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lunes, 23 de diciembre de 2013

Breath

Voy hacia el instituto en el metro. Intento concentrarme en la música que escucho a través de los cascos o en el libro que tengo abierto ante mí. Es en vano. Mi mente se pierde en mis pensamientos sin remedio repasando mi cuidadoso plan. Sé que está ahí, como cada mañana, mirándome fijamente. Me hace sentirme sucia. Aun sin verle, sé qué cara está poniendo, cómo pasa su lengua por los labios en un gesto obsceno, y siento sus ojos de demente resbalar por mi boca, mi pecho y mis piernas que, expuestas por lo corto de la falda, se juntan para cerrarle el paso a mi sexo, acompañadas de un escalofrío involuntario.

Yo hago como si nada. No quiero tener el más mínimo contacto visual con él. El vagón se va llenando de gente a medida que nos acercamos al centro. Aún queda recorrido. Imagino su gesto de disgusto al no poder tenerme a la vista, y su cuello, estirándose para atisbar entre codos y barrigas y localizarme al otro lado del vagón. Me noto tensa, mi cuello agarrotado. Intento calmarme inspirando hondamente al tiempo que subo mis hombros y expulso el aire mientras los dejo caer de golpe. No pienso darle el gusto de que me domine incluso aquí. Nunca más. Bastante aguanté, viendo cómo abusaba de mi madre, cómo rompía su alma y su cuerpo en pedacitos, paliza tras paliza, cómo sufrí en mis propias carnes sus abusos sexuales las noches en que venía borracho y necesitaba desahogar sus impulsos tras dejar a mi madre inconsciente. Ella nunca lo supo. El muy cabrón ponía especial cuidado en disimular su deseo cuando ella estaba consciente, y yo era muy cría como para entender y vencer el miedo. Cuando con ayuda de mi tío Jaime mamá fue lo suficientemente valiente como para poner una denuncia, el mal estaba hecho, y aunque el juez dictó orden de alejamiento, ella ya no se recuperó jamás, y todas las palizas que llevaba a cuestas la quebraron por dentro sin remedio. Un buen día su cerebro le dio por fin la paz que buscaba. Supe que no podía hacer como si nada hubiera pasado mientras mi padrastro siguiera impune, abusando tal vez de otras y, como me prometí a mí misma la última vez que abusó de mí, ese día empezó a tomar forma mi plan.

La próxima parada es la mía. Él continuará aún su recorrido tres paradas más. Me levanto y me dirijo a la puerta, sabiendo, sin necesidad de mirarle, que no me quita ojo. El tren llega a mi parada y la puerta vomita el contenido del vagón en el andén. Yo me escabullo al siguiente vagón, sabiendo que nadie reparará en mí más de lo habitual. Me abro paso como puedo hasta la puerta opuesta y me recuesto contra ella, intentando calmar los latidos de mi corazón.

 

Pasa una parada más. La siguiente será de doble andén. Mi pulso se acelera un poco, pero estoy preparada. En cuanto se abre la puerta junto a mí, subo mi capucha, salgo y me diluyo entre la gente que entra al siguiente vagón, atestado de gente como estaba previsto. Me quedo junto a la puerta y el tren se pone en marcha. Lo intuyo levantarse para aproximarse a la puerta frente a la mía y su odiosa calva asoma al poco por delante de mí. Trago saliva. Llega el momento. Me acerco por detrás, como uno más, preparándome para salir. Me sitúo un poco escorada tras él, apretando la mano dentro de mi bolsillo y casi pegada a su costado. El andén aparece ante mí a cámara lenta. La puerta se abrirá en segundos. Unos y otros empujan pidiendo paso. Sujeto la jeringuilla con firmeza y, sin sacar la mano del bolsillo, la aprieto contra su cintura y vacío el contenido con decisión. Las puertas se abren en ese instante, y ayudada por los empujones de los que quieren salir, avanzo hacia la puerta sin mirar atrás, viendo por el rabillo del ojo cómo un hombre se dobla y cae a mi izquierda.

Salgo corriendo frenética, como muchos otros hacia su destino. El mío es salir a la calle y llegar al instituto, a seis manzanas. Habría querido hacerle daño, oír sus gritos, ver su dolor a medida que un cuchillo desgarraba sus entrañas, cortaba su miembro en pedazos, se retorcía dentro de su pecho en busca de un corazón inexistente... Pero no, no podía arriesgarme a que me pillaran, y elegí un método que no llamara tanto la atención. El veneno también me servirá, aunque sea menos doloroso para él.

En plena carrera por las escaleras mecánicas, noto que alguien me agarra del brazo.

—¡Eh, espera! —dice un chico boqueando—. Creo que se te ha caído esto.

Me da un vuelco el corazón y en segundos creo morir, pero al bajar la vista me sereno. Muestra en sus manos mis casquitos. Debieron caérseme en mi loca carrera.

—¡Muchas gracias! ¡Qué haría yo sin mi música!

A pesar de su atractivo no es el momento de ligar, y tengo que contentarme con sonreír a esos ojos azules y esperar a tener la suerte de encontrármelos en otro momento. Me giro y retomo mi ascenso. Subo los escalones de dos en dos, deseando salir y respirar. ¡Por fin! ¡La calle! Nunca el aire me supo mejor. Solo paro un instante para recuperar el aliento y corro, corro y corro, llenando de ese maravilloso aire mis pulmones, sintiéndome libre. Mi plan ha funcionado. Me siento exultante. Lanzo la jeringuilla a un contenedor camino del instituto al tiempo que pienso:

—Creo que esta vez, el examen de Química lo bordo.
 

jueves, 10 de enero de 2013

The Girl On The Train

Cristina, ya en la oficina y café en mano, escoge uno de los periódicos que descansan sobre la encimera. No bien lo desdobla, sus ojos quedan clavados en la imagen y titular de la portada y la taza de café se le cae de las manos y se estrella contra el suelo de la cocina. Paolo, el de Reclamaciones, se vuelve sobresaltado.

—Che colpo! Non ti preoccupare, tesoro, que de ahí no pasa —dice con su habitual buen humor—. Anda, déjame a mí, que te has quedado como ida —continúa solícito, mientras se encarga de recoger el pequeño desastre de restos de cerámica desperdigados por el suelo.

Bad or good news?...
Cristina, aún blanca como la tiza, se limpia las manos con servilletas de papel y frota mecánicamente la mancha en los pantalones, con la mirada perdida. Da las gracias a Paolo, y se dirige hacia su mesa, llevando consigo un nuevo café y el periódico. Agolpadas en su mente se suceden imágenes largo tiempo olvidadas, pero frescas de pronto, como si se hubiera pulsado un play y fueran de esa misma semana.

