Hundí la mano en mi pecho y arranqué con precisión quirúrgica la parte de mi corazón que te dedicaba. Ya no era roja y brillante, había perdido su lustre a golpe de discusión y desconfianza. Se había ido llenando de inquina y odio y me dije "¡Basta ya!". De no actuar rápido, corría el peligro de contagiar su negrura al resto y tenía que evitarlo como fuera. Aunque con miedo, actué sin dudarlo y me llevé un gran pedazo. Tras deshacerme de él, mi corazón quedó chiquitito y muy débil. Era tan solo una pobre sombra de lo que fue. Su latido era apenas perceptible. Necesitaba fortalecerlo y curarlo cuanto antes. Me lancé a alimentarlo con la pasión por las pequeñas cosas de la vida, esas a las que no prestamos mucha atención y que pasan desapercibidas junto a nosotros. A pesar de mis dudas iniciales, no me resultó difícil y al cabo de una semana mi corazón ya tenía mejor cara, y al mes cumplido, era casi continuo su vibrar por lo que me rodeaba. Siempre percibía algo que lo llenaba de alegría y lo fortalecía: un cielo azul limpio al abrir la ventana, una palabra reconfortante en un mensaje de voz, una sonrisa inesperada al pedir un café, una melodía maravillosa en un pasillo del metro, el guiño de la pícara Luna al llegar a casa... Eran pequeñeces, nimiedades podrás pensar, pero mi corazón engordó, engordó y engordó. Ahora su latido vuelve a ser fuerte y ha recuperado su ritmo. Pum pum, pum pum, pum pum...
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lunes, 16 de noviembre de 2015
jueves, 3 de septiembre de 2015
Soothing Sunset
—¡Hola! ¿Te importa si me siento aquí?
No me apetecía contestar, pero notaba sus ojos fijos en mí y los segundos pasaban.
—No —dije finalmente.
—¿Seguro? Según me sentaba me pareció intuir un gesto de fastidio por el rabillo del ojo.
Me volví hacia ella con una mirada de esas de clavar a la gente en el sitio.
—Pues veo que confías poco en tus intuiciones porque, a pesar de ello, te has sentado. Es más, lanzaste la pregunta estando ya casi sentada, con lo que no sé si pensabas levantarte en caso de haberte dicho que sí me importaba.
Ella no dijo nada, probablemente atónita tras una respuesta tan poco polite. Hice una pausa pensativo y proseguí.
—Yo estaba aquí tan tranquilo, a mi puta bola, tan jodidamente a gusto, y no entraba en mis planes tener ninguna conversación en estos momentos pero, ya que me diste pie, te diré que nunca entenderé por qué la gente hace estas cosas, por qué esa absurda necesidad de pegarse a otro. Lo mismo pasa en la playa. Tú llegas a una playa enorme y vacía, pones tu toalla, te tumbas a disfrutar del mar, del Sol, de la tranquilidad... Pues no. El Universo tiene otros planes para ti, porque a los pocos minutos ves venir a una pareja que, o mucho te equivocas, o viene directa justamente hacia ti, como si les guiará un GPS. ¡Zas!, ¡ahí los tienes! A menos de tres metros se descalzan y plantan sus toallas, felices y contentos, ignorando tu cara de incredulidad y fastidio. Actúan como si fuera la cosa más normal del mundo, como si el hecho de ponerse, ¡qué sé yo!, a cincuenta putos metros, fuera una situación peligrosa, no fuera a ser que necesitaran ayuda de un ser humano y no hubiera ninguno cerca. No, no. Tan lejos no. Vamos a pegarnos a ese chico. Así, si entramos a darnos un baño y nos ataca el tibupulpo podrá alertar a alguien, ¡o hasta socorrernos! —hice una pausa y proseguí—. Que cuando se trata de aparcar el coche en un parking casi vacío puedo entender que lo pongas cerca de otros por, digamos, ¿seguridad? No sé. Total, los coches van a estar calladitos. Pero, ¿en la playa? ¿En serio? Pues esto es igual, bonita. Teniendo metros y metros de paseo marítimo, y bancos y bancos vacíos que ocupar, eliges este en el que estoy yo. En fin...
Ella no dijo nada, probablemente atónita tras una respuesta tan poco polite. Hice una pausa pensativo y proseguí.
