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domingo, 23 de marzo de 2014

A Thief In Your Dreams

El caluroso día había dado paso a una noche fresca, de esas en las que, al dar media vuelta en la cama, recuperas la sábana con gusto y tu cuerpo se esconde bajo ella con alivio. Vivian dormía por fin, mientras la brisa que se creaba entre su ventana y la del salón refrescaba la atmósfera. Siempre había sentido cierta inquietud al irse a la cama en las noches de verano, un cierto temor a que las ventanas abiertas atrajeran a sigilosos ladrones que se sienten tentados de colarse en tu casa. Sus amigos se reían de su miedo pues, viviendo en un octavo piso de una torre de diez, ¿quién iba a poder entrar salvo Spiderman o algún otro superhéroe? Pero sus amigos no contaban con que el ingenio lo puede todo y que, logrando entrar al edificio y accediendo a la azotea, cualquiera sin vértigo y con un poco de habilidad, podría descolgarse por la pared y entrar por la primera terraza cuya ventana estuviera abierta. Y esa noche, el destino quiso que Eric eligiera la terraza de Vivian.

Ella soñaba plácidamente. Estaba junto al mar. Pasaba la noche al raso, durmiendo tumbada en una manta sobre la arena de la playa, escuchando el lenguaje de las olas y la suave respiración de Matt, —un chico de su oficina que le gustaba mucho pero a quien aún no había logrado acercarse como quisiera—, que yacía acostado junto a ella.

Con total sigilo, el intruso avanzó por el salón, deteniéndose a cada paso para asegurar que no había sido detectado. Enfocaba aquí y allá con una pequeña linterna, en busca de objetos que iba metiendo en su mochila. No iba en pos de nada grande, pues se descolgaría de nuevo por la terraza hacia la calle o la siguiente terraza, y no podía llevar nada pesado consigo.

La brisa del mar era fresca, y Vivian sintió un escalofrío, e inconscientemente, o tal vez no tanto, se pegó un poco a Matt, que medio dormido aceptó el acercamiento y pasó un brazo por su cintura, dejando descansar la mano junto a su vientre plano. Vivian notaba el calor de esa mano, tan cerca de su sexo y tan apetecible que se movió un poco hacia él para intentar que cobrara vida, que explorara su cuerpo.

Revisado el salón, el estudio y la cocina, ésta más por curiosidad que por esperar un gran hallazgo, Eric se dirigió a la habitación donde Vivian dormía. La claridad de la Luna le permitía ver su cuerpo delgado, semioculto por parte de la sábana que arrebujaba en torno a la cintura, pero que dejaba expuestas sus largas piernas y su maravillosa espalda. Al contemplarla sintió una erección involuntaria y se acercó despacio a la cama.

Los cimbreos de Vivian bajo la manta habían logrado sacar del sueño a Matt, que empezó a acariciarla, mientras ella simulaba estar dormida, dejándose hacer. Él levantó con suavidad su camiseta y empezó a recorrer su espalda a besos, bajando hacia su cintura, mientras hábilmente le bajaba las braguitas y comenzaba a acariciar su sexo húmedo.


http://fineartamerica.com/featured/sleeping-woman-paula-justus.html
Sleeping Woman by Paula Justus

Vivian, excitada, jadeaba suavemente y se removía en la cama. Eric dudó un instante, pero como atraído por una fuerza desconocida, se descalzó, dejó sus cosas en el suelo y se recostó en la cama junto a Vivian. Olía maravillosamente bien. Se acercó con suavidad a aspirar su perfume. Su boca rozaba sutilmente la piel de su espalda y comenzó a besarla tímidamente, temiendo escuchar un grito en cualquier instante. Pero no hubo tal, y alentado por los gemidos de Vivian, Eric retiró con suavidad la sábana y descubrió con agrado que dormía desnuda. Se desnudó él también y se deslizó hacia abajo sin dejar de besar su piel, volteando con delicadeza su cuerpo hacia arriba y entreabriendo sus piernas, que lo recibieron sin reservas.

Matt seguía explorando y hacía morir de placer a Vivian, juntos ya sus cuerpos, moviéndose al compás de las olas que lamían la orilla y huían de nuevo al mar. Ella no quería abrir los ojos, quería absorber todo con el resto de sus sentidos, quería grabarlo a fuego en cada terminación nerviosa de su ser.

Eric, con la luz de la Luna sobre su torso, se erguía ante la desconocida que yacía abandonada al placer mientras soñaba, con la melena rojiza diseminada por la almohada. Vivian gemía con cada embestida, abrazándole con las piernas en torno a su cintura, curvando la espalda como una gata en el momento del orgasmo. Él cayó sobre ella, jadeando, y aguardó a recuperar la respiración. Tenía miedo de moverse y romper el momento. Besó su cuello con suavidad y, lentamente, se separó de ella. Bajó de la cama y se vistió en silencio, sin saber muy bien qué le había hecho comportarse así, ponerse en riesgo de esa manera.

Recogió sus cosas, renuente a abandonar la habitación, y según salía escuchó su voz murmurar:

—Creo que... me gusta esto de dejar las ventanas abiertas...

Y Eric supo en ese instante, que la próxima vez entraría por la puerta.
 

sábado, 24 de agosto de 2013

Lying & Lying

Un beso lleva a otro; una caricia, a otra más audaz; una prenda que cae, a cuerpos que se funden... Me pierdo en tus besos, que creo que me racionas, porque me dejan hambrienta. Desearía más, muchos más, no solo en mi boca, sino por todo mi cuerpo. Sentir tus labios húmedos en mi cintura, en mi cuello, notar que tu boca recorre mi espalda o se pierde entre mis muslos, donde tu lengua juguetona campa a sus anchas. Tus dedos también juegan, exploran mi cuerpo, rendido y expectante, ansioso de placer. Entras dentro de mí, a veces demasiado pronto, sin darme tiempo a que esté lista para recibirte. Pero te guío y nos acoplamos, cabalgamos juntos un trecho, más despacio, más deprisa ahora, ansío besos que no llegan y me llevo tus dedos a mi boca para calmar mi berrinche. Boqueo, jadeo, mientras nuestros cuerpos, resbaladizos por el calor, siguen su baile tribal. A horcajadas sobre ti, mi espalda se arquea hacia atrás mientras gimo de placer, y caigo sobre ti buscando tu boca.
 