Hace ya dos años de todo ello. Cristina estaba a punto de casarse, y eran los meses previos de caos y preparativos antes del acontecimiento. Vivía con Javi, su novio, y tal vez por los nervios y la importancia de la decisión, tal vez por los cambios que veía en él según se acercaba la fecha, Cristina se llenó de dudas. Salir de casa cada mañana era un alivio e inhalaba con hambre el aire al salir del portal. Montaba en el metro a diario, camino a la oficina, con todas las preocupaciones del mundo agolpadas en su mente. Cada día repasaba durante el trayecto el comportamiento cada vez más posesivo y obsesivo de él, y se agobiaba y angustiaba. Se concedía esos diez minutos en que, intentando ser objetiva, analizaba la conducta de Javi con ella. Después, la vorágine en la oficina no le permitía pensar, y al llegar a casa, de nuevo se encontraba con él. Y era en esos plácidos diez minutos cuando repasaba los celos sin sentido, los comentarios a su vestimenta —muy escotada según él para ir a trabajar—, los insultos y malas caras, los cabreos, las innumerables faltas de respeto, y así un largo etcétera que al final terminaba en disculpas, perdones y besos, y que ella achacaba al estrés pre-boda, pero que terminaba por pasarle factura, pues cada vez sentía más rechazo a volver a casa y encontrarse con él. Había llegado incluso a convertirse en algo físico, pues sufría de dolores de cabeza, y su estómago parecía negarse a digerir los alimentos como solía.

Cada día, cuando entraba al vagón, casi siempre se sentaba, porque la estación era cabecera de línea. Siempre había disfrutado del recorrido y le gustaba observar a la gente alrededor, pero últimamente, al poco de sentarse, se perdía en sus pensamientos con los ojos fijos en sus manos, donde daba vueltas al anillo que lucía en su mano izquierda. No obstante, al cabo de unos días, reparó en que siempre coincidía en el trayecto con una mujer que se sentaba frente a ella. Era joven, más o menos de su edad, y le encontraba cierto parecido con ella. La chica se sentaba muy derechita en el asiento, y sacaba un libro. De vez en cuando Cristina levantaba la vista hacia ella, porque habría jurado que la observaba con atención, pero jamás la pillaba mirándola, sino concentrada en la lectura de su novela. Cristina advirtió que siempre coincidían en el mismo vagón, a la misma hora, tanto en el trayecto de ida a la oficina como en el de vuelta a casa, no importaba que se le pegaran las sábanas o que saliera a una hora diferente a la habitual. Aquello resultaba cuanto menos chocante. Cada vez que entraba en un vagón de metro, allí estaba la chica, sentada frente a ella, e incluso la había encontrado en las pocas ocasiones en que había usado el metro durante el fin de semana. No interactuaban, ni siquiera habían cruzado un saludo de gesto de reconocimiento con la cabeza o con los ojos. Era siempre igual, como un ritual inalterable: Cristina entraba en el vagón, constataba que la chica estaba allí, se hundía en sus pensamientos espiando de vez en cuando si seguía ahí o la observaba, y bajaba del vagón en su parada, dejándola concentrada en su libro en su sitio habitual.

Mujer leyendo (1950) de Karl Schmidt-Rottluf
Cierto día, Cristina estaba más sombría y sumida en sí misma que de costumbre. Aún le ardía la cara, más por orgullo que físicamente, por la bofetada que recibió la noche anterior cuando se atrevió a enfrentarse a Javi en una de sus discusiones. Ya calmada, tras recapacitar y pensar muy bien su decisión, parecía dispuesta a perdonarle y seguir adelante con sus planes de boda, a pesar de los miedos que le atenazaban el estómago casi con solo imaginarlo. Levantó la cabeza, para constatar en el cartel luminoso que la siguiente parada era la suya, y espió por el rabillo del ojo si la chica de siempre estaba frente a ella. Se levantó y se aproximó a las puertas, pendiente de que el coche llegara al andén y se parara, para accionar la manivela de apertura. En el reflejo del cristal, vio que la chica del vagón se levantaba y se dirigía hacia ella. Notó que le sujetaban del codo y se volvió, encontrándola cara a cara.

—Hazme caso, Cristina —le dijo con voz dulce y una mirada completamente franca, que mostraba preocupación y miedo—. Escapa ahora, mientras estás a tiempo. Es un buen consejo, confía en mí.

Cristina no tuvo tiempo de responder. La chica se escabulló de nuevo hacia el centro del vagón, y para cuando el tren se detuvo, Cristina se vio empujada hacia el andén casi sin querer. Se volvió, atisbando dentro del vagón, intentando buscarla, para poder preguntarle a qué se refería, para averiguar por qué sabía su nombre y a qué se debía ese extraño mensaje, pero la multitud lo impidió, y el tren, cerradas ya las puertas, se puso de nuevo en marcha. Cristina reanudó su camino hacia la oficina, intrigada y decidida a preguntarle al día siguiente, pero no volvió a aparecer, ni en esa semana ni en las sucesivas. Aquella fue la última vez que la vio. Tal vez influyera ese extraño e inquietante mensaje, o tal vez su decisión final se debiera a una larga charla con su buena amiga Esther esa misma semana, a quien contó todo acerca de su relación con Javi, y con quien pudo reflexionar sintiéndose segura, escuchada y arropada. Fuera cual fuera el motivo, Cristina decidió dejar a Javi. De la noche a la mañana, se cancelaron los planes de boda y tras una discusión memorable, salió con todas sus cosas del apartamento donde llevaba viviendo con él hacía casi tres años. Necesitada de una pausa en su vida, pidió una excedencia en el trabajo y se fue a vivir un año a casa de su amiga Esther en Londres.

