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martes, 28 de mayo de 2013

The Mission

Me giré al escuchar sus pasos. Sabía que era ella. Llevaba esperándola ya un rato, pero cuando su imagen llenó mi campo de visión, no pude evitar abrir la boca como un idiota. Mi mandíbula se descolgó al contemplar el cambio tan radical que había sufrido. No daba crédito. Cerré la boca, mientras ella avanzaba hacia mí y yo buscaba en lo más recóndito de mi cerebro las palabras adecuadas. Me sorprendió verla tan demacrada, con profundas ojeras, vestida con ropas que caían sobre su cuerpo como si fuera una pobre escoba. La triste sonrisa que esbozó al mirarme, dejó entrever unos dientes estropeados, y no logró iluminar su rostro como siempre ocurría. ¡Cómo podía haber cambiado tanto en solo unos días! Estuvimos juntos toda la semana anterior, disfrutando de la escapada al desierto de Atacama. Ella adoraba aquel lugar. Era su lugar favorito y procuraba escapar allí cuando podía, para disfrutar de la belleza de la naturaleza en su lado menos obvio. Bañar su cuerpo en las aguas cálidas de las termas, reflejar el azul de sus ojos en las aguas de los lagos altiplánicos, saciarse con las increíbles vistas del Valle de la Luna, sentada al borde de la gran duna con los pies colgando, mientras el anciano volcán Licancabur coronaba el contorno andino, bañado por los cielos de color rosa al atardecer.
 
Sí, no hacía ni una semana que habíamos vuelto. Allí atrajo todas las miradas, su belleza jamás pasaba desapercibida. Su cuerpo, fibroso y voluptuoso, dotado de una elegancia innata, recorría la calle principal de San Pedro de Atacama como si fuera parte de un paisaje que le perteneciera. Sus ojos azul profundo competían con el lapislázuli que los artesanos engarzaban en pendientes, anillos y colgantes. Su boca, grande, de labios gruesos, hacía que uno se preguntara siempre por la definición de beso. La mujer que tenía ante mí no era ni la sombra de todo esto.

Volcán Licancabur visto desde el Valle de la Luna
 
—Lía, cielo… ¿q.. qué te ha pasado?, apenas te reconozco —dije con un hilo de voz.
 
—Hola, Mark —hasta su voz parecía diferente, había abandonado la musicalidad que le era propia—. He venido a despedirme y a contarte quién soy en realidad.
 
Quedé casi mudo y en shock al oírlo.
 
—Sé que eres tú. Aun tristes y apagados, tus ojos te delatan, pero… mi amor, no entiendo nada —logré articular.
 
—Lo sé. Por eso vengo a explicarte.
 
Me cogió de la mano, me llevó hacia el ventanal y salimos al porche. Nos sentamos en el sofá de mimbre, con el mar ante nosotros. El calor de la tarde se sentía a pesar de la leve brisa.
 
Me miró dulcemente, pidiendo perdón y comprensión con la mirada, y empezó a hablar.
 
—Mi nombre real es Nauhirel y nací en un planeta muy lejano llamado Myrthan. Atacama me lo recuerda. Os vengo observando y cuidando en vuestra bola azul desde niña. Llegué aquí hace ya diez años. Se cumplen hoy, en realidad —empezó a contarme, con la vista anclada en el cielo, como si buscara en él su hogar—. La forma que ves… bueno, la que conociste… era temporal. Tenemos la habilidad de crear la forma que nos represente mientras dure nuestra estancia, pero ésta es finita, y no puede sobrepasar los diez años, momento en que la forma elegida se degrada y descompone, y nuestra… ¿cómo decirlo?... esencia creo que es la palabra adecuada, se separa de la forma y se diluye en el Universo, llegando de nuevo a Myrthan.
 
Hizo una pausa. Tenía la boca seca.
 
—Aquí he visto el odio, la guerra, la prepotencia, la locura, la intolerancia, la maldad en estado puro. Pero he aprendido mucho —prosiguió, acariciando mi mano—, especialmente gracias a ti. Me has enseñado cosas tan valiosas que no pueden ser mensuradas, como la amistad, el compromiso, la fe, el arte, la pasión, la gratitud, el amor… Todas ellas desconocidas para mí cuando vine. De todo he sacado una enseñanza que llevarme a mi mundo. Esa era mi misión y ya acaba. Pero, —dijo abrazándome—, no llores, amor… No me hagas irme triste.
 
—¿Cómo quieres que esté? Descubrir de pronto esta dolorosa verdad que te alejará de mí…
 
—Lo entiendo, pero no podía revelarlo hasta el final. Necesito irme en paz. Te quiero.
 
Puso un dedo en mis labios para silenciar lo que mis lágrimas ya decían. Se levantó y echó a andar hacia el mar, a disolverse en el agua.
 
Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.




Nota: Post escrito para la Escena 9 propuesta por Literautas, que debía ser narrada en primera persona, y debía empezar con la frase "Me giré al escuchar sus pasos" y finalizar con "Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando". En la historia aparece Nauhirel, quien hizo su aparición en un post doble que escribí el año pasado, y que os invito a curiosear desde aquí. Como siempre, si queréis pasar un rato agradable leyendo la variedad de historias a las que da pie la escena propuesta, os invito a hacerlo pinchando aquí.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Nighthawks

Y llegó el día esperado. Hoy por fin conocería a Jack, con quien llevaba carteándose ya tres meses. Cuando Kate aceptó el trabajo y se mudó a New York, no sospechaba que le resultaría tan difícil conocer a alguien, por ello, se decidió a poner el anuncio en la sección de contactos del periódico. Fueron varios los que le escribieron, pero tras unas semanas de correspondencia con algunos de ellos, sólo Jack pasó el filtro. Semanalmente, Kate iba a la oficina de correos, donde había contratado un apartado postal para no desvelar su identidad, y leía feliz las líneas recibidas cuando llegaba a casa. Mil veces estuvo tentada de abrir la carta allí mismo, pero se resistía y esperaba a saborear el momento relajada, sentada en el alféizar de la ventana, mientras tomaba un té helado y dejaba vagar su mirada ilusionada sobre el río Hudson. Aunque él propuso un intercambio de fotos, ella era reacia, y prefería verle en persona. Para no prolongar más la incertidumbre, finalmente hoy se verían las caras.

En la oficina, en un estado de nerviosismo feliz, la mente de Kate retozaba en el azul del cielo saltando de nube en nube, sus ojos se mostraban soñadores y su boca exhibía la sonrisa de quien guarda un secreto. La jornada parecía interminable, pero tocó a su fin. Más tranquila en casa, intentó relajarse con el sonido del último disco que había comprado. La voz de Sinatra cantando Begin The Beguine impregnaba el ambiente. Se sentía romántica, danzaba de puntillas girando por el salón con un almohadón del sofá, que dejó caer camino del dormitorio. Debía empezar a arreglarse y preparó con esmero las prendas elegidas para el encuentro: el vestido de manga francesa y falda evaseé, sus zapatos negros de tacón, un bolso de mano y... violetas para el pelo. Ese fue el detalle elegido para que Jack la reconociera. Él, por su parte, llevaría una corbata violeta.
 