—¿Has llegado? —musitas.

Is she faking?
 
Y en una fracción de segundo pasan por mi mente todas las sensaciones de infinito placer que he conseguido con otros, o cuando, a solas, juego con mi cuerpo y me inundan las sensaciones inenarrables de gozo, descargas que envían oleadas de puro deleite hasta la más alejada de mis fibras nerviosas y que, contigo, aunque disfruto, muy pocas veces he logrado experimentar. Si lo he conseguido otras veces, ¿qué es lo que falta cuando se trata de ti y de mí? ¿Es tal vez cosa de tamaños y formas como ocurre con las tuercas y tornillos? ¿Acaso de feromonas? ¿Influyen los olores, un timbre de voz en determinada frecuencia o el tacto de ciertas pieles? ¿Qué es lo que lleva a mi cuerpo a dejarse guiar por mi mente en lugar de accionar el interruptor y dejarla a off?
 
Alguna vez te he confesado que no siempre llego a ese placer, pero al final, casi invariablemente, cuando formulas tu pregunta, te miro a los ojos y, aún resoplando, respondo simplemente:
 
—Sí.


Solid circle Esta entrada es completamente ficticia, fruto de una conversación reciente con alguien muy especial. Pero me hizo pensar sobre el tema. Los hombres, normalmente, tienen una forma mucho más visible de mostrar que han alcanzado el máximo gozo, lo cual no indica que siempre lo sientan con la misma intensidad. Pero en el caso de nosotras, las mujeres, aunque en algunos casos sí es visible, en general podemos fingir un orgasmo, al menos siempre y cuando no haya un despliegue científico en torno a nosotras para medir si es o no auténtico. Y seguramente ese fingimiento se deba al miedo a hacer daño a la otra persona, —hombre o mujer—, a herir su ego y que sienta que no lo está haciendo bien y acaso ello lo aleje o, por el contrario, miedo a que la pelota se vuelva contra nosotras y nos acuse de frigidez. Pero tal vez, en lugar de frustrar al otro, el hacerle saber que no logra hacernos llegar al clímax, pueda también suponer un acicate que le haga ponerse las pilas, esforzarse en ser más creativo e intentarlo con más ahínco, ¿no?

¿Qué pensáis vosotros/as? ¿Habéis fingido alguna vez? ¿Habéis pillado a la otra parte fingiendo? ¿Cómo os sentiríais si supierais que realmente no alcanza el paraíso? ¿Minaría vuestra autoestima y moral o la reforzaría?

 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Treacherous Dreams

Está muy excitada. Pensar en Rick —un compañero del trabajo al que secretamente adora— le provoca a menudo esa sensación. Se deja llevar, lánguidamente, y al poco no puede evitar retorcerse de placer, anticipando el momento del clímax, saboreándolo. Lleva sus manos al pecho, lo pellizca, gime. Necesita sentir contacto de otro cuerpo en su boca y se lleva una mano hasta sus labios. Lame sus dedos, los besa, los mordisquea, cada vez más excitada.

Baja la otra mano desde el pecho hacia las bragas, para apartarlas con habilidad y despojarse de ellas, dejando que se pierdan bajo las sábanas, pero descubre gustosa que no lleva. Mejor, piensa. Menos obstáculos. Sus manos alcanzan su sexo y juegan, hábiles. Está ardiendo de placer, completamente húmeda. Sus dedos exploran, y cada punto produce más placer que el anterior. Le sobra la ropa de cama y la aparta hacia atrás de un plumazo. Su cuerpo, su piel, quedan expuestos, pero no siente frío. Está ardiendo de gusto y disfrutando de pequeños orgasmos que la inundan, previos a la explosión final. Y sintiendo que llega ese momento, gime, grita de placer, arqueando su cuerpo para recibirlo por completo. Siente el palpitar extendiéndose a cada fibra de su ser. Queda exhausta y feliz, completamente relajada, y abre los ojos...

Devoted to her pleasure

Kate parpadea dos veces, porque no entiende lo que ve. ¡Ahí está Rick!, y... más gente. Está confusa, traga saliva y siente como el ardor que un momento antes recorría su cuerpo se posiciona por completo en sus mejillas, que le queman de vergüenza. Alarga una mano para estirar de la sábana y cubrir su desnudez. No hay palabras que decir. Solo quiere cubrirse la cabeza y desaparecer, hacerse diminuta, mientras varios pares de ojos, divertidos, completamente abiertos e impactados aún por lo que han presenciado, son testigos de su azoramiento, y asoman desde el otro lado de la cortinilla verde del box.

—Señorita Emmerson, no se alarme —dice el doctor, sin poder evitar una sonrisa, mientras se acerca a la camilla en la que Kate, muerta de vergüenza, intenta hacerse invisible con el poder de su mente—. Soy el Dr. Schunt. ¿Cómo se encuentra? Ha sufrido una caída en la oficina y ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, que le ha hecho perder el conocimiento. Sus compañeros la han traído hace un par de horas —dice señalando a las cabezas que asoman—.  Enfermera, por favor, vaya a comprobar si ya están los resultados de la analítica mientras exploro a la paciente. Y, —añade girándose al resto—, por favor, ustedes dispérsense, que el espectáculo ha terminado y esto es un hospital. ¡Vamos, vamos!

