Mostrando entradas con la etiqueta Men. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Men. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de septiembre de 2014

A New Reality

Aquel día, —hoy lo sé—, abriste una puerta nueva para mí. Charlábamos apaciblemente, reíamos las ocurrencias que tenían nuestras mentes, estábamos conectados por las palabras. Algo cambió, sutilmente, y las palabras dibujaron imágenes vívidas, esparcieron olores, ofrecieron sabores a paladear, implicaron susurros y jadeos, unieron dos cuerpos lejanos. Entré de tu mano a un mundo desconocido, en el que, debo confesar ahora, sentía un poco de miedo. Me hallaba un tanto desubicada en él. Me sentía un poco tonta por no saber, me sentía observada y me incomodaba no haber estado antes en esa situación. Poco a poco, vencí mis temores iniciales guardándolos en un bote de galletas y amarré mis tabúes a un poste, para que no pudieran liberarse. Tan solo me dejé llevar. Primero, tus palabras me guiaban, dibujaban la escena, con tanta delicadeza y naturalidad que era fácil entrar en el juego. Luego fue tu voz, que me puso en un dulce trance.

—Estamos bailando. Lo sabes, ¿verdad? —dijiste en cierto momento.

Sí. Era un baile. Nuestro baile. Cerré los ojos. Todo tuvo sentido y dejé que tu voz me guiara por un laberinto de pasiones.

 

sábado, 30 de junio de 2012

Travelling Eyes

Tus ojos guían tus pasos por caminos empedrados, formados por bloques irregulares de piedras de distintos colores, suaves al tacto, pulidas por el paso del tiempo, gastadas por las pisadas de anteriores caminantes. Sus marcados contornos dibujan, sinuosos, una serpiente pétrea, con piel de cocodrilo, que repta  por la selva urbana abriéndose camino, tragando tierra y polvo, con rumbo fiel hacia una playa de aguas cristalinas, donde, a pesar de la sal, bebe y calma su sed. El mar juega allí a diseminar conchas en la arena, formando figuras imposibles. Percibes huellas de pies descalzos, de alguien que caminaba despacio. Son huellas nítidas y profundas, que se pierden borrosas en la lejanía. Siguiéndolas con la vista, descubres un velero a lo lejos, que pone una mancha blanca en el horizonte. Unas gaviotas rompen la línea azul del cielo y captan también tu mirada. Buscan comida y es su vuelo el que lleva a tus ojos a descubrir una pelota de playa, abandonada, olvidada tal vez en una presurosa huida. Ello te recuerda a tu huida. Ahora, tus ojos se asoman a tu interior, y recuerdas. Saliste de pronto, sin dejar una nota, sin dar explicaciones, ni siquiera a ti mismo. Hiciste acopio de tus principales efectos personales y algo de ropa y escapaste sigiloso como un ladrón. Huiste de una realidad que no te gustaba, o acaso no te era familiar y lo que tenías era miedo. Necesitabas respirar fuera del agua, emerger a la superficie y poder inhalar profundamente, llenar tus pulmones sin miedo a contaminarte, sin usar bombona de oxigeno.

Aún sumido en tus pensamientos, tus oídos captan el ruido de un motor. Un coche aparca cerca. Escuchas como se abren y cierran las puertas y al poco asoma un niño corriendo hacia la playa.

—Papi, ¡está!, ¡mi pelota está! —grita contento al tiempo que la hace rodar y la recoge con sus manitas, emprendiendo la vuelta al coche.

Y de pronto te das cuenta de que, sin ser consciente de ello, has estado deseando todo el tiempo que alguien la recogiera, que no quedara ahí abandonada, que aún existiera alguien que la echara de menos y la necesitara. Y echas a andar, al principio despacio, como ordenando tus ideas, pero tras unos pasos, deprisa, con ansia, y sales corriendo hacia tu coche, llamándote tonto una y mil veces.


Conduces con determinación, sintiendo que una presión, largo tiempo contenida, deja paso a una maravillosa calma. Realmente son pocos kilómetros los que tienes que recorrer. Solo paraste en la playa para que tus ojos fijaran ese mar en tu retina, para poder decirle adiós a una etapa de tu vida antes de emprender camino a un destino incierto. Aparcas rápido delante de la casa, buscas la llave que escondiste hace un rato bajo el felpudo y silenciosamente abres la puerta.

Tus ojos guían tus pasos por caminos de madera, formados por láminas de cerezo, cálidos al tacto cuando caminas descalzo. Te quitas los zapatos en silencio y avanzas por el pasillo. Miras el pequeño y familiar desconchón en la pared. Tus ojos topan con el frasco de cristal con la arena de tu playa y sonríes. Te quitas la ropa, la dejas en el sillón rojo del salón, y sigilosamente entras en el dormitorio. Los rayos de sol se filtran atrevidos, y en la penumbra ves a Irene, que aún duerme. Te deslizas a su lado sin dejar de contemplarla y la abrazas. El contacto de tu cuerpo la saca de su sueño y abre despacio sus ojos de gata. La besas dulcemente mientras tus ojos la aprecian en su completa belleza, presente incluso recién despierta, y se paran en los hoyuelos que asoman cuando ella te sonríe al darte los buenos días. Ya sin miedos, sin bloqueos, sin mentiras, tus labios pronuncian por vez primera dos palabras:

—Te quiero.

domingo, 10 de junio de 2012

A Kiss

Beso matinal, justo después de que el despertador nos arranque de nuestros sueños. A veces es rápido, un mero juntar los labios, que hay prisa; otras, incluso es lanzado al aire, pues no hay tiempo para más. Ya me desquitaré, y mucho, el fin de semana.

Beso sabor desayuno, cuando me pillas dando buena cuenta de una tostada y, tras dar un sorbo a mi café, te despido antes de que salgas raudo a la oficina, que en breve saldré yo.

Beso virtual, por teléfono, chat, email o whatsapp, para todas esas veces en que comunicamos a lo largo del día, cuando charlamos para hacer planes o hacernos una consulta.

Beso de llegada a casa, dulce, reconfortante, con sabor a magdalenas caseras, a chocolate a la taza, a vermouth con rodaja de limón, a bizcocho de limón y tarta de manzana,... a hogar. Si me pillas de pie, lo acompaña un abrazo, porque me encanta que rodees mi cintura y hundirme en tu cuello, y de paso soltar más besos por ahí por donde mi boca va hallando tu piel.

Beso porque sí, de esos que ocurren a lo largo del día, en casa o fuera de casa, por algo que has hecho y me tienta a lanzarme a tu boca, por una canción, por una escena de una peli, en respuesta a una sonrisa que me regalas... ¿qué más da el motivo? Lo importante es el beso, que se materializa, que se saborea, que se disfruta.

Beso de pasión, juguetón, salvaje, húmedo, de mimo, de aventura, de quiero más, de me muero y me mueres, de te amo, de lujuria, cuando damos rienda suelta a nuestros deseos y dejamos que sean nuestros cuerpos quienes hablen.