Kate se vistió, mientras su imaginación intentaba poner rostro a aquel a quien ya creía conocer a través de las cartas. Se recogió la melena pelirroja, colocando las violetas con gracia, se puso carmín en los labios, unas gotas de perfume en su largo cuello y en las muñecas, y se miró satisfecha. Salió de casa flotando y paró un taxi, indicándole el bar de Little Italy donde habían quedado, normalmente muy concurrido los viernes noche.
 
Ilusionada, llegó puntual al bullicioso bar. Lanzando miradas en busca del esperado color violeta, se dirigió hacia el fondo, y encontró un hueco junto a la barra. Desde ahí veía bien la entrada, y se sintió segura. No había ni rastro del que pudiera ser Jack. Pidió un refresco y esperó, desoyendo los piropos que algún joven le brindaba, deseoso de trabar conversación. Ella permanecía atenta a la puerta del bar, mientras las parejas entraban y salían riendo. Acabó el refresco, y pidió otro. Kate esperó y esperó, y ya harta, decidió marcharse y no ser la boba a la que habían dado plantón. Abriéndose paso, aturdida entre parejas demasiado sonrientes para su estado de ánimo, fue arrasada por un hombre que salía tras ella como una tromba. Cayó al suelo sin poder evitarlo y se torció el tobillo. Se levantó como pudo, buscando su bolso, que había escapado de su mano en la caída. Lo vio, lo agarró y salió furiosa de allí.
 
"¡Menuda idiota crédula!", pensó. ¡Se había hecho tantas ilusiones! Se alejó caminando, todo lo digna que pudo, pero varias manzanas después las lágrimas caían, imparables. Al abrir el bolso para sacar un pañuelo, descubrió que le faltaba la cartera. Debió de salir del bolso en la caída. Desechó la idea de volver al bar. Se había alejado bastante y, probablemente, ya no estaría allí. Abandonó la idea de tomar un taxi y se resignó a caminar hasta el Greenwich Village, su barrio. Tras recorrer varias cuadras el tobillo le ardía, y recordó vagamente haber visto un par de dólares en un bolsillito interior del bolso... Rebuscó, rebuscó... y ¡ahí estaban! Realmente necesitaba una pausa, e intuía que también algo más fuerte que un refresco. Entró resuelta en un diner que hacía esquina.
 

Nighthawks, Edward Hopper (1942)
Estaba casi vacío. Había una pareja al fondo medio discutiendo, un hombre cabizbajo en un lateral y un afable camarero. Pidió un bourbon y, enfadada, se quitó las violetas del pelo y se concentró en sus pensamientos.
 
Al poco rato, el hombre cabizbajo pidió la cuenta y sacó la cartera para pagar.
 
—¡Eh! ¡Esa es mi cartera! —dijo Kate al verla.
 
Él la ignoró, deslizando un billete al camarero.
 
—¿No me ha oído? —dijo yendo hacia él—. Compruebe la documentación, y las fotos. Es mía, ¡sin duda! —siguió Kate, creyendo de pronto visualizar una americana y un sombrero similares en su caída—. Usted, usted estaba allí..., usted…
 
—¡Amigo!, ya ha oído a la señorita —gritó el joven del fondo—. Devuélvasela si no quiere problemas.
 
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de problemas? —preguntó socarrón.
 
Por toda respuesta, el joven abrió la chaqueta un poco, dejando ver una placa de policía. El hombre cabizbajo, reconsiderando su postura, se levantó, dejó la cartera junto a Kate y salió del diner con cierta prisa, murmurando unas disculpas.
 
Kate la cogió, sin intentar comprender. No quería pensar. Viendo que no era su noche, pagó y se largó, caminando despacio y cojeando por culpa del tobillo, que para entonces ya estaba hinchado.
 
No bien había doblado la esquina, entró un joven al diner.
 
—Hombre… ¡Jack! ¿Qué tal? —saludó la mujer encendiendo un cigarrillo.
 
—¡Hola, chicos! ¡Vaya nochecita! —dijo acercando el whisky que ya le tendía el camarero—. ¡Llegué demasiado tarde!
 
Les contó lo ilusionado que había estado toda la semana porque por fin llegara el viernes. ¡Sentía que iba a conocer a su futura mujer!, pues tras meses de correspondencia con la maravillosa Kate, se sentía enamorado. Había salido con tiempo suficiente para la cita, incluso para ir caminando hasta el bar, pero, tal vez por llegar algo más relajado, decidió parar un taxi. Y ahí estaba él, tan abstraído imaginando cuáles serían sus primeras palabras en cuanto se vieran, que el sonido del claxon le hizo dar un respingo. Tardó en comprender que algo no iba bien. Estaban detenidos en un semáforo y el taxista había caído desmayado sobre el volante. Jack movió su brazo desde el asiento trasero, zarandeándolo un poco, pero al ver que no reaccionaba, salió del taxi con rapidez, e intentó reanimarlo. No sabía nada de primeros auxilios, pero pudo comprobar que respiraba y decidió que lo mejor era llevarlo a un hospital a toda prisa. Colocó al taxista con sumo cuidado en el asiento trasero, y condujo él mismo hacia el hospital más cercano lo más rápido que pudo. Llegó a urgencias e hizo los trámites con la agilidad que su mente —que escapaba a la imagen de una linda chica esperando a encontrarse con él— le permitió. Pero no podía dejarlo allí sin más, y esperó hasta saber que había sufrido un infarto, que estaba controlado y que se pondría bien.
 
—¡En fin! Tal vez sea cosa del destino y no deba conocerla —dijo finalizando su relato de los hechos con el gesto abatido—. Cuando finalmente llegué al bar, seguía abarrotado, pero por más que miré, no había ni rastro de la chica que debía llevar una violeta... ¡como ésa! —exclamó sorprendido al verla sobre la barra.
 
Quitándose unos a otros la palabra, le contaron atropelladamente que la llevaba en el pelo una joven pelirroja, que salió justo antes de entrar él.
 
—¡Corre, muchacho! ¡Es ella sin duda! —dijo el camarero, agarrándole del brazo—. No pierdas tiempo. Salió cojeando y no andará muy lejos.
 
Jack se levantó raudo y, recordando que no había pagado, se detuvo en la puerta un instante, al tiempo que el poli duro del fondo, cigarrillo en mano, decía con media sonrisa:
 
—¡Ve tras ella, idiota!, que ya pago yo. No puedo resistirme a una buena historia de amor cuando la tengo delante.
 


Nota: Post escrito para la Escena 8 propuesta por Literautas, que debía basarse en el famoso cuadro Nighthawks de Hopper. Intenté centrarme en Manhattan en los años 40, época en que se pintó el cuadro. Me quedé con ganas de ampliar un poco el que envié inicialmente y que titulé Violets, entre otras cosas para dejar ver algo más de Jack, como apuntó alguien en los comentarios que recibí. Y me gustó la idea que me dio mi compi Raúl con respecto a quién decía la última frase. Esta vez la participación aumentó, y os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.

viernes, 29 de marzo de 2013

Blue Madness

A todas las unidades... El sospechoso ha huido en un Saab plateado por Madison Avenue en dirección este. Va armado y es peligroso. Ha herido a un policía...

