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martes, 28 de mayo de 2013

The Mission

Me giré al escuchar sus pasos. Sabía que era ella. Llevaba esperándola ya un rato, pero cuando su imagen llenó mi campo de visión, no pude evitar abrir la boca como un idiota. Mi mandíbula se descolgó al contemplar el cambio tan radical que había sufrido. No daba crédito. Cerré la boca, mientras ella avanzaba hacia mí y yo buscaba en lo más recóndito de mi cerebro las palabras adecuadas. Me sorprendió verla tan demacrada, con profundas ojeras, vestida con ropas que caían sobre su cuerpo como si fuera una pobre escoba. La triste sonrisa que esbozó al mirarme, dejó entrever unos dientes estropeados, y no logró iluminar su rostro como siempre ocurría. ¡Cómo podía haber cambiado tanto en solo unos días! Estuvimos juntos toda la semana anterior, disfrutando de la escapada al desierto de Atacama. Ella adoraba aquel lugar. Era su lugar favorito y procuraba escapar allí cuando podía, para disfrutar de la belleza de la naturaleza en su lado menos obvio. Bañar su cuerpo en las aguas cálidas de las termas, reflejar el azul de sus ojos en las aguas de los lagos altiplánicos, saciarse con las increíbles vistas del Valle de la Luna, sentada al borde de la gran duna con los pies colgando, mientras el anciano volcán Licancabur coronaba el contorno andino, bañado por los cielos de color rosa al atardecer.
 
Sí, no hacía ni una semana que habíamos vuelto. Allí atrajo todas las miradas, su belleza jamás pasaba desapercibida. Su cuerpo, fibroso y voluptuoso, dotado de una elegancia innata, recorría la calle principal de San Pedro de Atacama como si fuera parte de un paisaje que le perteneciera. Sus ojos azul profundo competían con el lapislázuli que los artesanos engarzaban en pendientes, anillos y colgantes. Su boca, grande, de labios gruesos, hacía que uno se preguntara siempre por la definición de beso. La mujer que tenía ante mí no era ni la sombra de todo esto.

Volcán Licancabur visto desde el Valle de la Luna
 
—Lía, cielo… ¿q.. qué te ha pasado?, apenas te reconozco —dije con un hilo de voz.
 
—Hola, Mark —hasta su voz parecía diferente, había abandonado la musicalidad que le era propia—. He venido a despedirme y a contarte quién soy en realidad.
 
Quedé casi mudo y en shock al oírlo.
 
—Sé que eres tú. Aun tristes y apagados, tus ojos te delatan, pero… mi amor, no entiendo nada —logré articular.
 
—Lo sé. Por eso vengo a explicarte.
 
Me cogió de la mano, me llevó hacia el ventanal y salimos al porche. Nos sentamos en el sofá de mimbre, con el mar ante nosotros. El calor de la tarde se sentía a pesar de la leve brisa.
 
Me miró dulcemente, pidiendo perdón y comprensión con la mirada, y empezó a hablar.
 
—Mi nombre real es Nauhirel y nací en un planeta muy lejano llamado Myrthan. Atacama me lo recuerda. Os vengo observando y cuidando en vuestra bola azul desde niña. Llegué aquí hace ya diez años. Se cumplen hoy, en realidad —empezó a contarme, con la vista anclada en el cielo, como si buscara en él su hogar—. La forma que ves… bueno, la que conociste… era temporal. Tenemos la habilidad de crear la forma que nos represente mientras dure nuestra estancia, pero ésta es finita, y no puede sobrepasar los diez años, momento en que la forma elegida se degrada y descompone, y nuestra… ¿cómo decirlo?... esencia creo que es la palabra adecuada, se separa de la forma y se diluye en el Universo, llegando de nuevo a Myrthan.
 
Hizo una pausa. Tenía la boca seca.
 
—Aquí he visto el odio, la guerra, la prepotencia, la locura, la intolerancia, la maldad en estado puro. Pero he aprendido mucho —prosiguió, acariciando mi mano—, especialmente gracias a ti. Me has enseñado cosas tan valiosas que no pueden ser mensuradas, como la amistad, el compromiso, la fe, el arte, la pasión, la gratitud, el amor… Todas ellas desconocidas para mí cuando vine. De todo he sacado una enseñanza que llevarme a mi mundo. Esa era mi misión y ya acaba. Pero, —dijo abrazándome—, no llores, amor… No me hagas irme triste.
 
—¿Cómo quieres que esté? Descubrir de pronto esta dolorosa verdad que te alejará de mí…
 
—Lo entiendo, pero no podía revelarlo hasta el final. Necesito irme en paz. Te quiero.
 
Puso un dedo en mis labios para silenciar lo que mis lágrimas ya decían. Se levantó y echó a andar hacia el mar, a disolverse en el agua.
 
Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.




Nota: Post escrito para la Escena 9 propuesta por Literautas, que debía ser narrada en primera persona, y debía empezar con la frase "Me giré al escuchar sus pasos" y finalizar con "Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando". En la historia aparece Nauhirel, quien hizo su aparición en un post doble que escribí el año pasado, y que os invito a curiosear desde aquí. Como siempre, si queréis pasar un rato agradable leyendo la variedad de historias a las que da pie la escena propuesta, os invito a hacerlo pinchando aquí.
 

viernes, 30 de noviembre de 2012

Once Upon A Time

Cuentan los más ancianos de Yshar, que las cosas han cambiado mucho y que antes se vivía mejor. Cualquiera que tenga interés en escuchar sus historias es bienvenido a esta pequeña aldea e invitado a compartir la tarde con ellos, —sentado cómodamente en un sofá junto a la chimenea, o fuera, en el jardín, si el tiempo lo permite—, degustando un delicioso té y pastas caseras cuya receta milenaria aún hoy sigue siendo secreta. Solo hay que relajarse y escuchar, dejarse llevar, mientras sus cascadas voces van explicando, emocionadas, cómo era Yshar...

