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viernes, 20 de septiembre de 2013

The Planet Of Music

Andaba yo sentado al borde de mi Luna, como me gusta hacer los sábados por la noche, cuando todo está en silencio, roto a veces por el paso de alguna estrella fugaz. Me pierdo en mis pensamientos y cavilo en mis cosas con los pies colgando, observando el Universo mientras me dedico a pescar estrellas. Cada vez que pica una, tengo una breve charla con ella y al cabo del rato, la vuelvo a soltar, libre de volver a su lugar en la inmensidad de la galaxia, o de reubicarse en otra parte, si tal es su deseo.
 
Como digo, tan absorto en mi mundo estaba, que no vi aproximarse a una estrella y, cuando noté el tirón de la caña, tuve que agarrarme como pude a los bordes de la Luna para no caer al vacío. ¡Era una estrella errante! ¡Qué suerte la mía! ¡Había pescado una estrella errante! Las adoro, he de confesar. Son tan independientes y tan de mundo, y tienen una aureola de misterio tal, que resultan irresistibles. Charlar con ellas es como abrir un libro de aventuras infinitas. Y en eso estábamos, ella relatando anécdotas y yo escuchándola como un bobo, fascinado y con la boca abierta, cuando, en plena conversación, preguntó:
 
—¿Has estado alguna vez en el Planeta del Silencio?
 
—No —respondí, con los ojos intrigados y oliendo a aventura.
 
—¡Vamos! —dijo—. ¡Sube!
 
Colgué mi caña en la Luna, y sentado entre dos de sus puntas, fuertemente agarrado, emprendimos un corto viaje a la velocidad de la luz.
 
—¡Es aquél! —dijo, señalando un precioso planeta de color pomelo al que nos aproximábamos.

A moonboy
Aminoró la velocidad y se acercó despacio, depositándome lo más cerca que pudo sobre la superficie de una loma. Nos despedimos y se alejó con elegancia, volviendo a situarse en el cielo nocturno, en espera de mi regreso.
 
Caminé tanteando el terreno, intentando acostumbrarme a la extraña gravedad. No flotaba, pero sentía que podía hacerlo si me lo proponía, y de hecho, cuando me sentí más confiado, bajaba por la ladera de la loma saltando, y posando los pies brevemente para impulsarme y volar de nuevo. El silencio era absoluto, salvo por el leve sonido de mis pies cada vez que tocaban el suelo. No veía más que tierra anaranjada y grandes rocas, y un río que se abría paso en silencio. Ninguna vegetación a la vista. Tal vez en esa parte del planeta no había insectos, aves u otros seres que le dieran cierta ruidosa armonía. No había tenido tiempo de investigar mucho, la verdad, y esa zona parecía desértica. Decidí aproximarme a una formación rocosa e iluminada que había divisado desde la cima. Tenía el aspecto de un anfiteatro natural, y todo apuntaba a que allí encontraría a sus habitantes, más por la luz que por el sonido. Ya cerca, sin hacer ruido, trepé por uno de los flancos para alcanzar el borde y poder observar lo que allí ocurría sin que me vieran. Cuando asomé la cabeza, vi mucha gente en las gradas, y cinco de ellos de pie, en el escenario. Era una especie de asamblea, supuse. Nadie hablaba, pero tras prestar atención, comprendí que se estaban comunicando de algún modo. Observé que, a pesar de la agitación que se adivinaba en algunos y de los gestos con que la acompañaban, nada se oía, y una mirada más precisa me hizo darme cuenta que todos parecían levitar, pues no tocaban la superficie. Al fijarme en sus extraños rostros, vi que no diferían en mucho de los humanos, y que lo que tomé por un hocico y orejas negros, era en realidad una suerte de artilugio, formado por una pieza negra triangular que les cubría la punta de la nariz y de la que salían a cada lado unas tiras hacia las orejas, cubiertas completamente con una funda negra, para terminar atadas detrás de la cabeza. Eso les daba cierto aspecto ratonil.