Beso de buenas noches y dulces sueños, tierno, suave, que me ayuda a dormir porque me llevo tu boca a mi sueño, y eso me ayuda a darte un papel principal en él, y a tener tus labios a mi antojo y hacer con ellos y contigo lo que quiera, que para eso es mi sueño y la directora, productora, guionista y actriz principal soy yo :)

A kiss, every time different, always a pleasure!

domingo, 20 de mayo de 2012

The Date

Ufff... ¡no llego! Me entretuve demasiado haciendo tiempo en el sofá, y ahora voy con la lengua fuera. Y luego encima no sabía qué ponerme. Me probé mil y una cosas, indecisa, descartando unas y otras por sosas, atrevidas, demasiado formales o demasiado sport. Luego vino el intentar cubrir estas ojeras y hacer magia para lucir mejor cara de la que realmente tengo, ¡bendita cosmética! Y, claro, ahora ya he de descartar ir en Metro. Si fuera directo todavía tendría opción, pero teniendo que hacer dos transbordos, no way!. Descarto el coche, que aún hay mucho tráfico y allí no hay quien aparque. Decidido: iré en taxi.

Salgo a toda carrera de casa, y me acerco a la avenida, donde espero parar un taxi en menos de dos minutos. ¡Qué suerte! Veo uno libre en el semáforo. Doy rápidas zancadas y llego a la siguiente esquina haciendo una seña para que pare. ¡Salvada! Le doy la dirección y me hundo en el asiento a intentar relajarme durante el trayecto. Pero mi cabeza es un torbellino, y me noto tensa, nerviosa. He quedado con un tío al que no conozco más que de verle en una foto y habernos intercambiado unos cuantos mensajes y varios emails, y me atrae, me parece interesante, lo cual me tiene nerviosa. Pero más vale que me tranquilice, que si no, voy a llegar histérica. Me hundo más en el asiento del taxi, pegando bien la espalda y recostando la cabeza, y de pronto caigo en la cuenta, mirando al taxista desde atrás y con disimulo por el espejo retrovisor, de que podría tratarse de @simpulso, el twittero taxista, escritor y viceversa. No he podido ver el taxi por detrás para ver si lleva el cartel de nilibreniocupado (blog que os recomiendo), y no he visto más que un par de fotos suyas como para saber con certeza qué pinta tiene, pero,... ¿quién sabe?, podría ser.

Sería una situación curiosa. Reconocerlo y no decir nada. Y escribir un post a partir de lo observado desde el asiento de atrás. Encontrarse en la posición opuesta a la que él siempre toma. Si de verdad fuera él, ahora sería yo la que lo estaría analizando e intentaría saber si él, a su vez, me está estudiando para escribir, tal vez, un post a mi costa. Pero no, definitivamente no es, porque mi conductor tiene una virgen en el salpicadero y al lado una banderita de España, y apuesto a que él no lleva nada de eso. Aun así, tal vez por inercia, sigo observándolo. Suenan las noticias en la radio. Malas, para variar. Se quita las gafas de sol. A través del espejo veo su ceño fruncido y su mirada, muy seria, concentrada en los carriles de la M30, donde el tráfico aún es denso. Apaga la radio y pone música tirando de su iPod. Suena Buena de Morphine. Los sonidos del bajo inundan la atmósfera del taxi y resbalan por la tapicería. Me pierdo un momento en mis recuerdos con los ojos cerrados. Cuando los abro, le pillo mirándome a través del retrovisor, sonriendo con los ojos. Desvía rápido la mirada, y desde ese instante retomo mi estudio a su persona a hurtadillas.

Debe tener unos 37 años. Tal vez más. Lleva el pelo muy corto, con las patillas largas. Simulando acoplarme bien en el asiento, me muevo un poco para alcanzar a verle la cara entera. Lo logro a medias, pero entreveo una perilla corta, sin bigote. Tiene los ojos azules. Mirada limpia, de esas que invitan a hablar con franqueza, a hundirte en sus ojos como cuando te lanzas al agua. Sus cejas son perfectas. Tienen el grosor adecuado, negras y muy bien delineadas. Confieren a su mirada un punto de dureza para equilibrar la inocencia de sus ojos. Su nariz es recta y estrecha, de esas narices elegantes y con personalidad. Sus labios tiran a gruesos. Una pequeña cicatriz en el de abajo delata una pelea de adolescente o un accidente casero. Tiene un tatuaje en la parte posterior del cuello. Es un trío de kanjis en línea hacia abajo.

Nuestros ojos se cruzan en el espejo. Sonreímos ambos con complicidad. Evito el espejo por unos minutos simulando buscar algo en el móvil. Con la cabeza agachada para que no me vea, intento robar más detalles de reojo. Veo un tatuaje pequeño en el dorso de la mano derecha, que se tensa con cada cambio de marcha. Es otro par de kanjis, diferente de los anteriores.

—¿Qué significa? —le pregunto—. El tatuaje de la mano, digo.

—Significa verdad —contesta.

Truth 真実
Empezamos a hablar de los tatuajes, de si son o no dolorosos, me dice el significado de los del cuello, sobrevolamos China y Japón con las palabras, hablamos de la cultura oriental, y de ahí aterrizamos, no sé bien cómo, en Roma, que pone marco a una anécdota que me cuenta. Hablamos ambos, reímos ambos. Descubro que es de Bilbao, que el taxi no es suyo, que está divorciado y sin pareja. Mientras charlamos él también me mira y no deja de sonreír. Creo que no le importaría dejarse llevar. Esas cosas se notan. Creo que a mí tampoco me importaría dejarme llevar. Me siento más tentada a pasar un rato agradable con un virtualmente desconocido conocido, que con el desconocido virtualmente conocido con el que me cité. Sin planes, solo vivir por unas horas, sin cerebro y sin reloj, y ver qué ocurre.

—¿Tienes mucha prisa o te apuntas a tomar algo? —me dice.

—Pues... ¿sabes qué? Dame un minuto —respondo sonriendo, sin saber aún muy bien dónde me meto, pero muy consciente de qué es lo que más me apetece en ese instante.

Guiada por algún tipo de instinto primigénico, sin realmente pensar, saco el móvil del bolso y abro el Whatsapp. Escribo:


Me siento un poco culpable, pero no puedo evitar seguir mis instintos. Mi mente se llena de imágenes anticipadamente. Dos solitarios conectados, tomando algo mientras se conocen un poco más. Dedos entrelazados, caricias, ropas que sobran, manos que exploran, bocas que descubren, besos húmedos, robo de horas a la noche, risas y jadeos que llenan una habitación, roncos gemidos, susurros al oído, sábanas revueltas en la madrugada, duchas compartidas...