Cientos de años atrás, la villa estaba gobernada por el Consejo, un grupo de personas elegidas popularmente para dirigir la ciudad en beneficio de todos. No se trataba de personas de lo que podríamos llamar hoy un partido. No. Cada una era elegida individualmente para su cometido y estaba encargada de un, podríamos decir, ministerio, por equipararlo a la actualidad. Todos y cada uno de ellos rendía cuentas de sus acciones y decisiones a la ciudad cada bimestre, o antes, si algún ciudadano así lo requería.

Las leyes eran acordadas y votadas popularmente, y su incumplimiento era castigado. Por ejemplo, aunque los delitos ocurrían de modo muy poco frecuente, aquel que mataba a otro era expulsado de la ciudad. No era necesario ningún batallón policial para mantener el orden, ni papeleos interminables para que se celebrara un juicio, que en Yshar era popular y a puerta abierta, y era el pueblo quien tenía la última palabra y dictaba veredicto, gracias a existir una representación rotativa de personas que ejercían de jurado. Todo habitante de Yshar estaba involucrado en el proceso y se sentía parte de ello.

No había iglesias ni catedrales, pues no creían que hubiera que erigir monumento o edificio alguno para adorar a nadie. Daban gracias a la vida y se regían por las normas de conducta que la razón natural dicta y que, aun así, estaban publicadas para evitar malentendidos. Se reunían con frecuencia para premiar a las personas de la comunidad que hubieran realizado una labor destacada en beneficio de todos.

Cada habitante tenía una vivienda del tamaño adecuado y suficiente para sus necesidades. Todas eran bastante similares funcionalmente, y era la imaginación y gusto de cada yshariano lo que las distinguía. No existía el matrimonio como institución. Si dos habitantes de Yshar sentían amor, o incluso cierto apego, y decidían que querían vivir juntos, no firmaban ningún contrato, sino que se unían sin más. Y de igual modo se separaban si así lo sentían. En cualquier caso, era normal que, tanto los habitantes libres como los unidos con otros, vieran como algo normal tener sexo con cualquier otro, del mismo modo que si se tratara de dar un paseo, salir a comer o practicar alguna otra actividad juntos. No le daban mayor importancia. Era una actividad lúdica y de gozo para ellos, y esto era posible porque no habían desarrollado el sentido de la posesión, ni en consecuencia el de los celos. Así pues, en Yshar había libertad sexual. Si dos ciudadanos se atraían, podían tener relaciones, fueran homosexuales o heterosexuales. Nadie juzgaba a otro por sus gustos o creencias. Esta forma de ser de los ysharianos lograba crear un clima agradable en la ciudad.


Pueblo Moon - ©2009 Daniel A. Brown
It could be Yshar, couldn't it?
Si fruto de alguna relación nacía un niño, era llevado al Nido, un conjunto de edificios donde vivían todos los menores de la ciudad, agrupados por edades. Era el lugar más colorido y alegre de Yshar, poblado de risas y ojos brilllantes. Los niños eran cuidados y educados por personas preparadas para ello y dedicadas específicamente a dicha labor. De este modo, ninguna mujer se quedaba sin ser madre, pues aunque alguna fuera estéril, todos los niños eran del pueblo y recibían visitas constantemente. Para ellos era como tener muchos padres y madres. A medida que iban creciendo se iba desarrollando su potencial, y se intentaba orientar a cada niño hacia lo que mejor sabía hacer según sus aptitudes, pero no se les forzaba a ello. Si un niño mostraba un deseo por algún campo para el que no pareciera apto iniciialmente, se le animaba y ofrecía ayuda para permitir su desarrollo en esa línea. En cualquier caso, todos eran importantes y necesarios, desde el que se dedicaría en el futuro a fabricar el pan, hasta el que formaría parte del Consejo, pasando por los que tendrían la ciudad limpia, pintarían o diseñarían ropa y calzado.

Llegado a este punto de la historia, salpicado de anécdotas a medida que describen Yshar, habrás perdido la noción del tiempo, hipnotizado por las voces de los ancianos, y habrás observado que parecen vivir lo que cuentan como si sucediera en ese momento y, aunque sus ojos brillan, verás que también resbala por ellos alguna lágrima y que muestran una infinita tristeza y desolación al recordar cuán diferente era entonces la aldea. Te surgirán muchas preguntas, querrás saber más, pero una duda destacará en tu mente sobre todas ellas y es ¿qué pasó?, ¿qué hizo que Yshar sea ahora tan diferente de cómo era entonces? Y los ancianos, te devolverán una mirada confusa y llena de pena, sin ser capaces de brindarte una respuesta a eso.

—Vayan despidiéndose, por favor —se oye la monótona voz de la celadora, alta y clara, por megafonía—. La hora de visitas de la residencia acaba en diez minutos.


Note: Thank you very much to Daniel A. Brown, who gave me permission to use his painting 'Pueblo Moon' to illustrate this entry. You can see his great work here.
 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Curlers, Scissors & Hairdryers

Pasaban por sus manos muchas cabezas cada día. De mujeres, principalmente, pero también de hombres, niños y niñas. La diversidad era enorme. Cabellos rubios, morenos, pelicanos, castaños y pelirrojos, naturales y teñidos, lisos y rizados, largos y cortos. Lavaba y peinaba cabezas de estudiantes, de profesores, de amas de casa, de abogados estirados, de humildes panaderos, de mozos de hotel, de políticos, de aficionados al fútbol, de lectores de prensa rosa, de pilotos, de intelectuales sesudos, de deportistas, de jubilados, de banqueros, de chonis, de pijas, de curas...
 
