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viernes, 2 de octubre de 2015

From The Sky With Love


Me lanzo al vacío y por unos instantes me siento etérea e ingrávida. Estoy feliz. Tomo conciencia de mi cuerpo, de cada minúscula fibra de mi ser y… vuelo. ¡Estoy volando! Siento el aire contra mi cara, es vigorizante. La adrenalina me recorre de pies a cabeza. Me siento muy viva. Planeo entre las nubes con los brazos extendidos y dejo que su frescor me llene. Giro y bajo a mi antojo, me dejo llevar en ese baile aéreo, ajena a la altitud, ajena a tus pensamientos. Tal vez me observas, ¿quién sabe? Pero, la verdad, me trae sin cuidado. Esta es mi mañana, este es mi momento. Estoy jugando con la corriente, me río como una niña a cada pirueta cuando atravieso las nubes que me salen al paso y asomo de nuevo al otro lado, entre algodones, borracha de mar azul, ¿o es cielo? Ya no sé. No pienso, solo me permito sentir, sentirme, impregnarme de esa libertad, mientras vacío mis bolsillos de mentiras y rencores. Una mirada hacia abajo me avisa de que aquello que empezó viéndose tan chiquitito se está acercando. El altímetro me devuelve la cifra 1.024 m y tiro de la anilla sonriendo, sin poder evitar pensar que eso son 210. 



Mi paracaídas se abre sin problemas y respiro calmada, dedicándome a observar mi valle desde las alturas, a reconocer cada rinconcito desde mi posición privilegiada, a vivir con plenitud cada uno de los últimos metros, atesorando las sensaciones que me inundan mientras maduro la idea de dejarte, de decirte adiós. Quiero la libertad que vibra ahora dentro de mí. 

Voy dirigiéndome a la verde pradera, acercándome al punto de parada y descendiendo en contra del viento para que vaya frenando mi avance gentilmente, como si fuera un galán que me lleva de la mano a la pista de baile. Ya estoy casi ahí. Mis pies tocan el suelo con suavidad, y a mis espaldas, la lona se posa lentamente sobre el terreno. Levanto mi cara al cielo y le guiño un ojo pensando “Esto lo repetiremos. Lo sabes, ¿verdad?”.

lunes, 22 de octubre de 2012

Looper

No he hablado nunca en el blog de las series que habitualmente me atrapan o de alguna película que me haya gustado especialmente, pero hoy voy a hacer una excepción. Ayer vi Looper, del director y guionista Rian Johnson, y ¿qué decir? Me suena a muy poco comentar que me dejó encantada. No voy a hacer spoiler ni a desentrañar nada de la trama de este thriller de ciencia ficción, pues quien de verdad esté interesado en verla podrá elegir si quiere o no leer el argumento a priori o dejarse sorprender del todo, sin siquiera saber de qué va, como hice yo.

When they need someone gone
and they want to erase any trace
of the target ever existing,
they use specialized assassins,
like me,
called Loopers.

La intención de este post no es otra que la de recomendarla. Ya alcanza una nota de 8.1 en el IMDb y un 7.2 en Filmaffinity, y es que el argumento atrapa, los personajes están bien construidos e interpretados (Joseph Gordon Levitt, Bruce Willis, Emily Blunt, Jeff Daniels) y te mantienen pegada a la pantalla, su originalidad e ingenio te hacen llegar hasta el final casi sin que te des cuenta y cuando termine, te quedará la sensación de haber visto un gran film, con varias reflexiones pululando aún por tu mente. Sin duda, una de las películas del año que no te puedes perder. ¿A qué esperas?... The only thing to fear is yourself!


Face to face

 

viernes, 25 de mayo de 2012

The Picnic

Acúname en tus brazos, méceme despacio mientras me susurras al oído. ¡Tan cerca tu boca! Siento tu cálido aliento. Me recorren sensaciones eléctricas y me estremezco. Desde ahí no queda lejos acariciar mi cuello con tus labios. Deposita en él uno de tus besos. Pero ¡cómo!, ¿tacaño a estas alturas, amor? Besa de nuevo, —pido mimosa—, deja tu huella en mi piel, dibuja un corazón con tu lengua, atiende a las demandas que ya otras zonas, envidiosas, elevan en un murmullo ronco, palpitando en la espera. Libera la mano que dejaste jugando enredada en mi pelo mientras lo acariciabas, deja que recorra mi rostro, deja que tus dedos paseen por mis párpados, resbalen por la pendiente de mi nariz y rehagan el contorno de mi boca, dándole un nuevo sentido, permite que los bese, los mordisquee y los lama. Me das hambre. Te tengo hambre. ¡Mira lo que has conseguido! Me abrazabas tierno para que me abandonara al sueño en tus brazos, pero al final has despertado todo mi ser. Has hecho que mi cuerpo no quiera estar recogido y que quiera abandonarse al placer. Mi espalda se siente felina y se arquea imposible sobre la manta. ¿Has visto cómo mece el viento las altas hierbas de la pradera? Túmbate junto a mí, y juguemos, unámonos a la naturaleza en movimiento. Me excita ese vaivén, dejemos que nuestros cuerpos encuentren el suyo. Mientras arrancas mi ropa, te beso con los ojos entornados, y el cielo asoma entre las ramas de los altos árboles que se balancean y nos acompañan con su murmullo. Todo va al compás.