El mensaje suena en los coches patrulla. Las calles se llenan de sirenas de coches de policía y ambulancias. La mente de Mike es un ordenador que intenta dar con la ruta óptima de escape, mientras revive la locura del atraco de hace tres días. Escogieron varias cajas al azar y la que constituía su objetivo. Se sentían con derecho a recuperar lo que en otro tiempo fuera de su abuela, la Comtesse du Sheelly, y que su padre perdió apostando. Mike conduce con temeridad, esquivando coches en sentido contrario y saltándose semáforos, mientras baraja posibilidades. Habían quedado en dejar la ciudad el sábado, pero los golpes en la puerta de su apartamento aceleraron el plan. Ha escapado por la escalera de incendios, disparando a policías apostados en el callejón, y ha robado un coche a punta de pistola. Quieren cercarle. Su única opción es el barco, pero detesta la idea de que los explosivos sigan aún allí.

No lejos, un yate de lujo avanza despacio. Robert ha reservado mesa. Es el escenario elegido para proponer matrimonio a Claire. Lo hará antes del almuerzo, en cubierta, con el mar y el cielo de testigos. Ahora toman un cocktail en el bar. Salta a la vista que están enamorados, y no prestan atención a las noticias.

¡Espectacular persecución! Mientras esperamos imágenes en directo grabadas por un testigo, conectamos con Main St, donde la huida de un sospechoso del pasado atraco a Glady's Bank ha ocasionado múltiples accidentes. Como recordarán, la cámara acorazada fue forzada con explosivos y se llevaron el contenido de varias cajas de alquiler. ¡Ahora sí! Ann, ¡adelante!...

El barman sube el volumen, mientras Claire y Robert salen a cubierta, a sentir la brisa y ver a las gaviotas. Pasean abrazados, admirando la grandiosa belleza del mar.

El Saab llega al muelle a toda velocidad. Mike detiene el vehículo, sabe que les lleva escasos minutos de ventaja y corre hacia la lancha. Libera amarras hábilmente y sube sin perder un segundo. Arranca el motor y maniobra para salir a toda velocidad, mientras escucha las sirenas acercarse. Ha de llegar al otro lado de la bahía.

Yatch in the blue sea

En el yate, Robert, nervioso, con la mano en la cintura de Claire, la guía al sitio elegido. 

—Claire... He pensado mucho en este instante. Habría deseado que fuera en Venecia, pero no puedo esperar —dice poniendo una rodilla en tierra y sacando de su bolsillo una cajita—.

Un par de lanchas salen en pos de Mike, y van acortando distancias. Un helicóptero se suma a la persecución. Mike está perdido. Estarán sobre él en breve. No ve escapatoria.

Robert alza la vista hacia los azules ojos de Claire.

—¿Quieres casarte conmigo? —pregunta abriendo la caja y mostrando un maravilloso anillo.

Alertados por las noticias, varios pasajeros salen del bar a ver la persecución en directo. Claire y Robert están absortos en su mundo.

—Ya sabes la respuesta sin más que mirar mis ojos. Sí, Robert, ¡sí!

Una de las lanchas intenta cerrar el paso a Mike, quien vira a estribor, donde está la otra. Todo ocurre con mucha rapidez. Desde la lancha efectúan disparos y dan en el blanco. Mike se desploma, herido, sobre el timón, pero ve que el yate está en su trayectoria. Tiene que esquivarlo, pero no puede... "¡Los explosivos!", piensa.

Claire sostiene el anillo entre sus dedos, admirando la exquisita factura.

—¡Es precioso, Robert!

El impacto es inevitable. La motora embiste al yate por la mitad, la explosión se ve desde la costa. Todo es caos. Robert sale despedido al agua, seguido de Claire, de cuyos dedos escapa el anillo, directo al mar.

Horas después, el muelle es un hervidero de actividad. Policías, equipos médicos y periodistas reparten su tiempo entre los ocupantes del yate. Claire está empapada, arropada por una manta, conmocionada por lo sucedido y por lo que va descubriendo.

—Nunca dijo que no supiera nadar —repite una y otra vez, balanceándose de atrás a delante sin parar de tiritar—. Ni que se llamara Sheelly.

La agente le acerca la foto del contenido de la caja robada, esperando respuesta.

—Sí —dice señalando uno de los anillos—. Reconozco éste.

—¿Dónde lo ha visto? —pregunta la agente.

—♪ En el fondo del mar ♪♫...

La canción, y su risa, desquiciada e histérica, llenan de irrealidad y sinsentido el muelle.




Nota: Este post es el que envié para la Escena 7 propuesta por Literautas, que debía ocurrir (en todo o en parte) en un barco, y tenía que suceder un robo. En el taller, enviamos nuestro texto y recibimos tres comentarios anónimos acerca de la forma y contenido, que incluyen una opinión personal. Me frustró que algunos no entendieran la historia (os recuerdo que condensada en un máximo de 750 palabras) y me pregunto si la entenderéis o no (que sé que sois muy listos, jajaja, pero me quedo más tranquila sabiéndolo). ¿Os queda claro quién cometió el robo, qué eran Mike y Robert, si vive alguno de los dos? ¿Dudas? ¿Os apetece hacer un comentario formal? No es malo criticar, es la única forma de aprender. Os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.
 
 
 

domingo, 17 de marzo de 2013

The Lost Senses


Ayer, te miraba y veía chispitas en tus iris…
una aquí, otra allá,

todas ellas compitiendo con las mías
a ver cuál brillaba más o hacía la pirueta más graciosa,
jugando a crear colores nuevos cuando chocaban.

Ayer, nuestras manos se unían,
saboreándose,
muy atentas a cada surco,
reaprendiéndose a base de recorrerse con las yemas,
jugando como chiquillas a fundir los pulgares en un beso.

Ayer, tus labios bebían de los míos,
a sorbitos y a tragos,
calmando la sed o provocándola,
dejando que nuestras lenguas hablaran un lenguaje mudo,
antiguo, lleno de rugidos, jadeos y dibujos.

Ayer, tu olor era mi perfume,
cubría mi piel,
vistiéndola poro a poro,
con mimos cálidos en invierno y de té verde en verano,
alimentando mi cuerpo y dejándolo satisfecho y hambriento de más.

Ayer, nuestros pasos resonaban juntos en la noche,
caminábamos de la mano de día,
abrazados o compartiendo meñique de tarde,
saltando en todos los charcos que nos salían al paso,
porque la vida se goza aspirándola y metiéndola de lleno en ti.

Ayer, mis sentidos se mezclaban, crecían en revoltijo
creando sentidos nuevos de nombres desconocidos.
Mis ojos te comían, mis labios te miraban,
mis manos aspiraban tu aroma y lo encerraban en frasquitos de esencia
para poder olerte a escondidas,
mi nariz seguía el trazo de tu pecho
luchando con mi boca para que no se entretuviera,
mis oídos sentían cada escalofrío de tu espalda
porque tus poros gemían a cada beso,
mi piel escuchaba a la tuya y seguía su voluntad
como conducida por un maestro de orquesta.