Tanto me había abstraído en la observación y tanto había estirado el cuello para ver bien, que no reparé en que tenía medio cuerpo volcado sobre el borde, lo que hizo que perdiera el equilibrio y diera con mis huesos en el suelo de la grada superior, soltando una imprecación, bastante más alto de lo que el sentido común de quien permanece escondido pudiera aconsejar. Como era de esperar, todas las cabezas se volvieron hacia mí, y sus caras mostraban un asombro mayúsculo, juraría que más por haber escuchado un ruido, que por toparse con un moonboy por los suelos. Me levanté y recompuse mis ropas, y como todos los ojos seguían el menor de mis movimientos, levanté tímidamente una mano y saludé:

—¡Hola! ¡Bonito planeta! —dije mostrando la mejor de mis sonrisas.

Grand Canyon or The Planet of Silence?

No sé cómo explicarlo, pero, de algún modo, me devolvieron el saludo. No es que les escuchara decir nada, no es eso. Fue más bien una comunicación... mental. Estaba perplejo y atónito. Si hubieran pronunciado algún sonido en su lengua, no habría entendido nada, pero aun sin mediar palabra, se estaban comunicando conmigo. De hecho, no era necesario que yo dijera nada. Mis pensamientos les llegaban también de alguna manera. No me sentí amenazado en ningún momento, —en todas partes saben de la existencia de los moonboys, de nuestro gusto por recorrer el espacio y que somos seres pacíficos—, sino que me sentí más bien un bicho raro, pues estaban cautivados y hervía en ellos verdadera curiosidad por mi habilidad para sonar, algo que ellos habían olvidado muchas generaciones atrás. "¡Qué raza más curiosa!", pensé. La causa de su mutismo parecía no estar clara, pero llevaban tanto tiempo comunicándose así, que realmente no echaban de menos los sonidos, ni estaban habituados a dar palmas o chascar los dedos, y por supuesto no sabían hablar, no ya mi lengua, sino ninguna otra. Me enteré de que cubrían sus orejas para preservar mejor ese silencio. Les comuniqué mi perplejidad al saber que desconocían el sonido de la risa, y sobre todo de algo tan maravilloso como la música. Al ver que no comprendían las ideas que se formaban en mi mente para intentar explicarles lo que era la música, decidí que, ya que no eran sordos, lo mejor era que lo escucharan por sí mismos.

Me llevé la mano al bolsillo y saqué mi pequeño reproductor de música. No imagináis el delirio que supone para los sentidos conectarlo cuando estoy en mi Luna, y hacer que suene a través del pequeño, pero potente amplificador, dejando que la música se pierda entre las estrellas y lo llene todo. Aquel anfiteatro también sería perfecto para mi demostración. Maniobré los controles con destreza y decidí empezar con algo clásico. Pasaron horas extasiados ante tanta maravilla. Casi todos se habían despojado de los cobertores de orejas, en un ansía por captar más. Les veía completamente entregados, conmovidos ante tanta belleza, pero yo me tenía que ir. Estaba a punto de amanecer. Veía por el rabillo del ojo a mi querida estrella errante haciéndome brillantes guiños para llamar mi atención, así que, me despedí de todos y prometí volver muy pronto con más sonidos.

Como los moonboys siempre cumplimos nuestras promesas, desde entonces voy con frecuencia, y me acompaña mi estrella favorita —Naya es su nombre, y nos hemos hecho inseparables—. Tras aquel inicio con la selección de algunas piezas clásicas de las grandes, pasé por muchas más cosas, desde ópera hasta soul, jazz o blues. Hoy les llevo pop de todos los tipos, y creo que les va a encantar. Les veo preparados para bailar, incluso, y si no, ¡al tiempo! 

Ya viene Naya. ¡Qué locuela! Viene casi haciendo cabriolas.

—¡Sube, Kay! —dijo coqueta—. ¡Rumbo al Planeta... de la Música!
 

domingo, 26 de junio de 2011

Short-Circuited Love (Part II)

…el inicio de la historia lo puedes leer aquí

Se quedaron callados muchos minutos. Aia sollozando quedamente, Will ocultando sentimientos encontrados que mantenían una fiera lucha en su interior.

—Es muy tarde, Aia, estoy exhausto y creo que, esta noche, hasta tú necesitas descansar.