Mandy les dejaba hablar. No sabía si era cosa del sillón tan cómodo donde les colocaba, dispuesta a dejar que sus mágicas manos iniciaran el contacto, o si se trataba de algún ingrediente del champú lo que les afectaba de tal modo, pero el caso es que todos, sin excepción, a medida que les masajeaba y frotaba la cabeza, se confesaban ante ella como si hablaran consigo mismos, y de sus bocas brotaba todo aquello en lo que creían, lo que les motivaba o preocupaba, sus convicciones, sus miedos. Ella escuchaba, asentía, reía, hacía preguntas precisas al hilo de la conversación, y para cuando el agua corría abundantemente aclarando esas cabezas, ella tenía una opinión bastante formada. Ya sabía dónde estaban los problemas, qué convenía dejar como estaba y qué no, qué clamaba por una abrupta eliminación para evitar que causara males mayores y qué convenía incentivar y promover para mejorar el mundo. Sí. Mejorar el mundo, ese era su propósito. Mandy no sabía desde cuándo había comenzado, ni desde luego a qué podía deberse, pero cierto día descubrió su "poder".

Mandy's tools
 
Al principio fantaseaba, como siempre, y según cortaba un mechón, daba baño de color o domaba una onda rebelde a golpe de secador, su mente se concentraba y, sin dejar entrever nada, imaginaba estar realizando cambios en las ideas que poblaban esa cabeza parlante, ideas erróneas desde su punto de vista, que convenía modificar cuanto antes. A medida que cada uno de sus clientes iba regresando al cabo de la semana o del mes e iniciaban la charla, ella empezó a darse cuenta de que algo en ellos era diferente, como cuando se rebana el trozo pocho de una fruta. La pija que abusaba de la polaca que tenía por interna, tenía menos aires de superioridad; el empresario que pagaba en negro había ido regularizando a su plantilla y se había convertido en alguien honrado; el presuntuoso que apoyaba con vehemencia toda decisión de su partido, ahora parecía pensar por sí mismo y le notaba más propenso al diálogo y a ver puntos de vista diferentes. Todo ello empezó desde el momento en que se afanó, tijera o secador en mano, en eliminar mentalmente todas esas tontunas que escuchaba mientras recortaba una nuca o alisaba una melena. ¿Era ella la responsable de esos cambios que observaba? Mandy tenía los pies muy en la tierra, y al principio pensó que era casualidad, claro, ¿qué otra cosa podía ser? Pero al ir comprobando que todos, en mayor o menor medida, habían cambiado realmente, empezó a sospechar que tal vez no fuera algo casual, más bien causal, y sospechaba que, justamente ella, era la artífice del cambio.
 
Alzó la vista al ver entrar a uno de sus nuevos clientes y le sonrió, enigmática, al tiempo que le acompañaba al sillón de lavado y le colocaba la capa de corte:
 
—Buenos días, Sr. Rajoy. ¿Qué va a ser? ¿Lavar y cortar?
 

jueves, 23 de agosto de 2012

The Night Thief

Con todos los sentidos alerta, se deslizó fuera de la cama, sigilosa como una gata. Se vistió a oscuras, poniéndose en silencio las prendas que descansaban en la banqueta. Salió descalza y de puntillas de la habitación, llevando en su mano los zapatos de robar vidas, que se puso antes de coger su bolso y salir, con sumo cuidado de no hacer ruido al cerrar la puerta de la casa.

Deambuló por la ciudad el resto de la noche, aprovechando que esos zapatos le daban la magia necesaria para atisbar lo que a simple vista no se ve, para poder colarse en las casas y situarse a los pies de la cama de la persona elegida, concentrarse en ella durante la fase del sueño, y de ese modo ver su verdadera vida en imágenes. Había salido justo a eso, a recorrer el escaparate de vidas deseadas y poder elegir una que sustituyera a la suya. Así, en la noche, como una espía, fue acercándose a los sueños y realidades de aquellas mujeres a quienes consideraba afortunadas y felices, al menos a juzgar por lo que proyectaban.

Vio a esa mujer de armas tomar que trabajaba en el bufete de abogados. Era una diva que derrochaba éxito y perfume a partes iguales allá por donde pisaba y que, en el fondo, no era sino una pobre desgraciada que vivía sola, arrinconada en el sofá de cuero beige de su espacioso y caro salón, sin hacer otra cosa que lamentarse por su soledad, ganada a pulso por su forma de tratar a la gente, a la que usaba solo para sus fines y conveniencia.

Curioseó en los entresijos de la vida de esa otra chica del gimnasio, la que iba para top model o eso creía ella, rodeada siempre de hombres alabando su belleza y riéndole las gracias. ¡Pobre! También descubrió en ella la infelicidad, la dureza de una vida dominada por la báscula y por el espejo, que la hacían sentirse culpable por haber tomado para cenar una hoja de lechuga de más.

Magic Shoes, by Aleksandra Nowak

Descubrió que Marina, su vecina, la que parecía tener una vida perfecta con su marido y sus gemelos, se retorcía de celos cada día, dejando que su inseguridad creciera, y veía una posible amenaza cada vez que su marido mencionaba el nombre de una compañera de trabajo. Ello le había hecho ponerle los cuernos en repetidas ocasiones, como venganza, sin siquiera estar segura de que el bueno de su marido hubiera hecho lo mismo, pero aun así, con ello, no había calmado su creciente infelicidad.

Y así, una tras otra, desde su jefa a la encantadora novia de su amigo Jorge, fue visitando por unos minutos a aquellas mujeres a las que en algún momento había conocido, y habían dejado en ella la impronta de una mujer fracasada, algo debido tan solo al ejercicio que ella misma había ejecutado mentalmente al comparar ciertos instantes de su anodina vida con la aparente perfección y felicidad que parecían abundar en las de ellas. 