El sonido del móvil le puso de nuevo los pies en el presente de la oficina. Era un cliente. Consiguió deshacerse de él a los pocos minutos. Tras colgar, se topó de nuevo con la foto en el periódico, la causante de extraer de su cerebro recuerdos tan profundamente enterrados. ¡Hacía tanto de eso! Y aún no daba crédito a lo que veían sus ojos: Javi en plena portada, esposado y escoltado por la policía. El titular indicaba que había sido detenido, acusado del asesinato de su mujer, a la que había sometido a malos tratos repetidamente. Cristina leyó la sinopsis y avanzó rápida a la página indicada para leer la noticia completa. Al llegar a ella, se encontró con un rostro que le resultaba vagamente familiar, pero lleno de moratones y heridas y carente de vida. Junto a la foto, se veía otra de archivo, en la que, sin duda alguna, Cristina pudo reconocer a su misteriosa salvadora: la chica del tren.

domingo, 29 de mayo de 2011

Never Again

Escarbé la tierra con mis manos, con rabia y con saña, rompiendo mis uñas y llenando mis manos de heridas. Las lágrimas corrían por mis mejillas, en un llanto convulso al principio, quedo y calmo al poco. Mi cara se ensuciaba más a cada momento en que limpiaba mis ojos con el dorso de la mano, para poder enfocar la vista en mi tarea. No estaba avanzando mucho. Necesitaba ir más rápido, así no iba a acabar nunca. Con las manos ya doloridas, me detuve un momento y miré a mi alrededor. Buscaba un objeto con forma de cuña, algo que pudiera usar a modo de pala. Me puse en pie y anduve unos pasos, sin alejarme mucho del pequeño agujero y del vehículo. Casi iba a darme por vencida cuando encontré una piedra más menos triangular y bastante plana. No tenía nada mejor a mi alcance, así que volví a mi tarea con mi nueva herramienta.
 

Le conoció en la Facultad. Era tan tierno y romántico... Siempre le llamaba pequeña, y a ella le parecía tan dulce que se derretía por dentro al oírlo de sus labios. Aunque su familia se opuso, se casaron muy pronto, pero como él ya ganaba dinero como electricista y contaba con unos ahorros, pudieron comprar una vieja casita en las afueras, con su garaje y jardín. Los dos primeros años fueron maravillosos. Ella se quedaba en su nido, cocinando ricos platos para su amor y esperando ansiosa su regreso a casa al finalizar la tarea. El trabajo a veces escaseaba, y no siempre podían tomar vacaciones. Ello hizo que, a regañadientes, él accediera a que ella buscara un trabajo, aunque sólo fuera de media jornada. Supo que necesitaban dependienta en una tienda de ropa. Le convenció de que sería la única manera de ahorrar algo extra para poder escapar una semana a la playa en verano o poder salir a cenar algún fin de semana.

Empezó ilusionada, y su mundo se amplió de pronto al entrar en contacto diario con otras personas que no fueran la cajera del supermercado o el pescadero. Las charlas del día a día con sus compañeras le abrían los ojos a otro mundo. Eran chicas tan jóvenes como ella, pero sus vidas eran distintas, y ¡sonaban tan emocionantes! Ella iba del trabajo a casa, donde le esperaban las mismas repetitivas tareas y al final de la jornada, su marido. Le hablaba de ellas, le contaba anécdotas cada día, y empezó a observar que en ocasiones él parecía incómodo y torcía el gesto.

Llegó la semana de su cumpleaños, y sus compañeras le regalaron uno de los vestidos de verano que había en la tienda. Le hicieron ponérselo y la peinaron y maquillaron un poco para dar una sorpresa a su marido. Se sentía agradecida, y al mediodía, decidió invitar a las compañeras más cercanas a desayunar en el bar de al lado. Estaba preciosa con el vestido nuevo. Se llevaba la patita del croissant a la boca cuando vio aparecer en la puerta del bar a su marido. Entró con el ceño fruncido, y sin mediar palabra, y con cara de loco, la cogió del brazo y la sacó a empujones del bar.

Aquella fue la primera de las grandes discusiones que tendrían. La llevó a casa, le rasgó el vestido a golpes y lo tiró a la basura, y le prohibió volver al trabajo. Tras mucho grito por ambas partes, logró hacerle entrar en razón, porque necesitaban el dinero. Pero desde aquel día todo fue diferente. Fiscalizaba su ropa, le prohibía maquillarse y la llamaba a casa cuando calculaba que debía estar ya de vuelta. Tras cada episodio le pedía perdón, decía que no podía evitar sentir celos, que no quería perderla, que era todo para él.
Mientras iba viendo cómo el hoyo se ampliaba lentamente, no podía quitar de mi mente lo ocurrido en las últimas horas. Todo pasaba por mi cabeza y lo veía como en una película antigua. Sonido de cine y color sepia. Aún no había tenido tiempo de pararme a asimilarlo. Los hechos habían ido muy rápido. Me sentía como una marioneta a la que alguien manejara, como un soldado entrenado que ejecuta movimientos aprendidos casi por inercia, sin dar conscientemente las órdenes a su cuerpo.


Ella tomaba la píldora porque su situación económica no era aún estable como para embarcarse en más gastos, por mucho que le gustarán los niños, pero él se deshizo de todo un buen día, aduciendo que se preocupaba por su salud, que no podía ser bueno romper el ciclo normal del cuerpo y que pondrían cuidado desde ahora.

Un viernes salieron a cenar a un italiano cercano a casa. Ella era tan hermosa que, aun vistiendo sencilla, llamaba la atención fácilmente. Su melena caoba, su cuerpo voluptuoso, su sonrisa… no pasaban desapercibidos. Aquella noche, según entraron en la casa tras la cena, la arrastró a la cama a gritos, acusándola de flirtear con el camarero. Le cruzó la cara con sus manazas y le arrancó la ropa, excitado como nunca. Aquello fue una violación. La primera, pero se sucederían otras. A los tres meses quedó embarazada.

Durante el embarazo él pareció calmarse. Ella pensaba que había sido todo un mal sueño. Cuando quedaba poco para que naciera el bebé, tuvo que dejar de trabajar porque eran muchas horas de estar de pie con semejante barriga, y al poco nació Irina. El período de paz duró cuatro años, con ocasionales episodios violentos cada vez que él enfermaba de celos sin motivo. Ella procuraba darle gusto y centrarse en Irina, pero echaba de menos tratar con otros adultos y ampliar su mundo, que de nuevo se había reducido drásticamente. La crisis económica hizo que estuvieran faltos de dinero y él finalmente accedió de nuevo a que ella trabajara. Esta vez encontró trabajo de teleoperadora.
 

Llevaba horas allí y me di por satisfecha con el tamaño del agujero. Me dolían mucho las manos, y en ellas, la sangre se mezclaba con la suciedad. Caminé unos metros hacia el coche, que había dejado sobre una zona con hierba alta, en una pequeña área despejada de árboles. Se esperaba tormenta esa noche, y aunque mis huellas serían borradas e indistinguibles en el lodo, cuanto más facilitara la tarea, mejor. Abrí el maletero de la 'van', y respiré honda y profundamente. La colorida jarapa servía ahora de momentáneo manto mortuorio. La bajé del coche como pude. El pesado bulto cayó sobre mí del fuerte impulso que di para sacarlo. Me incorporé quitándomelo de encima con repulsión, y lo arrastré unos metros hasta el borde del hoyo agarrando el rollo por el extremo.
 

