactaría con ella para hacer una separación lo más civilizada posible.
 
The blue envelope
De eso hacía ya una semana. Recuerdo claramente cada una de las cosas que hice ese día, hasta con quién hablé o qué comí. Al final del día, salí de la peluquería y conduje hacia casa, deseando abrirme una cerveza y descansar un rato. La estupefacción inicial que se dibujó en mi cara cuando entré y lo vi, me duró unos minutos. En el aparador de la entrada me esperaba un sobre azul. Tenía mi nombre escrito con la inconfundible letra de Carlos. Lo abrí a cámara lenta, sabiendo el contenido antes de leer una sola palabra. Lo leí de tirón. Como una sonámbula me dirigí a la nevera, saqué una cerveza y fui a sentarme al sofá del salón, muy tranquila. Tomé un trago directamente de la botella y, poco a poco, la sonrisa iluminó mi cara, mientras saboreaba un hecho que, sin saberlo, había estado deseando largamente.

—Soy... libre —musité.

Pues sí, ya ha pasado toda una semana. Malena y Carlos estarán a punto de volver. Seguramente piensan que mi reacción va a ser otra, quién sabe, pero no le voy a poner el más mínimo problema. Mentiría si dijera que no me duele, al menos un poquito, sobre todo comprender que él y yo no éramos felices juntos y no nos dábamos ni cuenta, habíamos puesto un velo a la realidad de la relación. Yo había llenado el vacío viviendo la vida de mis clientas, en lugar de vivir la mía propia. Nuestro día a día en cierto momento se volvió rutinario, y nos llevábamos bien, pero más como dos personas que comparten piso y coinciden a la hora de cenar, cruzan unas palabras y salen juntas de tanto en tanto. Tengo mucho cariño a Carlos, y le deseo lo mejor, y he de aceptar que ni yo era para él, ni él para mí. A veces hay que pararse en mitad de la vida, romper la rutina del dejarse llevar y asomarse desde fuera, como si vieras una película en la que los actores son otros y, en ese momento, preguntarte si serías feliz con una vida como la de la protagonista, y ser muy sincera y honesta contigo cuando respondas. En mi caso, fue la vida la que tomó la iniciativa, pues yo andaba en el limbo, pero no siempre es ella quien te organiza los pasos a seguir y te zarandea, y has de ser tú quien tome las riendas. Yo ahora tengo un nuevo camino ante mí, y estoy ilusionada y ansiosa por recorrerlo.

—¡Riiiiiiiiiiinnnnng, riiiiiinnng!

Ese debe ser Carlos.

 

jueves, 10 de enero de 2013

The Girl On The Train

Cristina, ya en la oficina y café en mano, escoge uno de los periódicos que descansan sobre la encimera. No bien lo desdobla, sus ojos quedan clavados en la imagen y titular de la portada y la taza de café se le cae de las manos y se estrella contra el suelo de la cocina. Paolo, el de Reclamaciones, se vuelve sobresaltado.

—Che colpo! Non ti preoccupare, tesoro, que de ahí no pasa —dice con su habitual buen humor—. Anda, déjame a mí, que te has quedado como ida —continúa solícito, mientras se encarga de recoger el pequeño desastre de restos de cerámica desperdigados por el suelo.

Bad or good news?...
Cristina, aún blanca como la tiza, se limpia las manos con servilletas de papel y frota mecánicamente la mancha en los pantalones, con la mirada perdida. Da las gracias a Paolo, y se dirige hacia su mesa, llevando consigo un nuevo café y el periódico. Agolpadas en su mente se suceden imágenes largo tiempo olvidadas, pero frescas de pronto, como si se hubiera pulsado un play y fueran de esa misma semana.