Tras su recorrido, decidió, aún sorprendida de descubrir lo equivocada que había estado, que la gran mayoría de ellas eran un asco de vida, y que el resto no se diferenciaban tanto de la suya. Comprendió de pronto que, de hecho, prefería mil veces su vida, en la que detectaba ahora matices que había ido olvidando e ignorando. Tenía una familia maravillosa a la que adoraba, una pareja que la quería y con la que compartía innumerables momentos especiales, amigos de los buenos, un trabajo que le permitía desarrollar su creatividad... ¿Por qué había ignorado todo eso?, se preguntaba. Mucho se temía que de un tiempo a esta parte se había dejado llevar por lo que veía en algunas películas, y había obviado el hecho de que son solo ficción, y que, cuando aparece el The End, nos quedamos sin ver lo que viene después, tal vez no tan idílico, ya que al final siempre aparece algo de rutina, y alguna que otra discusión en esa pareja, por muy de cine que sea. Se había dejado tentar, añorante, por los recuerdos de ese maravilloso inicio de toda relación, en que, precisamente por no conocer del todo al otro, vivimos el momento de forma mágica, magnificando las sensaciones que nos recorren. Incluso había acariciado en sueños la idea de tener una aventura por revivir esos instantes. Pero por fin, su viaje nocturno le había abierto los ojos, su vida estaba bastante bien sin necesidad de compararla con ninguna otra. El paseo había logrado que viera la escena desde fuera y valorara todo lo positivo que estaba dejando de lado.

Pronto amanecería, y sintió de repente una urgencia por volver a su casa, por meterse de nuevo en su cama y abrazar a Lucas, por hacerle el amor con desatada pasión. Se sentía más viva y despierta que nunca. Dirigió los pasos de sus zapatos mágicos rumbo al hogar y, silenciosa como había salido unas horas antes, se paró ante la puerta de su casa, se descalzó y abrió con infinito cuidado. Anduvo de nuevo de puntillas, desnudándose por el pasillo a medida que se acercaba a la habitación. Entró en silencio y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad mientras se metía en la cama, alargando sus manos hacia Lucas. Pero allí no había nadie. La cama estaba vacía. Encendió la luz, asustada, y de un salto corrió a mirar en el resto de la casa. No había nadie más que ella. No entendía dónde podía estar. No había nota que explicara nada, ni llamadas en su móvil.

Empty bed
Se sentó en la cama, intranquila y confundida, ocultando la cara entre sus manos, intentando pensar, sin entender. Pero tímidamente una idea oscura surcó su mente. Se levantó y se giró hacia el armario de Lucas y lo abrió. Allí, en las barras de la parte baja del armario, perfectamente limpios y alineados, estaban sus pares de zapatos. Todos menos uno. Descubrió horrorizada que faltaban sus zapatos de robar vidas.

miércoles, 13 de junio de 2012

Ask The Universe For It (Part II)

…el inicio de la historia lo puedes leer aquí

Se encuentra de repente motivado, lleno de energía. Sonríe por primera vez en la mañana. Su mente es de nuevo un torbellino, pero las ideas que lo asaltan son de muy distinta índole. Ya no son catastrofistas. La adrenalina corre por sus venas y se siente rebosante de energía, como un héroe de película en plena misión, y la misión no es otra que buscar y buscar hasta dar con ella, ha de encontrar a la que será su compañera. Ayudado por lo que le queda de lógica piensa que, el Universo no puede haber escondido la aguja en un pajar al otro lado del globo, ni siquiera en otro país, ciudad o pueblo que no sea donde está él ahora mismo. ¡Ella ha de estar aquí! En Madrid. Tal vez se siente asustada como él estaba hace un rato, puede que también ella lanzara un message in a bottle al Universo. Sea como sea no hay tiempo que perder. Ha de intentar peinar la ciudad, recorrerla por sectores o barrios, ir descartando zonas. Sabe que no podrá pasar por cada calle de la ciudad, pero sí por las principales. La idea es usar el coche e ir tocando el cláxon de tanto en tanto, por si ella no le ve pero le oye.

Calle Serrano desierta
Con el ánimo a tope sube de nuevo al coche y arranca. Decide centrarse de momento en el Madrid encerrado en la M30. Ya tendrá tiempo de investigar más allá si no la encuentra. Le sigue pareciendo una locura, pero dado que no encuentra explicación aparente a lo que le está ocurriendo, nada pierde dando rienda suelta a lo que, de algún modo, su instinto le dicta. Empezará por el norte, e irá descartando barrios hasta llegar al corazón de la ciudad. Ahora sí siente placer al tener ante sí las calles vacías. Se diría que dibuja cada curva del recorrido, disfrutando como un niño con las ventanillas abiertas y lanzando saludos a voz en grito de tanto en tanto.

Ya es media mañana, ha recorrido la zona norte sin tregua y ha quedado descartada. Solo hizo una breve parada para sacar un sandwich y una bebida de una máquina de una gasolinera. Van pasando las horas y la tarde, y las opciones van cayendo, pero aún luce el sol. Los barrios del sur son su última oportunidad de encontrarla antes de volver al centro. Está cansado. Ya no conduce tan alegre como antes, ni lanza voces. Ahora es la música de su ipod la que resuena en las calles por las que va pasando.

Necesita una pausa de nuevo, estirar un poco las piernas, insuflarse un poco de ánimo y esperanza. Se hace con un par de botellas de agua y un donut de otra máquina expendedora, y se sienta en el césped de un parque infantil. Le martillea en la cabeza la idea de lo ridículo de la situación, pero no está preparado para darse por vencido y enfrentarse a la realidad de que tal vez sí esté completamente solo por una suerte de broma cósmica. Se pone en pie al cabo de unos minutos y reanuda su búsqueda. La zona centro es su última esperanza, antes de ampliar el radio de búsqueda al día siguiente. Recorre las calles del centro de Madrid con las últimas fuerzas que le quedan. Son más de las once. Hace rato que la ciudad se iluminó. Menos mal que hay tareas programadas, piensa. Está exhausto. Ha ido descartando barrio por barrio, y decide dejar el coche y caminar. Sube desde Plaza de España por Gran Vía, atento aún a cualquier sonido, a cualquier movimiento y deja el coche en plena plaza de Callao. Toma la calle del Carmen y se dirige a la Puerta del Sol, al corazón mismo de la ciudad. En un rato será medianoche y le vienen a la mente las imágenes de la plaza llena de gente en tantas y tantas ocasiones sin que necesariamente se trate de un día especial. Esta vez estará vacía. Solo sus pasos resonarán en el asfalto.