viernes, 12 de octubre de 2012

Shelter For Feelings & Dreams

Sus ojos la contemplan con deseo, con la muda advertencia de un inminente ataque en toda regla, del que no podrá escapar. Nadia conoce esa mirada y es fan de esos deliciosos instantes. Una sensación atenaza su vientre y se expande en oleadas por todo su cuerpo. Es tan fácil con él. Un simple toque de la yema de sus dedos en el cuello, activa, infalible, el mecanismo del deseo y el placer en ella. Fue así desde el primer día y aún hoy continúa siéndolo. Ella pensaba que, pasada la novedad, sus cuerpos se acostumbrarían a las sensaciones que mutuamente se provocaban y tendrían que conformarse con encuentros más normales, pero lejos de ser así, y sin necesidad de practicar cada día una nueva postura del Kamasutra o de hacer acopio de artilugios eróticos para lograrlo, —cosas ambas que también habían probado—, sus cuerpos siempre sabían ejecutar la danza con maestría, provocando un inenarrable placer en ambos. Debía de tratarse de algo químico, pensaba ella, pero en lugar de analizarlo, siempre se volcaba en vivirlo, ya se tratara de una noche especial con escena preparada por él en un marco incomparable, o de un delicioso aquí-te-pillo-aquí-te-mato en la ducha antes de escapar a la oficina.

Mientras los pensamientos de ella vagan por esos derroteros, él no ha quitado sus inmensos ojos de ella, y se ha ido acercando a su presa, quien se ha rendido ya a su atacante. La atrae hacia sí, agarrándola con la mano izquierda por la cintura, y acercando su boca a la de ella sin llegar a tocarla, dejando solo que sienta su cálido aliento. Ella muere por saborear esa boca, pero se excita por la espera y porque la lengua de él empieza a dibujar algoritmos de amor en su cuello, que ella entrega a su verdugo sin condiciones, abandonada al placer, dejando escapar un jadeo. Él acaricia su barbilla con la mano derecha y le pone sobre los labios sus dedos, que ella besa, mordisquea y chupa con avidez. Suavemente él retira su mano y, subiéndole la falda del vestido, la lleva hacia su sexo, que la recibe con hambre.

—Ahhhh... —jadea excitada.

—Di mi nombre —dice Carlos con voz queda.

Nadia baila entre dos mundos, entre dos Universos paralelos. Mientras se desdibujan las escenas y se diluyen las sensaciones en uno, se redibujan los contornos y se recuperan los sentidos en el otro. Se concentra y lucha por controlar su respiración, cuidando no alterarla, manteniendo de forma consciente la impresión externa de que sigue soñando y de que está excitada disfrutando en un mar de placeres. Con la voz semironca y susurrando responde:

—Carlos... Carlos...

Dreams... A different Universe

Y Carlos sonríe, recuperando un poco de la seguridad que segundos antes se balanceaba en una cuerda floja, cuando temía que soñara con otro. Se acerca a ella muy despacio, pues no quiere despertarla, y con infinito amor y ternura retira un mechón rebelde de su cara y acaricia su pómulo. Su respiración se calma y parece seguir profundamente dormida, soñando.

Nadia, por su parte, ha salido airosa una vez más sin revelar su secreto. Ha pronunciado conscientemente el nombre de su marido, que permanece ajeno a la realidad y no sabe que ella miente, ni que la boca que besaba ávida hace unos segundos en sus sueños, no era la de él. Ella no ha desvelado su secreto, no ha renunciado a su mágico mundo paralelo, a volar con su imaginación, a sus sueños, al refugio donde escapa cuando siente que la vida se le escapa por las rendijas de pura monotonía y necesita llenar los vacíos que acumula. Quiere a Carlos, pero necesita volar de tanto en tanto y se niega a abandonar la única posibilidad que se concede a sí misma para vivir su historia de amor con Leo, a quien ama y a quien ha relegado a ese Universo onírico para mantener a salvo su matrimonio y su familia.

sábado, 5 de mayo de 2012

Dirty Hands

Nada más abrir la puerta y entrar en casa, Lucas vio el papel de aviso. ¡Mierda! Lo había olvidado por completo. Esa tarde tocaba junta extraordinaria de vecinos. Le fastidiaban esas cosas, pero si quería dar su opinión más valía que fuera, o se encontraría con que la panda de mojigatos que tenía por vecinos habían convertido la comunidad en un sitio lleno de prohibiciones y normas absurdas. Al menos estaría Laura, y verla siempre era un regalo. Ella no se decidía a dar el paso de hablar con su marido y decirle que quería el divorcio. Cuando se veían en los minutos en que podían escabullirse, aprovechando que su marido estaba en el gimnasio, le prometía una y otra vez que de esa semana no pasaba y que hablaría con él, pero el tiempo avanzaba sin que lo hiciera. Lo suyo empezó de forma casi casual el verano pasado, cuando él estaba en paro y bajaba a la piscina cada mañana a nadar un rato. Solía coincidir con ella, que no trabajaba, y terminaron por charlar a diario y congeniar. A las dos semanas se contaban casi todo, como si llevaran siendo amigos toda la vida y empezó a saber de los problemas que estaba atravesando su matrimonio. Una mañana, tras el habitual rato en la piscina, él propuso comer en su casa cuando subían en el ascensor. Le salió de forma natural y espontánea, y nada presagiaba al principio que fuera a suceder algo entre ellos, pues por mucho que él se muriera de ganas tenía como norma no ligar con mujeres casadas. Pero una deliciosa lasaña y una botella de vino después, sus cuerpos se enredaban en el sofá. Desde entonces se veían de vez en cuando, a veces hasta cinco minutos en el garaje atentos a no ser descubiertos por algún vecino.

"En fin", —se dijo—, "más vale que me sacuda la pereza y baje, a ver si con suerte no se alarga". Pensó, además, que el marido de Laura era el presidente, y si se alargaba, siempre podía escapar un rato con ella. Se quitó el traje, se puso un vaquero y una camiseta y salió. Coincidió en el descansillo con su vecino de al lado y su hija, una niña de unos tres años.

—A la junta, imagino, ¿no? —dijo Lucas.

—¡Qué remedio! Pero antes voy a dejar a la enana en casa de Mayte. Me ha dicho que va su marido a la reunión y que ella se queda con mi hija. Un padre soltero ha de buscarse la vida.

Entraron en el ascensor, su vecino pulsó la planta 12 e iniciaron el descenso. Llegados a la planta, su vecino y la niña salieron.