Veo de reojo la cesta, la botella de vino, las copas vacías... Tenemos que repetir más a menudo lo de pasar un día de campo...

domingo, 26 de febrero de 2012

Finding Yourself

Estaba amaneciendo. Aunque aún estaba oscuro, se intuía un día soleado, pero el invierno se notaba cerca y decidió ponerse un abrigo corto. Salió de casa y paró un taxi en cuanto llegó a la avenida ancha, casi vacía a esas horas de la mañana.

—¡Taxi! —llamó.

—Al aeropuerto, terminal T3, salidas —dijo tan pronto subió.

Contestó con monosílabos los intentos de establecer una conversación por parte del taxista. No tenía ganas de cháchara, y además, aunque el hombre tenía cara de buena persona, no le era simpático. Para empezar la estaba torturando con Radiolé a todo volumen, y es cierto que era su taxi y cada uno personaliza su coche como quiere, y tiene las creencias y opiniones que le da la gana, pero precisamente por eso ella, como usuaria del servicio, también era libre de decidir que ese tío le resultaba antipático, porque no dejaba de rascarse la cabeza y por ser de esos que juegan a espiar con ojos de obseso baboso el escote de las clientas, lo cual le incomodaba. Tenía pinta de beato de pacotilla, de los que llenan profusamente el taxi de vírgenes, santos, cristos y rosarios, pero esconden negros pensamientos, lo cual a Carla le daba sarpullido y cierto yuyu. Se limitó pues a mirar por la ventanilla, dejando la mente vagar. No tenía planes. De eso se trataba.

Ya allí, se acercó al mostrador de la compañía aérea y preguntó cuál era el primer vuelo que salía en la próxima hora a algún destino europeo. Averiguó que estaba a tiempo de volar a Edimburgo si se daba un poco de prisa, o esperar alrededor de hora y media y dirigirse en cambio a Nápoles. Dudo unos momentos sopesando ambas opciones. Le convencía más el clima de Italia, y también el carácter latino, pero la urgencia de escapar y no perder el tiempo en esperas le hizo elegir la verde Escocia. ¡A Scotland, pues! Pagó el billete con vuelta al día siguiente y anduvo a toda prisa hacia el control policial para poder llegar a tiempo a la puerta de embarque. El avión despegaba en 20 minutos.

Let's fly!
Su enorme bolso era su único equipaje. Necesitaba escapar por unas horas. Dejarse llevar y huir de refugiarse en casa lamentando su suerte. No estaba premeditado. Había pasado la noche dando vueltas y salió de la cama muy temprano, mientras aún dormía la ciudad. Fue después de desayunar cuando su mente se vio tentada por la idea de estar en otra parte, rodeada por gentes desconocidas en muchos kilómetros a la redonda, sin amigos cerca, oyendo un idioma diferente al suyo, sintiendo su cerebro tonificado como siempre que escapas de lo habitual y te tienes que buscar la vida, sentir como novedad cada acto a realizar precisamente por no formar parte de la rutina diaria en que a veces funcionas de modo automático. Tenía tanta necesidad de sentir, que adoptó la idea en el preciso instante que empezó a formarse en su cabeza, sin dar tiempo a arrepentimientos y second thoughts. "¿Qué necesito?", pensó. "El pasaporte y mi bolso", este segundo siempre provisto del kit de aseo e higiene, suficiente al menos para una noche y con espacio para una camiseta y ropa interior. Recogió con rapidez los restos del desayuno y fue brincando a la ducha. De pronto se sentía aventurera y feliz.

El vuelo duraría casi tres horas. Si era capaz de relajar su mente se abandonaría a la lectura y se le haría corto el trayecto. Y así fue. Casi sin darse cuenta estaba aterrizando en Edimburgo. Disfrutó del hecho de viajar sin equipaje y poder salir a la calle al poco de haberse bajado del avión. Llamó a un taxi y pidió que la llevara al centro de la ciudad. No había querido reservar hotel desde Madrid. Quería llegar y dejarse llevar. Entrar en un pequeño pero coqueto hotel si se sentía tentada, o terminar en el clásico hotel para negocios. De momento no era su prioridad. Era aún temprano hasta para almorzar, ¡tendría tiempo de sobra para encontrar un sitio donde dormir! Dejarse llevar, dejarse tentar, fluir en la ciudad, fluir con la ciudad, ser un junco a merced del viento, ser una abeja a merced del olor más apetitoso o el color más atrayente, ser turista por un día y palpitar al ritmo que sus pasos le depararan.

El taxista la dejó en una zona céntrica, desde donde se imbuyó de espíritu de turista de pies a cabeza y comenzó a pasear, deteniéndose aquí y allá, tomando fotos de aquello que llamaba su atención. Un escaparate original, una calesa, un autobús, un descapotable,... No tenía obligaciones. Le daba igual virar a derecha o izquierda. Se sentía libre. Optó por bajar por uno de los húmedos callejones adoquinados que se abría a su paso. Se acercó al famoso Edinburgh Castle, caminó por la Royal Mile, entró en alguno de los innumerables museos dispersos por la ciudad y compró unas pulseras de cuero e imanes para la nevera en una pequeña tienda.