 
Sleeping woman by Anuraag Fulay

Hoy..., ya no estás.
Mis ojos perdieron su luz,
mis manos están vacías,
mi boca ya no sonríe y no sabe calmar su sed,
mi nariz busca anhelante como un yonqui el rastro de tu aroma,
mis pies dejan huellas invisibles y caminan silenciosos sin nadie al lado.
 
Hoy mis sentidos vagan adormecidos, drogados y aburridos,
como extraños en un mundo sensorial que no comprenden.
No encuentran nada que les despierte.
Les faltas tú.
Me faltas tú.


 
...More nonsense and ravings :)

domingo, 17 de febrero de 2013

The Blue Envelope

Soy peluquera. Como puedes suponer, a lo largo del día me cuentan muchas historias. Mis clientas hablan de sus enfermedades, de lo listos que son sus nietos, de lo gorda que se ha puesto la vecina o de lo mala malísima que es la suegra, chismorrean de lo que ven en las revistas, de los famosos, de los casposos, de los escándalos que se van destapando en este país. Pero también, me cuentan sus vidas amorosas e infidelidades cada día. No siempre con palabras ni de modo consciente, pero de algún modo me lo cuentan, con sus cambios de look, su repentina preocupación por lucir impecables manicuras, su nerviosismo y brillo especial en los ojos, y lo percibo especialmente si las conozco desde hace tiempo y he visto que estas cosas solo las hacían muy de tanto en tanto o para una boda. Son mis clientas, sé de qué pie cojean. Hablan ilusionadas, vuelcan en mí confidencias que a veces no cuentan ni a sus mejores amigas. Soy una suerte de psicóloga tal vez, pues desde luego psicología no me falta, aunque ésta sea de andar por casa. Les hago preguntas, tantas como ellas me permiten, y ahondo tanto como puedo para hacerme una idea de la situación y darles mi opinión sincera. Son mis niñas, y cuando vuelven al cabo de la semana o del mes, nada más saludarlas ya sé si ha habido cambios buenos o malos desde la última vez.
 
Malena es una de ellas. Debe rozar la cuarentena, y la conozco desde hace años. Venía a cortarse las puntas y peinarse cada mes y medio, y excepcionalmente cuando tenía algún evento. Últimamente viene cada semana, a peinarse y a hacerse las uñas, y una vez al mes, pide cita para la de estética y se hace limpieza de cutis o alguno de esos tratamientos rejuvenecedores. Tiene un brillo especial en la piel, no solo producto de los tratamientos de belleza, sino más bien como si su piel sonriera, como si cada pose en ella tuviera ahora una gracia y frescura nuevas, que antes no estaban. Me empezó a contar su historia desde el primer día. Después de llevar años viuda, sola y aburrida, había decidido apuntarse a grupos de lo más diverso sin éxito aparente, hasta que por fin había conocido a alguien por Internet, en una de esas redes sociales de contactos tan en boga hoy en día. Estaba radiante, ilusionada y feliz como si tuviera veinte años. Me alegraba por ella, siempre había pensado que era un desperdicio que una mujer como ella estuviera sola. Era inteligente, atractiva, dulce y divertida.

Tras unas semanas, él le confesó que estaba casado, pero que no era feliz y quería dejarlo, lo cual les llevo a algunas tiranteces y a un intento de cortar por lo sano por parte de Malena, que tenía las ideas muy claras y no quería ser la amante. Quedó para hablar con él, y le dijo que no podía seguir más tiempo a dos aguas. Debía tomar una decisión: o seguir con su mujer, o dejarla y estar con ella. Le dejó bien claro que las medias tintas no le parecían justas para ninguna de las dos.

La última vez que vi a Malena vino a peinarse y a despedirse. En mi vida la había visto tan feliz. Él había accedido y, aunque sabía que sería un largo proceso que su mujer ni sospechaba, estaba decidido a pedirle el divorcio y empezar una nueva vida con Malena. Había dejado una larga carta a su mujer, explicando sus motivos, pidiéndole perdón por comunicárselo así y prometiéndole hablar en unos días, pues esa misma noche saldrían de viaje juntos, sin esconderse de nadie, y a su vuelta, contactaría con ella para hacer una separación lo más civilizada posible.
 
The blue envelope
De eso hacía ya una semana. Recuerdo claramente cada una de las cosas que hice ese día, hasta con quién hablé o qué comí. Al final del día, salí de la peluquería y conduje hacia casa, deseando abrirme una cerveza y descansar un rato. La estupefacción inicial que se dibujó en mi cara cuando entré y lo vi, me duró unos minutos. En el aparador de la entrada me esperaba un sobre azul. Tenía mi nombre escrito con la inconfundible letra de Carlos. Lo abrí a cámara lenta, sabiendo el contenido antes de leer una sola palabra. Lo leí de tirón. Como una sonámbula me dirigí a la nevera, saqué una cerveza y fui a sentarme al sofá del salón, muy tranquila. Tomé un trago directamente de la botella y, poco a poco, la sonrisa iluminó mi cara, mientras saboreaba un hecho que, sin saberlo, había estado deseando largamente.

—Soy... libre —musité.

Pues sí, ya ha pasado toda una semana. Malena y Carlos estarán a punto de volver. Seguramente piensan que mi reacción va a ser otra, quién sabe, pero no le voy a poner el más mínimo problema. Mentiría si dijera que no me duele, al menos un poquito, sobre todo comprender que él y yo no éramos felices juntos y no nos dábamos ni cuenta, habíamos puesto un velo a la realidad de la relación. Yo había llenado el vacío viviendo la vida de mis clientas, en lugar de vivir la mía propia. Nuestro día a día en cierto momento se volvió rutinario, y nos llevábamos bien, pero más como dos personas que comparten piso y coinciden a la hora de cenar, cruzan unas palabras y salen juntas de tanto en tanto. Tengo mucho cariño a Carlos, y le deseo lo mejor, y he de aceptar que ni yo era para él, ni él para mí. A veces hay que pararse en mitad de la vida, romper la rutina del dejarse llevar y asomarse desde fuera, como si vieras una película en la que los actores son otros y, en ese momento, preguntarte si serías feliz con una vida como la de la protagonista, y ser muy sincera y honesta contigo cuando respondas. En mi caso, fue la vida la que tomó la iniciativa, pues yo andaba en el limbo, pero no siempre es ella quien te organiza los pasos a seguir y te zarandea, y has de ser tú quien tome las riendas. Yo ahora tengo un nuevo camino ante mí, y estoy ilusionada y ansiosa por recorrerlo.

—¡Riiiiiiiiiiinnnnng, riiiiiinnng!

Ese debe ser Carlos.

 

martes, 29 de enero de 2013

The Wound

Allí está Nadia, esperándome a la puerta del teatro. La veo de lejos, atenta al móvil, seguramente a punto de llamarme a causa de mi demora. Siempre soy puntual, pero el tráfico hoy estaba imposible. Cruzo a grandes zancadas la calle y la sorprendo por detrás.

—Hola, princesa —digo besándola—. Perdona el retraso.
 