sábado, 12 de mayo de 2012

miércoles, 25 de abril de 2012

Nested Dreams

Me dormí. Y caí en un sueño. Y en él, en algún momento, también quedé dormida. Soñé que soñaba, y dentro de ese sueño había otro... No importa cuánto me adentrara porque dentro de cada ficción surgía otra nueva, y me llevaba a un Universo del que podía apreciar, antes de sumirme más hondo en el dulce sopor, que era diferente al anterior. En todos me veía a mí misma, y reconocía distintas partes de mi yo, que al avanzar parecía irse completando, suma de los yoes anteriores. Y en todos, también estabas tú, siempre igual. Inicialmente te vi, a cierta distancia, pero lentamente, con cada nuevo salto, me acercaba un poco más a ti.
Mis sueños se multiplicaban como si fueran infinitas muñecas rusas, y mis yoes iban evolucionando, al igual que el huevo se vuelve oruga, y ésta se torna en crisálida antes de formar la mariposa. Ya estaba en un nivel muy profundo, a pocos centímetros de ti. Tú me mirabas dulcemente, con esos grandes ojos en los que me gusta hundirme. Fijé mi mirada en la tuya. En mis ojos podías leer todo lo que siento por ti, no hacían falta palabras. Bajé levemente la vista hasta tus labios, que invitaban a un beso infinito. Creo que iba a besarte. Sí. Iba a besarte. No podía resistir más tenerte tan cerca sin besarte. Muy despacio, milímetro a milímetro, sin dejar de mirar tus ojos, en los cuales me había vuelto a hundir, acerqué mi boca, entreabierta y anhelando el encuentro. ¡Estaba tan cerca! Nuestros labios se rozaron levemente y... ¡desperté! Desperté en un solo instante de cada uno de los sueños contenidos en el otro, rápidamente, ¡zas!, de golpe, sin poder entender ni asimilar nada. Pero... ¡ahí estabas tú!, tu cara frente a la mía, en nuestra cama. Mirándome y acariciando mi cara con ternura, besándome un "buenos días, Princesa" en cada cachito de piel que conquistabas. Ansiosa de ti, hambrienta, te abracé hundiendo mi cara en tu pecho, jadeando, besando tu cuello, lamiendo tus lóbulos, mordiendo tu espalda, revolviendo tu pelo, bebiendo de tu boca como si llegara de un desierto. Hicimos el amor con una pasión olvidada. ¡Qué bueno es soñarte!, sí, pero prefiero mil veces no encontrarte en mis sueños y, al abrir los ojos,... verTE.

lunes, 23 de abril de 2012

The Seaman

Cierta tarde de primavera conocí a un marinero. Aún no sé si el destino tuvo algo que ver. Paseamos por la playa, recogiendo conchas y charlando, y nos sentamos en la arena para ver juntos la puesta de sol. Mientras presenciábamos el espectáculo me contaba sus anécdotas y viajes. Me parecía conocerlo desde siempre. Recuerdo que en cierto momento nos abrazamos mientras el sol se ponía, con tanta naturalidad como si siempre hubiéramos estado así. Nos hicimos amigos, y al poco tiempo amantes. En algún momento, desoyendo lo que mi cabeza me decía, me enamoré de él, pero nunca se lo dije. Creo que incluso me lo oculté a mí misma. Tal vez fue ese mi error, o tal vez, aún confesándoselo y confesándomelo, nada habría cambiado. Acaso en las cosas del amor no hay ni error ni culpa que valga, y sucede que son o no son, sin más. Puede ser que entonces yo no fuera lo bastante valiente como para para quitarme la venda protectora y ver, y es ahora cuando ya no lo tengo, que me estoy dando cuenta de cuánto lo amo. Pero es tarde.

Aprendí muchas cosas a su lado y disfruté de cada momento, de su voz y sus historias, de sus bromas, de sus ojos, de sus abrazos, de su boca, y sobre todo aprendí que la amistad está por encima del amor, y es que es otra forma de amor, la más bonita, tal vez. Ahora ya no estamos juntos, no. Él tuvo que partir y navega de nuevo, rumbo a otras playas, a otra ciudad, donde encontrará el amor que le haga echar el ancla a su barco.

Sunset

Yo seguí con mi vida, y conocí a otros hombres, algunos de ellos marinos, tal vez porque buscaba en ellos algo de él. Sigo adelante, feliz, porque lo llevo conmigo allá donde voy, y hasta, a veces, las olas traen hasta mis pies alguna botella con sus mensajes, y eso me ayuda a seguir conectada y no echarlo tanto de menos cada día. Algunas tardes de domingo bajo a la playa donde lo conocí, y paseo tranquila. Mi mente se llena de recuerdos, y cuando el último rayito de sol se esconde, mis ojos compiten con el mar fabricando alguna lágrima que las olas, envidiosas, lamen y se llevan consigo en su retroceso. Me levanto, y emprendo la vuelta a casa. Mientras camino, aún con el surco de sal en mi cara, sonrío de corazón, porque siento que, allá donde esté, él es feliz.

jueves, 9 de febrero de 2012

Starry Night

Salió a la terraza a contemplar la noche y dejar que el frío reactivara su mente. La música escapaba del cálido salón y parecía llenar la noche de esperanza, dándole un toque mágico. Sintió una necesidad de estirar todo su cuerpo, de intentar tocar las estrellas que poblaban el cielo con la punta de los dedos, de dibujar trazos uniéndolas aquí y allá como si fueran los puntos de un dibujo escondido. De puntillas, alzó los brazos y levantó la vista hacia la Luna, que avanzaba en su tarea de mostrarse como un apetitoso pastel de queso. Cerrando los ojos estiró su cuerpo todo lo que pudo. Mantenía la postura por unos segundos cuando el frío que ya empezaba a sentir fue retado a duelo por TUS brazos que la envolvieron desde atrás. Venciste al frío y ella se dejó abrigar, se abandonó al confort y la seguridad de saberse amada. Relajó su cuerpo en ese especial abrigo y se giró lentamente, aún con los ojos cerrados. Cuando su corazón se ajustó a la partitura tribal que el TUYO interpretaba, abrió los ojos, y recibió los besos que TUS labios dibujaron, sobre MI cuello, MI cara, MI boca. TUS labios. TUS besos. TÚ. 
Starry Night - Vincent Van Gogh (1889)

jueves, 20 de octubre de 2011

Path of Pebbles To My Heart

Soy libre y feliz, pero si me conocieras bien y leyeras en mi alma, sabrías que tengo ganas de estar contigo, aunque aún no sé ni quién eres, ni tan solo dónde estás. Tal vez no es aún momento de que aparezcas en mi camino pero me apeteces. Y como no sabré si eres tú ni al cabo de dos horas, ni de dos días, ni tal vez de varios meses, me sigue valiendo lo que he hecho siempre y es vivir el presente.

Tengo la sensación de haber estado haciendo un puzzle durante toda mi vida, pieza a pieza pero a ciegas, sin ver la foto del resultado final. Adoro mi independencia (algo que no voy a perder por el hecho de hallar a alguien), pero echo de menos compartir contigo el día a día y los fines de semana, salir a cenar, ver una peli, hacer planes de escapada, "apechuscarme" cuando estoy mimosa o con el corazón "arrugaíto", disfrutar de una buena charla, comerte a besos si me da un ataque de amor y ¡tantas cosas!

Confío en que, algún día, toparás con el rastro de piedrecitas que he ido dejando en mi camino, y acaso, intrigado y aventurero, decidas seguirlo para ver dónde conduce. Y si llegas al final y es a mí a quien encuentras, tal vez me halles dando un paseo por las nubes o perdida en mis pensamientos soñándote mientras salto de estrella en estrella, así que no lo dudes, chístame, silba, bésame, haz algo que me traiga a este mundo de vuelta para verte, olerte y sentirte, y tal vez después volver a perderme, sí,... pero contigo :)

tiny pebbles
Tiny pebbles by caris j

jueves, 23 de junio de 2011

First Aid Needed

Aunque era sábado, me levanté a las 7:30 am. Es una hora temprana para un día en que no te ves obligada a madrugar, pero, como venía haciendo desde hace meses, me había propuesto hacer ejercicio todos los sábados sin excusa y hasta ahora no había fallado ni uno solo, aunque me hubiera acostado tardísimo con alguna copa de más. Me di una ducha rápida para despejarme, me vestí rápido y tomé un desayuno ligero, pero para mí necesario, por aquello de cargar las pilas antes de hacer un esfuerzo físico. Agarré las llaves de casa, mi móvil y los cascos, y salí a la calle.