Reloj de la Puerta del Sol
Entra en la gran plaza y dirige la mirada al reloj. Faltan unos minutos para las doce. Pasea la vista por las conocidas fachadas. No hay movimiento. Se deja caer pesadamente en la base de la famosa estatua del oso y el madroño. Vencido, sin esperanzas, oculta su cara entre las manos, en una posición de abatimiento supremo. Se siente perdido, asustado. Empieza a formarse un nudo en su garganta y las lágrimas parecen estar deseando brotar pero, de pronto, escucha algo. Levanta la cabeza instintivamente, con los oídos atentos. ¿Son las pisadas de alguien? Se levanta rápido, como movido por un resorte, intentando averiguar de dónde proceden. "¡Hola! ¡Aquíiii! ¡Estoy aquí!", —grita con todas sus fuerzas, callando de inmediato para seguir escuchando. El sonido viene de la calle Mayor y dirige su vista hacia allí. Es sonido de pasos. Alguien camina, ahora más despacio, seguramente para aguzar el oído mientras enfoca la vista intentando descubrir de dónde provino el saludo. Y de pronto la ve. Es una mujer. Ella también le ve y salta moviendo los brazos y gritando "¡Hoooola!". Se miran desde lejos. Les separa una diagonal cargada de esperanza. El Universo ha respondido a su petición y se siente como nuevo. Caminan uno hacia el otro, sonriendo. A la escena solo le falta una banda sonora. En el entrañable reloj, la aguja del minutero avanza segura y encuentra a su hermana pequeña. Son las doce de la noche. El reloj, tal vez por la importancia del momento, se arranca con la primera campanada. ¡Dong! No hay cuartos previos, es un sonido nuevo, diferente, pero es una campanada, sin duda, a la que le siguen el resto. Dos, tres,... Ambos vuelven la vista hacia él, atónitos, pero no se detienen. Cinco, seis, siete... Avanzan hacia el encuentro. Nueve, diez, once, doce... En la mirada de ambos queda congelada la imagen del otro, la vestimenta, el gesto, la sonrisa, antes de que la plaza se llene de gente con el sonido de esa última campanada. La normalidad ha vuelto de repente. La plaza está llena, palpitante de vida. La gente habla, ríe, pasea, los comercios están abiertos, los taxis circulan. Desconcertado, él intenta localizarla como sea, buscando entre la muchedumbre el foulard rosa que llevaba anudado al cuello, su rostro, esa sonrisa que ya le tiene cautivado. Intenta avanzar en línea recta hacia donde iba, pero la gente se cruza y le estorba, le desvía de su objetivo. Se ve arrastrado contra su voluntad. Se desespera por momentos, pero su cansancio ha desaparecido. Quiere encontrarla, fundirse con ella en un abrazo, y quiere que sea ya. Sabe que si no la localiza esta noche será muy difícil después, pues aunque ya sabe que existe no tiene ningún dato suyo. Sus ojos siguen buscando esa mancha rosa cuando alguien le da la mano por detrás. Casi sin mirar sabe que solo puede ser ella, y al tiempo que se gira, agarra con fuerza esa mano para no perderla. Sus miradas se funden. Para ellos, aunque completamente rodeados, no hay nadie más en el mundo en este instante. Se unen en un abrazo largamente buscado. Son uno. Clic! Todo encaja, es como haber llegado a casa. Él deshace el abrazo y con sus manos le sujeta la cara para mirarla a placer. "Eres preciosa —le dice—. Llevo buscándote toda mi vida, y ahora sé que la espera ha merecido la pena". Ella sonríe, sus ojos bailan llenos de estrellas. Se besan dulcemente, dejando que sus labios se conozcan y se saboreen, y vuelven a enterrar la cara en el cuello del otro abrazándose de nuevo, para despegarla al instante y seguir saciando la sed contenida tanto tiempo. Ella presiona su cuerpo contra el de él y sus bocas se buscan con pasión, ávidas de más.



Mientras, a millones de años luz, Nauhirel contempla la escena del encuentro, que emerge de una esfera de cristal que sostiene entre sus manitas, una esfera tan azul como sus inmensos ojos, que contrastan con su piel naranja. Sonríe haciendo asomar dos hoyuelos, y la imagen que proyecta la esfera en el aire se colapsa y se desvanece en un punto. Abriendo las manos deja que su pequeño juguete se eleve y se mueva lentamente hasta ocupar su puesto, suspendida en el aire, entre multitud de esferas.
 


—¿Ves como salió bien, papi? —dice toda satisfecha—. ¿Puedo quedármela?, ¿puedo quedármela? ¡Di que sí!, por fa, por fa.

—Eres un diablillo, hija, pero me has demostrado que tienes criterio, imaginación y bondad. La esfera azul es toda tuya, pero prométeme que me avisarás si alguna cosa se complica, —respondió Kirb mirando a su pequeña con ternura—, que aún te queda mucho por aprender.