—Te veo ahora —se despidió.

Se empezó a cerrar la puerta, se oyó un portazo procedente de alguno de los pisos de la planta, pasos corriendo por el pasillo y un suspiro de alivio cuando al asomar la mano bloqueando la célula se detuvo el cierre y se abrió de nuevo.

—Hola, Lucas —dijo Laura sonriente y pícara, lanzándose directa a sus brazos.

Antes de que se cerrara la puerta ya estaban besándose. Lucas ladeó la cabeza de Laura, retiró su melena a un lado y empezó a besar su cuello, mientras con la mano izquierda agarraba firmemente sus nalgas. Ella le tomó la mano libre y lamió sus dedos, y él la liberó de nuevo, dejando que bajara hasta sus muslos y reptara, buscando el camino bajo la corta falda, abriéndose paso y retirando las braguitas a un lado con habilidad. Sus dedos llegaron a su centro del placer, juguetearon sabios mientras Laura moría de placer y sus labios se unían en besos apasionados y húmedos, ahogando los suaves gemidos que llenaban el ascensor.

Excitados ambos, pero conscientes de que la puerta se abriría en milésimas de segundo, se separaron, intentando normalizar la respiración y manteniendo la mirada, que aún estaba impregnada de un algo salvaje y tribal. Se abrió la puerta del ascensor y en la planta baja coincidieron con más vecinos que se dirigían al patio donde se celebraba la junta.

El administrador, el presidente y el vicepresidente estaban sentados frente a una de las mesas del patio. Algunos vecinos habían ocupado las pocas sillas que siempre había, y otros habían bajado una de sus casas. El resto permaneció de pie, entre ellos Laura y Lucas, separados y en extremos opuestos para no despertar sospechas.

Se inició la aburrida reunión, y al cabo de media hora llegaba el momento de la votación. Se contabilizaron los votos y salió empate. El administrador propuso meter en una bolsa papelitos con las opciones y sacar uno al azar. Hubo murmullos de aprobación, y el marido de Laura paseó la vista por los que estaban de pie en las inmediaciones de la mesa:

—A ver, una mano inocente... ¡Tú mismo! —dijo dirigiéndose a Lucas.

—¡Claro! —asintió, iniciando su aproximación a la mesa.

No pudo evitar que sus labios sonrieran traviesos recordando la escena de unos momentos antes. Imaginaba una sonrisa idéntica en la cara de Laura, y pensaba en su fuero interno que en realidad, de inocente, la mano tenía bien poco.

domingo, 3 de julio de 2011

Still Dreaming? (English version)

I published this entry in Spanish (you can read it here), but now, thanks to my friend Céline, who was kind enough to help me with the translation, you can also read it in English.

She stretches her body, slim but voluptuous with soft curves ... She looks like a sweet kitten, and she half-opens her feline eyes just to verify what her hands have already felt when she touches the other side of the bed and doesn’t find anybody: she’s alone. The sun is about to come up and, with sleepy eyes, she stares at the blue figures of the alarm clock. It says 6:33. She smiles and stretches to snuggle again and try to go back to sleep for an hour, or at least, lulled by the early riser chirping of sparrows that greet from the street, to let her mind wander in that particular half-sleep in which part of the mind remains stuck in the dream world. She dreamed of... what was it?... She searches carefully into her memory the images that filled her brain just a few minutes ago. It's night… the fire lights up the beach... The memory is blurry, and her mind struggles to grasp the fleeting scenes that come to pieces, her body seems to remember, and she feels aroused... It's a dance... no!... it’s a wild dance... drums...? Various thoughts come to her mind, but she can’t find out the origin of that feeling. Her body moves at a wild rate...


She enjoys feeling over her almost naked skin a gentle breeze, that moves the curtains and the pages of the book on her bedside table. She tries to fix the breeze to her body, to make it stay with her during the day when the overwhelming heat will stop her from breathing and sprinkle her skin with sweat. Her hands touch other bodies, and various hands touch hers... Her left hand rests on the sharp curve of her waist, and playful, explores the surrounding area. She quenches the thirst with other mouths... Swaying, with still no memory, but encouraged and spurred on by signals emanating from her body, she twirls in the bed and starts to touch herself. Her body falls under the ecstasy and pleasure that other bodies give her… She slides her shorts and enjoys her nudity kissed by the breeze. Her left hand plays with her nipples, hard as stone, while her right hand covers the short distance that separates it from her sex, expectant and hungry for her soft touch...
 
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
 
Damn! Although it is better to wake up with the soft voice of Gabriella Cilmi instead of the nasty alarm beep, Charlotte goes mad and turns it off immediately, extending her arm unwillingly. She feels the temptation to continue with her sweet awakening. She lays still and thinks about it, reluctant to get out of bed... "Well," she tells herself, "next time, maybe!", and, leaving her hot wishes behind, she goes to the shower.

It's a catchy tune and she hums it while the water runs from her head to her toes and down the drain, taking with it all the heat that was dominating her just a few moments ago.

♪ If There's Lessons To Be Learned, I'd Rather ♫ Get My Jamming Words In First Oh ♪
♫ Tell Ya Something That I've F...

She suddenly stops, the water still flowing... "Oooooohhh, noooo!", she cries out loud and then starts laughing. The water falls in her mouth and gushes out while she laughs and laughs ... "Hahaha!... I can't believe it! Hahaha!... Today is Saturday! "...

martes, 28 de junio de 2011

Still Dreaming?