Hace ya dos años de todo ello. Cristina estaba a punto de casarse, y eran los meses previos de caos y preparativos antes del acontecimiento. Vivía con Javi, su novio, y tal vez por los nervios y la importancia de la decisión, tal vez por los cambios que veía en él según se acercaba la fecha, Cristina se llenó de dudas. Salir de casa cada mañana era un alivio e inhalaba con hambre el aire al salir del portal. Montaba en el metro a diario, camino a la oficina, con todas las preocupaciones del mundo agolpadas en su mente. Cada día repasaba durante el trayecto el comportamiento cada vez más posesivo y obsesivo de él, y se agobiaba y angustiaba. Se concedía esos diez minutos en que, intentando ser objetiva, analizaba la conducta de Javi con ella. Después, la vorágine en la oficina no le permitía pensar, y al llegar a casa, de nuevo se encontraba con él. Y era en esos plácidos diez minutos cuando repasaba los celos sin sentido, los comentarios a su vestimenta —muy escotada según él para ir a trabajar—, los insultos y malas caras, los cabreos, las innumerables faltas de respeto, y así un largo etcétera que al final terminaba en disculpas, perdones y besos, y que ella achacaba al estrés pre-boda, pero que terminaba por pasarle factura, pues cada vez sentía más rechazo a volver a casa y encontrarse con él. Había llegado incluso a convertirse en algo físico, pues sufría de dolores de cabeza, y su estómago parecía negarse a digerir los alimentos como solía.

Cada día, cuando entraba al vagón, casi siempre se sentaba, porque la estación era cabecera de línea. Siempre había disfrutado del recorrido y le gustaba observar a la gente alrededor, pero últimamente, al poco de sentarse, se perdía en sus pensamientos con los ojos fijos en sus manos, donde daba vueltas al anillo que lucía en su mano izquierda. No obstante, al cabo de unos días, reparó en que siempre coincidía en el trayecto con una mujer que se sentaba frente a ella. Era joven, más o menos de su edad, y le encontraba cierto parecido con ella. La chica se sentaba muy derechita en el asiento, y sacaba un libro. De vez en cuando Cristina levantaba la vista hacia ella, porque habría jurado que la observaba con atención, pero jamás la pillaba mirándola, sino concentrada en la lectura de su novela. Cristina advirtió que siempre coincidían en el mismo vagón, a la misma hora, tanto en el trayecto de ida a la oficina como en el de vuelta a casa, no importaba que se le pegaran las sábanas o que saliera a una hora diferente a la habitual. Aquello resultaba cuanto menos chocante. Cada vez que entraba en un vagón de metro, allí estaba la chica, sentada frente a ella, e incluso la había encontrado en las pocas ocasiones en que había usado el metro durante el fin de semana. No interactuaban, ni siquiera habían cruzado un saludo de gesto de reconocimiento con la cabeza o con los ojos. Era siempre igual, como un ritual inalterable: Cristina entraba en el vagón, constataba que la chica estaba allí, se hundía en sus pensamientos espiando de vez en cuando si seguía ahí o la observaba, y bajaba del vagón en su parada, dejándola concentrada en su libro en su sitio habitual.

Mujer leyendo (1950) de Karl Schmidt-Rottluf
Cierto día, Cristina estaba más sombría y sumida en sí misma que de costumbre. Aún le ardía la cara, más por orgullo que físicamente, por la bofetada que recibió la noche anterior cuando se atrevió a enfrentarse a Javi en una de sus discusiones. Ya calmada, tras recapacitar y pensar muy bien su decisión, parecía dispuesta a perdonarle y seguir adelante con sus planes de boda, a pesar de los miedos que le atenazaban el estómago casi con solo imaginarlo. Levantó la cabeza, para constatar en el cartel luminoso que la siguiente parada era la suya, y espió por el rabillo del ojo si la chica de siempre estaba frente a ella. Se levantó y se aproximó a las puertas, pendiente de que el coche llegara al andén y se parara, para accionar la manivela de apertura. En el reflejo del cristal, vio que la chica del vagón se levantaba y se dirigía hacia ella. Notó que le sujetaban del codo y se volvió, encontrándola cara a cara.

—Hazme caso, Cristina —le dijo con voz dulce y una mirada completamente franca, que mostraba preocupación y miedo—. Escapa ahora, mientras estás a tiempo. Es un buen consejo, confía en mí.