El carácter de él fue agriándose. Escaseaba el trabajo, y si no fuera por el sueldo de ella habría habido facturas impagadas. Comenzó a beber y a acusarla de engañarle, de tener aventuras con otros. Veía fantasmas donde no los había, y le hacía pagar a golpes la paz que conseguía después, cuando como un niño entonaba el mea culpa y lloraba. Ella resistía sólo por su hija, pero era conscientemente infeliz. Leía acerca de los malos tratos y sabía que debía denunciar, pero el miedo la tenía paralizada.

Irina ya iba convirtiéndose en una mujercita. Linda como su madre, alegre y pizpireta a sus doce años, a pesar del ambiente de hostilidad que a veces impregnaba la casa, no percibía lo que ocurría a su alrededor, porque su madre aguantaba y callaba en las noches en que tocaba paliza y humillación, y decía ser patosa y chocar con las puertas para justificar cada nuevo hematoma que cubría su cuerpo.

La relación entre padre e hija parecía normal. Entre semana, Irina estaba cenando o a veces ya durmiendo cuando su papi llegaba a casa. Los fines de semana, jugaba en su habitación, en su mundo imaginario, o salía al parque o a dar un paseo con sus padres cuando él estaba contento. En algunas ocasiones ella le observaba jugar con su hija, y se convencía de que parecía como los demás papás.


Deshice un poco el rulo para desenrollar la jarapa de modo que el cuerpo cayera dentro del hoyo. ¡Plof! Retumbó la pesada carga. Lo más difícil ya estaba hecho. Sacudí la alfombra con energía, y la metí en una bolsa de vuelta al maletero. Ayudándome con brazos, manos y pies, y con unas ramas a modo de escoba, reintegré la tierra a su lugar original. Me llevó bastante rato hacerlo, pero dejé la superficie todo lo lisa que pude, e intenté apisonarlo y que no quedaran marcas notorias alrededor. Regresé al coche, lo abrí y me senté en el asiento del conductor. Sacudí mis calcetines y me puse las botas que había dejado allí para evitar huellas innecesarias.
 

Una tarde Irina andaba en el salón con su madre y su adorada tía Lucía, hermana de su madre, la única persona en el mundo a la que ésta había confesado la realidad de su vida en esa casa. A Irina le estaban probando un vestido que Lucía le estaba haciendo. Él llegó de trabajar antes que de costumbre, e irrumpió de pronto en la escena. Se notaba que había bebido y entró al modesto salón dando voces y medio riendo, justo cuando la mamá de Irina le sacaba el vestido por la cabeza. Se paró y quedó inmóvil, mirando el cuerpo de la pequeña. Irina saludó feliz a su papá y cariñosa como era le saltó al cuello para darle un beso. Lucía captó la mirada de sus ojos sobre la niña y sintió un escalofrío, pero su hermana parecía tranquila. Se levantó para llevarse a la pequeña a la bañera, pues le había prometido a su sobrina bañarla y acostarla, pero él la frenó con el brazo diciendo que si quería la acostara, pero esa noche la bañaba él. Lucía se tragó los pensamientos que pugnaban por salir y le hizo caso. Al poco se despidió declinando la oferta de quedarse a cenar con la pareja. Durante la cena él estuvo bromeando con su mujer en plan patoso, acercándosele baboso por detrás mientras ella preparaba la cena e intuía ya que esa noche le tocaría "estar cariñosa", le gustara o no. Había aprendido a darle su cuerpo y enviar a viajar a su mente, y eso a veces le ahorraba golpes y violencia.
 

Me limpié las manos y cara con toallitas húmedas, puse el coche en marcha, y me alejé, justo cuando la lluvia empezaba a hacer su aparición. En unos minutos anochecería. Me concentré en la carretera y conduje tranquila. Aquella mirada fugaz y la mueca que la acompañó no se iban de mi mente. Ellas me hicieron comprender aquel día el peligro y sin embargo, sabía que no podía hacer nada, salvo estar atenta, hablar con mi hermana, hacerle ver que así no podía seguir y debía pedir asistencia y ayuda. Convencerla de que debía huir, salir de esa casa antes de que, incluso Irina, corriera peligro. Tuve muchas conversaciones con ella, pero le aterrorizaba la idea, y estaba tan afectada psicológicamente, que se engañaba a sí misma y no quería ver la realidad ni la posible amenaza para la niña. El aceptarlo tal vez la habría desquiciado sin remedio.
 

Quiso el azar que el sábado Lucía se acercara a casa de su hermana después de comer, a llevarle una preciosa jarapa que le había comprado en Portugal. Aparcó la van en el garaje anexo a la casa, como siempre hacía desde que vendieron su coche hace años. Bajó del auto y salió para subir los escalones hacia la puerta de entrada y llamar. ¡Ding, dong! Nada. Esperó un par de minutos y llamó de nuevo. Oyó pasos cansinos al otro lado de la puerta. Abrió su cuñado con cara somnolienta. La dejó pasar al tiempo que le explicaba que su mujer e Irina estaban en un cumpleaños de una compañera del colegio. Lucía le dio dos besos. Apestaba a coñac. Le decía, aún tambaleándose un poco, que se había quedado dormido en el sofá. Ella, un poco turbada por encontrarle solo, le explicó el motivo de su visita, y pareció encantado. La pondría en el cuarto de Irina, le dijo. Le siguió hacia la puerta que comunicaba la cocina con el garaje para buscar la alfombra, que había guardado en el maletero. Él la abrió y le dejó pasar, poniendo la mano en su cintura. “¡Qué guapas os ponéis las mujeres en verano!”, dijo de pronto. “La verdad es que tengo una cuñada preciosa. No sé cómo es posible que no tengas novio”. Ella ignoró sus comentarios y mientras abría el maletero y sacaba la alfombra, él la agarró desde atrás, poniendo las manazas en sus tetas y llenando de babas su cuello. Lucía giró bruscamente para separarle, y él buscó el escote con su boca, sujetándola por la cintura. Forcejeó para zafarse de él, pero era más fuerte que ella y la tenía atenazada. "Debes estar hambrienta si no tienes hombre, cuñada. No seas tonta", le decía sin soltarla. En sus intentos por echársele encima giró, pegado a ella, y la reclinó sobre el tablero donde tenía algunas herramientas. Estaba sobre ella, como un animal salvaje, tapando su boca y bloqueándole el brazo derecho, subiéndole el vestido y arrancando sus bragas, jadeando de excitación. Ella usaba su brazo izquierdo y le golpeaba e intentaba defenderse, pero no podía. La violación era inminente. Tanteó con la mano izquierda y topó con algo sólido. En el giro le había parecido ver un pisapapeles. Lo agarró con fuerza, respiró hondo, cerró los ojos y le asestó un golpe en la sien con todas sus fuerzas. Cayó inerte sobre ella al instante. Se lo quitó de encima y fue a parar al suelo, sobre la alfombra. No había sangre. No respiraba. Estaba muerto. No se paró a meditar. Como una autómata, lo envolvió haciéndole rodar por el suelo y con energía que debió sacar de la rabia, del ultraje, del miedo, de tantos años sin actuar..., lo metió en el maletero de su coche, puso en marcha el motor y huyó.