Se despereza y estira su cuerpo, delgado, pero voluptuoso y de suaves curvas… Parece una gata mimosa, y entreabre apenas sus ojos de felina para verificar lo que ya constatan sus manos al tantear el otro lado de la cama y no palpar cuerpo alguno: está sola. Está a punto de amanecer y, con mirada somnolienta, logra enfocar la vista en las cifras azules del despertador. Son las 6:33 am. Sonríe volviendo a estirarse para acurrucarse de nuevo e intentar conciliar el sueño por una hora más, o al menos, acunada por los trinos mañaneros de los gorriones que saludan desde la calle, para dejar vagar su mente en ese duermevela especial en que parte de la mente sigue anclada en el mundo onírico. Soñaba… ¿qué era?... rebusca en su memoria las imágenes que poblaban su cerebro hace solo unos minutos. Es de noche… el fuego ilumina la playa… Está borroso, y mientras su mente pugna por agarrar las huidizas escenas que le llegan a retazos, su cuerpo parece recordar, y se nota excitada... Un baile… ¡no!... es más una danza… ¿tambores?... Le asaltan pensamientos diversos, pero no da con el origen de esa sensación. Su cuerpo se mueve frenético siguiendo un ritmo salvaje…


Disfruta sintiendo sobre su piel casi desnuda una suave brisa, que mueve las cortinas y las páginas del libro abierto sobre la mesilla. Intenta prenderla a su cuerpo para que la acompañe el resto del día, cuando el calor aplastante le impida respirar y perle de sudor su piel. Sus manos tocan otros cuerpos, y diversas manos tocan el suyo… Su mano izquierda reposa en la marcada curva de su cintura, y juguetona, recorre sus alrededores. Sacia su sed con otras bocas… Cimbreante, aún sin recordar del todo, pero impulsada y espoleada por las señales que emana su cuerpo, se revuelve en la cama y se acaricia. Su cuerpo se abandona al éxtasis y al placer que otros cuerpos le producen… Hace deslizar su culotte y disfruta de la desnudez besada por la brisa. Su mano izquierda juega con sus pezones duros, y la derecha recorre la distancia que la separa de su sexo, expectante y hambriento de caricias...

Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫
Sweet About Me, ♫ Nothing Sweet About Me, ♪ Yeah! ♫

Damn! Aunque es mejor despertar con la suave voz de Gabriella Cilmi en lugar del odioso pitido del despertador, Carlota cree morir y lo apaga de inmediato, alargando el brazo de mala gana. Está tentada de seguir ejecutando su particular y dulce despertar. Se queda quieta y duda, remisa a levantarse de la cama… “En fin”, se dice a sí misma, “¡otra vez será!”, y dejando atrás las ganas marcha camino de la ducha.

Se le ha pegado la melodía, y tararea el Sweet About Me mientras el agua resbala por su cuerpo, apagando todo rastro del fuego que lo consumía hace un momento.

♪ If There’s Lessons To Be Learned, ♫ I’d Rather Get My Jamming Words In First Oh ♪ 
♫ Tell Ya Something That I’ve F…

Se queda paralizada y la canción congelada en su boca… “¡Oooooohhh, noooo!”, dice en voz alta, y empieza a reír a carcajadas. El agua cae en su boca y sale a borbotones mientras ella ríe y ríe... “¡Jajaja!... ¡No puedo creerlo! ¡Jajaja!... ¡¡¡Hoy es sábado!!!”…

viernes, 20 de mayo de 2011

Unexpected Passion

Casi por los pelos entró en el ascensor cuando las puertas habían empezado a cerrarse. No había hecho más que salir de casa para ir a cenar con amigos, y al llegar a su coche había descubierto que no llevaba las llaves. Las había dejado olvidadas en casa. ¡Qué fastidio! Le tocaba subir de nuevo. Si no hubiera cambiado de bolso en el último minuto ya estaría de camino al restaurante. Le tocaría ahora conducir con agilidad. Así, tan de bruces y acelerada como entraba, casi atropella a la única persona que había dentro. Era un chico, de unos 38 años, que no le resultaba familiar. Saludó con un "¡hola!", y desvió la mirada un poco turbada mientras pulsaba el botón del piso 23. Creía notar las mejillas ardiendo. Entre la carrera y el encontronazo inesperado con ese... ese... ¡Dios mío!, ¡era el tío más atractivo que veía en meses! Y lo tenía a escasos centímetros, encerrado en el ascensor con ella. "Paciencia, respira", —se dijo—, "que va a notar que te ha dejado chocada de verdad". Lo mismo con suerte era un nuevo vecino y podría alegrarse la vista de vez en cuando. Él parecía divertido con la situación. Debía de notar a simple vista que ella se sentía atraída, y la miraba con descaro, paseando la vista de arriba a abajo por su cuerpo, deteniéndose en el cuello, el escote, la cintura, las piernas... y volviendo a subir hacia su cara. El ascensor seguía su curso, pero era lento, y hoy lo parecía más que nunca. El otro piso marcado era el 25. Bajaría ella antes y podría por fin respirar y soltar ese rugido de hembra que se iba gestando dentro. Iban por el piso 9. Necesitaba mover el cuello, casi anquilosado de mirar en escorzo al panel que indicaba el piso con tal de evitar su mirada. Giró la cabeza y se encontró con sus ojos y una dulce sonrisa. Piso 13. Le flaqueaba el alma. Él, sin mediar palabra, levantó una mano con suma delicadeza, y le rozó apenas los labios, para retirar un mechón rebelde que se había colocado allí en el giro. Según ella entreabría los labios para emitir el gracias de rigor, él se acercó más y deslizó la manó por detrás de su cuello, atrayéndola hacia sí y besándola, suavemente primero, y con pasión desatada al instante, al ver que ella, tras la sorpresa inicial, se abandonaba y le respondía con igual avidez. El ascensor continuaba su lenta marcha hacia las alturas y ellos se recorrían con bocas y manos, sedientos de placer. Piso 18. Las prendas parecían competir por ver cuál de ellas era la primera en ser arrancada. ¡Cling! Piso 23. Se detuvieron jadeantes. Ella se separó suavemente para salir, y dio un paso hacia el descansillo de su planta sin soltar su mano. Él la miraba expectante.

—¿Cómo te llamas? —dijo ella.
 
—Alex —respondió él.