Cristina no tuvo tiempo de responder. La chica se escabulló de nuevo hacia el centro del vagón, y para cuando el tren se detuvo, Cristina se vio empujada hacia el andén casi sin querer. Se volvió, atisbando dentro del vagón, intentando buscarla, para poder preguntarle a qué se refería, para averiguar por qué sabía su nombre y a qué se debía ese extraño mensaje, pero la multitud lo impidió, y el tren, cerradas ya las puertas, se puso de nuevo en marcha. Cristina reanudó su camino hacia la oficina, intrigada y decidida a preguntarle al día siguiente, pero no volvió a aparecer, ni en esa semana ni en las sucesivas. Aquella fue la última vez que la vio. Tal vez influyera ese extraño e inquietante mensaje, o tal vez su decisión final se debiera a una larga charla con su buena amiga Esther esa misma semana, a quien contó todo acerca de su relación con Javi, y con quien pudo reflexionar sintiéndose segura, escuchada y arropada. Fuera cual fuera el motivo, Cristina decidió dejar a Javi. De la noche a la mañana, se cancelaron los planes de boda y tras una discusión memorable, salió con todas sus cosas del apartamento donde llevaba viviendo con él hacía casi tres años. Necesitada de una pausa en su vida, pidió una excedencia en el trabajo y se fue a vivir un año a casa de su amiga Esther en Londres.

El sonido del móvil le puso de nuevo los pies en el presente de la oficina. Era un cliente. Consiguió deshacerse de él a los pocos minutos. Tras colgar, se topó de nuevo con la foto en el periódico, la causante de extraer de su cerebro recuerdos tan profundamente enterrados. ¡Hacía tanto de eso! Y aún no daba crédito a lo que veían sus ojos: Javi en plena portada, esposado y escoltado por la policía. El titular indicaba que había sido detenido, acusado del asesinato de su mujer, a la que había sometido a malos tratos repetidamente. Cristina leyó la sinopsis y avanzó rápida a la página indicada para leer la noticia completa. Al llegar a ella, se encontró con un rostro que le resultaba vagamente familiar, pero lleno de moratones y heridas y carente de vida. Junto a la foto, se veía otra de archivo, en la que, sin duda alguna, Cristina pudo reconocer a su misteriosa salvadora: la chica del tren.

domingo, 6 de enero de 2013

Toy-Love Story

Entro en el cuarto y, sin que lo notes, te observo. Vas y vienes, te acercas o te alejas, completamente a tu antojo, como si se tratara de un acto caprichoso a merced de la dirección del viento, como si no fuera contigo y tus movimientos fueran fruto de la casualidad. Miras con ojos prometedores y mágicos, que incumplen una vez más tus promesas. Juegas como un niño que no quiere hacer daño, con el alma volcada en el juego, con chispitas de emoción en la mirada, hasta que te aburres porque otro juguete apareció en tu campo de visión y llamó tu atención de niño mimado y caprichoso, y te acercas a él, curioso. Y al final, cada pobre juguete que queda en una esquina de la habitación, debajo del sofá o tal vez en el cesto con alguna pieza rota, te observa con carita de gato Schrek y sufre muy quedamente.

Absorta en ti, mi mente divaga y pienso que, al caer la noche, en ese instante en que la magia pulula por el mundo dando vida a objetos inanimados, el juguete se acercará y te hablará, te contará su pena, y tú reaccionarás como si fuera algo inesperado, que parecerá pillarte desprevenido pues tu cara será de sorpresa, abriendo mucho tus ojos de chocolate y llenándolos de inocencia. Y al cabo de unos segundos, tal vez una mariposa entrará en tu campo de visión y ya no recordarás qué hacías y te irás feliz a por algún otro juguete. Pero en el fondo de tu alma está la verdad y la conocerás algún día, aunque no te guste enfrentarte a ella. Eres egoísta y quieres jugar con todos los juguetes, pero no quieres que te molesten ni los remordimientos ni la culpa al ver las mellas que quedan en ellos después, cuando te cansas y los dejas. Intentarás jugar entre algodones, pero no funcionará, porque sabrás que en el juego del amor no existe red y siempre sale alguien herido.