Era un camino poco transitado. No me crucé con nadie a mi regreso a la ciudad. El silencio me oprimía y puse música, aunque no prestaba atención a lo que sonaba. Conduje concentrada en la carretera decenas de kilómetros. Me acercaba ya al puente. Aminoré la marcha, y me detuve. Baje del coche y me acerqué al borde del puente con el pisapapeles en la mano. Lo lancé al río lo más lejos que pude, al tiempo que musitaba "Laura,... nunca más... Ahora eres libre..."


martes, 3 de mayo de 2011

Hippie Love?

—Mamá, ¿qué te pasa estos días? Te veo tristona.

—Nada, hija —dice distraída.

—No, —dice meneando la cabeza muy seria—, ¡tsché, tsché!…, no digas eso de nada, como hacen en las pelis, que dicen nada y luego se lía parda. Dime,… ¿qué tienes?

—Nada, hija, de verdad. —Hace una pausa, como sopesando si hablar o no—. Estoy un poco plof como tú dices.

—Pero ese estar plof se deberá a algo, imagino. Anda, —dice tomándola del brazo—, vamos a la cocina, nos preparamos un rico té y unas galletas, y nos vamos al sofá a charlar tranquilamente.

Se lleva a su madre a la cocina y, mientras una prepara el té, la otra dispone en una bandeja servilletas, las tazas, el azúcar y un plato con toda suerte de galletas y media tarta de queso que sobró del día anterior. Entretanto hablan de los planes para el verano, que asoma ya, y que les va a pillar sin apartamento donde ir como no se decidan pronto por un destino.


—Ya conoces a tu padre. Le preguntas y se encoge de hombros, diciendo que le da igual, pero luego es el primero que, sin haber colaborado, pone todo tipo de pegas. Y es que ya cansa, nena. Lo pasamos genial aquel año en Moraira. ¿Te acuerdas? Si te digo la verdad, yo repetiría.

—Pues pasa de él, mam. Llama y alquila, que yo al menos unos días me uno a vosotros, y cuando esté hecho se lo cuentas. Le dices que lo he decidido yo.

—En fin…

—Sí. En fin… Bueno, al salón, que está todo listo, y me están entrando ganas de hincar el diente a esa tarta, que aún no la he probado, y es mi favorita.

—¡Qué tragaldabas eres, hija! ¡No sé dónde lo echas!, la verdad.

Llevan la merienda al salón y se sientan cómodamente. Se sirven el té, y empiezan a dar cuenta de las viandas.

—Supongo, de todas formas, que eso de las vacaciones no es lo que te hace estar así, como apagada, con lo luminosa y positiva que tú eres siempre.

—No, no es eso. Claro que no. Es… no sé ni cómo decirlo, porque no es algo concreto, es una sensación de tristeza porque ya no es como antes.

—¿Te refieres a ti y a papá?

—Sí. Tú sabes que adoro a tu padre, y él a mí. No imagino la vida sin él, la verdad. Pero se ha vuelto cada vez más solitario y casero. Ya no gusta de salir tanto o hacer planes los fines de semana. Se pone a leer o a ver su bendito fútbol y yo me siento sola. Charlamos menos, porque está concentrado en el libro o en el partido de turno,… y del sexo,… ¡ja!, ¡para qué te voy a contar! Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez.
 

—Mam, te lo digo siempre. Tienes que buscarte tus propios hobbies. A ti con lo que te gusta ir al cine, a bailar, a cenar, a la sierra… ¿No tienes amigas o amigos con los que ir?

—Huy, amigos dice… Pero nena, ¡¿cómo voy a ir con otros?!

—Mamá, no me seas antigua, por Dios. ¿Qué hay de malo en ir a cenar con un amigo? ¿Por qué lo ves razonable si vas con Lara pero no si vas con Jaime?

—Hija, no creo que a tu padre le gustara. A mí tampoco me gustaría que él cenara con otras.

—A ver… papá es el que no sale a cenar, porque prefiere cenar en casa. Si saliera a cenar con otras y no contigo, sería raro tal vez, pero es que en este caso tú sí quieres salir. ¿No crees que si te quiere querrá verte feliz y que lo pases bien? Sea yendo de compras, al cine o a bailar. ¿Por qué habría de estar celoso?

—Si entiendo lo que dices, pero no sé… Esas moderneces tuyas…

—No, mam, es sentido común. Para mí, el que dos personas se quieran, no significa que hagan todo juntas. Si a ti te gusta… eehhhm… ¡qué sé yo!... ¡bailar!,... y al otro no, ¿vas a estar condenada a no bailar de por vida? No me parece ni medio bien. Sales, bailas, te diviertes, y llegas a casa ¡feliz!, y papá tan feliz de haberse concentrado en la novela a sus anchas.

—Suena fácil en tus labios, pero me parece peligroso.

—¿Por? —pregunta dando un bocado a la tarta.

—Sencillo. Si empiezo a frecuentar más la compañía de amigos y amigas que habitualmente no veo, crearé de nuevo lazos con ellos, y tal vez tu padre se sienta excluido.

—Se puede autoincluir en cuanto quiera. ¿Y cómo te sientes tú con respecto al fútbol o a sus lecturas? Por mucho que te invite a ver el Madrid-Barça con él, no te va nada, y la excluida eres tú, y no porque él te excluya, ¡lo haces tú! Decides que no es lo tuyo y pasas, y haces bien, porque no te apetece.

—Sigo pensando que es peligroso. Si creo lazos con otras personas sin estar tu padre, pueden convertirse en lazos fuertes, hasta amorosos diría yo. Y tú sabes que mi amor es tu padre.