Anticipando en su mente lo que le dirían sus amigos si supieran el motivo del plantón y sabiéndose una irresponsable sin cura, le arrastró hacia fuera y le condujo hasta su puerta diciendo: "Alex, bienvenido a mi casa", al tiempo que abría la puerta y se cerraba la del ascensor.
...
...
...
¡Cling!
Piso 25...

viernes, 4 de marzo de 2011

Green Eyes

El viento le golpeaba en el rostro y el aire frío le cortaba la cara, que intentaba proteger a duras penas subiendo el cuello de la chaqueta. Sólo a él se le podía haber ocurrido salir tan poco abrigado. Aunque la temperatura fuera agradable cuando salió de casa por la mañana, sabía de sobra que aquí el tiempo cambia al minuto y había oído las previsiones en la radio mientras se duchaba. Es cierto que no sospechaba entonces que iba a tardar tanto en regresar de vuelta a casa, y pensó que un jersey de cuello alto, un vaquero, las Panama Jack y una chaqueta de entretiempo eran más que suficiente. Había salido a tomar unas cervezas y comer con unos amigos, pero de eso hacía horas. Era casi la una de la mañana, y volvía refugiándose en los parapetos que el camino ponía a su paso, atisbando en los cruces por si pasaba algún taxi, agarrándose el cuerpo en un abrazo que le permitiera abrigarse. Tenía las orejas y la nariz congeladas, o eso creía, porque el frío no le dejaba sentirlas. Parecía imposible que unas horas antes cada fibra nerviosa captara placer. ¡Qué historia tan extraña! Y estaba seguro de que si lo contaba no le iban a creer. Las voces y los susurros aún le rondaban la mente.

Según salió del restaurante y se despidió de sus amigos, un coche paró a su lado. Conducía una pelirroja atractiva, y sentada a su lado, una asiática le preguntaba por una dirección. Intentó explicarles en su mejor inglés cómo llegar, pero en vista de que no se entendían, terminaron por invitarle a subir al auto y guiarlas al sitio. Significaba salir de la ciudad y conducir durante una hora. Se dijo a sí mismo que estaba loco, porque luego tendría que volver, pero algo en su interior le empujó a la aventura. Al cabo de un buen rato llegaron a una casa al borde del mar. El viento azotaba con fuerza, y agradecidas le hicieron pasar a tomar una copa de vino y calentarse. Por fuera era la típica casa de la zona, con la madera un poco descuidada, pero por dentro era acogedora y cautivadora. Amplia, espaciosa, originalmente decorada, llena de pequeños detalles diseminados aquí y allá, que junto a la mezcla de colores y olores, dotaban al conjunto de un toque de cuento. Pasaron al salón, donde la chimenea estaba encendida, y se sentó en un amplio sofá color marfil junto a la pelirroja. La asiática abrió un Zinfandel y sirvió tres copas, con mano y muñeca expertas, dando el giro justo para no derramar ni una gota de vino.


Al cabo de media hora, charlaban y reían los tres y se sentía totalmente relajado, casi flotando. Tal vez era efecto del vino, tal vez de la música que sonaba y que no fue consciente de cómo o cuándo conectaron, tal vez eran los ojos verdes de la pelirroja, que le miraba como leyéndole el alma, tal vez los negros de la asiática, que parecían anticiparse a cada deseo que le pasara por la mente. En determinado momento, le cogieron de la mano y le llevaron a una habitación que había en el primer piso. Era casi tan grande como el salón. Le desnudaron despacio entre las dos, recreándose en cada prenda, doblándolas cuidadosamente y colocándolas en una chaise longue. Él se dejaba hacer. No habría podido resistirse. Tenía la voluntad anulada. Le condujeron desnudo al baño contiguo, donde los espejos estaban empañados por el vapor que despedía un burbujeante jacuzzi. ¿Cuándo habían abierto el grifo y vertido sales, espumas y aromas? ¿Cuándo habían encendido las velas blancas y rojas que había diseminadas por la estancia? Le hicieron entrar en el agua, y se unieron a él en cuanto se despojaron de sus ropas. Entre las dos le bañaron y masajearon todo el cuerpo. Se sentía mareado, pero feliz. Cuando dieron por finalizado el baño, ellas salieron del agua y se secaron mutuamente, con sublime delicadeza. Después salió él y le envolvieron en un albornoz. Pasaron a la habitación, y le hicieron tumbarse en la cama, desnudo de nuevo, y le vendaron los ojos. No definiría como sexo lo que hubo, porque no sabría explicar qué ocurrió, pero cada poro de su cuerpo exhalaba placer. Sintió labios y manos por todas partes, sintió un cálido aliento en todo el cuerpo, sintió en ocasiones cómo su cuerpo se retorcía en un escorzo imposible por alcanzar un clímax interminable que se repetía una y otra vez. Su cuerpo notaba un vigor y fuerza desconocidos hasta entonces, pero pedía hambriento más. Y tenía más. Y más...

Debió desmayarse, porque no recuerda bien que pasó. Se despertó exangüe y agotado en la estación al oír entrar al tren. Cómo había llegado ahí, era un misterio. Estaba vestido, tenía su cartera, no le faltaba nada y no parecía estar herido. De hecho, no le dolía el cuerpo, sólo estaba muy cansado, pero tremendamente tranquilo. Eran casi las once y media de la noche. No podía pensar con claridad, pero supo que si tomaba el tren estaría en North Station en apenas media hora. Subió al vagón y pagó el billete una vez dentro. Su cabeza era un desorden de pensamientos; su cuerpo un caos de sensaciones. Las imágenes, los sonidos, las voces y risas, la música, el tacto de manos suaves, el roce de bocas húmedas... todo se arremolinaba en torno a él y le transportaba a un mundo desconocido. Durante el corto trayecto se mantuvo inmóvil, con los ojos cerrados, como reteniendo lo vivido antes de que se esfumara. Bajó del tren y salió a la calle. Había bajado mucho la temperatura desde esa mañana. Caminó a buen paso por Canal St, aspirando grandes bocanadas de aire, a pesar del frío que le traspasaba los huesos. Necesitaba despejarse.