Royal Mile - Edinburgh
La caminata le dio sed y le abrió el apetito. Se sintió tentada por un pub del que salía un apetitoso olor a comida y cierto bullicio. Pidió una pinta de cerveza y un sandwich, y dio buena cuenta de ambos sintiéndose parte la ciudad. Sus corto cabello pelirrojo y sus ojos verdes le hacían encajar en el lugar. No parecía una turista en absoluto. Solo su acento le delataba. Estaba absorta en una conversación que mantenían la camarera y un cliente, con la típica sonrisa lela que se nos pone cuando lo que escuchamos a hurtadillas nos parece gracioso. El chico se giró, como notando que le observaban, y ella rápidamente se puso como la grana al verse sorprendida in fraganti en ese acto inocente de espionaje. Volvió la cabeza hacia otro lado, como para disimular, y entonces fue cuando le vio. Juraría que era el mismo chico que vio en la tienda de las pulseras hace un rato. Alto, moreno, atractivo, media melena, barba de dos días y unos ojos inmensamente azules. Sus miradas se cruzaron por un instante. "¡Vaya! Más vale que mire fíjamente a mi sandwich y deje de hacer ojitos con los locales", pareció pensar, y se concentró en tomarse lo que aún le quedaba mientras jugueteaba con su móvil. Pagó al poco, sin volver a echar miradita alguna, y salió de nuevo a dejarse guiar por su instinto. ¡Qué mejor guía!

Pensó que era buena hora para empezar a buscar donde dormir, y la zona estaba repleta de opciones. Con esa intención, echó a andar, prestando especial atención a los hoteles que salían a su paso. Parecían abrir sus puertas de forma invitadora y decirle: "Entra aquí. Dormirás como una princesa, tras un baño relajante de burbujas, y te llevaremos el desayuno a la cama". Sonrió, rechazando el ofrecimiento de un par de ellos con una leve inclinación de cabeza a un portero imaginario, y una manzana después vio un pequeño hotel, de esos con encanto, estilo Art Decó. Tomó nota mental de la ubicación, con intención de volver en un par de horas. Prefería seguir recorriendo y volver para darse una ducha antes de salir a ver la ciudad de noche y cenar algo.

Linlithgow Loch - Edinburgh
Visitó otros lugares pintorescos, mientras su cámara iba acumulando imágenes, su cerebro almacenaba olores y disfrutaba de ese dejarse llevar. Se sentó un rato junto al Linlithgow Loch y se encaminó de vuelta al hotel que había elegido. Eran las seis de la tarde, tiempo suficiente para darse un baño relajante y salir a cenar. Se dirigió al mostrador de recepción buscando su pasaporte en el bolso, y atisbó por el rabillo del ojo a un hombre que llave en mano se dirigía a los ascensores. Le pareció el chico del pub, pero antes de poder volverse para verificarlo escucho el "Good evening, lady. What can I do for you?", que le dirigía la recepcionista y se centró en hacer la reserva.

Subió a los pocos minutos y entró en una coqueta habitación, sin vistas espectaculares, pero acogedora. Saltó sobre la cama como una niña y se tumbó para comprobar satisfecha que era tan cómoda como parecía. Se desnudó y se fue directa al cuarto de baño. La bañera era enorme y tenía todo tipo de chorros "jacuzziescos". "Tal vez más tarde, antes de dormir", pensó, y optó darse una ducha rápida y tonificante. Sacó la ropa limpia que llevaba en el bolso, se vistió en un santiamén, se maquilló un poco y salió dispuesta a disfrutar de la noche.

Había visto una zona con varios restaurantes y pubs que no quedaba lejos, y fue caminando tranquila. Ya empezaba a refrescar. Agradeció haber llevado el abrigo. Entró en un restaurante con grandes cristaleras a la calle, y se acomodó en una mesa junto a la ventana. Disfrutaba de una copa de vino mientras esperaba el primer plato cuando vio entrar al chico de la melena. Aquello ya era mucha casualidad. Le vio hablar con el personal del restaurante y dirigirse hacia su mesa.

—Hola, ¿me puedo sentar contigo para cenar? Creo que una buena charla hace la cena más apetitosa —dijo iniciando el gesto de retirar la silla frente a ella.

—¡Hum! Sssssí... supongo —dijo ella—. Siempre te puedo pedir que te marches si la cosa se pone fea, ¿no? Y, tal vez me equivoque pero, tengo la impresión de que me resultas familiar. Te he visto por ahí en algún momento durante el día de hoy. Me llamo Sonia. 
—Primeramente deja que te explique. Te vi en el aeropuerto. Había ido a comprar un billete. La verdad es que a cualquier sitio, necesitaba alejarme de la ciudad un par de días, y deambulaba por allí sopesando alternativas cuando apareciste. ¡Te vi entrar tan resuelta y decidida! Tenías la palabra aventura escrita en el rostro y me dio envidia. Según saliste con tu billete corriendo hacia el embarque, me acerqué al mostrador y dije: "Quiero un billete como el suyo". Y corrí tras de ti. Estaba decidido a dejarme llevar y seguir a esa linda pelirroja. Y me trajiste hasta aquí.

Hizo una pausa en su discurso, y al ver que ella no decía nada y temiendo un enfado por su parte, prosiguió:

—Sé que suena a locura, pero, por favor, no pienses que soy un demente, ni el asesino de la motosierra, ni nada similar. Llevo cerca de ti todo el día, aunque confieso que los atractivos de la ciudad me hicieron perderte en algún momento, pero siempre aparecías. Confieso que no me atreví a acercarme, y al verte de nuevo hace un rato a través del ventanal, me armé de valor y, ¡aquí estoy!. Después de los kilómetros que hace que te conozco, pensé que lo mínimo era presentarme. Me llamo Darío.