—Lo sé, si no hay más que veros. ¿Pero propones encerrarte y no relacionarte para no caer en la tentación? Los lazos de los que hablas son algo perfectamente normal. El corazón humano tiende a expandirse. No es idea suya eso de que el amor se dé sólo entre dos. Es un órgano generoso. El amor no se gasta, siempre hay más para dar. Y cuando existe un lazo es normal que te apetezca abrazar, besar, y llegado un punto hasta hacer el amor con otras personas, mamá. Es esta sociedad la que ha establecido que nos juntemos en parejas y criemos niños, porque de otro modo sería un caos. Pero los sentimientos y apetencias hacia otros están ahí, son un hecho. No nos anulan esa facultad con una vacuna cuando nacemos. En cuanto hay fisuras, surgen esas ganas, y aunque te unas a una pareja y todo esté cubierto al principio, a la larga es difícil de mantener, porque cambiamos, nos hacemos más raros y más egoístas. En el fondo sabes que es así, y por eso dices que no te gustaría que papá se fuera a cenar con otra mujer. ¿No confías en él?.

—Sí, claro que lo hago.

—No confías en ti entonces, en poder retenerle. Crees que si sale de vez en cuando con una amiga a cenar, porque a ti no te apetece, se creará un vínculo entre ambos y temes que tal vez una noche, se dé el momento en que haya algo más. ¿Y qué si es así? Se le da demasiada importancia al sexo, porque si lo piensas, es justamente el sexo el que te está frenando y hace que desestimes lo de salir con Jaime, por ejemplo, al cine, cenar o tomar una copa.

—Tal vez tengas razón, y haya algo de cierto, pero es que si tu padre tiene roces por su lado y yo por el mío, ¿qué sentido tiene que estemos juntos? ¿Para esto nos casamos?

—Mam, casados o arrejuntados, me da igual que me da lo mismo. Creo que dos están juntos porque se quieren y quieren compartir muchos instantes de sus vidas, pero no necesariamente todos, por aquello de los diferentes gustos, hobbies y aficiones, que opino que vienen bien y son siempre enriquecedores. Por supuesto es maravilloso cuando el amor dura y se hace más grande con el paso del tiempo, pero lamentablemente no ocurre siempre así. Dime..., ¿por qué sigues con papá?

—¡Pues porque le quiero, hija! Me hace reír con sus ocurrencias a lo largo del día, es tierno conmigo, me abraza por las noches y sigue llamándome ‘peque’, me gusta conversar con él, es inteligente… Es, en definitiva, un compañero maravilloso. Es sólo... tal vez, que le echo de menos en ocasiones.

—Yo creo que si quieres a una persona, es lógico que quieras disfrutarla, pero no puedes atarla y reservarla en una jaula sólo para ti, has de dejar que vuele y sea feliz haciendo otras cosas aunque tú no participes en ellas. Y si amas de verdad, te hará feliz ver al otro feliz. ¡Qué posesivos somos, joder! El amor no es posesivo, mam. Se trata de tener confianza en ti y en el otro. Si lo pasa bien con otras personas no por ello te va a querer menos. Y, además, si a fuerza de tener ‘roces’ como tú dices, uno de los dos descubre que quiere algo más serio con esa otra persona, c’est la vie! Tal vez eso saque a la luz que la relación no era tan buena como parecía y se había tornado en rutina, costumbre y miedo a la soledad más que en amor. Ahora, ¡allá cada cual! Los hay que prefieren cerrar los ojos y ser medio felices.

—Creo que no valgo para hacer eso que dices, y tu padre tampoco. Nos hemos educado con otras ideas y tú lo ves todo muy hippie, hija, muy de ir con flores en el pelo y clamando por el amor libre y esas cosas, pero eso no encaja con nosotros.
 

—Jajajaja, mamá,... por favor, no lleves las cosas al extremo. Empecé diciéndote que salgas más, aunque papá no lo haga. Puedes hablar con él, decirle lo que te pasa, y atacarle por la noche en plan tigresa. Tal vez él esté también un poco aburrido y por eso se refugia en la lectura y el deporte, pero aun así, porque le conozco, creo que él saldrá muy de vez en cuando, justo como hace ahora, porque es más casero. Si tú necesitas hacerlo con más frecuencia o hasta apuntarte a clases de tai chi, hazlo. Y si estás temerosa, más me huelo que es porque tienes miedo de ti misma. Temes caer en los brazos de algún amigo de esos atractivos que tienes, y estando falta de sexo ¡ya ni te cuento!. Además, que te estoy hablando de salir por ahí. No te he dicho que eches un polvo y se te quitarán todos los males, ¿verdad?, te hablé de planes inocentes y normales... Si tú no lo ves con inocencia, y me estás mirando con esa cara, me da que es porque se te ha pasado alguien por la cabeza en alguna ocasión, por mucho que quieras a papá. Ya te dije que es lo normal. Somos humanos… —Se queda pensativa un rato, y prosigue: —Cuando he mencionado a Jaime antes,… ¡sonreíste!… Y, ahora que lo pienso…, —dijo enarcando una ceja—, Jaime veranea en Moraira…

—Hija,…, —se detiene unos segundos, como dudando entre seguir o callar—. Verás…, déjame contarte una historia…

Y el té se acabó, y la tarta, y casi las galletas con el segundo té que hicieron, pues la conversación siguió, siguió y siguió por dos horas más…
 

viernes, 4 de marzo de 2011

Green Eyes

El viento le golpeaba en el rostro y el aire frío le cortaba la cara, que intentaba proteger a duras penas subiendo el cuello de la chaqueta. Sólo a él se le podía haber ocurrido salir tan poco abrigado. Aunque la temperatura fuera agradable cuando salió de casa por la mañana, sabía de sobra que aquí el tiempo cambia al minuto y había oído las previsiones en la radio mientras se duchaba. Es cierto que no sospechaba entonces que iba a tardar tanto en regresar de vuelta a casa, y pensó que un jersey de cuello alto, un vaquero, las Panama Jack y una chaqueta de entretiempo eran más que suficiente. Había salido a tomar unas cervezas y comer con unos amigos, pero de eso hacía horas. Era casi la una de la mañana, y volvía refugiándose en los parapetos que el camino ponía a su paso, atisbando en los cruces por si pasaba algún taxi, agarrándose el cuerpo en un abrazo que le permitiera abrigarse. Tenía las orejas y la nariz congeladas, o eso creía, porque el frío no le dejaba sentirlas. Parecía imposible que unas horas antes cada fibra nerviosa captara placer. ¡Qué historia tan extraña! Y estaba seguro de que si lo contaba no le iban a creer. Las voces y los susurros aún le rondaban la mente.