Ahora, cuando apenas quedaban dos cuadras para llegar a su casa, caía en la cuenta de que no sabía sus nombres, ni tenía sus teléfonos. Se resistía a dejarlo pasar como si nada. Había sido increíble, como también lo fue la forma en que se deshicieron de él. Necesitaba hablar con ellas, verlas, saber... Se metió en la cama exhausto tan pronto entró en su piso, y durmió de tirón hasta las diez. Al principio pensó que lo había soñado, mientras en la ducha las escenas desfilaban una y otra vez por su mente, pero ya vestido, al coger la cartera cayó un papel. Leyó en él la dirección de la casa. ¡Lo recordaba! La había anotado antes de entrar, mientras ellas aparcaban y abrían la casa.

No lo pensó dos veces. Sacó el coche del garaje en esa mañana gris y condujo sin pausa, con la esperanza de encontrarlas aún allí. No necesitaba el GPS, recordaba el camino perfectamente. Llegó a Salem, y sin mucho problema localizó la casa. Se veía diferente a la luz del día. Se acercó con cierto nerviosismo y agitación. Llamó a la puerta y esperó. Nada. Volvió a llamar y esperó unos minutos. No vió el coche en que había montado el día anterior. Parecían haberse esfumado. Dobló la esquina y decidió asomarse a las ventanas y curiosear. Donde la noche anterior estaba el imponente sofá blanco, logró vislumbrar dos sillones junto a una mesa baja y una lámpara encendida. Era un salón diferente por completo. Estaba seguro de que ésa era la casa, ¡sin duda! Atónito y perplejo como estaba, no había oído abrirse la puerta de la casa, ni una voz que preguntaba ¿quién es usted? Desanduvo sus pasos y fue hacia la puerta. Una anciana, de rostro amable le miraba. Le explicó que buscaba a dos amigas y las describió. La anciana le dijo que allí no vivían y que no conocía a nadie así en la zona. Se deshizo en excusas y volvió a su auto, aún reacio a darse por vencido, pero no tenía más datos, y no podía ir puerta por puerta, así que enfiló de nuevo el camino hacia Boston. Sin duda debía estar loco, o borracho el día anterior. Tal vez bebió demasiado en la comida y no lo recordaba. Tal vez había soñado todo. Intentó concentrarse en la conducción, pero una imagen le venía a su mente sin poder evitarlo... los increíbles ojos verdes de la anciana, que aún, mientras se alejaba, notaba fijos en él... Salem... "¿Brujas?", —pensó—. Se rió internamente de su ocurrencia y desechó la idea de su cabeza con un ademán... "¡Tonterías!", —se dijo—. Y esta vez volvió a reír en alto...


Mientras él se alejaba camino de la ciudad, la anciana entraba de nuevo en la casa. De camino al salón, se detuvo un instante en el aparador de la entrada, donde reposaba una foto que tomó nostálgica. En ella se veían dos jovenes bellísimas: una pelirroja de ojos verdes y una asiática de profundos ojos negros. Devolvió la foto a su lugar y se ajustó unos mechones que se habían desprendido de su recogido. Una voz preguntó desde el salón:

—Sarah,... era él, ¿verdad? Poco ha tardado en volver.

—Te lo dije, Lynn —respondió la anciana acercándose al sillón y añadió riendo como una niña: —Y a punto he estado de invitarle a tomar un té. Pero,... te aseguro que volverá en menos de un mes.

—¡Ooooh! Está visto que eres una bruja incorregible. ¡A tus años! —replicó sonriendo su amiga, una anciana de rasgos orientales e insondables ojos negros.

—Hechicera, querida... siempre he preferido que me llamen hechicera.

lunes, 14 de septiembre de 2009

The Awakening

El silencio reinaba en la habitación. La luz comenzaba a filtrarse por la pequeña brecha que había dejado abierta entre las cortinas, y flotaba, tímida, dando vida a los objetos que componían la estancia, redibujando sus perfiles y haciendo que cobraran vida de nuevo. Estaba amaneciendo.


Olivia se desperezaba lentamente, fatigada, aún ebria de sensaciones. Sus ojos cerrados. No se sabía despierta, no se sabía dormida. Despertaba durmiendo, dormía despertando. Vagaba entre imágenes incongruentes e imposibles, mezcla de planos irreales y reales, coloreados por un loco. Deambulaba por un mundo paralelo. En su mente persistían aún los retazos del último sueño, donde los sonidos reverberaban amortiguados, haciéndose metálicos o tornando en graves en su rebotar en los objetos, derramándose en su cabeza hasta desvanecerse. Era ese delicioso momento en que retienes las vivencias que has sentido como reales hace tan sólo... ¿segundos? Se acariciaba con suavidad, mimosa, dejándose llevar en ese duermevela, como si fuera una niña a la que hubiera que calmar con dulzura. Tenía la piel ardiendo, los labios entreabiertos, los pezones duros, los muslos húmedos,... y sonreía beatíficamente mientras se iba haciendo borrosa la última imagen de ella, la mujer del sueño, la diosa que la había poseído como nunca un hombre lo hizo, la mujer que la había transportado a un mundo mágico de placeres, una mujer sin nombre... ... Se oía la ducha...

lunes, 7 de septiembre de 2009

The Governess

Eran casi las nueve de la mañana, y Germán y yo ya esperábamos impacientes. Estábamos en Escocia, donde habíamos pasado gran parte del verano, empapando cada fibra de nuestros cuerpos en el fluido de la lengua inglesa. El máster que íbamos a empezar exigía un alto nivel de inglés, y habíamos decidido irnos a un enclave adecuado para asimilar el idioma. Era una antigua casa señorial, reconvertida ahora en una residencia de estudiantes. En ella habíamos pasado los últimos dos meses, saliendo tan solo a realizar algunas de las actividades externas contempladas en el curso, muy diversas y orientadas todas a comprender y hablar mejor. El programa, además, incluía tres horas de clase diaria que nos daba en la biblioteca una profesora. La "ráspida", la llamábamos. Una de nuestras palabras inventadas que nos sonaba perfecta para describirla. "Dícese de la persona de talante serio, rancio, estirado y severo, poco amiga de sonrisas y carente de simpatía", y ella era todo eso por añadidura. Vamos, un encanto de mujer, que alegraría con su sola presencia cualquier camposanto. De hecho, cuando la vimos el primer día, la imagen que vino a nosotros fue la de una institutriz de las duras, que viniera dispuesta a poner firmes a un par de mozalbetes usando la fusta si fuera necesario.