Happy toys
Muevo la cabeza, para desechar el derrotero que han tomado mis pensamientos. ¡Me queda tanto por enseñarte! Pareces notar mi presencia de pronto, y me dedicas una sonrisa perfecta, que dibuja otra en mi cara cuando te hablo:

—Dani, mi cielo, ven con mamá —te digo, cogiéndote en brazos mientras balbuceas gugú tatas inconexos—. Es la hora del baño.

jueves, 3 de enero de 2013

The Last Agapornis Couple

La otra tarde charlaba con mi tía. Me decía que las parejas de hoy en día no aguantan nada, que hay parejas que tras unos años viviendo juntos, se casan y lo dejan al cabo de dos meses, como si se hubiera roto el hechizo, o parejas que llevan muchos años y terminan de un día para otro, sin razón aparente. Puede que sea cierto que les falta un poco de aguante y a la mínima echan el amor por la ventana, como si fuera desechable, pero creo que también se debe a que las relaciones de pareja han cambiado. Ya no existen esos amores de antaño, de hasta que la muerte nos separe y contigo pan y cebolla, no existen esas grandes historias que tantas veces hemos visto en el cine, que desde luego ha hecho mucho daño con tanto amor de ensueño, porque lo que pasaba después del The End nunca lo veíamos, claro. Entended que cuando digo que ya no quedan de esas parejas, no me refiero a que no exista ni una sola, no, que afortunadamente todos tenemos algún caso de pareja modelo, de esas en que el amor no se gasta de tanto usarlo, sino que se enriquece a fuego lento con el paso del tiempo. En mi caso la más cercana es la de mis padres, por ejemplo. Pero, ¿cuántos casos conocéis de parejas divorciadas o, que no se divorcian pero sabéis que todo es un simulacro de amor por el qué dirán, por los niños, por miedo a la soledad o tal vez por interés económico? Hablo de parejas de, digamos más de treinta, no de esas primeras relaciones de Instituto o de Facultad, en que es más normal que una relación sea breve. Y no digo que antes las parejas funcionaran y ahora no, pero es cierto que desde que la mujer es independiente hay más fracasos.
 
¿Por qué ocurre esto? ¿Vosotros qué opináis? Yo pienso que hay muchos factores, pero en parte se debe a que la situación de la mujer ha cambiado radicalmente en estos últimos años. Antes, la gran mayoría de las mujeres de la época de mi tía, no trabajaba fuera, sino que estaba en casa, cuidando de los niños, preparando la comida y limpiando, y no tenía tiempo para andar socializando en otros foros que no fueran el mercado o el patio donde se juntaba con las vecinas. Incluso esa sigue siendo la realidad de muchas mujeres hoy en día. Puede parecer un poco exagerado lo que cuento, pero creo que me entenderéis si lo explico así, aunque tire de algunos tópicos. Alguna de esas mujeres, acaso harta de llevar una vida que no le llenaba, especialmente cuando los hijos se iban haciendo mayores y la necesitaban menos, tal vez cayera en los brazos del butanero o del fontanero, pero sin embargo, era esta una actitud más frecuente en el marido. Estoy evidentemente llevándolo al extremo, no digo que fuera el caso de todas ni que todos los maridos de entonces pusieran los cuernos a sus parejas, pero era el hombre el que podía campar a sus anchas más fácilmente, bien en la oficina, haciendo ojitos a una compañera o a la secretaria, o bien pasando por un pub de alterne antes de volver a casa, y ello en definitiva, le proporcionaba una vida y mundo ampliados a algo más que a las cuatro paredes de una casa, con las posibilidades de interactuar con otros que ello conlleva. Como digo, aunque suene a tópico y aunque muchos hogares de entonces no se correspondieran con esta situación, en otros sí era el día a día.

Ahora, sin embargo, todo es muy diferente. La mujer sale de su casa, intenta ser independiente económicamente, se reúne con sus amistades cuando quiere, con los compañeros de trabajo, es dueña de su destino, su mundo se amplía, y hay mas material humano ante sus ojos para comparar lo que tiene en casa con lo que ve cada día, por no hablar de los vínculos que se crean con el roce diario. Para facilitar las cosas, además, la tecnología ha avanzado lo indecible, y ahora te relacionas hasta con alguien de la otra parte del globo a través de multitud de canales con tan solo un par de clicks, con lo que su mundo sigue ampliándose, y en el caso de una relación virtual con alguien en las antípodas, aunque jamás pase a un plano 3D en vivo y en directo, sí puede hacer flaquear la actual, al aportar facetas que se hayan ido perdiendo: más cariño, sueños, la novedad,... La mujer de hoy sabe lo que quiere. Ya no se conforma con que le echen un polvo a oscuras cuando su pareja quiere. Ni hablar. Quiere que le hagan disfrutar, y eso asusta a muchos, que no se sienten capaces.