Me devuelve el beso fugazmente, aún sobresaltada, y bajando la vista al móvil algo azorada, lo guarda rápidamente en el bolso.

—No pasa nada —dice sonriendo y sonrojándose, al tiempo que me muestra las entradas—. ¿Vamos dentro?
 
La sigo, admirándola embobado. Aún no me creo la suerte que he tenido de conocerla. Llevamos juntos unos meses, y esta noche le pediré que se venga a vivir conmigo. Creo que ni se lo imagina, pero en las dos últimas semanas nos hemos visto muy poco, y ello me ha hecho darme cuenta de que quiero verla cada día.
 
Yo no soy mucho de teatro, pero ella lo adora y, cuando propuso el plan, acepté sin dudarlo. Nuestros asientos están centrados, en la quinta fila. ¡Vaya! ¡Esto es tener mala suerte! Se acaba de desbordar en el asiento de mi lado un tío enorme. Ha hecho suyo el reposabrazos casi sin querer. Bueno, bien mirado, ello me permite acercarme más a Nadia. Está preciosa. Me habla, contándome su semana, y a veces pierdo el hilo de la conversación. Me pierdo en sus ojos, imaginando qué dirá a mi proposición. Estoy nervioso, la verdad. Me sudan las manos. Odio que me suden las manos. Nos apañaremos en mi apartamento, aunque el suyo es algo más grande. Si es necesario me traslado. Lo importante es estar juntos.
 
Se atenúan las luces y los murmullos de las conversaciones. Está a punto de empezar. Silencio. Se abre el telón. Todos los ojos fijos en el escenario.
 
Thalía y Melpómene
 
La obra avanza. Trata de una pareja en crisis. Ella sospecha que él es infiel. Ha contratado a un detective para asegurarse. Él, en efecto, se ha liado con su cuñada. A su mujer se le va la olla, está un tanto desequilibrada y ha estado internada un tiempo. Tiene cambios de humor sin venir a cuento, y es posesiva y celosa. Mi Nadia no es celosa. En absoluto. Nunca me pide explicaciones de dónde voy o qué hago cuando no estoy con ella. De todas formas, no le he dado motivos para serlo. Mírala, ¡qué guapa está! No quita ojo del escenario. Yo estoy medio en escorzo, porque el de la izquierda no hace más que darme con el codo. ¿Cómo puede estar tan gordo siendo tan inquieto?

La verdad es que los actores lo hacen muy creíble. ¿Quién me iba a decir a mí que me iba a enganchar? Aquí me tienes, atento a cada palabra. Y es que esto es más cercano que el cine. El directo es el directo, sin duda. ¡Ay, pobre! Él está entre las cuerdas. En plena cena, su mujer le acusa de infidelidad y le tira a la cara las fotos en las que aparece con su hermana.

—¡Y en nuestra cama, Javier! —grita dolida—.

—¡Cálmate, Elena! —dice intentando tranquilizarla—. Hablemos civilizadamente.

Ella está como loca, y le pregunta insistentemente qué siente por ella. Él intenta zafarse, pero ella no ceja. Nadia está muy atenta, con sus grandes ojos verdes muy abiertos. Se ve todo tan cerca que es fácil sumirse de lleno en la obra. En el escenario, él va a confesar y se gira hacia el público.

—No fue premeditado, Elena. Surgió sin darnos cuenta.

—¡Qué fácil mientras la pobrecita loca no se entera! —grita fuera de sí—. ¿La quieres, Javier, o es un pasatiempo? No me dejes, ¡por favor! ¡No puedes hacerme esto! —suplica ella, llorando desesperada.

—La quiero —dice él con la mirada baja—. Ha entrado en mi vida y, no sé cómo ha sucedido, pero todo ha cambiado. La amo —prosigue con mucha calma, alzando sus ojos azules, que se clavan en nuestra fila.

¿Por qué mira nuestra fila? Se lo llevo notando hace un rato. Debe darle seguridad. Pero, ¿por qué mira a Nadia tan insistentemente? Me vuelvo hacia ella, a ver si lo ha notado. Tiene los ojos colgados de los de él, la sonrisa en su boca, entreabierta. Está… abducida. Los gritos de la actriz me sacan momentáneamente de mis miedos.

—Está aquí, ¿verdad? Entre el público. ¡Lo sabía! —dice gritando—. ¡Dime quién es! —chilla.

El actor se gira, asustado. Intuyo que eso no estaba en el guión. El público también parece notarlo. Hay cierto clamor y nerviosismo. Nadia está asustada, revuelta en su asiento. Su grito y carrera hacia el escenario me arrancan de mi ensimismamiento. La actriz, completamente ida, tiene en sus manos un cuchillo sangriento, y se intenta zafar de la que interpreta a su hermana, que la retiene como puede. El actor, de rodillas al borde del escenario, sangra por el vientre. Todo es caos. El público grita. Nadia está al borde del escenario, junto a él, pidiendo ayuda, descompuesta, intentando abrazarle.

Me ahogo. Estoy aturdido. Necesito aire fresco desesperadamente, y salgo de allí.

La noche se llena de sirenas de policía y aparca una ambulancia. Casi me arrollan al abrirse paso para entrar al teatro, pero no ven mi herida. Es mucho más interna.




Nota: Este post es resultado de mi participación en Literautas, maravilloso lugar que he descubierto hace poco gracias a M. H. Heels. Decidí animarme y escribir algo para la Escena 5 (que tenía que transcurrir en un teatro y en la que uno de los personajes debía guardar un secreto) y envié mi escrito. Este que publico es casi casi el mismo, con alguna pequeña modificación gracias a los comentarios que recibí de otros participantes y gracias también a que aquí no estoy sujeta a que no supere las 750 palabras.



viernes, 18 de enero de 2013

There are loves...

Hay amores que se siembran,
y se riegan, y se miman...
Cuando llega la primavera, florecen,
y para seguir vivos y lustrosos,
se protegen de los hielos del invierno.

Hay amores que se viven
con los cinco sentidos y los siete colores,
con la música alta y pasos de baile improvisados,
con el pañuelo de la ilusión anudado al cuello.

Hay amores que nacen de la amistad,
o del roce día a día, beso a beso,
boca a boca, cuerpo a cuerpo,
y envejecen dulcemente salpicados de tomillo.

Hay amores en conserva o expuestos en una vitrina,
y se ríen, se bostezan o se lloran
según la luz que entre por la ventana
y el polvo que se pose sobre ellos.


Ceramic hearts ornaments by ©KaroARt

Hay amores prohibidos,
ocultos a otros ojos y susurrados en la escalera,
que roban tiempo al presente,
porque no tienen futuro.

Hay amores que se visten de rutina,
que se interpretan en un escenario,
que se pasean por las casas de los amigos
y que, a solas, y a veces a oscuras, se ven las caras.

Hay amores que no arrancan,
que entre el sí y el no se piensan tanto que pierden la frescura,
y se amputan de raíz, por miedo.
Son amores que se gastan sin vivir.

Hay amores imposibles, de momento,
pero nunca para siempre, porque siempre es mucho tiempo
y porque nada hay imposible si lo sueñas
y crees firmemente que puede ocurrir.