—Claro, papi —dijo saltando feliz y enlazando sus dos meñiques sobre su corazón—.  ¡Promesa de myrthana!.

miércoles, 6 de junio de 2012

Ask The Universe For It (Part I)

Ramón cierra la puerta de su casa y baja en ascensor hasta el garaje. Se dirige al gimnasio, como cada mañana antes de ir a la oficina. Pone en marcha el coche y sale a la calle. Ya es casi verano, pero a esas horas el aire acondicionado no es necesario, y disfruta del frescor de la mañana con las ventanas abiertas durante el corto trayecto. Aparca muy cerca del gimnasio y camina con paso ágil hasta la entrada. Solo cuando está ante la puerta descubre que está cerrado. ¿Cerrado? Le choca y por un momento se para a pensar, pero no, no es festivo y tampoco hay aviso en la puerta explicando el motivo del cierre. Aplasta la nariz contra el cristal e intenta atisbar y descubrir si hay alguien dentro. No se ve ninguna luz. ¡Qué extraño! De hecho, ahora que lo piensa, no es lo único extraño. Se da cuenta de pronto, de que no ha visto a nadie en todo el trayecto, no se ha cruzado con un solo peatón, ni con ningún coche. Haciendo memoria le parece incluso recordar que vio cerrado el kiosco de periódicos, el bar de Luis donde a veces desayuna, la panadería,... Un escalofrío le recorre por todo el cuerpo e inquieto, entra en el coche. Pone la radio. Nada. No consigue sintonizar ninguna emisora. Aunque es aún temprano llama por teléfono a sus padres. Nadie responde. Repite la operación con su mejor amiga, llama a su trabajo, al 010, al 112... Ninguna respuesta. Se pasa las manos por el cabello, nervioso. Duda de su móvil y comprueba que funciona lanzando una llamada a su otro móvil que, en efecto, suena. Vuelve a casa, necesita encontrar a alguien y acceder a su portátil para sondear Internet. Cuando llega ve que el conserje no está en su garita, llama a las puertas de sus vecinos y nadie abre... Entra a las páginas de los principales periódicos o agencias de información y aunque hay Internet, no encuentra ninguna noticia procedente de ninguna parte del mundo desde hace ocho horas, ni actividad en Twitter, Facebook y demás redes sociales. Las televisiones y radios permanen mudas. Un sudor frío empieza a recorrer su cuerpo. Decide ir a casa de sus padres, que viven a un par de manzanas. Ya allí, abre la puerta con pánico, temiendo lo peor, pero la casa está vacía. Todo está como hace un par de días cuando comió con ellos, con la excepción de sus padres, de los que no hay ningún rastro. No hay notas, ni mensajes en el contestador, ni cartas en el buzón. Nada. No hay nadie, está solo en la ciudad, tal vez en el mundo, piensa. La ciudad está en completo silencio. Él es el único productor de sonidos.

Se siente aterrorizado e impotente. ¿De verdad está solo en el mundo? ¿Dónde está el resto de la gente? ¿Estará muerto tal vez? No cree estar soñando, y se pellizca por si ello le ayuda a salir de este sinsentido. Tiene la ciudad a su merced, el mundo a sus pies, pero está solo. Vienen a su mente escenas de películas con trama similar, y eso, lejos de tranquilizarle, le asusta más si cabe. Se toca la perilla, nervioso, meditando acerca de cómo averiguar si hay alguien más ahí fuera. ¿Cómo saberlo? ¿No hay un foro de usuarios para estos casos? Empieza a rayarse y prueba de ello es que por su cabeza no pasan más que ideas peregrinas y absurdas. Baja de nuevo al coche y sale a recorrer las calles. La ciudad es el mudo testigo de su agitación. La sensación de recorrer el Paseo de la Castellana vacío y poder ignorar las luces rojas de los semáforos, lejos de motivarle, le está poniendo más nervioso. Le viene a la mente lo que dice siempre su amiga Lara: "cuando te sientas agobiado, párate, adopta la postura de meditación, túmbate o simplemente siéntate tranquilo en algún sitio, cierra los ojos y vacía tu mente de todo pensamiento, concéntrate tan solo en respirar, visualiza el aire que llena tus pulmones y expélelo lentamente". Piensa que, realmente, no tiene nada mejor que hacer, está bloqueado y tal vez le venga bien serenarse un poco para pensar con claridad en su situación.

Ommmmm!...
Según pasa por la plaza de Neptuno, no duda un solo instante y aparca el coche junto a la fuente, como si lo hiciera a diario. Al fin y al cabo ése es un sitio tan bueno como cualquier otro, y el sonido del agua le ayudará a relajarse. Sale, se descalza y se sienta en el césped. Adopta la postura de loto y cierra los ojos. Intenta ralentizar su respiración, concentrándose en ella, dejando que el sonido del agua lo calme. Intenta bloquear todas las confusas ideas que pugnan por salir, pero le cuesta. Se siente tenso y un tanto ridículo allí sentado. Su mundo se ha desplomado y ¡él medita! Deshace la postura, incómodo, y se tiende en la hierba. Está fresca a esas horas. Con los ojos cerrados intenta ir relajando cada parte de su cuerpo, desde los pies a la cabeza. Está entrando en una especie de duermevela, y la desazón anterior empieza a desvanecerse lentamente. Sin saber aún qué hará y qué será de él, piensa semiconsciente que esto no tiene sentido, que algo debe estar ocurriendo en el Universo... "¡El Universo!", —dice en voz alta—. Abre los ojos y se incorpora casi de un brinco. "¡Claro! ¡Eso es! ¡El Universo!" Le viene a la mente la "charla" que tuvo con el Universo la noche anterior. Es algo que hace con frecuencia, especialmente cuando necesita ordenar sus pensamientos y repasar cómo está cada parcela de su vida: la familia, los amigos, el trabajo, la salud... Habla mentalmente con el Universo, o al menos él lo percibe así, e interpreta las respuestas que recibe de él. No habla con un Dios o un ser superior en concreto, no. Habla con algo o alguien que no tiene nombre. Se imagina sus pensamientos atravesando el polvo cósmico y la materia oscura, pasando junto a las estrellas y meteoritos, esquivando agujeros negros y llegando a su destino. Anoche fue una de esas noches en que necesitó ordenar sus ideas y hablar. Llevaba ya mucho tiempo sintiéndose solo. Veía que pasaban los meses y que los pocos intentos de tener una compañera a su lado habían ido fracasando uno tras otro estrepitosamente. Se lamía las heridas, propias y ajenas, y siempre terminaban curando. Al poco tiempo estaba listo y lo intentaba de nuevo, sin dejar que el desaliento hiciera mella en él. Pero tras tan largo tiempo, estaba harto de su situación, agotado, cansado de esperar un cambio de suerte. Por ello había "comunicado" con el Universo, pidiendo a gritos socorro. Recuerda ahora haber pedido ayuda, una señal, algo, y haber dicho en su muda conversación de anoche que, encontrar pareja, le estaba resultando más difícil que buscar una aguja en un pajar, y que, ¡si al menos el pajar estuviera vacío de paja, podría encontrar la aguja con algo más de acierto! Piensa ahora que tal vez se está volviendo majara, pero no encuentra otra explicación. O él ha causado esta situación a raíz de lo de anoche o ¿dónde está la cámara? "¡No puede ser nada más! —piensa convencido—. El Universo me ha respondido y me está brindando la ayuda solicitada, ¡ha vaciado el mundo de para que yo encuentre mi aguja!".