Según salió del restaurante y se despidió de sus amigos, un coche paró a su lado. Conducía una pelirroja atractiva, y sentada a su lado, una asiática le preguntaba por una dirección. Intentó explicarles en su mejor inglés cómo llegar, pero en vista de que no se entendían, terminaron por invitarle a subir al auto y guiarlas al sitio. Significaba salir de la ciudad y conducir durante una hora. Se dijo a sí mismo que estaba loco, porque luego tendría que volver, pero algo en su interior le empujó a la aventura. Al cabo de un buen rato llegaron a una casa al borde del mar. El viento azotaba con fuerza, y agradecidas le hicieron pasar a tomar una copa de vino y calentarse. Por fuera era la típica casa de la zona, con la madera un poco descuidada, pero por dentro era acogedora y cautivadora. Amplia, espaciosa, originalmente decorada, llena de pequeños detalles diseminados aquí y allá, que junto a la mezcla de colores y olores, dotaban al conjunto de un toque de cuento. Pasaron al salón, donde la chimenea estaba encendida, y se sentó en un amplio sofá color marfil junto a la pelirroja. La asiática abrió un Zinfandel y sirvió tres copas, con mano y muñeca expertas, dando el giro justo para no derramar ni una gota de vino.


Al cabo de media hora, charlaban y reían los tres y se sentía totalmente relajado, casi flotando. Tal vez era efecto del vino, tal vez de la música que sonaba y que no fue consciente de cómo o cuándo conectaron, tal vez eran los ojos verdes de la pelirroja, que le miraba como leyéndole el alma, tal vez los negros de la asiática, que parecían anticiparse a cada deseo que le pasara por la mente. En determinado momento, le cogieron de la mano y le llevaron a una habitación que había en el primer piso. Era casi tan grande como el salón. Le desnudaron despacio entre las dos, recreándose en cada prenda, doblándolas cuidadosamente y colocándolas en una chaise longue. Él se dejaba hacer. No habría podido resistirse. Tenía la voluntad anulada. Le condujeron desnudo al baño contiguo, donde los espejos estaban empañados por el vapor que despedía un burbujeante jacuzzi. ¿Cuándo habían abierto el grifo y vertido sales, espumas y aromas? ¿Cuándo habían encendido las velas blancas y rojas que había diseminadas por la estancia? Le hicieron entrar en el agua, y se unieron a él en cuanto se despojaron de sus ropas. Entre las dos le bañaron y masajearon todo el cuerpo. Se sentía mareado, pero feliz. Cuando dieron por finalizado el baño, ellas salieron del agua y se secaron mutuamente, con sublime delicadeza. Después salió él y le envolvieron en un albornoz. Pasaron a la habitación, y le hicieron tumbarse en la cama, desnudo de nuevo, y le vendaron los ojos. No definiría como sexo lo que hubo, porque no sabría explicar qué ocurrió, pero cada poro de su cuerpo exhalaba placer. Sintió labios y manos por todas partes, sintió un cálido aliento en todo el cuerpo, sintió en ocasiones cómo su cuerpo se retorcía en un escorzo imposible por alcanzar un clímax interminable que se repetía una y otra vez. Su cuerpo notaba un vigor y fuerza desconocidos hasta entonces, pero pedía hambriento más. Y tenía más. Y más...

Debió desmayarse, porque no recuerda bien que pasó. Se despertó exangüe y agotado en la estación al oír entrar al tren. Cómo había llegado ahí, era un misterio. Estaba vestido, tenía su cartera, no le faltaba nada y no parecía estar herido. De hecho, no le dolía el cuerpo, sólo estaba muy cansado, pero tremendamente tranquilo. Eran casi las once y media de la noche. No podía pensar con claridad, pero supo que si tomaba el tren estaría en North Station en apenas media hora. Subió al vagón y pagó el billete una vez dentro. Su cabeza era un desorden de pensamientos; su cuerpo un caos de sensaciones. Las imágenes, los sonidos, las voces y risas, la música, el tacto de manos suaves, el roce de bocas húmedas... todo se arremolinaba en torno a él y le transportaba a un mundo desconocido. Durante el corto trayecto se mantuvo inmóvil, con los ojos cerrados, como reteniendo lo vivido antes de que se esfumara. Bajó del tren y salió a la calle. Había bajado mucho la temperatura desde esa mañana. Caminó a buen paso por Canal St, aspirando grandes bocanadas de aire, a pesar del frío que le traspasaba los huesos. Necesitaba despejarse.

Ahora, cuando apenas quedaban dos cuadras para llegar a su casa, caía en la cuenta de que no sabía sus nombres, ni tenía sus teléfonos. Se resistía a dejarlo pasar como si nada. Había sido increíble, como también lo fue la forma en que se deshicieron de él. Necesitaba hablar con ellas, verlas, saber... Se metió en la cama exhausto tan pronto entró en su piso, y durmió de tirón hasta las diez. Al principio pensó que lo había soñado, mientras en la ducha las escenas desfilaban una y otra vez por su mente, pero ya vestido, al coger la cartera cayó un papel. Leyó en él la dirección de la casa. ¡Lo recordaba! La había anotado antes de entrar, mientras ellas aparcaban y abrían la casa.

No lo pensó dos veces. Sacó el coche del garaje en esa mañana gris y condujo sin pausa, con la esperanza de encontrarlas aún allí. No necesitaba el GPS, recordaba el camino perfectamente. Llegó a Salem, y sin mucho problema localizó la casa. Se veía diferente a la luz del día. Se acercó con cierto nerviosismo y agitación. Llamó a la puerta y esperó. Nada. Volvió a llamar y esperó unos minutos. No vió el coche en que había montado el día anterior. Parecían haberse esfumado. Dobló la esquina y decidió asomarse a las ventanas y curiosear. Donde la noche anterior estaba el imponente sofá blanco, logró vislumbrar dos sillones junto a una mesa baja y una lámpara encendida. Era un salón diferente por completo. Estaba seguro de que ésa era la casa, ¡sin duda! Atónito y perplejo como estaba, no había oído abrirse la puerta de la casa, ni una voz que preguntaba ¿quién es usted? Desanduvo sus pasos y fue hacia la puerta. Una anciana, de rostro amable le miraba. Le explicó que buscaba a dos amigas y las describió. La anciana le dijo que allí no vivían y que no conocía a nadie así en la zona. Se deshizo en excusas y volvió a su auto, aún reacio a darse por vencido, pero no tenía más datos, y no podía ir puerta por puerta, así que enfiló de nuevo el camino hacia Boston. Sin duda debía estar loco, o borracho el día anterior. Tal vez bebió demasiado en la comida y no lo recordaba. Tal vez había soñado todo. Intentó concentrarse en la conducción, pero una imagen le venía a su mente sin poder evitarlo... los increíbles ojos verdes de la anciana, que aún, mientras se alejaba, notaba fijos en él... Salem... "¿Brujas?", —pensó—. Se rió internamente de su ocurrencia y desechó la idea de su cabeza con un ademán... "¡Tonterías!", —se dijo—. Y esta vez volvió a reír en alto...