Indigo Heart - Image and ceramic by ©MAKUstudio

Y también hay amores que guardas para otra vida,
porque en ésta ya no hay sitio,
pero los intuyes mágicos y sientes que habrán de ser y
tal vez, solo tal vez,
dejando esto por escrito, yo lo encuentre cuando vuelva,
 y pueda seguir un rastro que me lleve junto a ti
donde, sin necesidad de verte,
mi alma te reconozca y
recuerde fácilmente lo que ahora siento y sé...
y es... que te quiero.



 

...Sometimes I tend to write such nonsense and ravings :)

jueves, 10 de enero de 2013

The Girl On The Train

Cristina, ya en la oficina y café en mano, escoge uno de los periódicos que descansan sobre la encimera. No bien lo desdobla, sus ojos quedan clavados en la imagen y titular de la portada y la taza de café se le cae de las manos y se estrella contra el suelo de la cocina. Paolo, el de Reclamaciones, se vuelve sobresaltado.

—Che colpo! Non ti preoccupare, tesoro, que de ahí no pasa —dice con su habitual buen humor—. Anda, déjame a mí, que te has quedado como ida —continúa solícito, mientras se encarga de recoger el pequeño desastre de restos de cerámica desperdigados por el suelo.

Bad or good news?...
Cristina, aún blanca como la tiza, se limpia las manos con servilletas de papel y frota mecánicamente la mancha en los pantalones, con la mirada perdida. Da las gracias a Paolo, y se dirige hacia su mesa, llevando consigo un nuevo café y el periódico. Agolpadas en su mente se suceden imágenes largo tiempo olvidadas, pero frescas de pronto, como si se hubiera pulsado un play y fueran de esa misma semana.

Hace ya dos años de todo ello. Cristina estaba a punto de casarse, y eran los meses previos de caos y preparativos antes del acontecimiento. Vivía con Javi, su novio, y tal vez por los nervios y la importancia de la decisión, tal vez por los cambios que veía en él según se acercaba la fecha, Cristina se llenó de dudas. Salir de casa cada mañana era un alivio e inhalaba con hambre el aire al salir del portal. Montaba en el metro a diario, camino a la oficina, con todas las preocupaciones del mundo agolpadas en su mente. Cada día repasaba durante el trayecto el comportamiento cada vez más posesivo y obsesivo de él, y se agobiaba y angustiaba. Se concedía esos diez minutos en que, intentando ser objetiva, analizaba la conducta de Javi con ella. Después, la vorágine en la oficina no le permitía pensar, y al llegar a casa, de nuevo se encontraba con él. Y era en esos plácidos diez minutos cuando repasaba los celos sin sentido, los comentarios a su vestimenta —muy escotada según él para ir a trabajar—, los insultos y malas caras, los cabreos, las innumerables faltas de respeto, y así un largo etcétera que al final terminaba en disculpas, perdones y besos, y que ella achacaba al estrés pre-boda, pero que terminaba por pasarle factura, pues cada vez sentía más rechazo a volver a casa y encontrarse con él. Había llegado incluso a convertirse en algo físico, pues sufría de dolores de cabeza, y su estómago parecía negarse a digerir los alimentos como solía.

Cada día, cuando entraba al vagón, casi siempre se sentaba, porque la estación era cabecera de línea. Siempre había disfrutado del recorrido y le gustaba observar a la gente alrededor, pero últimamente, al poco de sentarse, se perdía en sus pensamientos con los ojos fijos en sus manos, donde daba vueltas al anillo que lucía en su mano izquierda. No obstante, al cabo de unos días, reparó en que siempre coincidía en el trayecto con una mujer que se sentaba frente a ella. Era joven, más o menos de su edad, y le encontraba cierto parecido con ella. La chica se sentaba muy derechita en el asiento, y sacaba un libro. De vez en cuando Cristina levantaba la vista hacia ella, porque habría jurado que la observaba con atención, pero jamás la pillaba mirándola, sino concentrada en la lectura de su novela. Cristina advirtió que siempre coincidían en el mismo vagón, a la misma hora, tanto en el trayecto de ida a la oficina como en el de vuelta a casa, no importaba que se le pegaran las sábanas o que saliera a una hora diferente a la habitual. Aquello resultaba cuanto menos chocante. Cada vez que entraba en un vagón de metro, allí estaba la chica, sentada frente a ella, e incluso la había encontrado en las pocas ocasiones en que había usado el metro durante el fin de semana. No interactuaban, ni siquiera habían cruzado un saludo de gesto de reconocimiento con la cabeza o con los ojos. Era siempre igual, como un ritual inalterable: Cristina entraba en el vagón, constataba que la chica estaba allí, se hundía en sus pensamientos espiando de vez en cuando si seguía ahí o la observaba, y bajaba del vagón en su parada, dejándola concentrada en su libro en su sitio habitual.

Mujer leyendo (1950) de Karl Schmidt-Rottluf
Cierto día, Cristina estaba más sombría y sumida en sí misma que de costumbre. Aún le ardía la cara, más por orgullo que físicamente, por la bofetada que recibió la noche anterior cuando se atrevió a enfrentarse a Javi en una de sus discusiones. Ya calmada, tras recapacitar y pensar muy bien su decisión, parecía dispuesta a perdonarle y seguir adelante con sus planes de boda, a pesar de los miedos que le atenazaban el estómago casi con solo imaginarlo. Levantó la cabeza, para constatar en el cartel luminoso que la siguiente parada era la suya, y espió por el rabillo del ojo si la chica de siempre estaba frente a ella. Se levantó y se aproximó a las puertas, pendiente de que el coche llegara al andén y se parara, para accionar la manivela de apertura. En el reflejo del cristal, vio que la chica del vagón se levantaba y se dirigía hacia ella. Notó que le sujetaban del codo y se volvió, encontrándola cara a cara.

—Hazme caso, Cristina —le dijo con voz dulce y una mirada completamente franca, que mostraba preocupación y miedo—. Escapa ahora, mientras estás a tiempo. Es un buen consejo, confía en mí.

Cristina no tuvo tiempo de responder. La chica se escabulló de nuevo hacia el centro del vagón, y para cuando el tren se detuvo, Cristina se vio empujada hacia el andén casi sin querer. Se volvió, atisbando dentro del vagón, intentando buscarla, para poder preguntarle a qué se refería, para averiguar por qué sabía su nombre y a qué se debía ese extraño mensaje, pero la multitud lo impidió, y el tren, cerradas ya las puertas, se puso de nuevo en marcha. Cristina reanudó su camino hacia la oficina, intrigada y decidida a preguntarle al día siguiente, pero no volvió a aparecer, ni en esa semana ni en las sucesivas. Aquella fue la última vez que la vio. Tal vez influyera ese extraño e inquietante mensaje, o tal vez su decisión final se debiera a una larga charla con su buena amiga Esther esa misma semana, a quien contó todo acerca de su relación con Javi, y con quien pudo reflexionar sintiéndose segura, escuchada y arropada. Fuera cual fuera el motivo, Cristina decidió dejar a Javi. De la noche a la mañana, se cancelaron los planes de boda y tras una discusión memorable, salió con todas sus cosas del apartamento donde llevaba viviendo con él hacía casi tres años. Necesitada de una pausa en su vida, pidió una excedencia en el trabajo y se fue a vivir un año a casa de su amiga Esther en Londres.