Continuará...

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jueves, 10 de mayo de 2012

The Wishing Star

Llevaba un rato tirada en el sofá, desanimada, triste, cansada de estar sola en esta casa tan grande, con la tele puesta pero sin prestarle ninguna atención. Dejé la copa de vino sobre la mesita y salí al jardín a respirar un poco de aire fresco en esa noche tan calurosa. Caminé descalza, sintiendo la hierba húmeda bajo mis pies. Adoro esa sensación. Me hace sentirme libre. Di unos pasos, me detuve y alcé la vista al cielo. Supongo que mi mente andaba en otra parte, pero al verlo poblado de tantas estrellas y al ver esa maravillosa Luna llena, tan grande, quedé como hipnotizada, inmóvil, como si algo me retuviera allí. Miré a la Luna cara a cara y pedí un deseo, como hacía cuando era pequeña. Según mantenía la vista fija en ella, por un momento dudé de todo y pensé que soñaba, creí que mi vista me estaba haciendo trampas. Lo que me parecía estar viendo no tenía sentido. La Luna se veía distinta, lucía diferente, y… ¿cómo explicarlo?... ¡tenía cara! Podía distinguir en la superficie ojos, nariz y boca, y no hablo de manchas que puedan sugerir esa forma, hablo de ojos, nariz y boca como podrían aparecer en alguna película fantástica o de animación. Parpadeé varias veces para poder limpiar mis ojos y enfocar mejor. Allí seguía ella, ¡mirándome! Me sobresalté y se me escapó un “¡oh!” perfectamente audible cuando creí ver que ella me guiñaba un ojo. Sacudí la cabeza. ¿¡Pero esto qué es!? ¿Soñaba? No había bebido más que una copa de vino en la cena, y aunque volví a llenarla, acababa de dejarla prácticamente intacta dentro. Miré de nuevo, primero de reojo, como para pillarla en un renuncio y probarme a mí misma que no eran sino imaginaciones mías. Lentamente alcé la cara y la miré de frente, como retándola. ¡El guiño se repitió! Me quedé absorta y perpleja. Debía ser víctima de un envenenamiento o tal vez me habían drogado. ¿Qué piensa uno en estos casos? Antes de tener respuestas a mis preguntas, algo llamó mi atención por el rabillo del ojo. Como obedeciendo a una señal, una estrella sobresalió de entre las demás y empezó a brillar con más fuerza, rodeada de reflejos azulados, y al momento, en mi cabeza empecé a escuchar una voz de mujer que me hablaba, y que en mi delirio atribuí a la Luna. Distintas emociones luchaban en mi interior: quería escuchar, quería hacer fotos, quería llamar a alguien para tener un testigo y comprobar si veía visiones o no, y al mismo tiempo casi temía ser víctima de una cámara oculta. Esto no podía estar pasando de verdad, pero la voz me dijo:

—No te asustes, niña. He escuchado tu deseo, y voy a velar porque se cumpla. Voy a enviarte a una de mis estrellas para que te guíe hasta él.

Ahí pensé que indudablemente estaba loca de remate, casi me da la risa floja imaginando la cara de mis amigos cuando lo contara, pero la estrella azulada parpadeó y dejó escapar una especie de chispa que empezó a moverse hacía mí. No podía creer lo que estaba ocurriendo.

—No temas quemarte, —siguió hablando la Luna—, porque llegará a tus manos una pequeñísima partícula de ella, con forma de estrella, pero al atravesar la atmósfera perderá su calor y no te hará daño. Recíbela en tus manos.

Miré en torno a mí, por si había alguien escondido. Me daba reparo seguirle el juego y quedar como una tonta e ingenua, pero me dije "¡qué demonios!", y viendo que el pedacito de estrella venía efectivamente hacia mí, junté mis manos en forma de cuenco y las elevé para recogerla. Vi cómo venía muy rápido hacia mí, y empezó a reducir su velocidad. Cuando estaba ya casi en mis manos, se dejó caer lentamente, como flotando. Tenía más o menos forma de estrella. Parecía una piedra de un intenso color azul. La sostuve entre mis manos y emitió un destello. Y mi Luna me habló de nuevo:

—Llévala siempre contigo y atiende a su color. Te guiará hasta tus deseos si sabes escucharla. Cuando las decisiones que tomes sean correctas, permanecerá de color azul. Sin embargo, cuando la veas oscurecer y tornarse grisácea, párate a pensar y recapacita, porque será una señal de que no vas por buen camino y será conveniente que rectifiques.