Siempre camino hasta el parque, a unos 3 Km. de mi casa, y así lo hice esta mañana. Voy a buen paso, escuchando música, y de tanto en tanto, recuerdo apretar los glúteos y abdomen mientras camino, aunque al poco se me olvida. Cuando llego al parque suelo cambiar el paso y me pongo a correr un rato, y eso que no soy de correr nada. Siempre he pensado que es mucho mejor ejercicio el caminar que el correr, más efectivo y menos cansado, pero decidí dar un poco de variación a mis mañanas deportivas. Trotaba en plena carrera, feliz y con la música a toda pastilla, y tan distraída iba que no vi a la fiera que se acercaba parque a través. Era un perro enoooorme. No me preguntéis la raza, porque de esas cosas no entiendo, pero de alguna de esas de bicharracos tremendos y con cara de malas pulgas, aunque si yo fuera pulga, no vivía en semejante huésped ni de coña marinera. Debía haber escapado de su dueño en pos de alguna cosa más interesante a lo que éste le ofreciera, y arrastraba tras de sí la correa, colgando sin humano alguno agarrado a ella. En mi trotar ajeno a estos eventos, el mastodonte se me cruzó por delante a medio metro, y mi zancada tropezó con la culebreante correa, haciéndome aterrizar de bruces en el camino, justo en la zona con más piedrecitas asesinas. Y se ve que no era mi día, porque para terminar de aderezar la ensalada de eventos, estrené un lindo charco que se había formado al borde de una zona con césped, procedente seguramente del sistema de riego. ¡Genial! Barro en cabeza, cara y parte delantera de la camiseta, los cascos haciendo gluglú en el charco, un rasguño en la rodilla derecha, que asomaba bajo el siete que le hice al pantalón de deporte y, para terminar, un bonito par de codos pelados y heridos por la caída. Y aún doy gracias porque mi instinto me hiciera frenar con los codos, que si no, la herida habría sido estampada directamente en la cara. Me levanté como pude, y empecé a comprobar si estaba entera. Al parecer sí, aunque al apartarme para sentarme un momento en la pradera, vi que cojeaba.


En ese momento en que tenía, un poco por encima de la cabeza, la típica nube de bocadillo de los cómics, en que salen rayos, truenos, centellas y bombas, se me acercó un chico con cara de preocupación:

—¿Estás bien? —me dijo—. Lo he visto desde lejos. Grité para advertirte, pero al parecer no lo escuchaste con los cascos puestos.

—Eeehhm… —¡Dios mío!, ¿quién es este buenorro y de dónde sale?—. Ssssí, gracias, más o menos… Un poco magullada y sucia, pero creo que viviré para contarlo. ¿Es tuya esa fiera?

—¿Goliath? ¡No!, ni loco tendría un bicho así. Se comería el sofá de mi apartamento si viviera en casa. Es de un amigo, que me ha pedido que se lo cuide esta semana porque está fuera. Y ya has visto, me trae loco, porque no me hace caso y escapa a correr a su antojo. A pesar de lo grande que lo ves es un cachorro, y sólo quiere jugar.

—Ya, ¡qué majo el perrito miope que casi me atropella! —dije con sorna pero de buen rollo.

—¡Jajaja! Por mi parte encantado de que se haya tropezado contigo, porque así tengo excusa para invitarte a un café o lo que quieras, es lo menos que puedo hacer, aunque antes he de recuperar a Goliath. Creo que sé dónde ha ido. Si estás por aquí vuelvo en cinco minutos y echo un vistazo a ese codo y a tu rodilla. Te está saliendo mucha sangre y he visto que cojeabas. Soy médico.

—Pues se me han quitado las ganas de hacer más deporte por hoy, pero me han entrado muchas de lavarme la cara un poco. Yo voy al bar de allí enfrente, a despotricar sobre los perros locos de este mundo. Si quieres, cuando recuperes a la bestia, nos vemos allí.

—Perfecto. Dame cinco minutos.

Me fui directa al bar como dije. Si el cuidador de perros buenorro venía, genial; si no, él se lo perdía. No tenía el cuerpo para tonterías en ese instante, y de verdad necesitaba lavarme la cara y las manos, y hasta meter la rodilla bajo el grifo del lavabo. Hecho eso, creo que una cervecita sería la justa y merecida recompensa. Entré al baño del bar como una flecha, y creo que el camarero a punto estuvo de decirme algo, pero me vio el careto lleno de barro y de gesto de pocos amigos y se abstuvo mucho de emitir sonido alguno. No me llevó más de un par de minutos adecentarme un poco. Me recogí el pelo en una coleta alta, lavé cara y manos, y las heridas de codos y rodilla. La verdad es que me dolía la pierna, y el codo derecho seguía sangrando. Me enrollé papel higiénico a modo de venda y salí con mucha mejor cara y hasta con una sonrisa. Pedí una cañita helada y dije que me la sacaran a la terraza, donde tomé asiento al sol, que de momento no era demasiado molesto.

Uno de los camareros me sacó la cerveza y un platito con aceitunas, lo cual me hizo brotar una sonrisa que le dediqué, feliz de la vida. Adoro que me pongan aceitunas. Sólo había dado un sorbo cuando vi venir al cuidador y al bicho. Parecía haber tomado las riendas de la situación, y no era arrastrado por Goliath. Cruzó la calle y en dos zancadas se pusieron en mi rincón.

—A ese déjalo retirado de mí, o no respondo. Y si lo atas, más vale que no sea ni a la mesa ni a la sombrilla, que como eche a correr, desmonta el chiringuito.

—Tranquila, no te preocupes, que ya no se escapa, ¿verdad, Goliath? —añadió mirando al perro, y volviéndose al camarero—. Otra caña, por favor.

La verdad es que parecía un chucho simpático, pero a mí eso de los lametones y las babazas como que me gusta poco, así que me quedé mucho más tranquila cuando lo ató al árbol que teníamos a un par de metros.

—Bueno, con todo el alboroto al final ni me presenté. Me llamo Mario. Perdona la escapada de Goliath. La verdad es que fue culpa mía. Lo solté un momento para atarme la zapatilla y pasó una tía en bici con su perro y escapó tras ellos.

—Sería una perra en celo, supongo... No me refiero a la chica de la bici, jajaja, digo el perro, o sea... la perra... En fin, ¡qué lío!... Encantada. Soy Eva —le dije levantándome un poco de la silla para darle dos besos.

Olía a recién duchado y afeitado. No identifiqué el aftershave si es que llevaba, pero daban ganas de quedarse ahí un ratito acurrucada, sintiendo su cálida piel y ese aroma tan… tan… Detuve esa línea de pensamiento y me retiré con pesar. No era cuestión de lanzarse al cuello de un desconocido cuyo perro, fuera realmente suyo o no, casi acaba de atropellarte.

—Déjame echar un vistazo a ese codo, anda —dijo tomando mi brazo y quitándole el artesanal vendaje—. ¡Hummm…! —añadió con mirada profesional y juntando los labios en un mohín mientras evaluaba la herida—. Vas a necesitar un par de puntos. La herida no es profunda, pero es larga y te va a quedar una fea cicatriz si no le ponemos al menos algo.

—¡Nah…! Me da una pereza terrible ir ahora a Urgencias por esa chorrada. Luciré la cicatriz con encanto y ¡listo!

—Tú verás, pero si te fías de un médico cuidador de perros en su tiempo libre, te lo puedo suturar yo mismo. Mi apartamento está justo a la vuelta de la manzana. ¿Qué me dices?