Separó lentamente sus brazos del cuerpo que había estado acunando en silencio. Le tomó la cara con las dos manos y contempló el óvalo perfecto de su rostro, su boca generosa y bien dibujada, su nariz recta y pequeña y, finalmente se detuvo en sus ojos, sus increíbles ojos de color pomelo. Le dio un dulce beso en la mejilla, se levantó y echó a andar camino a su habitación.
Will estaba destrozado. Dividido entre el amor que sentía por Aia y el veneno de los celos que empezaba a poseerlo. ¡Kurt! Un androide creado por él se había convertido en el obstáculo de su pasión por ella. Podría destruirlo, regalarlo, enviarlo a Ryan con sus padres para que dispusieran de él a su antojo... Echó de menos que no hubiera puertas como las que cerraban las estancias en el siglo pasado. Habría dado un gran portazo al entrar en su habitación, cuya puerta se deslizo con un beep invitándole a pasar no bien lo hubo detectado. Dio varias zancadas ya dentro, furioso, y barrió de un manotazo los objetos que había en su escritorio. Se llevaba las manos a la cabeza, llenando el aire de gritos sordos y muecas de lamentos desgarradores. Sentía el corazón encogido en su pecho. Su cabeza era un torbellino. Se sirvió un vaso de teenkay porque era lo más fuerte que pudo encontrar en su poco usado minibar, y se lo bebió de un trago. Se tumbó en la cama para intentar tranquilizarse, y acaso porque a veces el cuerpo es sabio y toma sus propias decisiones por nuestro bien, cayó en un sueño profundo casi al instante.

Transcurrieron varias horas cuando volvió a abrir los ojos. Aún era de noche. Notaba la boca reseca y tenía la sensación de haber tenido pesadillas, pero su mente estaba al tanto de la realidad de las últimas horas. Necesitaba salir y despejarse. Resuelto, se levantó y duchó, y se dirigió sin vacilar a su mini-nave. Despegó y empezó a alejarse de la superficie de Suinoi. A esa hora, cuando aún no había amanecido, lo que tenía ante sus ojos era soberbio. Las lunas parecían jugar y hacerse guiños, las estrellas llenaban el cielo y Moom City dormía ajena a ello. Tenía que tomar una decisión. Detuvo la nave a una distancia prudencial, suspendida en el firmamento, y empezó a enunciar los hechos que tenía ante sí, como si de un problema matemático se tratara.

A. Él amaba a Aia.
B. Aia amaba a Kurt.
C. Kurt era incapaz de amar por su condición de androide.

Si él destruía a Kurt o lo enviaba lejos, Aia sufriría, y tal vez para remediarlo, él se vería obligado a desinstalar todas las nuevas funcionalidades y dejar que volviera a ser su antigua ginoide, en cuyo caso, no sería necesario echar a Kurt, a quien tenía en gran estima, y todo volvería a ser como antes.

Si Aia llegaba a intuir su amor por ella y en consecuencia entrever su sufrimiento al no verse correspondido, sufriría también, e incluso podría entrar en conflicto con la 1ª Ley de la Robótica: "Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño". Podría tener consecuencias imprevisibles para ella.

Si modificaba a Aia para anular su amor por Kurt y plantar en cambio la semilla de un amor hacia él, iría en contra del puro principio del amor, que debe ser libre, sin sometimiento, sin obligación. Él quería ser amado por cómo era y lo que era, no quería un amor prediseñado.

Si decidía humanizar a Kurt...
 

Ideas de toda índole surcaban su mente y ésta barajaba múltiples escenas en el cielo, usado como una pizarra imaginaria e infinita. Cuando tuvo la certeza de que había considerado todas las opciones, con sus pros y sus contras, tomó una decisión y respiró tranquilo notando cómo el peso que había sentido sobre él empezaba a diluirse. Puso de nuevo rumbo a casa.

Estacionó la nave y entró. Estaba tranquilo y se sentía liberado ahora que sabía qué hacer, aunque le quedaba mucho trabajo por delante. Por el momento, necesitaba hablar con Aia, y sentía cierto cosquilleo y nerviosismo anticipando la conversación en su cabeza. Encendió su tablet y en la pantalla, la luz verde parpadeante indicó la posición de Aia dentro de la casa. Supo que estaba en el acuario y fue directo hacia allí.

Estaba en una espaciosa sala en la tripa de la casa-nave, rodeada de enormes ventanales a todo lo ancho y largo. En el centro se ubicaba el imponente acuario de 10m de largo y 60.000 litros. Aia esta parada frente a él, muy quieta, con una mano sobre el cristal. Parecía hablar con los peces y no había advertido la presencia de Will. Se acercó despacio y se situó detrás de ella, abrazándola por detrás.

—¿Estás mejor, Aia?

—Will, ¿es siempre así de doloroso?