Y charlaron, cenaron, rieron, bailaron y acabaron en el hotel, juntos, con sus cuerpos tan pegados como si hubieran sido creados para estar así. Pensarás que podrían haber evitado el viaje e iniciado en el aeropuerto su aventura, que aún hoy, tres años después de aquel día, continúa, pero tal vez nunca habría sido igual e incluso podría no haberse iniciado. A veces es bueno aislarse de lo conocido que nos rodea, ver tu vida desde fuera, con perspectiva, salir del día a día habitual para encontrarte, y dejarte llevar, fluir... fluir...

jueves, 23 de junio de 2011

First Aid Needed

Aunque era sábado, me levanté a las 7:30 am. Es una hora temprana para un día en que no te ves obligada a madrugar, pero, como venía haciendo desde hace meses, me había propuesto hacer ejercicio todos los sábados sin excusa y hasta ahora no había fallado ni uno solo, aunque me hubiera acostado tardísimo con alguna copa de más. Me di una ducha rápida para despejarme, me vestí rápido y tomé un desayuno ligero, pero para mí necesario, por aquello de cargar las pilas antes de hacer un esfuerzo físico. Agarré las llaves de casa, mi móvil y los cascos, y salí a la calle.

Siempre camino hasta el parque, a unos 3 Km. de mi casa, y así lo hice esta mañana. Voy a buen paso, escuchando música, y de tanto en tanto, recuerdo apretar los glúteos y abdomen mientras camino, aunque al poco se me olvida. Cuando llego al parque suelo cambiar el paso y me pongo a correr un rato, y eso que no soy de correr nada. Siempre he pensado que es mucho mejor ejercicio el caminar que el correr, más efectivo y menos cansado, pero decidí dar un poco de variación a mis mañanas deportivas. Trotaba en plena carrera, feliz y con la música a toda pastilla, y tan distraída iba que no vi a la fiera que se acercaba parque a través. Era un perro enoooorme. No me preguntéis la raza, porque de esas cosas no entiendo, pero de alguna de esas de bicharracos tremendos y con cara de malas pulgas, aunque si yo fuera pulga, no vivía en semejante huésped ni de coña marinera. Debía haber escapado de su dueño en pos de alguna cosa más interesante a lo que éste le ofreciera, y arrastraba tras de sí la correa, colgando sin humano alguno agarrado a ella. En mi trotar ajeno a estos eventos, el mastodonte se me cruzó por delante a medio metro, y mi zancada tropezó con la culebreante correa, haciéndome aterrizar de bruces en el camino, justo en la zona con más piedrecitas asesinas. Y se ve que no era mi día, porque para terminar de aderezar la ensalada de eventos, estrené un lindo charco que se había formado al borde de una zona con césped, procedente seguramente del sistema de riego. ¡Genial! Barro en cabeza, cara y parte delantera de la camiseta, los cascos haciendo gluglú en el charco, un rasguño en la rodilla derecha, que asomaba bajo el siete que le hice al pantalón de deporte y, para terminar, un bonito par de codos pelados y heridos por la caída. Y aún doy gracias porque mi instinto me hiciera frenar con los codos, que si no, la herida habría sido estampada directamente en la cara. Me levanté como pude, y empecé a comprobar si estaba entera. Al parecer sí, aunque al apartarme para sentarme un momento en la pradera, vi que cojeaba.


En ese momento en que tenía, un poco por encima de la cabeza, la típica nube de bocadillo de los cómics, en que salen rayos, truenos, centellas y bombas, se me acercó un chico con cara de preocupación:

—¿Estás bien? —me dijo—. Lo he visto desde lejos. Grité para advertirte, pero al parecer no lo escuchaste con los cascos puestos.

—Eeehhm… —¡Dios mío!, ¿quién es este buenorro y de dónde sale?—. Ssssí, gracias, más o menos… Un poco magullada y sucia, pero creo que viviré para contarlo. ¿Es tuya esa fiera?

—¿Goliath? ¡No!, ni loco tendría un bicho así. Se comería el sofá de mi apartamento si viviera en casa. Es de un amigo, que me ha pedido que se lo cuide esta semana porque está fuera. Y ya has visto, me trae loco, porque no me hace caso y escapa a correr a su antojo. A pesar de lo grande que lo ves es un cachorro, y sólo quiere jugar.

—Ya, ¡qué majo el perrito miope que casi me atropella! —dije con sorna pero de buen rollo.

—¡Jajaja! Por mi parte encantado de que se haya tropezado contigo, porque así tengo excusa para invitarte a un café o lo que quieras, es lo menos que puedo hacer, aunque antes he de recuperar a Goliath. Creo que sé dónde ha ido. Si estás por aquí vuelvo en cinco minutos y echo un vistazo a ese codo y a tu rodilla. Te está saliendo mucha sangre y he visto que cojeabas. Soy médico.

—Pues se me han quitado las ganas de hacer más deporte por hoy, pero me han entrado muchas de lavarme la cara un poco. Yo voy al bar de allí enfrente, a despotricar sobre los perros locos de este mundo. Si quieres, cuando recuperes a la bestia, nos vemos allí.