Debí poner la típica cara de “¿y si eres el estrangulador del parque?”, porque se apresuró a decir:

—Puedes fiarte de mí. Si quieres le diremos al conserje que avise a la policía si no te ve bajar de nuevo en, digamos, media hora. Te prometo que estarás a salvo y no correrás peligro.

—¡Jajajaja!, me has leído el pensamiento, pero me has convencido.

Nos tomamos las cañas e insistió en pagar la cuenta.

—Después de todo, —dijo—, debo compensarte por daños y perjuicios de algún modo.

Entramos al portal de su edificio y, tal como me indicó, se acercó al conserje y le dijo:

—Ángel, si esta señorita no sale por esta puerta sana y salva en una media hora, llama a la policía y alértales de que corre peligro en manos de un asesino en serie.
El conserje echó una carcajada por la ocurrencia, pero prometió hacerlo. Subimos en el ascensor hasta el octavo piso, y abrió la puerta de su casa. Era un espacioso dúplex, de orientación sur, en el que la claridad entraba a raudales. Llevó a Goliath a la enorme terraza, donde a pesar del par de arbolitos frutales, las plantas y la mesa y sillas de teka, quedaba espacio para que el perro estuviera a gusto.

—Señorita, prepárese a ser curada.

Me llevó al baño, que para no desentonar con el resto de lo que vi de la casa era grande también, y de un armarito sacó el típico kit de primeros auxilios, con Betadine, gasa, instrumentos de tortura sutura y puntos de papel. Me lavó el brazo bajo el chorro de agua fría, para eliminar los restos de arenilla y piedrecitas que hubieran quedado en la herida. Secó un poco la zona con papel, y empezó a centrarse en su labor. Mientras él hacía, yo seguía atenta a sus explicaciones y sus movimientos sentada en un taburete. Conversábamos acerca de varias cosas, y le observaba por el rabillo del ojo de tanto en tanto. No era un guapo al uso, de facciones perfectas. Sus rasgos eran duros, la nariz tiraba a grande y estaba un poco desviada, y los ojos no tenían especial encanto, pero cuando sonreía se paraba el mundo, porque su cara se transformaba. Esa sonrisa cautivaba. Era franca e invitadora, y enviaba fuerza a sus ojos, que de pronto cobraban vida y hacían que uno reparara en dos cejas perfectamente dibujadas.

Ya me había puesto tres puntos con destreza, había añadido puntos de papel y lo estaba cubriendo con una gasa y esparadrapo. Aunque había pulverizado algo de anestésico en la zona, dudaba mucho de que eso fuera lo que me estaba atontando, pero me sentía flotar. No sé si fue su olor varonil tan dulce, sus labios tan cerca, sus manos tocando esa zona tan delicada del brazo, su voz suave hablando… Le besé… Fue un impulso incontenible, pero mi boca buscó la suya y cubrió sus labios en plena frase. Me retiré despacio y le miré a los ojos, un poco sorprendidos. Sonrió, soltó mi brazo y llevó su mano a mi nuca, atrayéndome hacia sí para darme un beso, que se transformó en otro y otro y otro, besos que terminaron de descifrar la clave y abrir el cofre del placer y del deseo… La sirena de un coche policial rompió el silencio húmedo de las bocas y los jadeos que empezaban a surgir de ellas. No había pasado la media hora de rigor, ni Mario pensaba que Ángel fuera de verdad a llamar a la policía, pero se detuvo un instante, y sacó el móvil de su bolsillo sin dejar de acariciarme.

—Ángel, cambio de planes y nueva orden: si el que no sale por la puerta sano y salvo en las próximas 24 horas soy yo,... llama a las Fuerzas Armadas al completo...
 

martes, 31 de mayo de 2011

Talks In The Middle Of The Night

Se despierta en la noche. Sin abrir los ojos ni tantear al otro lado de la cama, sabe que está sola. Sin tener conciencia de la hora que es y acaso tampoco del día, su primer pensamiento es para él, como lo fue el último de anoche. Y en ese especial duermevela, dialoga con cada fibra de su ser y escucha…

Su cuerpo clama por él, y no está. Si pudiera traerlo con poderes prestados por un gran mago, lo invocaría al instante, porque le echa de menos. Le añora a su lado, para acurrucarse pequeña y sentirse segura entre sus brazos. Alimentarse de los besos que le roba su boca. Sentir la de él en su espalda, en su vientre plano, en lugares imposibles e inimaginables mientras avanza, —segura, sabia y dueña—, hacia su isla. Jugar a ser traviesa y despertarle con mimos o con ataque de felina en celo, porque quiere que le haga el amor una vez más, no importa que haya rozado el cielo hace apenas horas, quiere llegar más alto y cada fibra de su cuerpo lo grita a los cuatro vientos…

Su corazón le añora, porque hacía mucho que nadie le había hablado como él lo hace, con tanta sinceridad, sin escudos ni corazas, diciendo lo que siente a cada instante, sin tantear si es conveniente o no, sino hablando de tú a tú con el de ella, que es transparente también. Es el encuentro de dos espejos, de dos cristales, de dos ríos que se mezclan, porque vienen del mismo manantial que nace en el planeta Gaia y son parte de una conciencia común…

Su cerebro le pone los pies en el suelo, a pesar de estar flotando tras escuchar las conversaciones previas. No quiere asustarla, y le habla como a una niña, pero con firmeza. Le dice que es una locura, que no debe comprometerse a nada que no sea vivir el presente, el ahora. Esa masa de células grises que ahora capta su atención, la conoce desde que nació y controla todo: es consciente del clímax que alcanza su cuerpo, porque él es quien hace horas extras para evitar que se desmaye de puro placer, y está al tanto de los latidos y brincos extra de su corazón, que hace cabriolas y tiene alterados al resto de los órganos cercanos. Y porque la conoce, porque sabe que es una loca enamoradiza, sensible y mimosa, que se emociona y deshace de amor en cuanto le tocan la fibra, le dice que se calme, que su actitud puede traer consecuencias no deseadas, que puede herir al otro y eso es lo último que desearía…
 

Las charlas la adormecen de nuevo, y pasa del duermevela al sueño profundo, y el despertador, implacable, la saca de cualquiera que sea la aventura que está viviendo en ese instante. Lo apaga con mohín y se estira en la cama... ¡Está feliz!… No está segura, pero tiene la sensación de haber soñado con él, y hasta haberle sentido en cuerpo y alma, mientras le hacía el amor como si nunca se lo hubiera hecho y le susurraba dulces frases al oído, haciéndole cosquillas con las palabras. ¡Lástima no recordarlo para detenerse y saborear los detalles! “Este cerebro mío”, piensa, “es un desastre y no tiene memoria”…