Habíamos tenido el examen de comprensión auditiva la tarde anterior, y ahora quedaba la gramática. Solos Germán y yo. Los demás "residentes" estaban en otros niveles. La puerta se abrió y entró ella, puntual como siempre. Vestía de negro, falda recta hasta la rodilla y camisa abotonada casi hasta el cuello. Llevaba medias negras, zapatos de un tacón altísimo y el cabello recogido, sin un solo mechón suelto. Es increíble la facilidad y gracia que tienen las mujeres para, con un gesto experto, recogerse en un santiamén la melena, usando a veces tan sólo un lápiz. Ella siempre lo llevaba sujeto con alguno de esos artilugios, sin horquillas.

Tras el Good morning inicial tomó asiento, y abrió el cajón superior de la mesa, de donde extrajo los exámenes. Tocaba responder 200 preguntas. Nos dio los exámenes a ambos, vueltos boca abajo, y se dirigió a su mesa, donde una vez sentada activó el cronómetro y dio la salida. Teníamos una hora por delante, y nos pusimos a ello sin perder un segundo.

Cada uno se concentró en su examen, y así pasaron los minutos. Yo ni levantaba la vista, salvo en esos momentos en que, no sé por qué razón, nos da por mirar al infinito o a un punto invisible del horizonte, en espera de que las ideas se coloquen en nuestra mente y se oiga ese mágico clic que ocurre cuando encuentras lo que buscas. Mi respuesta llegó y completé el examen, dispuesto a revisarlo desde el principio. Quedaban apenas cinco minutos.

En esas estaba cuando me di cuenta, —no lo había advertido antes, de concentrado como estaba—, de que nuestra "institutriz" no estaba en su mesa. La biblioteca era espaciosa, pero no tanto como para no localizarla al instante. Se había acercado a los libros. Llenaban toda una pared cubierta de estanterías hasta el techo. Paseaba como absorta, recorriendo con la vista cada título, y acariciando los lomos de los libros que esperaban ser abiertos. No sé por qué, pero me quedé observándola. De pronto había olvidado que me estaba examinando. Y ella..., es como si no estuviera allí. A juzgar por su expresión, su mente estaba de viaje. Tal vez vagaba por alguna de las historias que tenía ante sus ojos, tal vez por una propia. Así como estaba, de modo ausente, realizó el gesto que aún hoy me persigue en sueños. Casi sin darse cuenta, y con toda naturalidad llevó la mano a su muslo derecho, donde tanteo algo. Bajó la vista al punto donde su mano reposaba y, ayudándose con la mano izquierda, subió un poco su falda, lo bastante como para dejar al descubierto unos centímetros de su muslo. Vi absorto cómo, ajena a la atención que estaba despertando en mí, subía la media con infinita delicadeza. Pude ver la blancura de su carne, so tender, y la esbeltez de su pierna, y cómo, con movimiento ágil y experto, ajustaba su... ¡liguero!...



Mi mandíbula colgaba sin remedio y mis ojos no podían estar más abiertos. Creo que boqueaba en busca de aire, y no estoy seguro de si escapó de mí un leve jadeo. Mis ojos tenían delante la imagen de mis fantasías. La veía en mi mente, con las medias, el liguero negro y un corsé. La melena suelta y alborotada. Con esos ojos grises, que siempre había creído fríos, ardientes de pasión, abandonados al deseo. Su cuerpo se movía, sabio y salvaje, en un rapto de placer y delirio. Liberada del corsé mostraba su pecho lleno y su vientre plano, y arqueaba la espalda como una gata en celo. Su boca entreabierta invitaba al beso y a la locura...  Nunca había reparado en esos labios..., en ese cuello... Nunca mis ojos habían captado lo atractiva que era. La institutriz fría y distante convertida en un ama del placer... una diosa...


Ella colocó de nuevo su falda y miró el reloj, aún ajena a mi mirada. Su taconeo me despertó de mi ensoñación y me recompuse como pude. Había empezado a notar cierta inquietud en mis pantalones. Volví la vista al examen y, con la mente agitada y confusa ojeé las preguntas y respuestas sin realmente ver nada. Ella volvió a su mesa y la oí decir que quedaba un minuto. Yo miraba mis hojas, colocadas pulcramente sobre mi mesa, con las manos en las sienes para evitar que mi cara delatara mi ansiedad. Me serené, me levanté, dejé mi examen sobre su mesa y salí sin atreverme a mirarla. Eché a andar hacia el jardín con paso rápido. Necesitaba respirar. No me había alejado más que unos metros cuando caí en la cuenta de que había dejado el móvil olvidado sobre mi mesa. Di media vuelta y llegué de nuevo a la puerta de la biblioteca. Tan confuso estaba que ni llamé (¡acababa de salir de allí!). Abrí la puerta y la vi delante de la mesa de Germán, pasando sus dedos por los labios de él, los mismos dedos que me habían mostrado su liguero. Fueron décimas de segundo, pero comprendí que había llegado tarde a ella. Todo encajó en mi mente, las mañanas en que Germán parecía no haber dormido nada, su referencia a ella por su nombre en lugar de usar el apodo que inventamos... Todo cobró sentido y supe que Germán ya había vivido mi fantasía en primera persona. Musité confuso algo sobre mi olvido, cogí mi móvil y me marché.

Nuestra estancia allí llegó a su fin, y regresamos a Madrid al final de la semana. Jamás comenté nada con Germán, ni él conmigo, pero desde entonces, cada vez que paso por un escaparate con lencería, mis ojos no pueden evitar buscar un liguero, para volver a traer a mis sueños a mi institutriz.