Di las gracias a la Luna, que ya había recuperado su aspecto habitual, aunque seguía igual de hermosa. Permanecí allí un rato, recordando todo lo que había pasado en apenas unos minutos, grabando los detalles en mi memoria. Caminé de nuevo hacia la casa, acariciando la pequeña estrella entre mis manos. Sentía una inmensa calma, como si me hubiera librado de algún peso incierto. Subí directamente a mi habitación y caí dormida al instante, de un tirón hasta el día siguiente. Cuando desperté, mi encuentro vino a mi mente entre brumas, pero allí seguía la pequeña estrella como prueba tangible de que no lo había soñado.

Desde entonces siempre me acompaña, como si fuera mi amuleto, y me alerta cambiando su color si me meto por un sendero que no me lleva a ninguna parte. Tras una larga temporada en que ha estado mostrándome que mis pasos eran erráticos, estoy feliz porque ha recuperado de nuevo su precioso color azul.

My Wishing Star

jueves, 7 de abril de 2011

Dreamy Mind

A Eva siempre le gustó observar a la gente e imaginar historias. No se quedaba mirándolos fijamente absorta, era más un atisbar por el rabillo del ojo de tanto en tanto, para captar detalles sin que se apercibieran de ello, y poder lanzarse a crear. Lo hacía en el metro de camino al trabajo o de vuelta a casa, sentada en un parque tranquilamente escuchando música con sus cascos, tomando un café en una terraza, en el bar a la hora del almuerzo cuando le tocaba comer sola. No podía evitarlo. Si no estaba concentrada en la lectura, en esas ocasiones en que llevaba consigo una novela, o enfrascada en sus propios pensamientos casi sin ver ni oír a su alrededor, observaba y observaba, y se fijaba en mil pequeños detalles que daban alas a su imaginación para ir pergeñando vidas. Ella lo llamaba leer vidas, que no eran sino retazos, pues las ficciones que creaba en su mente abarcaban escenas de unos minutos, los suficientes para que su mente se sintiera satisfecha de encontrar explicación a lo que sea que le hubiera llamado la atención en la persona observada: ojos llorosos, una sonrisa al mirarse la manicura recién hecha, unas ojeras en ojos brillantes y vivos, una camisa mal abotonada... 

Tenía frente a ella a una mujer que debía rondar los 47. Era atractiva. Vestía traje de chaqueta y portaba un maletín además de su bolso. Pensó en ella como una ejecutiva. No lucía ningún adorno en sus cuidadas manos. No llevaba medias, lo que chocaba con la temperatura de aquel día tan fresco. Los zapatos eran negros, de tacón y con trabilla, y llevaba la del pie izquierdo suelta. El cuello de la camisa estaba descolocado, parte por encima de la chaqueta, parte por debajo. Tenía leves restos de maquillaje en su cara y el cabello un tanto alborotado. La vio atusarlo con las manos unos instantes cuando la persona que tenía frente a ella se levantó para bajar en la próxima estación y pudo verse reflejada en el cristal, momento en que pareció recordar algo, y sacó un brillo del bolso para aplicarlo en los labios. Llevaba el móvil en la mano, y cada nuevo beep le hacía leer ansiosa y responder, mientras esbozaba una sonrisa, ora pícara, ora llena de ternura.


Eva dibujo en su mente a una mujer enamorada, que tenía una historia con un hombre de su misma oficina. Él era casado en proceso de divorcio, y ella tenía una hija que le esperaba en casa. Acababan de hacer el amor en la mesa de la sala de juntas, dando rienda a la pasión contenida todo el día a pesar del incómodo tálamo, pero tuvieron que apresurarse al escuchar acercarse al personal de limpieza que empezaba su turno. Algún imprevisto ocurrió, seguro, y no se puso las medias ni ajustó su trabilla ni el cuello de su camisa por las prisas, o tal vez las medias se rompieron en el calor del momento. La mirada soñadora de ella delataba que se habría quedado más tiempo, y que era una relación incipiente, que le tenía ilusionada, pues los ojos le bailaban como a una quinceañera a cada nuevo mensaje que recibía.

Eva levantó la mirada y vio que la siguiente era su parada. Se levantó deseando buena suerte mentalmente a la desconocida, y echó a caminar por el andén en cuanto se abrieron las puertas.


Sí, le gustaba observar, por el placer de echar a volar la imaginación con los retazos captados. Lo que jamás le pasó por la mente fue que ella también podía ser observada. Y lo era. Pero no era esa observación casual que practicaba ella, sino una observación premeditada, casi planificada, que ejercía una persona sobre ella diariamente. Se sabía sus horarios de ir y venir del trabajo, porque trabajaba en la misma zona y se aseguraba de subir al mismo vagón de metro. Caminaba ahora tras ella hacia la calle. A fuerza de seguirla, sabía que iba al parque un par de tardes entre semana, y la zona en que solía parar cuando salía caminando a tomar algo o a comer por el barrio, porque el observador ¡sabía dónde vivía! y sabía, sólo como datos anecdóticos, su nombre y apellidos, pues no los había usado más que para buscar sobre ella en Internet. ¡La de cosas que se descubren a veces! La seguía a menudo, para empaparse de sus costumbres y poder deducir dónde iba a estar, y así ser capaz de atesorar momentos cerca de ella. Ése era su objetivo y su fin. No se trataba ni de un psicópata ni de un mal tipo, se trataba de un ser sensible con un don que le había dado innumerables dolores de cabeza y nunca le había parecido tal hasta el momento en que ella apareció en su vida. Ahora sí lo disfrutaba, y por ello se había convertido en su sombra sin que ella lo advirtiera, porque ponía cuidado en parecer invisible e inofensivo y no quería asustarla. Se había hecho adicto a ella y sus fantasías. Tenía el increíble don de leer la mente...