domingo, 22 de mayo de 2011

Chemistry With ♥

Estar serena y sentir que tu Universo se trastoca con tan sólo un clic. Notar el recorrido por cada una de los caminos y autopistas de los sentidos que tiene tu cuerpo. Esa sacudida de placer anticipado... Tanto da si es el roce de unos labios en un dedo o en el cuello, tanto da si son unas palabras o una mirada. Hay veces que la zona erógena no se circunscribe a un cachito, sino que es toda la piel, vasto territorio. ¿Es química? Puede... Algún elemento intangible, inodoro, incoloro, insonoro e invisible choca con los que componen el cuerpo. ¿Qué es?, ¿amor?, ¿cariño?, ¿deseo? Desde luego interviene el corazón, como catalizador, como caldo de cultivo, como agente potenciador, pero, ¿qué es?... Pongámosle el símbolo ♥, que reacciona de alguna manera con el hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, azufre o fósforo, o acaso con alguno de esos otros elementos presentes también en nuestro cuerpo pero en menor proporción, y no sé cuál es el nombre del compuesto, ni siquiera la fórmula, ni las valencias del ♥, pero el resultado es un boooooom, y subes a lo más alto, tu cuerpo estalla por fases, y cada estallido supera al anterior en fuerza, luces y riqueza, y te quedas exhausto, tranquilo, adormecido y feliz, y un leve roce dispara de nuevo los fuegos cósmicos, porque vuelves a embarcar en otro viaje galáctico, rodeada de estrellas aún en pleno día. Y unos ojos te hablan, y los tuyos responden. Da miedo. ¿Lo da? Tal vez. Pero, ¿por qué miedo? No lo piensas, no lo analizas, no te da la gana. No quieres dejar de vivir un sólo segundo las sensaciones que te inundan, en la cima o en el valle. Sólo te das, y lo haces al 100%, porque no sabes darte a medias tintas, ni quieres.
Y en tu soledad, cuando empiezas a conjugar el verbo "echar de menos" en primera persona, ya tendrás tiempo de ver con perspectiva todo, e incluso tal vez entonces tampoco analices, ni estudies, ni decidas, y sólo te dejes llevar, porque la vida no encaja en un teorema matemático y no responde a fórmulas de las que se pueden pintar en una pizarra de colegio. La vida se vive. Y sabes, de eso estás segura, que si es alguien especial estará siempre ahí :)

domingo, 17 de abril de 2011

The Runaway

Se abrochó los vaqueros y se ajustó el cinturón. Se puso la camiseta, primero los brazos y después la cabeza, como siempre hacía, dejándola por fuera, como le gustaba, sin meter bajo el pantalón. Se pasó la mano por el cabello, corto pero abundante, salpicado de canas aquí y allá. Se acarició la barbilla, notando la incipiente barba y devolvió la mirada a los ojos azules que le escrutaban desde el espejo. Se hundió en ellos, y se vio a sí mismo conduciendo la noche anterior. Iba relajado y feliz, escuchando su disco favorito de jazz, anticipando el momento de encontrarse con su cita. Se llamaba Ivana. La había conocido en la oficina. Estaba en otro departamento y a veces coincidían en reuniones o en algún viaje de negocios, como aquella primera vez. La sede de la empresa estaba en Barcelona, y cada tres meses había reuniones de cierre de trimestre. Ambos, junto a otros compañeros, asistieron a la última hacía ahora dos meses. Se alojaron en el mismo hotel por tres días, y la segunda noche tras la cena, varios de ellos se animaron a ir a un garito, tomar unas copas y bailar un poco para deshacerse de la tensión del día. A él ella le había atraído desde el primer momento, y es lo que decían sus ojos cuando la miraba. Ella parecía notarlo y encontrarlo gracioso, y sonreía cuando hablaba con él. Estuvieron juntos gran parte de la noche, compartiendo la última copa a medias. Cuando volvieron al hotel, se despidieron unos y otros en las diferentes paradas que iba haciendo el ascensor. No había hecho más que entrar a su habitación cuando sonó su móvil. Era ella. "¿Voy yo o vienes tú?" —dijo. Y cinco minutos después sonó un "toc toc" en la puerta de Ivana. Entró él, con una botella pequeña de champán rescatada del minibar y dos copas. Era la primera noche, y fue maravillosa. No hubo palabras de amor, sólo deseo, pero funcionaron como dos piezas diseñadas para estar juntas.
 

Desde aquel primer encuentro habían salido juntos por ahí en varias ocasiones, y habían terminado en casa de alguno de los dos, a veces viendo pelis, tirados en el sofá, cenando algo informal y tomando una copa de vino; otras llegaban derechos a la cama, para dar rienda suelta a la atracción que sentían. A la mañana siguiente, desayunaban juntos y se despedían sin promesas. Nunca hablaban de sus sentimientos. Él se sentía muy cómodo con ella. Siempre lo pasaba bien con Ivana. Era inteligente, divertida, dulce, sexy.

Había amanecido y ella aún dormía. Habían pasado la noche juntos una vez más. Hacía sólo unos instantes que se había escabullido de la cama sigiloso como un ladrón, para no despertarla, liberando su cuerpo del olor a ella que tanto le fascinaba. La había contemplado extasiado en su abandono. Dormida, de lado, con la sonrisa de la felicidad en el rostro. Le había acariciado la cabeza y había rozado su sien con los labios. Y ahora, ya vestido, frente al espejo, el escrutinio de sus ojos azules le había dejado paralizado ante él por unos segundos, mientras rememoraba los momentos pasados con ella. Conocía esa mirada. No necesitaba acudir a un doctor para saberlo. Tenía los síntomas que le alertaban de que su corazón había encontrado un refugio, una isla junto a la que echar el ancla y dejar de ir a la deriva. Sabía que debía huir... como siempre hacía, porque estaba irremediablemente enamorado...


lunes, 28 de marzo de 2011

Feeling Flattered

Encuentro casual en el Macy's. Es un técnico de mantenimiento, joven, de 27 años, natural de Jamaica, dulce, negro, alto, guapo, fibroso... con una sonrisa deliciosa. Me reconoce de haberme visto pulular por el hotel cientos de veces, y me saluda usando mi apellido con el Miss por delante. Descubre, porque se lo cuento, que es mi último fin de semana en Boston después de llevar más de un año viviendo aquí, y, cariacontecido y apenado, muestra su fastidio e impotencia, porque le caigo bien y le transmito buen rollo, dice. Le digo que nunca se sabe, que la "foto" de hoy es que me voy, pero la vida da mil vueltas y lo mismo en unos meses han cambiado las tornas y me hallo aquí de nuevo. Él no trabaja hasta el lunes, y como yo no me voy hasta el jueves, es probable que le vea y pueda despedirme, pero por si no se da la ocasión, le deseo un buen fin de semana y le doy dos besos. "I'm breathless", dice, y en su negra piel puedo ver el sonrojo y el agradecimiento por el gesto. No voy a contar la conversación que tuvimos después, mientras me acompañó a comprar un perfume y parte del trayecto hacia el hotel, pero me hizo sentir deseable y sus palabras me hicieron llegar al hotel en una nube...

viernes, 4 de marzo de 2011

Green Eyes

El viento le golpeaba en el rostro y el aire frío le cortaba la cara, que intentaba proteger a duras penas subiendo el cuello de la chaqueta. Sólo a él se le podía haber ocurrido salir tan poco abrigado. Aunque la temperatura fuera agradable cuando salió de casa por la mañana, sabía de sobra que aquí el tiempo cambia al minuto y había oído las previsiones en la radio mientras se duchaba. Es cierto que no sospechaba entonces que iba a tardar tanto en regresar de vuelta a casa, y pensó que un jersey de cuello alto, un vaquero, las Panama Jack y una chaqueta de entretiempo eran más que suficiente. Había salido a tomar unas cervezas y comer con unos amigos, pero de eso hacía horas. Era casi la una de la mañana, y volvía refugiándose en los parapetos que el camino ponía a su paso, atisbando en los cruces por si pasaba algún taxi, agarrándose el cuerpo en un abrazo que le permitiera abrigarse. Tenía las orejas y la nariz congeladas, o eso creía, porque el frío no le dejaba sentirlas. Parecía imposible que unas horas antes cada fibra nerviosa captara placer. ¡Qué historia tan extraña! Y estaba seguro de que si lo contaba no le iban a creer. Las voces y los susurros aún le rondaban la mente.