—Yo estaba aquí tan tranquilo, a mi puta bola, tan jodidamente a gusto, y no entraba en mis planes tener ninguna conversación en estos momentos pero, ya que me diste pie, te diré que nunca entenderé por qué la gente hace estas cosas, por qué esa absurda necesidad de pegarse a otro. Lo mismo pasa en la playa. Tú llegas a una playa enorme y vacía, pones tu toalla, te tumbas a disfrutar del mar, del Sol, de la tranquilidad... Pues no. El Universo tiene otros planes para ti, porque a los pocos minutos ves venir a una pareja que, o mucho te equivocas, o viene directa justamente hacia ti, como si les guiará un GPS. ¡Zas!, ¡ahí los tienes! A menos de tres metros se descalzan y plantan sus toallas, felices y contentos, ignorando tu cara de incredulidad y fastidio. Actúan como si fuera la cosa más normal del mundo, como si el hecho de ponerse, ¡qué sé yo!, a cincuenta putos metros, fuera una situación peligrosa, no fuera a ser que necesitaran ayuda de un ser humano y no hubiera ninguno cerca. No, no. Tan lejos no. Vamos a pegarnos a ese chico. Así, si entramos a darnos un baño y nos ataca el tibupulpo podrá alertar a alguien, ¡o hasta socorrernos! —hice una pausa y proseguí—. Que cuando se trata de aparcar el coche en un parking casi vacío puedo entender que lo pongas cerca de otros por, digamos, ¿seguridad? No sé. Total, los coches van a estar calladitos. Pero, ¿en la playa? ¿En serio? Pues esto es igual, bonita. Teniendo metros y metros de paseo marítimo, y bancos y bancos vacíos que ocupar, eliges este en el que estoy yo. En fin...
Ella escuchó cada palabra atentamente, acompañando mi discurso de un despliegue de expresividad facial completo, adecuado a lo que decía yo en cada momento: elevaba la ceja izquierda, fruncía el ceño, contenía una sonrisa, torcía el gesto, juntaba los labios en modo protesta... Al fin, cuando callé, tomó la palabra.
—¡Vaya! ¡Menuda verborrea para alguien que no pretendía conversar! Me has soltado todo un monólogo —replicó sin perder la sonrisa—. Muchas gracias por permitirme sentarme en este banco que, sí, a diferencia de bastantes otros ya tenía ocupante, tienes toda la razón. Lo que tú no sabes es que, a diferencia del resto, este es mi banco favorito. Veraneo aquí todos los años, y vengo aquí cada tarde desde el primer día de vacaciones hasta el último, y me siento a mirar el horizonte hasta que se esconde el Sol.
Era inconcebible no sentirse un ser despreciable por haber soltado la charla que vomité sobre criatura tan... tan... ¿angelical?, porque tras explicarme que siempre elegía ese banco, continuó así:
![]() |
| Sunset at Sea by Jan-Pieter Nap |
Era inconcebible no sentirse un ser despreciable por haber soltado la charla que vomité sobre criatura tan... tan... ¿angelical?, porque tras explicarme que siempre elegía ese banco, continuó así:
—Sospecho que has debido tener un día bastante feo, ¿me equivoco? Destilas mal humor por cada poro. Lo creas o no, soy muy buena escuchando —lo dijo con tal limpieza en la mirada que no pude por menos que creerla—. Si quieres me lo cuentas mientras lanzamos la vista relajada al horizonte, miramos el mar y dejamos que nos arrulle su murmullo de fondo. ¡Anda!, —dijo dándome un golpecito en la rodilla—, que te va a venir bien desahogarte, ya verás. Yo, por mi parte, te invito a que seas mi compañía en la puesta de Sol. ¿Te apetece?
Mi respuesta fue una sonrisa, una de las de verdad. No recuerdo cuánto llevaba sin sonreír así, pero me hizo bien. Me sentí de repente aliviado, afortunado de haberme sentado en ese banco de entre los muchos que poblaban el paseo y de tenerla ahora a mi lado. No pedía nada más que vivir el momento presente y ver al Sol jugando al escondite. Acepté su propuesta asintiendo y volví la mirada al mar.
Mi respuesta fue una sonrisa, una de las de verdad. No recuerdo cuánto llevaba sin sonreír así, pero me hizo bien. Me sentí de repente aliviado, afortunado de haberme sentado en ese banco de entre los muchos que poblaban el paseo y de tenerla ahora a mi lado. No pedía nada más que vivir el momento presente y ver al Sol jugando al escondite. Acepté su propuesta asintiendo y volví la mirada al mar.
—Es precioso, la verdad —murmuré aún un poco azorado por mi estupidez.