A couple of Agaponis
Todo ello ha ido modificando lo que hoy es una relación de pareja. No aguantan ellas. No aguantan ellos. Y ¡crash!, se rompe. Evidentemente, no se ve ni se siente igual con 20 años que con 40, y es casi necesario que a los 16 se sueñe con que es posible ese amor para siempre, porque si no, ¡vaya gracia eso de empezar una relación con alguien sabiendo que tiene fecha de caducidad!, y además, de los desengaños y arañazos en el corazón también se aprende. Pero después, cuando nos vamos haciendo mayores y vamos pasando por diferentes experiencias, el panorama cambia. No hay más que ver la tele, por ejemplo. ¿En cuántas series y películas vemos que las parejas se rompen o se ponen los cuernos una y otra vez, o lo fácil que es, tanto para el hombre como para la mujer, echar un polvo con alguien sin pretender ir más allá? ¿Son las series reflejo de la realidad o es la realidad que intenta imitarlas? ¿Qué creéis?

El caso es que, tras chascos, desengaños, relaciones que no duraron lo que parecía que iban a durar y demás casos, te plantas en los 40 y acaso piensas de otro modo, en parte porque ya has experimentado, y en parte porque ya sabes mejor lo que quieres. Los hay que se darán una y otra vez contra la misma piedra, buscando la pareja perfecta, pero piensan que cuando la encuentren recibirán alguna señal del Universo y tal vez el cielo se teñirá de verde, las estrellas lucirán de color morado y la Luna tendrá forma de pentágono, con lo que, al no ocurrir tales hechos, dejarán la incipiente relación y empezarán otra al poco, y así ad infinitum. Otros hay que, visto lo visto, decidirán ser solteros de por vida, y picar de allí y de allá cuando se les presente el caso, disfrutando de sexo, abrazos y besos por el camino, sintiéndose libres, pero también solos en muchas ocasiones. Y habrá algunos otros que seguirán la búsqueda, no de amor eterno, pero sí de algo parecido y duradero. Yo creo que soy de estas últimas. Busco, al igual que antes, un compañero con quien disfrutar la vida, con quien despertar cada mañana, con quien reír a diario o planear un viaje, alguien en quien confiar. Creo que es lo que he buscado toda la vida, y he tenido varios compañeros, fabulosos, adorables, de los que he aprendido mucho, y a los que sigo teniendo la suerte de contar entre mis amigos. En el momento en que les conocí, ellos eran diferentes a como son ahora, y yo tampoco soy ahora la misma que era entonces, y no sabíamos ninguno cuánto duraría la relación, pero nos lanzamos a la piscina. Mi búsqueda ahora es similar, sin embargo me encuentro en un momento diferente de mi vida y ahora daré más valor a cosas que antes me importaban un cuerno, y me reiré de otras que entonces me parecían importantísimas, aunque básicamente persigo lo mismo.
 
Y sé, en cualquier caso, porque lo he vivido antes y eso nunca cambia, que el inicio de la relación será diferente a lo que venga después, con sus momentos de mariposas, pasión y ganas del otro, pero que, pasado ese período, hay que currárselo. No se trata de aguantar y sufrir con tal de no dejarlo, ni de estirar un amor que ya no existe, no, pues llegado a ese punto, mejor ser honesto, más vale no engañarse y abandonar la partida a tiempo. Pero si ambos ponen de su parte, si no se rinden a la primera de cambio, si no se pierden el respeto y son sinceros, si ambos evitan hacer al otro lo que no quieren que el otro les haga, lo que venga después podrá ser incluso mejor que lo de esos primeros meses, porque se irá haciendo más y más grande cada día que pase, a base de compartir retazos de vida juntos, como yo he visto que ocurría en el caso de mis padres, y al final, parecerán una pareja de inseparables agapornis, que no saben vivir el uno sin el otro.

 

lunes, 31 de diciembre de 2012

New Year's Wishes

Acaba en unas pocas horas el 2012, y yo no puedo evitar añadir... ¡por fin! Nada asegura que el año que le sigue vaya a ser mejor, pero yo, como buena optimista, así lo espero y necesito creer que así será. Y, puestos a pedir, deseo:
 
...No tener que decir adiós a nadie más para siempre, aunque los que se me han ido, siempre estarán conmigo.
 