Según salió del restaurante y se despidió de sus amigos, un coche paró a su lado. Conducía una pelirroja atractiva, y sentada a su lado, una asiática le preguntaba por una dirección. Intentó explicarles en su mejor inglés cómo llegar, pero en vista de que no se entendían, terminaron por invitarle a subir al auto y guiarlas al sitio. Significaba salir de la ciudad y conducir durante una hora. Se dijo a sí mismo que estaba loco, porque luego tendría que volver, pero algo en su interior le empujó a la aventura. Al cabo de un buen rato llegaron a una casa al borde del mar. El viento azotaba con fuerza, y agradecidas le hicieron pasar a tomar una copa de vino y calentarse. Por fuera era la típica casa de la zona, con la madera un poco descuidada, pero por dentro era acogedora y cautivadora. Amplia, espaciosa, originalmente decorada, llena de pequeños detalles diseminados aquí y allá, que junto a la mezcla de colores y olores, dotaban al conjunto de un toque de cuento. Pasaron al salón, donde la chimenea estaba encendida, y se sentó en un amplio sofá color marfil junto a la pelirroja. La asiática abrió un Zinfandel y sirvió tres copas, con mano y muñeca expertas, dando el giro justo para no derramar ni una gota de vino.


Al cabo de media hora, charlaban y reían los tres y se sentía totalmente relajado, casi flotando. Tal vez era efecto del vino, tal vez de la música que sonaba y que no fue consciente de cómo o cuándo conectaron, tal vez eran los ojos verdes de la pelirroja, que le miraba como leyéndole el alma, tal vez los negros de la asiática, que parecían anticiparse a cada deseo que le pasara por la mente. En determinado momento, le cogieron de la mano y le llevaron a una habitación que había en el primer piso. Era casi tan grande como el salón. Le desnudaron despacio entre las dos, recreándose en cada prenda, doblándolas cuidadosamente y colocándolas en una chaise longue. Él se dejaba hacer. No habría podido resistirse. Tenía la voluntad anulada. Le condujeron desnudo al baño contiguo, donde los espejos estaban empañados por el vapor que despedía un burbujeante jacuzzi. ¿Cuándo habían abierto el grifo y vertido sales, espumas y aromas? ¿Cuándo habían encendido las velas blancas y rojas que había diseminadas por la estancia? Le hicieron entrar en el agua, y se unieron a él en cuanto se despojaron de sus ropas. Entre las dos le bañaron y masajearon todo el cuerpo. Se sentía mareado, pero feliz. Cuando dieron por finalizado el baño, ellas salieron del agua y se secaron mutuamente, con sublime delicadeza. Después salió él y le envolvieron en un albornoz. Pasaron a la habitación, y le hicieron tumbarse en la cama, desnudo de nuevo, y le vendaron los ojos. No definiría como sexo lo que hubo, porque no sabría explicar qué ocurrió, pero cada poro de su cuerpo exhalaba placer. Sintió labios y manos por todas partes, sintió un cálido aliento en todo el cuerpo, sintió en ocasiones cómo su cuerpo se retorcía en un escorzo imposible por alcanzar un clímax interminable que se repetía una y otra vez. Su cuerpo notaba un vigor y fuerza desconocidos hasta entonces, pero pedía hambriento más. Y tenía más. Y más...

Debió desmayarse, porque no recuerda bien que pasó. Se despertó exangüe y agotado en la estación al oír entrar al tren. Cómo había llegado ahí, era un misterio. Estaba vestido, tenía su cartera, no le faltaba nada y no parecía estar herido. De hecho, no le dolía el cuerpo, sólo estaba muy cansado, pero tremendamente tranquilo. Eran casi las once y media de la noche. No podía pensar con claridad, pero supo que si tomaba el tren estaría en North Station en apenas media hora. Subió al vagón y pagó el billete una vez dentro. Su cabeza era un desorden de pensamientos; su cuerpo un caos de sensaciones. Las imágenes, los sonidos, las voces y risas, la música, el tacto de manos suaves, el roce de bocas húmedas... todo se arremolinaba en torno a él y le transportaba a un mundo desconocido. Durante el corto trayecto se mantuvo inmóvil, con los ojos cerrados, como reteniendo lo vivido antes de que se esfumara. Bajó del tren y salió a la calle. Había bajado mucho la temperatura desde esa mañana. Caminó a buen paso por Canal St, aspirando grandes bocanadas de aire, a pesar del frío que le traspasaba los huesos. Necesitaba despejarse.

Ahora, cuando apenas quedaban dos cuadras para llegar a su casa, caía en la cuenta de que no sabía sus nombres, ni tenía sus teléfonos. Se resistía a dejarlo pasar como si nada. Había sido increíble, como también lo fue la forma en que se deshicieron de él. Necesitaba hablar con ellas, verlas, saber... Se metió en la cama exhausto tan pronto entró en su piso, y durmió de tirón hasta las diez. Al principio pensó que lo había soñado, mientras en la ducha las escenas desfilaban una y otra vez por su mente, pero ya vestido, al coger la cartera cayó un papel. Leyó en él la dirección de la casa. ¡Lo recordaba! La había anotado antes de entrar, mientras ellas aparcaban y abrían la casa.

No lo pensó dos veces. Sacó el coche del garaje en esa mañana gris y condujo sin pausa, con la esperanza de encontrarlas aún allí. No necesitaba el GPS, recordaba el camino perfectamente. Llegó a Salem, y sin mucho problema localizó la casa. Se veía diferente a la luz del día. Se acercó con cierto nerviosismo y agitación. Llamó a la puerta y esperó. Nada. Volvió a llamar y esperó unos minutos. No vió el coche en que había montado el día anterior. Parecían haberse esfumado. Dobló la esquina y decidió asomarse a las ventanas y curiosear. Donde la noche anterior estaba el imponente sofá blanco, logró vislumbrar dos sillones junto a una mesa baja y una lámpara encendida. Era un salón diferente por completo. Estaba seguro de que ésa era la casa, ¡sin duda! Atónito y perplejo como estaba, no había oído abrirse la puerta de la casa, ni una voz que preguntaba ¿quién es usted? Desanduvo sus pasos y fue hacia la puerta. Una anciana, de rostro amable le miraba. Le explicó que buscaba a dos amigas y las describió. La anciana le dijo que allí no vivían y que no conocía a nadie así en la zona. Se deshizo en excusas y volvió a su auto, aún reacio a darse por vencido, pero no tenía más datos, y no podía ir puerta por puerta, así que enfiló de nuevo el camino hacia Boston. Sin duda debía estar loco, o borracho el día anterior. Tal vez bebió demasiado en la comida y no lo recordaba. Tal vez había soñado todo. Intentó concentrarse en la conducción, pero una imagen le venía a su mente sin poder evitarlo... los increíbles ojos verdes de la anciana, que aún, mientras se alejaba, notaba fijos en él... Salem... "¿Brujas?", —pensó—. Se rió internamente de su ocurrencia y desechó la idea de su cabeza con un ademán... "¡Tonterías!", —se dijo—. Y esta vez volvió a reír en alto...


Mientras él se alejaba camino de la ciudad, la anciana entraba de nuevo en la casa. De camino al salón, se detuvo un instante en el aparador de la entrada, donde reposaba una foto que tomó nostálgica. En ella se veían dos jovenes bellísimas: una pelirroja de ojos verdes y una asiática de profundos ojos negros. Devolvió la foto a su lugar y se ajustó unos mechones que se habían desprendido de su recogido. Una voz preguntó desde el salón:

—Sarah,... era él, ¿verdad? Poco ha tardado en volver.