—Perfecto. Dame cinco minutos.

Me fui directa al bar como dije. Si el cuidador de perros buenorro venía, genial; si no, él se lo perdía. No tenía el cuerpo para tonterías en ese instante, y de verdad necesitaba lavarme la cara y las manos, y hasta meter la rodilla bajo el grifo del lavabo. Hecho eso, creo que una cervecita sería la justa y merecida recompensa. Entré al baño del bar como una flecha, y creo que el camarero a punto estuvo de decirme algo, pero me vio el careto lleno de barro y de gesto de pocos amigos y se abstuvo mucho de emitir sonido alguno. No me llevó más de un par de minutos adecentarme un poco. Me recogí el pelo en una coleta alta, lavé cara y manos, y las heridas de codos y rodilla. La verdad es que me dolía la pierna, y el codo derecho seguía sangrando. Me enrollé papel higiénico a modo de venda y salí con mucha mejor cara y hasta con una sonrisa. Pedí una cañita helada y dije que me la sacaran a la terraza, donde tomé asiento al sol, que de momento no era demasiado molesto.

Uno de los camareros me sacó la cerveza y un platito con aceitunas, lo cual me hizo brotar una sonrisa que le dediqué, feliz de la vida. Adoro que me pongan aceitunas. Sólo había dado un sorbo cuando vi venir al cuidador y al bicho. Parecía haber tomado las riendas de la situación, y no era arrastrado por Goliath. Cruzó la calle y en dos zancadas se pusieron en mi rincón.

—A ese déjalo retirado de mí, o no respondo. Y si lo atas, más vale que no sea ni a la mesa ni a la sombrilla, que como eche a correr, desmonta el chiringuito.

—Tranquila, no te preocupes, que ya no se escapa, ¿verdad, Goliath? —añadió mirando al perro, y volviéndose al camarero—. Otra caña, por favor.

La verdad es que parecía un chucho simpático, pero a mí eso de los lametones y las babazas como que me gusta poco, así que me quedé mucho más tranquila cuando lo ató al árbol que teníamos a un par de metros.

—Bueno, con todo el alboroto al final ni me presenté. Me llamo Mario. Perdona la escapada de Goliath. La verdad es que fue culpa mía. Lo solté un momento para atarme la zapatilla y pasó una tía en bici con su perro y escapó tras ellos.

—Sería una perra en celo, supongo... No me refiero a la chica de la bici, jajaja, digo el perro, o sea... la perra... En fin, ¡qué lío!... Encantada. Soy Eva —le dije levantándome un poco de la silla para darle dos besos.

Olía a recién duchado y afeitado. No identifiqué el aftershave si es que llevaba, pero daban ganas de quedarse ahí un ratito acurrucada, sintiendo su cálida piel y ese aroma tan… tan… Detuve esa línea de pensamiento y me retiré con pesar. No era cuestión de lanzarse al cuello de un desconocido cuyo perro, fuera realmente suyo o no, casi acaba de atropellarte.

—Déjame echar un vistazo a ese codo, anda —dijo tomando mi brazo y quitándole el artesanal vendaje—. ¡Hummm…! —añadió con mirada profesional y juntando los labios en un mohín mientras evaluaba la herida—. Vas a necesitar un par de puntos. La herida no es profunda, pero es larga y te va a quedar una fea cicatriz si no le ponemos al menos algo.

—¡Nah…! Me da una pereza terrible ir ahora a Urgencias por esa chorrada. Luciré la cicatriz con encanto y ¡listo!

—Tú verás, pero si te fías de un médico cuidador de perros en su tiempo libre, te lo puedo suturar yo mismo. Mi apartamento está justo a la vuelta de la manzana. ¿Qué me dices?

Debí poner la típica cara de “¿y si eres el estrangulador del parque?”, porque se apresuró a decir:

—Puedes fiarte de mí. Si quieres le diremos al conserje que avise a la policía si no te ve bajar de nuevo en, digamos, media hora. Te prometo que estarás a salvo y no correrás peligro.

—¡Jajajaja!, me has leído el pensamiento, pero me has convencido.

Nos tomamos las cañas e insistió en pagar la cuenta.

—Después de todo, —dijo—, debo compensarte por daños y perjuicios de algún modo.

Entramos al portal de su edificio y, tal como me indicó, se acercó al conserje y le dijo:

—Ángel, si esta señorita no sale por esta puerta sana y salva en una media hora, llama a la policía y alértales de que corre peligro en manos de un asesino en serie.
El conserje echó una carcajada por la ocurrencia, pero prometió hacerlo. Subimos en el ascensor hasta el octavo piso, y abrió la puerta de su casa. Era un espacioso dúplex, de orientación sur, en el que la claridad entraba a raudales. Llevó a Goliath a la enorme terraza, donde a pesar del par de arbolitos frutales, las plantas y la mesa y sillas de teka, quedaba espacio para que el perro estuviera a gusto.

—Señorita, prepárese a ser curada.