...Seguir contando en mi vida con personas tan maravillosas como las que ya son parte intrínseca de mí e incorporando a más, porque los amigos de verdad nunca sobran. 
 
...Seguir adelante con fuerza, vitalidad y alegría, batallando contra lo que haya que batallar, celebrando por lo alto la vida en cada ocasión en que resulta vencedora y deseo que éstas sean las más de las veces.
 
...Poder compartir mi camino contigo, donde quiera que estés, si el destino decide que por fin nos encontremos.
 
...Que este maltrecho país mejore, encuentre honestidad y un camino hacia su recuperación.
 
...Ser capaz de sonreír cada día por algún motivo.
 
...Que tú estés ahí para leerlo, verlo, sentirlo y contarme cómo te va, porque sin ti al otro lado, este blog es un cúmulo de papelotes arrugados, y solo cobra sentido si te comunicas conmigo.
 
¡Feliz Año 2013!
 
 

viernes, 28 de diciembre de 2012

The Laugh

Solo conocía su risa. Abierta, alegre, fresca, contagiosa, elegante —¿acaso una risa puede ser definida como tal?—, cristalina, musical... Se sorprendía pensando en ella durante el día, imaginando cómo sería su dueña. No tenía datos, ni de edad, ni de altura, ni de aspecto físico. No sabía cómo era su caracter o a qué se dedicaba, pero ardía en deseos de conocerla, de hablar con ella, de ver cómo era el gesto en su cara cuando explosionaba su risa. Se le había metido en lo más hondo, directa desde el oído al corazón. La dueña de tal cascada de sonidos festivos no era otra que su vecina, con la que compartía pared del salón. Cada uno haciendo su vida a un lado, y sin coincidir jamás en el descansillo o el ascensor, ya que cada uno vívía en un portal de la urbanización, y las únicas zonas comunes que les podrían permitir coincidir, no habían dado fruto aún.
 
Kissable, don't you think?
 
Cierto día, justo al aparcar y salir del coche, escuchó claramente esa risa que le tenía enloquecido, y aceleró y corrió en su dirección como si le fuera la vida en ello, llegando a tiempo de vislumbrar una bufanda roja que desaparecía tras una esquina, seguramente en dirección a su portal. Ya tenía algo más: su risa y una bufanda roja. Pero no era suficiente y no pensaba darse por vencido, y menos ahora que estaba tan cerca. A riesgo de parecer un loco o de encontrarse con una visión que rompiera el sueño que le mantenía ilusionado, confió en su instinto y recorrió los pasos que le separaban de ella. Siguió aquella risa hasta su dueña, y hoy... ríen juntos.

sábado, 8 de diciembre de 2012

There's Life Out There

Despertó sin saber dónde se hallaba. Se estiró largamente, dejando que sus músculos se liberaran del agarrotamiento producido tras llevar mucho tiempo en una postura incómoda. Abrió bien sus grandes ojos, captando el leve haz de luz que parecía aumentar de intensidad poco a poco. Había estado sumida en las tinieblas, ajena a la vida que seguía imparable a su alrededor. Quería dejar atrás esa ceguera de los sentidos. Necesitaba y ansiaba ver, oler, oír, sentir, paladear la vida, aunque le hiciera daño, aunque se encontrara con visiones horrendas, olores nauseabundos, palabras horrísonas, tactos ásperos, sabores acres y desagradables. Vivir era eso también, sin duda. Era necesario lo ácido para poder distinguir y valorar lo dulce, era necesario conocer el dolor para que la felicidad fuera plena. Había vivido anestesiada, pero estar oculta y protegida de todo lo oscuro no le había hecho feliz como pensaba, tan solo le había ahorrado algún mal rato o mal sabor de boca, pero en contraposición, se había perdido imágenes bellísimas, aromas deliciosos, melodías divinas, caricias apasionadas, sabores de otras bocas.