—Lo es —dijo dándome la mano—. Gracias por compartirlo conmigo.
viernes, 22 de mayo de 2015
The Pact
Es el momento de hacer una pausa en mi ajetreada mañana. Cinco minutos de ausencia no repercutirán demasiado en mi carga de trabajo. Además, me ha cundido bastante la semana y llegaré a presentar mi informe en la fecha prevista.
Me dirijo a la cocina sin pensarlo más, dispuesta a desentumecer un poco las piernas. Lo de estar sentada sin tenerlas cruzadas me cuesta horrores, y aunque las separo cuando me doy cuenta, a los cinco minutos ya he vuelto a las andadas. Con el humeante café ya en mano y sentada en el taburete, empiezo a trastear con el móvil. Reconozco que no sé estar sentada sin más, sin hacer nada, pensando tan solo, así que, tras revisar notificaciones variadas, decido asomarme a una de esas aplicaciones para conocer gente.
Estoy dada de alta en varias y, aunque tienen sus matices, al final son todas bastante similares. Estoy venga a pasar fotos de los diferentes candidatos que me ofrece la aplicación según el filtro elegido.
No.
No.
¡Hum! Tal vez...
No.
Ni de coña.
A ver... Amplío la foto un poco .... No.
No.
No.
¿Y este? Pincho el icono del perfil. Leo en diagonal los datos principales. Nada. Muy simple y muy bajito.
No.
¡Uf, por favor! Ni hablar. Menudo imbécil. Si es que a veces se sabe sin leer ni un dato.
No.
No.
No os podéis hacer idea de las fotos que la gente pone para, de algún modo, venderse. ¡Que es que son elegidas por ellos, eh! Que las han puesto voluntariamente y, digo yo (aunque a veces lo dudo) que han hecho un poco de selección previa, que se lo han tenido que pensar, vamos. Pero con un simple vistazo, e independientemente del aspecto físico, ya hay fotos que tienen el "no" por adelantado.
No.
No.
Nnn... ¡¡Espera!! A ver...
Miro las fotos restantes. No parecen falsas, aunque eso nunca lo sabes. Puede que no se trate de las fotos de un famoso, como hacen muchos, pero a veces, aunque reales, son de hace diez años o más. Pero... me gusta lo que veo de momento. Sonrío. Entro al perfil, a leer qué tiene que contar. No es muy extenso, pero no tiene faltas de ortografía y destila optimismo y vitalidad. Sonrío de nuevo. Este Just_Be —su nick en la aplicación— invita a dejarse llevar. Decido darle al "Sí", a ver qué pasa.
Termino mi café y vuelvo a la tarea. Quedan apenas un par de horas para salir de la oficina. No han pasado ni diez minutos cuando me llega el beep del móvil. Me asomo con curiosidad y compruebo encantada que he tenido un match con Just_Be y me ha enviado un mensaje.
Como ya tengo todo hecho, contesto a su mensaje y nos enfrascamos en un divertido y refrescante chat. Todo fluye natural. Me divierte y me excita. Me propone que nos conozcamos y, casi como un reto, sugiere que pasemos el fin de semana juntos, pero quedando en otra ciudad diferente a la nuestra. Me parece una idea sugerente que de pronto me conquista, y me encanta eso de dibujar un escenario en que ninguno de los dos sea el anfitrión. Me sorprendo a mí misma diciendo que sí pero también lanzo yo una propuesta por mi parte y le digo: "Encontrémonos en Barcelona. Y que no sea esta la típica cita. Libérate, no te midas, sé tu tú más real, actúa como si nos conociéramos de toda la vida, como si no tuvieras nada que perder, como si no te jugaras nada y al mismo tiempo haciendo que todo sea un juego. Hagámoslo lúdico. Si te atraigo y te gusto, trátame como si fuera la mujer más maravillosa del mundo. Si en un instante sientes amor o deseo, exprésalo, no te asustes y dale rienda suelta, solo mírame a los ojos y dime que me quieres, que yo no exigiré compromiso después. Quiero vivir el momento, este presente inmediato, y quiero que lo vivas conmigo. Riámonos, derrochemos caricias y besos, hagamos el amor como dos cuerpos hambrientos de placer, o con la mezcla de pasión y dulzura con que lo haríamos a la persona amada... Entrégate a mí al 100%, sin red, sin reservas, que yo haré lo mismo, como si ambos fuéramos dos náufragos perdidos en una isla desierta y no hubiera nadie más. Y quiero un pacto: tras el fin de semana, saldré de tu vida y no volveremos a vernos".