Me llevó al baño, que para no desentonar con el resto de lo que vi de la casa era grande también, y de un armarito sacó el típico kit de primeros auxilios, con Betadine, gasa, instrumentos de tortura sutura y puntos de papel. Me lavó el brazo bajo el chorro de agua fría, para eliminar los restos de arenilla y piedrecitas que hubieran quedado en la herida. Secó un poco la zona con papel, y empezó a centrarse en su labor. Mientras él hacía, yo seguía atenta a sus explicaciones y sus movimientos sentada en un taburete. Conversábamos acerca de varias cosas, y le observaba por el rabillo del ojo de tanto en tanto. No era un guapo al uso, de facciones perfectas. Sus rasgos eran duros, la nariz tiraba a grande y estaba un poco desviada, y los ojos no tenían especial encanto, pero cuando sonreía se paraba el mundo, porque su cara se transformaba. Esa sonrisa cautivaba. Era franca e invitadora, y enviaba fuerza a sus ojos, que de pronto cobraban vida y hacían que uno reparara en dos cejas perfectamente dibujadas.

Ya me había puesto tres puntos con destreza, había añadido puntos de papel y lo estaba cubriendo con una gasa y esparadrapo. Aunque había pulverizado algo de anestésico en la zona, dudaba mucho de que eso fuera lo que me estaba atontando, pero me sentía flotar. No sé si fue su olor varonil tan dulce, sus labios tan cerca, sus manos tocando esa zona tan delicada del brazo, su voz suave hablando… Le besé… Fue un impulso incontenible, pero mi boca buscó la suya y cubrió sus labios en plena frase. Me retiré despacio y le miré a los ojos, un poco sorprendidos. Sonrió, soltó mi brazo y llevó su mano a mi nuca, atrayéndome hacia sí para darme un beso, que se transformó en otro y otro y otro, besos que terminaron de descifrar la clave y abrir el cofre del placer y del deseo… La sirena de un coche policial rompió el silencio húmedo de las bocas y los jadeos que empezaban a surgir de ellas. No había pasado la media hora de rigor, ni Mario pensaba que Ángel fuera de verdad a llamar a la policía, pero se detuvo un instante, y sacó el móvil de su bolsillo sin dejar de acariciarme.

—Ángel, cambio de planes y nueva orden: si el que no sale por la puerta sano y salvo en las próximas 24 horas soy yo,... llama a las Fuerzas Armadas al completo...
 

miércoles, 20 de abril de 2011

Imaginary Sea

Caminas por la playa, sin prisa, paseando... Sientes a cada paso el tacto de la arena, fresca a esas horas cuando el sol apenas empieza a saludar y dar los buenos días. No desvías el rumbo aunque el agua te alcance. Disfrutas de ello, y dejas que el líquido salado lama tus pies y juegue a pillarte y a alcanzar tus piernas. Aprietas el paso porque sí, porque sientes la necesidad de ponerte una meta y llegar a las rocas antes de que el velero que divisas cruce tu vertical con la boya, pasando de ese casi trote al galope, sintiendo la melena revuelta a cada zancada. Te crees gacela, y pantera, y jaguar, y saltas y brincas de contento junto a las rocas porque ganaste al barquito. Te desplomas en la arena, exhausta por el esfuerzo, acalorada, y decides concederte como premio un baño, aunque no lleves toalla, ni bikini, ni nada adecuado. Dejas las chalitas y el vestido de tirantes en la arena, y vas al encuentro del agua, quien ya esparcía rumores entre los peces de que te había asustado, pues te alejaste de ella en tu competitiva carrera. Pero te recibe plena, y te mece cuando te tumbas boca arriba sobre la superficie, flotando sin apenas moverte, mirando de reojo al sol y haciéndole un guiño sólo por estar ahí. Y te sientas en la desierta playa tras el baño, aún cerquita del agua, para que sepa que ya eres parte de ella, porque su sal impregna tu piel. Sentada como estás, abrazas tus piernas, sin dejar de mirar el horizonte, y te sientes en paz contigo y con todo. Las gaviotas (¿o son gorriones?) te sacan de tu ensimismamiento y emprendes el regreso a la realidad de no estar en la playa...


¡Feliz Semana Santa!

viernes, 7 de enero de 2011

Mi Buenos Aires Querido

Iniciar el año de vacaciones es una gozada y si, encima, estás viajando, más. El destino esta vez fue Buenos Aires. Se trataba de pasar sólo tres días y conseguir, en lo posible, que mi compañero de viaje conociera lo más representativo de la ciudad.

La primera tarde, ya dejados los trastos en el hotel, la dedicamos a pasear por Puerto Madero, repleta de jacarandás (aunque no los he visto tan repletos de flores malviazuladas como los recordaba), para tomar una Quilmes bien fría y disfrutar del río de la Plata. Terminamos cenando en uno de los numerosos restaurantes que desfilan por los diques. Me sorprendió ver que, casi vayas donde vayas, encuentras WiFi gratuita, a veces abierta del todo, a veces accesible preguntando la password al camarero.
 

El segundo día: recorrido desde la Plaza del Congreso hasta la comercial calle Florida, donde te cruzas con turistas y locales, caminando deprisa, mientras algunos te ofrecen cuero a buen precio, o el mejor sitio para cambiar moneda. De allí, cruzando la amplísima Avenida de 9 de Julio, llegamos hasta la bonita Avenida Alvear para alcanzar el barrio de La Recoleta. Fue en a la terraza que hay junto al antiquísimo y gigante árbol Gomero, donde pudimos calmar nuestra sed después de la caminata, y disfrutamos después de una jugosa carne a la parrilla.
 

Volvimos al hotel para refrescarnos antes de volver a escapar. Esta vez tocaba un espectáculo de tango. Hay mil sitios, de los más clásicos a los más modernos, pero optamos por el famosísimo Viejo Almacén.
 