Mientras él se alejaba camino de la ciudad, la anciana entraba de nuevo en la casa. De camino al salón, se detuvo un instante en el aparador de la entrada, donde reposaba una foto que tomó nostálgica. En ella se veían dos jovenes bellísimas: una pelirroja de ojos verdes y una asiática de profundos ojos negros. Devolvió la foto a su lugar y se ajustó unos mechones que se habían desprendido de su recogido. Una voz preguntó desde el salón:

—Sarah,... era él, ¿verdad? Poco ha tardado en volver.

—Te lo dije, Lynn —respondió la anciana acercándose al sillón y añadió riendo como una niña: —Y a punto he estado de invitarle a tomar un té. Pero,... te aseguro que volverá en menos de un mes.

—¡Ooooh! Está visto que eres una bruja incorregible. ¡A tus años! —replicó sonriendo su amiga, una anciana de rasgos orientales e insondables ojos negros.

—Hechicera, querida... siempre he preferido que me llamen hechicera.

jueves, 20 de enero de 2011

Longing For A Kiss

Tenía calor, aburrimiento y ganas de hacer locuras. La tele era un rollo, y aunque tenía provisión de series, pelis, libros, música y juegos, le apetecía compañía. Hacía mucho que en su vida no había aventuras, de esas que cuentas a las amigas más íntimas entre risas y que las hacen tildarte de loca, de esas que te hacen ir a la cama con el guión para los sueños ya escrito, porque llenan tu mente todo el tiempo, de esas que te tienen con la sonrisa permanentemente dibujada, los ojos brillantes y los pies a escasos centímetros del suelo...

Tenía ansía de besar, de recorrer otro cuerpo humano con la boca, y de ser besada y acariciada, de sentirse morir de placer febrilmente, de estar al borde del desmayo en pleno éxtasis, de acurrucarse después o de acurrucar al otro, que tanto placer da una cosa como otra.

Pero las aventuras no surgen cuando tú quieres, no es de esas cosas que aparezcan por el mero hecho de chasquear los dedos o desearlas fervientemente apretando mucho las neuronas como conjugando un sortilegio. Decidió, no obstante, que necesitaba salir, tomar el aire, dar una vuelta, ver otras caras. La pereza no trae nada bueno, así que brincó del sofá de un salto, directa a la ducha. Se envolvió en el albornoz para secarse al tiempo que, parada ante el armario, pasaba sus ojos por las prendas intentando decidir. Pero no tuvo dudas. Eligió un vestido fresco y veraniego y un conjunto de ropa interior color berenjena. Se puso unas gotas de colonia de Té Verde aquí y allá, y como no le apetecía maquillarse en exceso, hidrató su piel, perfiló un poco sus ojos y finalizó dando un poco de brillo a sus labios ya en el ascensor.
 
 
Salió a la calle, y casi sin pensar, sus pasos la dirigieron a unas manzanas de distancia. Era una zona con varios restaurantes y bares, con un bulevar, animada a esas horas de la noche con los que aún no habían salido de vacaciones. Se sintió hambrienta y entró en un restaurante italiano. Pidió una copa de Merlot, mientras esperaba en la barra que se liberara una mesa. A su lado, dos mujeres y un hombre aguardaban también, mientras hablaban animadamente tomando unas cañas. Él era muy atractivo. No era de esos guapos como producidos en serie en una fábrica, perfectos pero sin gracia alguna, no. Era guapete sin pasarse, sonrisa encantadora, voz cálida y buen cuerpo. De ellas pudo ver que una era pelirroja y la otra morena. Mientras les conducían a la mesa y les veía alejarse, intentaba adivinar qué relación les unía. ¿Estaría saliendo con alguna de las dos? ¿Serían simplemente amigos? ¿Hermanos? Un minuto después fue ella la que era guiada a su mesa.
 

Casualidades de la vida, su ubicación estaba muy cerca de la del trío, y aunque no tanto como para escuchar de qué hablaban, sí veía perfectamente la cara de él y a ellas de espaldas. Lo dicho: attractive and cute. Sacudió la cabeza como para alejar ciertos pensamientos y desviar su mirada del grupo, e intentó concentrarse en la carta mientras degustaba su vino. Al poco llegó el camarero y ordenó provoleta, escalopines al Marsala y otra copa de Merlot. Yendo sola prefería optar por pedir el vino por copas más que por una botella que sabía no podría terminar. Paseó la vista por las otras mesas y decididamente el grupo más interesante era el trío, pero debía evitar estar pendiente, por educación, aunque la cosa no era fácil al estar sola y no tener nadie con quien conversar. Sacó el android del bolso, para entretenerse con el Angry Birds hasta el momento en que le trajeran su cena, que no se hizo esperar. Disfrutó de la comida, echando miraditas, ora al plato, ora al grupo, y alguna aislada al resto de la sala o al móvil, que permanecía mudo de mensajes, llamadas o chats imprevistos. Pasó de postre y pidió café. Resignada a volver a casa, pagó la cuenta, echó una última mirada al monín, cogió su bolso y decidió ir al baño antes de salir a la calle.

Había tomado tres copas de Merlot y notó al caminar que su mente estaba un tanto nublada. En el baño, abrió el grifo y refrescó sus muñecas bajo el agua fría. Secó sus manos y salió. No se había alejado aún ni dos pasos de la puerta cuando alguien la sujetó de la muñeca y la atrajo hacia sí. Lo siguiente que sintió fue un largo y dulce beso y una mano que la sostenía la barbilla. Abrió los ojos... La pelirroja estaba ante ella y le puso un dedo en los labios, mientras fruncía los suyos como en gesto de "ssshhhh, calla, no hables..." Se acercó más y le susurró al oído: "Déjame que te mime esta noche"... Y salieron juntas a desandar las manzanas que había hasta su cama.