Él aceptó mi planteamiento, excitado y emocionado ante la idea de no tener que construir un personaje para gustar al otro. Nos encontramos en el aeropuerto y desde el minuto uno todo fluyó con magia. Tuvimos un fin de semana maravilloso, sin parar de charlar acerca de infinidad de temas, riendo en cada callejuela que la noche nos ponía delante, besándonos en cada portal múltiplo de siete, disfrutando al deshacer la cama pulcramente hecha, gozando el desayuno junto a la ventana viendo el mar,... Parecíamos dos chiquillos que han escapado de casa para vivir una aventura. Y la vivimos. Pero como todo lo bueno, el fin de semana llegó a su fin. El avión de vuelta aterrizó y nos dejó frente a frente intentando decirnos adiós.
—Ha sido el mejor fin de semana que he pasado en mucho tiempo —dijo rodeando mi cintura y acercándome a él—. Sabes que quiero volver a verte. ¿Querrás?
Me dirijo a la cocina sin pensarlo más, dispuesta a desentumecer un poco las piernas. Lo de estar sentada sin tenerlas cruzadas me cuesta horrores, y aunque las separo cuando me doy cuenta, a los cinco minutos ya he vuelto a las andadas. Con el humeante café ya en mano y sentada en el taburete, empiezo a trastear con el móvil. Reconozco que no sé estar sentada sin más, sin hacer nada, pensando tan solo, así que, tras revisar notificaciones variadas, decido asomarme a una de esas aplicaciones para conocer gente.
Estoy dada de alta en varias y, aunque tienen sus matices, al final son todas bastante similares. Estoy venga a pasar fotos de los diferentes candidatos que me ofrece la aplicación según el filtro elegido.
No.
No.
¡Hum! Tal vez...
No.
Ni de coña.
A ver... Amplío la foto un poco .... No.
No.
No.
¿Y este? Pincho el icono del perfil. Leo en diagonal los datos principales. Nada. Muy simple y muy bajito.
No.
¡Uf, por favor! Ni hablar. Menudo imbécil. Si es que a veces se sabe sin leer ni un dato.
No.
No.
No os podéis hacer idea de las fotos que la gente pone para, de algún modo, venderse. ¡Que es que son elegidas por ellos, eh! Que las han puesto voluntariamente y, digo yo (aunque a veces lo dudo) que han hecho un poco de selección previa, que se lo han tenido que pensar, vamos. Pero con un simple vistazo, e independientemente del aspecto físico, ya hay fotos que tienen el "no" por adelantado.
No.
No.
Nnn... ¡¡Espera!! A ver...
Miro las fotos restantes. No parecen falsas, aunque eso nunca lo sabes. Puede que no se trate de las fotos de un famoso, como hacen muchos, pero a veces, aunque reales, son de hace diez años o más. Pero... me gusta lo que veo de momento. Sonrío. Entro al perfil, a leer qué tiene que contar. No es muy extenso, pero no tiene faltas de ortografía y destila optimismo y vitalidad. Sonrío de nuevo. Este Just_Be —su nick en la aplicación— invita a dejarse llevar. Decido darle al "Sí", a ver qué pasa.
Termino mi café y vuelvo a la tarea. Quedan apenas un par de horas para salir de la oficina. No han pasado ni diez minutos cuando me llega el beep del móvil. Me asomo con curiosidad y compruebo encantada que he tenido un match con Just_Be y me ha enviado un mensaje.
Como ya tengo todo hecho, contesto a su mensaje y nos enfrascamos en un divertido y refrescante chat. Todo fluye natural. Me divierte y me excita. Me propone que nos conozcamos y, casi como un reto, sugiere que pasemos el fin de semana juntos, pero quedando en otra ciudad diferente a la nuestra. Me parece una idea sugerente que de pronto me conquista, y me encanta eso de dibujar un escenario en que ninguno de los dos sea el anfitrión. Me sorprendo a mí misma diciendo que sí pero también lanzo yo una propuesta por mi parte y le digo: "Encontrémonos en Barcelona. Y que no sea esta la típica cita. Libérate, no te midas, sé tu tú más real, actúa como si nos conociéramos de toda la vida, como si no tuvieras nada que perder, como si no te jugaras nada y al mismo tiempo haciendo que todo sea un juego. Hagámoslo lúdico. Si te atraigo y te gusto, trátame como si fuera la mujer más maravillosa del mundo. Si en un instante sientes amor o deseo, exprésalo, no te asustes y dale rienda suelta, solo mírame a los ojos y dime que me quieres, que yo no exigiré compromiso después. Quiero vivir el momento, este presente inmediato, y quiero que lo vivas conmigo. Riámonos, derrochemos caricias y besos, hagamos el amor como dos cuerpos hambrientos de placer, o con la mezcla de pasión y dulzura con que lo haríamos a la persona amada... Entrégate a mí al 100%, sin red, sin reservas, que yo haré lo mismo, como si ambos fuéramos dos náufragos perdidos en una isla desierta y no hubiera nadie más. Y quiero un pacto: tras el fin de semana, saldré de tu vida y no volveremos a vernos".