—Te lo dije, Lynn —respondió la anciana acercándose al sillón y añadió riendo como una niña: —Y a punto he estado de invitarle a tomar un té. Pero,... te aseguro que volverá en menos de un mes.

—¡Ooooh! Está visto que eres una bruja incorregible. ¡A tus años! —replicó sonriendo su amiga, una anciana de rasgos orientales e insondables ojos negros.

—Hechicera, querida... siempre he preferido que me llamen hechicera.

martes, 11 de enero de 2011

Unrequited Love

Recorría con sus ojos grises la botella de cerveza, ya vacía, como si nunca antes hubiera reparado en ella, absorto, ajeno a las miradas que despertaba. Sonaba Creep, de Radiohead, pero él no escuchaba la música. De alguna manera sus sentidos estaban anulados, y su cerebro, como si de un proyector se tratara, reproducía la escena una y otra vez en la gran pantalla de su mente. La escuchaba reír, y veía los rizos de su cabeza moverse, cayendo desordenadamente con las agitaciones que la risa causaba en su cuerpo. Era una risa fresca, sana, limpia, sincera, casi de niña. Ella, parando un segundo de reír, mirándole frente a frente, con los ojos brillantes y bailarines, le decía:
 
—No puedo evitarlo. Casi aún no me lo creo y no hago más que pellizcarme. Soy tan feliz. ¡Él me hace tan feliz!
 
Y acompañando esa frase, su mirada evocaba seguramente los ojos del otro, la cara del otro, sus manos, su boca... Y ese otro... no era él...

lunes, 15 de noviembre de 2010

All Around The World

Otro día sin ti. Sola en la casa, en la cama… ¿Dónde estás? ¿Cuándo vas a aparecer en mi vida? ¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde vives? Quiero encontrarte, pero necesito datos. No me han dado un radar para localizarte, y estoy cansada de esperar…

Estos, o parecidos, son los pensamientos de muchas mujeres y hombres que, tras uno o varios fracasos amorosos, desean encontrar a alguien que les ame. Ansían no estar solos, quieren tener a un compañero a quien amar y con quien compartir y hacer planes, necesitan vaciar su mente de los recuerdos que aún perduran del último amor. Muchos siguen anclados en ese pasado, intentando descifrar qué hicieron mal y de algún modo culpándose, porque hubo un momento en que lo tenían todo y eran felices, pero algo cambió, y a veces en su desesperación, creen que fue debido a ellos.
El amor no se puede forzar. Amas o no. Sientes o no. No hay un interruptor ni un switch que activar para ponerlo en modo ON. Si estás con alguien a quien amas y no eres correspondido, acéptalo. No es el fin del mundo. Si de verdad quieres a esa persona, querrás su felicidad, no querrás atarla a ti, poseerla y dominarla, porque eso no es amor, y los celos tampoco son amor. Todo eso es no quererte nada. ¿Por qué te vas a conformar con las sobras, con un amor descafeinado, con las migajas de la mesa? Si amas 100%, no pidas menos, pero no fuerces el corazón del otro, porque será una batalla perdida. ¿Quieres vivir engañado sabiéndote no correspondido? No supliques, no implores, no te rebajes, cree en TI y quiérete, porque TÚ, como el resto del mundo, mereces ser feliz, y entre todos los millones de personas que pueblan el planeta, alguien aparecerá antes o después.

Cortar una relación amorosa no es cortar una relación con el otro. Es cierto que si hubo celos, discusiones, fuertes peleas y, sobre todo, pérdida de respeto, cerrar esa brecha a veces es casi imposible. Pero las relaciones en las que subyace una profunda y gran amistad pueden seguir existiendo aún después de romper el vínculo amoroso, aunque a veces haya que dejar pasar un tiempo, porque no es tan rápido como chasquear los dedos y aceptar la nueva situación.
 

En mi caso, adoro a mis ex, con locura, sé que puedo contar con ellos como amigos. Quiero verles felices y ellos a mí. He tenido la suerte de topar con personas adultas, y poder continuar la relación, aunque de modo diferente. Me siento afortunada. Estoy sola, sin pareja actual, deseando que aparezcas en escena (¿dónde diantres estás?), pero feliz...

domingo, 8 de noviembre de 2009

Men Puzzle

Tus ojos verdes me retan, burlones, y se ríen de mí, acercándose tiernos a mi boca cuando tus labios me besan. Pero es mi risa la que suena si tu cuerpo, delgado y fibroso, un tanto flaco, me atrapa en un abrazo a traición. Y al volverme, veo tu cabello rebelde y de punta, y rodeo tu cuello con mis brazos empinándome para besarte si no llevo tacones, o me refugio en ti, sintiéndome pequeña. Miro tus largos dedos, que dejan ver que te muerdes las uñas, mientras recorren mi piel. Tu risa franca y abierta, contagiosa, me hace cosquillas. Tu voz suave penetra por mis oídos cuando te acercas y me susurras, pero... ¿sabes?, a veces no te escucho, porque me transportas a otros mundos si siento tu cálido aliento tan cerca. Disfruto pasando mis dedos por tu cabello, tan corto y tan suave, es casi como acariciar a un peluche. Y esos ojos negros me intrigan, me invitan a asomarme al misterio de lo prohibido, mientras desvío los míos a tu boca de beso, sin poder razonar, deseando tan sólo callarla atrapándola con la mía. Y te pongo un dedo en los labios, y sacas la punta de tu lengua para saborearlo. Y las miles de terminaciones nerviosas de mi cuerpo sienten una maravillosa descarga. Adoro cuando en la noche despierto y te sé abrazado a mí, los dos en cucharita. O cuando, estás sentado en una silla, me acerco y me siento a horcajadas sobre a ti, mirándote, y juego con tu larga melena negra, dejando que mis dedos hagan tirabuzones, hasta que reparo en el azul nítido de tus ojos, y me zambullo, como el que se lanza de cabeza a las increíbles aguas de un lago perfecto, y me encuentro en el camino con la sorpresa de tu boca, de labios carnosos, que asciende a mi cuello para dibujar un corazón con esa lengua tan sabia. Como sabias son tus manos, de uñas cuidadas, cuando viajan por mi cuerpo buscando tesoros. Y sueño en la noche, llena de placer, porque alguien ha iniciado un juego amoroso... Mas, despierto y ¡oh!, veo que no sueño, que eres tú quien, bajo las sábanas, muestra sus ojos de gato, ora verdes, ora grises, y me besa en todas partes, y decido no soñar y vivirlo. Y conduzco feliz, escuchando música, viendo en mi mente cómo cantas, moviendo tu cabeza llena de cortos rizos negros, mientras yo bailo a tu alrededor llenando todo de burbujas de locura y estallidos de colores. Y tú, parado en el centro, recibes mi abrazo, y te llamo gordito mientras toco cariñosamente esos michelines extra. Y acaricio tu cabeza, casi rapada, deteniendo mi mano en las largas patillas que endurecen un poco tu rostro, dándote ese aspecto de niño malo que me encanta. Y caminamos de la mano, y te gusta subirte al bordillo de las aceras para ser más alto que yo, y pararte de pronto a regalarme un beso para probar a mirarme desde arriba.
Eres un puzzle, cambiante, caleidoscopio de personalidades...