El tercer día: city tour!. Subimos a un autobús de esos con techo abierto, para poder ir recorriendo la ciudad recibiendo las explicaciones y anécdotas de los sitios por los que íbamos pasando. Íbamos tomando las fotos que podíamos desde el bus, pero paramos en Caminito,

para ponernos a la sombra durante un rato, pues aquella mañana el sol picaba, y estando a techo descubierto en el bus necesitábamos que la sesera no se derritiera del todo. Volvimos a la zona del hotel, a comer de nuevo en Puerto Madero, y por la noche a cenar al barrio de Palermo Hollywood, a un restaurante de influencias asiáticas que hizo nuestras delicias.

Me ha encantado reencontrarme con Buenos Aires, y por supuesto con sus habitantes: divertidos, amables, conversadores... Adoro cómo hablan los argentinos y he sido muy consciente en este viaje de la innumerable cantidad de veces que los españoles usamos el verbo coger, palabra que no empleamos en el mismo sentido que ellos, lo cual me decidió a intentar sustituirla por sinónimos. ¡Difícil tarea! No porque no existan, sino porque estoy acostumbrada a hablar rápido, y el tener esa "prohibición" se me pasaba, y me daba cuenta siempre al instante, pero ya demasiado tarde. Me temo que en España somos grandes "cogedores", ya que para nosotros es normal: coger el avión, autobús, taxi o metro, coger el teléfono, coger un chiste, coger un artículo en un supermercado, coger un berrinche, coger un resfriado,... y muchos más "cogeres" que pueden verse en la definición que da la RAE (http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=coger), donde es la acepción 31ª la que recoge el significado que intentaba evitar.

Y de Argentina, tras la pausa de hoy en Santiago de Chile... ¡al desierto de Atacama!. Tengo ya lista la maleta, preparada con ropa para el frío de sus noches y ropa para el calor de sus mañanas y tardes. Madrugaré harto (como dicen por acá) para llegar con tiempo al aeropuerto, pero no sin desearos ¡Feliz Año 2011! :-)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Wrap Up Of The Year

Creo que en las fechas en que estamos bien puedo hacer balance de mi primera experiencia en lo que a trabajar y vivir en el extranjero se refiere. Llevo prácticamente todo el año en Boston, ciudad que, decididamente, me encanta; pequeña, muy "caminable", luminosa, limpia, llena de gente amable. Adoro el puerto, el Charles river, el Faneuil Hall lleno de vida con sus tiendas, restaurantes y el Quincy Market, la zona de Washington St cerca del Macy's, el Common park, las calles de Newbury, Boylston, Charles, Tremont, Beacon... 

Faneuil Hall
En ese tiempo he podido escapar muy poco a España: al Madrid de mis amores, a Coma-ruga en verano para disfrutar de una corta semana de vacaciones con mi familia, a Barcelona para reencontrarme con amigos especiales... He recorrido un poco Massachusetts, lo que el tiempo libre me ha ido permitiendo, y escapé a New York cuando Jogi vino a verme. En Boston he visto la primavera, el verano, el otoño y aunque me ha dado tiempo a intuir el frío, escapé a tiempo a Chile hace unos días y de momento me he librado de las nevadas y las bajísimas temperaturas. He "vivido" todo el año en el hotel, y mi búsqueda de apartamento comenzó, se vio frustrada, y ha recomenzado de nuevo, aún sin frutos, con lo que claramente a mi vuelta seguiré en el empeño.

Este es mi primer proyecto internacional. Sin exagerar lo más mínimo puedo decir que ha sido un año duro de trabajo, en el que las largas jornadas laborales han sido la tónica, especialmente en agosto, con alguna semana record de más de 85 horas de trabajo que, sinceramente, espero no repetir. Demasiadas horas, sí, pero sin que me ciegue el optimismo, no he de hacer esfuerzos para que lo que venga a mi mente sean recuerdos inolvidables, entrañables, divertidos y especiales. Aún recuerdo aquel fin de semana maratoniano en que Raquel y yo recorríamos los desiertos pasillos de la oficina a las 4 de la mañana, cantando a voz en grito, o cuando al ritmo de la música nos marcábamos bailes con las sillas ante la mirada atónita de Barry, quien debía pensar "estos españoles están locos". Había que mantenerse despierto mientras los procesos se ejecutaban y esperábamos, pacientes, a que en México nos hicieran caso con las peticiones que íbamos encadenando. Cada ¡ahorita, ahorita! nos desesperaba, pero sólo recuerdo risas y buen rollo. Igual que en las semanas previas en que Fernando decía las palabras mágicas de "hoy, lo mismo, salimos pronto" y terminábamos saliendo a las mil, cenando frente al hotel a las 11:00 porque ya no había muchos más sitios donde pudiéramos hacerlo. Luis, el colombiano, repite incansable que en este proyecto le parece estar inmerso cada día en una peli de Almodóvar. Pero, volviendo a alejar el zoom de esas semanas y mirando en conjunto todo el período, aparece en escena toda la familia: mi familia bostoniana, compuesta por todos los compañeros (amigos, en realidad) a los que he ido conociendo día tras día, dentro y fuera de la oficina. Cuando estás en un proyecto fuera de casa pasas muchas horas con el resto de la gente, no tienes una vida a la que regresar cuando dejas la oficina, y sales a cenar, a tomar una cerveza, a dar un paseo, a ir de compras..., con tus compañeros, lo cual hace que pasemos muchas horas juntos, semana tras semana, especialmente cuando estábamos la mayoría en el hotel, en el que prácticamente ahora sólo quedo yo. Se produce un efecto "Gran Hermano", todo se vive más intensamente y se magnifica, y los lazos que se crean son fuertes. A medida que unos y otros nos mudemos a apartamentos y nos integremos individualmente en nuestra rutina diaria, se ampliará el grupo con integrantes autóctonos, pero de momento somos básicamente la gran familia española. Les quiero. Nos tenemos unos a otros para mimarnos y animarnos en momentos de bajón, para dar un abrazo al que lo necesita, para comernos a besos, para celebrar lo que se tercie, para compartir nuestros ratos de ocio... para vivir, en definitiva. Añoro en muchos momentos a mi familia y amigos, me encantaría poder chasquear los dedos y materializarme junto a ellos o traerlos junto a mí sin más que desearlo, pero no han inventado aún lo del teleport (científicos del mundo, ¿para cuándo?). Es entonces cuando más agradezco tener también aquí una familia a la que adoro.
 