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| Barcelona by Nikola T |
—Ha sido el mejor fin de semana que he pasado en mucho tiempo —dijo rodeando mi cintura y acercándome a él—. Sabes que quiero volver a verte. ¿Querrás?
—Lo siento, —repliqué mordiéndome el labio y realimentando mi resolución mientras me separaba de él con suavidad—, no quiero sonar como una desagradecida, una arpía o una mujer sin corazón, pero buscaba justamente lo que he tenido. Algo perfecto, sin fisuras ni grietas. Momentos maravillosos que atesorar y revivir sin que el día a día los contamine.
Sonrió con cierta pena, pero no insistió. Era el primero que parecía entenderme. Le di un beso en los labios y me giré caminando hacia la parada de taxis, pensando internamente si no merecería la pena arriesgarse esta vez.
jueves, 9 de abril de 2015
Faking Fine
Voy
acelerada porque llego tarde a una reunión. Detesto la impuntualidad. El
ascensor va nutrido a estas horas. Contengo la respiración y me pongo de
puntillas sin darme cuenta, como si ello le hiciera ir más rápido. En cuanto se
abren mínimamente las puertas, salgo disparada cual gacela por la sabana,
derrapando con elegancia en la curva del final del pasillo. Sin que me dé tiempo
aún a tocar el pomo, se abre la puerta de la sala y te veo al otro lado. Sales
tú al tiempo que entro yo. Nos
sale con tanta coordinación que parece algo ensayado. Es como el giro de un vals. Me dan ganas de quedarme
ahí un ratito, bailando contigo, y olvidarme del resto. Nos miramos a los ojos y susurro
"¿Qué tal todo?". Un lacónico "Bien" es todo lo que me
brindas por respuesta, acompañado de una sonrisa que se dibuja en tu cara. La
sala me engulle con hambre y a ti te vomita con indiferencia.
La
reunión es de esas en las que distintas personas son convocadas a lo largo de
la mañana, cada una en su turno. Acabó el tuyo y comienza el mío. Mi compañero ya
está también en la sala y juntos hemos de dar soporte al departamento que nos
ha convocado para aclarar ciertas dudas. Alguien baja un poco la intensidad de la luz y comienzan a proyectar un PowerPoint. En esa inesperada penumbra que me regala el ambiente propicio, yo no puedo evitar pensar en ti. Sin darme cuenta mi cabeza ha saltado al
momento de nuestro breve encuentro. Lo tengo en la pantalla de mi mente y
necesito reproducirlo a cámara lenta, muy muy lenta, y observar.
Detengo
un momento el mundo que me rodea, me sumerjo en una burbuja que me aísla. Externamente
nadie lo advierte, mi mirada permanece atenta a la presentación, con la cabeza
ladeada ligeramente, pero internamente observo, simplemente, observo de verdad.
No digo mirar resbalando la vista líquidamente sobre el recuerdo que proyecto, haciendo que
se desparrame toda ella sobre tu imagen. No, no digo eso. Digo mirar de
verdad, volcándome en cada fotograma, atando el iris a la conciencia con una lazada y prestando
atención plena, captando cada detalle que no quiero que se me escape, analizando
esas pequeñas marcas, gestos y señales, —en tus ojos, en tu voz, en tu mano sobre el pomo o en la tensión de tu cuello—, microexpresiones todas que, tal vez
puedan parecer minucias, pero que en conjunto no lo son y me dicen muchas cosas.
Fue solo una palabra, modulada en un tono un tanto neutro. “Bien”, dijiste. Sin más. Ahora
ya lo sé. Tú no estás bien, cielo. Tú no estás bien. A ti te pasa algo... y me lo vas a contar.