El sonido del móvil le puso de nuevo los pies en el presente de la oficina. Era un cliente. Consiguió deshacerse de él a los pocos minutos. Tras colgar, se topó de nuevo con la foto en el periódico, la causante de extraer de su cerebro recuerdos tan profundamente enterrados. ¡Hacía tanto de eso! Y aún no daba crédito a lo que veían sus ojos: Javi en plena portada, esposado y escoltado por la policía. El titular indicaba que había sido detenido, acusado del asesinato de su mujer, a la que había sometido a malos tratos repetidamente. Cristina leyó la sinopsis y avanzó rápida a la página indicada para leer la noticia completa. Al llegar a ella, se encontró con un rostro que le resultaba vagamente familiar, pero lleno de moratones y heridas y carente de vida. Junto a la foto, se veía otra de archivo, en la que, sin duda alguna, Cristina pudo reconocer a su misteriosa salvadora: la chica del tren.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Treacherous Dreams

Está muy excitada. Pensar en Rick —un compañero del trabajo al que secretamente adora— le provoca a menudo esa sensación. Se deja llevar, lánguidamente, y al poco no puede evitar retorcerse de placer, anticipando el momento del clímax, saboreándolo. Lleva sus manos al pecho, lo pellizca, gime. Necesita sentir contacto de otro cuerpo en su boca y se lleva una mano hasta sus labios. Lame sus dedos, los besa, los mordisquea, cada vez más excitada.

Baja la otra mano desde el pecho hacia las bragas, para apartarlas con habilidad y despojarse de ellas, dejando que se pierdan bajo las sábanas, pero descubre gustosa que no lleva. Mejor, piensa. Menos obstáculos. Sus manos alcanzan su sexo y juegan, hábiles. Está ardiendo de placer, completamente húmeda. Sus dedos exploran, y cada punto produce más placer que el anterior. Le sobra la ropa de cama y la aparta hacia atrás de un plumazo. Su cuerpo, su piel, quedan expuestos, pero no siente frío. Está ardiendo de gusto y disfrutando de pequeños orgasmos que la inundan, previos a la explosión final. Y sintiendo que llega ese momento, gime, grita de placer, arqueando su cuerpo para recibirlo por completo. Siente el palpitar extendiéndose a cada fibra de su ser. Queda exhausta y feliz, completamente relajada, y abre los ojos...

Devoted to her pleasure

Kate parpadea dos veces, porque no entiende lo que ve. ¡Ahí está Rick!, y... más gente. Está confusa, traga saliva y siente como el ardor que un momento antes recorría su cuerpo se posiciona por completo en sus mejillas, que le queman de vergüenza. Alarga una mano para estirar de la sábana y cubrir su desnudez. No hay palabras que decir. Solo quiere cubrirse la cabeza y desaparecer, hacerse diminuta, mientras varios pares de ojos, divertidos, completamente abiertos e impactados aún por lo que han presenciado, son testigos de su azoramiento, y asoman desde el otro lado de la cortinilla verde del box.

—Señorita Emmerson, no se alarme —dice el doctor, sin poder evitar una sonrisa, mientras se acerca a la camilla en la que Kate, muerta de vergüenza, intenta hacerse invisible con el poder de su mente—. Soy el Dr. Schunt. ¿Cómo se encuentra? Ha sufrido una caída en la oficina y ha recibido un fuerte golpe en la cabeza, que le ha hecho perder el conocimiento. Sus compañeros la han traído hace un par de horas —dice señalando a las cabezas que asoman—.  Enfermera, por favor, vaya a comprobar si ya están los resultados de la analítica mientras exploro a la paciente. Y, —añade girándose al resto—, por favor, ustedes dispérsense, que el espectáculo ha terminado y esto es un hospital. ¡Vamos, vamos!

jueves, 6 de septiembre de 2012

The Secret Ingredient

—Bueno, tranquilízate, mujer, y ahora cenando me cuentas más despacio —dice Ivana a su amiga mientras echa un vistazo final a la carta.

—Es que ha sido un infierno. Estoy agotada, y este dolor de cabeza no se me va. ¿No tendrás por ahí un ibuprofeno? —pregunta Sandra.

—Algo llevo, sí, tranquila. Te tomas luego uno —contesta levantando la vista hacia el camarero, que ya está listo para tomar nota.

Ivana y Sandra son muy buenas amigas desde hace años. Suelen verse con frecuencia, pero durante el verano no han tenido muchas ocasiones, y han quedado a la vuelta de las vacaciones para ponerse al día. Ivana acaba de volver de pasar dos semanas en Tailandia. Vuelve encantada de la vida, descansada, con un bonito bronceado, miles de fotos y muchas anécdotas que contar. Sandra, muy al contrario, ha pasado uno de los peores veranos de su vida. El día antes de emprender el vuelo que les llevaría a ella y a Marco, —su novio—, al continente africano, se enteró de rebote de que él llevaba poniéndole los cuernos durante un par de meses, llevando en secreto una relación paralela con una tía de la oficina. Discutieron hasta la saciedad, se llamaron de todo, se perdieron el respeto por momentos y al final, exhaustos, decidieron calmarse y comportarse como adultos que han compartido buenos momentos y, a pesar de todo, marcharse a Egipto al día siguiente. Pensaron que merecía la pena ir y no tirar por la borda un viaje que les había costado un pastón, y que les llevaría una semana por El Cairo y en crucero por el Nilo, y finalizaría con una estancia de completo reláx en las playas de Mauritius Island. Como era de esperar, no fue la decisión acertada, y han pasado las dos peores semanas de su vida, sin poder escapar uno del otro y lanzándose continuas pullas. Al final él ha prometido terminar con la aventura y luchar por su relación con Sandra, a quien ha pedido perdón en todos los idiomas posibles, pero la convivencia de estos últimos días les ha desgastado tanto que han decidido darse un tiempo, calmarse y aclarar sus ideas separados, por lo cual él se ha ido al piso de un amigo mientras tanto. Sandra por su parte tiene solo una idea fija en mente, que sabe que no le aportará solución alguna, pero sí una especie de paz interior y un poco de ayuda para recobrar su autoestima perdida: necesita tener una aventura, para vengarse, liberarse y darse el gustazo, para sentirse menos idiota en el fondo.

Images from Egypt, Thailand & Mauritius Island
 
Mientras mantienen su charla, van dando buena cuenta de un delicioso tartar de atún rojo y de una botella de Chardonnay helado. Una lubina a la sal hace su aparición como plato de fondo, y llegado el momento del postre y café, ya se han contado con detalle su verano.

—No puedo más, Ivana. De verdad que ha sido una tortura. Necesito otras vacaciones para recuperarme. Llevo tres días sin dormir, con ataques de ansiedad.

—A pesar de la pasta que os haya costado, yo creo que no habría ido al viaje. ¿Para qué? Estaba claro que discutiríais —replicó Ivana.