Vamos que, in summary, el resultado del balance es positivo 100%, y sin dudarlo estoy dispuesta a repetir en el 2011. Ahora me toca descansar, disfrutar de mis merecidas y largas vacaciones con mi familia, desentumecer los músculos, vaciar la mente, reunir energías y embotellarlas, para ir liberándolas a medida que me hagan falta, y poder estar, a mi regreso a Boston, llena de vitalidad y con las pilas bien cargadas. Go for the New Year 2011!!! ;D

jueves, 16 de diciembre de 2010

When The Rook Flies Low...

Viernes pasado: comida de Navidad con los compañeros.

Temperatura que marcaban los mercurios en Boston: alrededor de 25 ºF, que vienen a ser unos -4 ºC.

Sensación térmica: depende de la constitución de cada uno, de la calle en la que estés y de si llevas un orujo en el cuerpo o ninguno, pero doy fe de que el grajo iba reptando por las calles, y de que eso de -4 ºC, nada de nada.

A rook
En esas circunstancias, ese viernes me abrigué (no hice como las bostonianas, que lucen escotes, minifaldas sin medias y calzado de verano con los dedillos al aire, que si soy yo se me caen uno por uno del frío; prometo averiguar algún día cómo lo resisten y cuál es su secreto). Fui a trabajar en taxi, y en coche hacia el restaurante. Las pocas veces que me aventuré a salir a la calle a fumar (sin comentarios) lo hice pertrechada con bufanda y abrigo bien cerrado hasta arriba. Me llevaron en coche hasta el sitio de copas al que fuimos después. Tras varias horas de pasarlo bien, regresé al hotel en taxi, que tuvimos la suerte de parar a pocos metros del local. Y, ahí es cuando llego yo y me pregunto,... ¿dónde ha sido que he pillado este tremendo catarro, resfriado o proceso gripal? ¿Quién me ha transmitido vía aérea uno de esos bichitos malos? Como me entere, me lo cargo, ¡ja! Que me ha tenido el tema como alma en pena, envuelta en toses, escalofríos y temblores, con dolor de cabeza y garganta, inapetente de todo, encerrada en mi castillo (léase hotel) hasta hoy. Y si hubiera sido una transmisión boca a boca, al menos habría tenido con quien delirar en mis momentos febriles, digo yo.

En fin, ya estoy más o menos restablecida, curada y casi sana del todo, pero no las tengo todas conmigo. Ayer se estropeó la calefacción en mi habitación. Me arrastré a recepción a contarles el problema. Era algo general que afectaba a muchas habitaciones, pero no a todas, y me ofrecieron cambiar de habitación. No way, me dije, que con lo hecha papilla que estaba no me veía yo empacando mis pertenencias para llenar las 4 maletas que traje, y sabiendo que los regalos que he ido comprando no tenían hueco en ninguna (ni tienen de momento, a ver cómo apaño esto). Me subieron un radiador pequeño que no sirve más que para hacerme compañía. Opté por meterme bajo el edredón y sobreviví a la noche. Hoy, cuando he vuelto del curro, he entrado a mi habitación con la esperanza de ver resuelto el problema, pero no. La nueva visita a recepción me ha hecho conocedora de la grata noticia de que no podrá solucionarse ¡hasta el fin de semana! Bbbbrrrrr.... Muero de sólo pensarlo y de ver previsiones de frío y nieve estando sin calefacción. ¿A que voy y no me curo?

jueves, 4 de septiembre de 2008

Geocaching

¿Que no sabes qué hacer el sábado por la mañana? ¿Que casualmente tienes un gps portátil, espíritu aventurero, eres aún como un niño a ratos o te gusta lo de la búsqueda de tesoros? Si no has oído hablar de Geocaching, echa un vistazo:
http://www.geocaching.com/

Localiza tu objetivo. Mejor cerca de casa para empezar, que haber, hay por todo el planeta, pero si te vas a buscarlo a la Patagonia lo mismo te sale carillo. Prepara algo para guardar en el lugar del "tesoro" si tienes la fortuna de encontrarlo. Y... ¡suerte y que te diviertas! ¡A geocachear!