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| Behind the mask there might be a different face |
jueves, 11 de septiembre de 2014
Hundred
Cierta noche de agosto, me hallaba yo sumida en mis pensamientos mientras remojaba mi cuerpo en la piscina para aliviar los calores del verano. Estaba en la parte poco profunda, tomando un refrescante mojito a la luz de la Luna, cuando la tranquilidad de la noche se vio interrumpida por la llegada inesperada de mi moonboy favorito: Kay. Como siempre, llegó radiante, dispuesto a contarme sus viajes e historias con Naya, la estrella errante.
—No te he hablado del planeta Hundred, ¿verdad? —preguntó, sabiendo que, solo con la pregunta, ya me tenía atrapada y con la boca abierta, dispuesta a deleitarme con sus aventuras.
Sin darme tiempo a responder, comenzó a relatarme que se trataba de un planeta de una lejana galaxia, aún no descubierta por los humanos. Me contó que el nombre se debía a que todos los habitantes vivían cien años exactamente, ni un segundo más, ni un segundo menos. Todos, sin excepción, disfrutaban de ese período con plena salud, sin malestares de ningún tipo, en perfectas condiciones físicas y mentales y que, llegado el momento, morían, sin dolor, como una llamita que se extingue lentamente y en silencio.
Desde que nacían se ponía en marcha el contador, y al alcanzar los veinticinco años, y nunca antes, les estaba permitido pararse en una edad y vivir el resto de su vida con ese aspecto. Solo podían hacer la elección una vez, y después no había marcha atrás. Desde ese instante, el paso del tiempo quedaba paralizado en lo que al aspecto del cuerpo, interior y exteriormente, se refería, todo deterioro se congelaba en una edad, y se vivía de ese modo hasta alcanzar los cien años. Esa decisión era a todas luces importante, y por ello, no estaba permitida antes de alcanzar los veinticinco años, para dejar que la mente evolucionara, la personalidad se formara y el individuo contara con cierta experiencia vital.
Ya estaba yo evaluando en mi mente en qué edad me plantaría yo, suponiendo, como bien me confirmó Kay cuando le pregunté, que la elección se hacía al alcanzar una edad, ni antes ni después, es decir, no elegías pararte en los cincuenta si todavía tenías treinta, pero llegado a los cincuenta, no valía retroceder y pararse en una edad menor.
Kay pasó un tiempo allí, recorriendo las ciudades y pueblos del planeta, y le llamó poderosamente la atención que todos los habitantes con los que se encontraba, podían considerarse jóvenes, todos habían optado por congelar su aspecto entre la edad mínima y aproximadamente los treinta y cinco, al menos a juzgar por el aspecto que mostraban.
Incluso para Kay, inmortal y eternamente joven como todos los moonboys, no dejaba de ser chocante y curioso. Desde ese momento, su viaje turístico por Hundred cobró una nueva dimensión y tuvo como meta encontrar a alguien algo mayor. No podía creer que nadie hubiera sentido la tentación de dejar que el tiempo siguiera su curso. Cuando casi había abandonado toda esperanza y cercana ya la fecha en que Naya pasaría a recogerlo para llevarlo a su Luna, encontró lo que buscaba: una pareja de ancianos. Una adorable pareja de ancianos, para ser más exactos: Elia y Noob.
Ninguno de los dos quiso parar el reloj y ya iban por los sesenta y siete. Nacieron en el mismo momento y llevaban juntos desde los veintitantos. Rodeados de amigos que se congelaban como si no hubiera otra elección posible, pensaron ¿por qué no seguir? Opinaban que plantarse en una edad era como anclarse en el pasado, como seguir mascando un chicle que ya ha perdido el sabor, como comer todos los días lo mismo y vestir siempre la misma ropa, como repetir un día eternamente, viendo exactamente la misma cara en el espejo cada mañana. Ellos decidieron vivir de verdad. Sabiendo que su salud sería completa hasta el final, les pareció que lo más sabio, inteligente y emocionante era disfrutar de los cambios que la vida y el paso del tiempo operaban en sus cuerpos, del mismo modo que gozaban siempre del cambio de las estaciones, de la llegada de la primavera tras el invierno, y del otoño tras el verano. Cada etapa les aportaba nuevos matices, nuevas vivencias. Envejecer juntos les hacía avanzar. Querían vivir la maravilla de sentirse diferentes cada día. Cuando Kay les preguntó por qué, cruzaron una deliciosa mirada cómplice y respondieron al unísono una sola palabra:
—Plenitud.
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