—¡Yo qué sé! Decidimos que intentaríamos disfrutar las vacaciones como amigos, pero yo me sentía engañada y no podía disimularlo, la verdad, y al final se armaba la bronca a diario. ¡Qué agotamiento lo del discutir! Ahora solo puedo pensar en disfrutar un poco. Me lo debo a mí misma.

—No sé, creo que no arreglas nada teniendo una aventura. Lo que tenéis que pensar de verdad es si tenéis algo por lo que merezca la pena luchar o no.

—Que quiero disfrutar, ¡he dicho! —dijo resueltamente—. ¿No ha tenido él sus ratos de gozo? Pues yo también los merezco. ¡Ainnnsss!, y no se me va este maldito dolor de cabeza.

—Ahora te doy algo para que te lo tomes en casa —dice Ivana levantándose de su asiento—. Pero dame un momento, ahora vuelvo. Tenía que haber ido al baño cuando entramos, llevo toda la cena aguantándome por no dejarte a medias con la historia, pero ya no puedo más —dice susurrando y desapareciendo entre las mesas directa al WC.

Sandra asiente con una sonrisa mientras ve a su amiga alejarse. Se lleva a la boca el último bocado del postre con la mirada perdida. Su mente vaga por recuerdos de sus primeros años con Marco. Tal vez su amiga tenga razón. Una aventura no soluciona nada, y lo que tienen que pensar ambos es si quieren seguir juntos, aunque ve difícil poder hacerlo si no equilibra la balanza. Pero tendrán que rehacer entre ambos el puzzle de la, ahora rota, confianza, muy despacio, pieza a pieza. ¡Qué complicado todo! Y su dolor de cabeza va a peor. Necesita tomar algo ya, y sin pensarlo dos veces echa mano del bolso de Ivana y rebusca hasta encontrar un bote de pastillas y saca una. "Esto debe ser", piensa. Intenta leer lo que pone en el bote, pero ni su inglés ni su vista están en su mejor momento. "¿Que me lo tome al llegar a casa? No, no, no way!, que así empieza a hacer efecto ya", se dice. Vierte un poco de vino en la copa y se traga la pastilla, mientras divisa a Ivana volviendo hacia la mesa.

Reanudan su conversación mientras les sirven los cafés. Ivana está contando lo bien que lo ha pasado en Tailandia.

—Merece mucho la pena a pesar de volar tan lejos. Es otro mundo. Ya te enseñaré las fotos —dice Ivana.

—Sí, tengo que ir a Asia... algún día —replica Sandra, sonriendo con la vista un tanto desenfocada.

—¿Estás bien, linda? Te noto... —pregunta Ivana, fijándose por primera vez en el bote de pastillas sobre la mesa—. Sandra, dime que no has...

—Mmmmsssí, me siento muy relajada... —dice con una bobalicona sonrisa—. Esas pastillas... eeehhh... ¡Jajaja! No serán... eeeehh... droga, ¿no? ¡Jajaja!

—¡Ay!, ¿pero qué has hecho? —dice Ivana entre preocupada y divertida.

—¡Mmmmhh, mmmhhhh...! ¡Oooohhh! Esto... ¡es genial! ¡Mmmmhhh...! —dice Sandra, quien verdaderamente parece drogada.

—¡Sshhhh...! Baja el tono —suplica Ivana a su amiga en voz baja.

—¡Aaaaahh! ¡Mmmmhhhh, mmmhhhh, mmmhhhh, aaahh...! ¡Oooh, sí! ¡Mmmhhsssseeeh! ¡Mmmhhhssssí, mmmmhhhssssíiiiiiii!

—¡Sandra! Pero... ¡jajaja! ¡Sshhhh...! ¡Calla un poco, por favor!, ¡que nos mira todo el mundo! ¡Te dije claramente que lo tomaras al llegar a casa! —suplica Ivana a su amiga, intentando como sea disimular ante las miradas que ya reciben—. Lo traje de Tailandia. Es una pastilla buenísima para el dolor de cabeza, pero tiene... eeehhh... ciertos efectos —le dice bajando la voz todo lo posible, aliviada al ver que su amiga parece haber parado y se muestra completamente relajada mientras sonríe al vacío.

Ivana se vuelve hacia el camarero para pedir la cuenta y, subiendo un poco el tono para que las mesas cercanas lo escuchen, le dice:

—Es actriz, ¿sabe? Está ensayando la famosa escena de Meg Ryan en esa peli, ya sabe, la de When Harry Met Sally. Lo hace bien, ¿eh? —dice como mostrando orgullo para disimular el bochorno que siente.

Meg Ryan in the famous scene
El camarero sonríe sin saber qué pensar y se va a preparar la cuenta. Sandra, que parece haber vuelto de su viaje al éxtasis más absoluto y estar de nuevo de vuelta en el restaurante, alarga la mano hacia el bote.

—Me siento mejor que nunca. ¡Qué momentazo! Esta maravilla..., no tengo palabras... ¡Me lo quedo! Lo necesito más que tú, ¡jajaja! —dice guardándolo en el bolso.

—Tranquila, si lo traje para ti. Me he traído varios, ¡jajaja! Te lo iba a dar luego, y advertirte de tomarlo en privado. Ahora ya sabes por qué —sonríe Ivana.

En la mesa de al lado, tras Sandra, está sentada una mujer de unos sesenta y tantos años. Ha cenado sola, aparentemente sumida en un infinito aburrimiento mientras se concentraba en su plato. Ya ha pagado la cuenta y se dispone a salir. Se cuelga el bolso en el lado izquierdo y se levanta despacio de la silla, apoyándose en la mesa para no perder el equilibrio. Se lleva la mano derecha a la cabeza, haciendo una ostensible mueca de dolor, que no le pasa desapercibida a Ivana, quien la tiene de frente. Ya de pie, la mujer se gira con cuidado y pasa junto a ellas, caminando despacio y arrastrando un poco los pies, con el dolor plasmado en el rostro. Rebasa su mesa y parece dirigirse hacia la puerta, pero a un par de pasos, se gira y desanda el camino, deteniéndose frente a la mesa de Ivana y Laura.
 
—Perdonad, jovencitas, ehhhh... ¿no tendréis, por casualidad, una aspirina? Se me ha puesto un dolor de cabeza inaguantable —pregunta con voz muy débil y la mano en la sien que la tortura.

—¡Claro! —dice rápidamente Sandra sacando el bote de su bolso y ofreciéndole una a la anciana—. Tómela mejor en cuanto llegue a casa, que produce... somnolencia y... es mejor así —recalca bajando la voz.

—Ya, sí, sí, no te preocupes..., —le dice la anciana a Sandra, guardando la pastilla en su bolso—, que la tomaré en casa. Muchísimas gracias —dice con una leve sonrisa girando de nuevo hacia la salida.

La anciana camina, tal vez más ligera ahora, ¿o son imaginaciones de Ivana?, que se ha vuelto a verla alejarse. Lo que no ve, pues la anciana está de espaldas, es el modo en que acaricia el bolso, con los ojos llenos de brillo y luciendo una gran sonrisa, entre pícara y culpable, al salir a la calle.