Muchacha en la ventana - Dalí (1925)

Resuelta, aún entumecida, se levantó del sillón y abrió las ventanas, dejando que la luz entrara a raudales. Descalza como estaba salió al jardín, donde la maleza había cubierto todo. Necesitaría quitar las malas hierbas, podar, rastrillar, ensuciarse las manos de nuevo removiendo la tierra, pincharse con rosas y ortigas, aspirar polvo y trabajar duramente, pero no volvería a dejar abandonado su destino.

viernes, 12 de octubre de 2012

Shelter For Feelings & Dreams

Sus ojos la contemplan con deseo, con la muda advertencia de un inminente ataque en toda regla, del que no podrá escapar. Nadia conoce esa mirada y es fan de esos deliciosos instantes. Una sensación atenaza su vientre y se expande en oleadas por todo su cuerpo. Es tan fácil con él. Un simple toque de la yema de sus dedos en el cuello, activa, infalible, el mecanismo del deseo y el placer en ella. Fue así desde el primer día y aún hoy continúa siéndolo. Ella pensaba que, pasada la novedad, sus cuerpos se acostumbrarían a las sensaciones que mutuamente se provocaban y tendrían que conformarse con encuentros más normales, pero lejos de ser así, y sin necesidad de practicar cada día una nueva postura del Kamasutra o de hacer acopio de artilugios eróticos para lograrlo, —cosas ambas que también habían probado—, sus cuerpos siempre sabían ejecutar la danza con maestría, provocando un inenarrable placer en ambos. Debía de tratarse de algo químico, pensaba ella, pero en lugar de analizarlo, siempre se volcaba en vivirlo, ya se tratara de una noche especial con escena preparada por él en un marco incomparable, o de un delicioso aquí-te-pillo-aquí-te-mato en la ducha antes de escapar a la oficina.

Mientras los pensamientos de ella vagan por esos derroteros, él no ha quitado sus inmensos ojos de ella, y se ha ido acercando a su presa, quien se ha rendido ya a su atacante. La atrae hacia sí, agarrándola con la mano izquierda por la cintura, y acercando su boca a la de ella sin llegar a tocarla, dejando solo que sienta su cálido aliento. Ella muere por saborear esa boca, pero se excita por la espera y porque la lengua de él empieza a dibujar algoritmos de amor en su cuello, que ella entrega a su verdugo sin condiciones, abandonada al placer, dejando escapar un jadeo. Él acaricia su barbilla con la mano derecha y le pone sobre los labios sus dedos, que ella besa, mordisquea y chupa con avidez. Suavemente él retira su mano y, subiéndole la falda del vestido, la lleva hacia su sexo, que la recibe con hambre.

—Ahhhh... —jadea excitada.

—Di mi nombre —dice Carlos con voz queda.

Nadia baila entre dos mundos, entre dos Universos paralelos. Mientras se desdibujan las escenas y se diluyen las sensaciones en uno, se redibujan los contornos y se recuperan los sentidos en el otro. Se concentra y lucha por controlar su respiración, cuidando no alterarla, manteniendo de forma consciente la impresión externa de que sigue soñando y de que está excitada disfrutando en un mar de placeres. Con la voz semironca y susurrando responde:

—Carlos... Carlos...

Dreams... A different Universe

Y Carlos sonríe, recuperando un poco de la seguridad que segundos antes se balanceaba en una cuerda floja, cuando temía que soñara con otro. Se acerca a ella muy despacio, pues no quiere despertarla, y con infinito amor y ternura retira un mechón rebelde de su cara y acaricia su pómulo. Su respiración se calma y parece seguir profundamente dormida, soñando.

Nadia, por su parte, ha salido airosa una vez más sin revelar su secreto. Ha pronunciado conscientemente el nombre de su marido, que permanece ajeno a la realidad y no sabe que ella miente, ni que la boca que besaba ávida hace unos segundos en sus sueños, no era la de él. Ella no ha desvelado su secreto, no ha renunciado a su mágico mundo paralelo, a volar con su imaginación, a sus sueños, al refugio donde escapa cuando siente que la vida se le escapa por las rendijas de pura monotonía y necesita llenar los vacíos que acumula. Quiere a Carlos, pero necesita volar de tanto en tanto y se niega a abandonar la única posibilidad que se concede a sí misma para vivir su historia de amor con Leo, a quien ama y a quien ha relegado a ese Universo onírico para mantener a salvo su matrimonio y su familia.