—Pequeña, el amor es maravilloso cuando es correspondido. Cuando no,... no te voy a mentir... duele, y mucho, pero no hay que tomarlo como un rechazo. Simplemente amas o no, te aman o no. Si a quien amas no te corresponde, has de aprender a comprender y aceptar que ese amor no era para ti. Pero no hay que buscar culpables, porque no es culpa de nadie, ni de ti, ni del otro. El amor, el de verdad, ha de ser libre, sincero y no pedir nada a cambio, y si odias al otro por no amarte o pretendes forzar que te amen, es que realmente no amas.

—Ya.

—Antes no podías amar ni sentir, Aia. Ahora, tal vez no exactamente como un humano, pero de alguna forma amas y sientes. Piénsalo bien antes de responder y dime: ¿quieres ser como eras o quieres seguir así?

—Ya lo tengo pensado, no he hecho otra cosa en las últimas horas. Desde anoche he analizado todo lo que he encontrado sobre el amor en mi banco de datos. Las grandes pasiones e historias de amor, con su parte deliciosa y su parte amarga... Y,... a pesar de este momento que estoy viviendo ahora, sé que prefiero ser así. Supongo que habré de aprender a redirigir mis sentimientos cuando no sean correspondidos.

—¡Genial! Me alegra oír eso, aunque eso que dices no es fácil. Tal vez para ti lo sea algo más, por cómo he diseñado tu software, pero para un humano resulta más difícil, mas no imposible. De todas formas...

Se detuvo. Lo había meditado suspendido entre las estrellas y era el momento de materializarlo en palabras. Desvió la vista momentáneamente hacia los peces del acuario, como para reunir fuerzas y alejar todo atisbo de duda en su decisión.


—¿Si? —dijo Aia.

—Pues, verás, le he dado muchas vueltas y llegué a una conclusión, que se ve reforzada por lo que acabas de decirme. No quiero que sufras, Aia —hablaba muy despacio, sopesando cada palabra—. Te quiero... mucho... —hizo una pausa, porque se le quebraba la voz—. Me parte el corazón verte triste, y me siento responsable de ello, pues fui yo quien te permitió sentir. Por ello, he de brindarte al menos una oportunidad de ser feliz.

—No me debes nada y no has de sentirte culpable. Aprenderé a superarlo. Te estoy infinitamente agradecida por haberme creado así, y si puedo...

—Shhhh —la interrumpió Will poniéndole un dedo en los labios—. Déjame acabar... He decidido... hacer la misma operación con Kurt y...

—Aahhh —exclamó Aia sin poder evitarlo al oír la noticia. Se le iluminaron los ojos, tristes hasta ese momento, y miraba a Will muy atenta, con los sensuales labios entreabiertos y conteniendo la respiración, ansiosa de escuchar más.


¡Estaba tan linda! Realmente estaba enamorada. Por muchas mediciones y complicados informes que analizara, Will no podía saber qué sentía exactamente Aia, y si era en algún modo comparable con lo que sentía él por ella. Habría deseado besar esos labios que él había dibujado, abrazarla y hacerle el amor toda la noche... Detuvo su línea de pensamiento de inmediato. De seguir por ahí tal vez cambiaría de idea y quería demasiado a Aia como para hacerle infeliz.

—Decía, señorita enamorada, que he decidido que Kurt pase por el mismo proceso. Realmente ya he estado trabajando en todo lo que necesito para la operación en un androide que, como comprenderás, en algunos aspectos es... ligeramente diferente a la tuya.

Pudo comprobar, orgulloso de su logro, cómo Aia se sonrojaba, y esta vez no podía deberse a unas luces reflejadas en su rostro.

—¡Jajaja! Eres adorable, Aia. ¡Te has sonrojado! —le dijo, y juraría que el color subió de nuevo unos tonos—. En fin, puedo empezar mañana mismo con los preparativos. Pero he de ser sincero contigo. No quiero que te hagas ilusiones, pues el que Kurt pase por lo mismo, no garantiza que se enamore de ti. Ahora no te rechaza, simplemente está incapacitado para amar. Después... ¿quién sabe? Puede que se enamore de ti o de otro. La verdad, no quiero ni pensar en las posibilidades. Imagina qué pasaría si se enamora de mí, jajaja... Y, Aia, además has de estar preparada por si...

Aia no le dejó acabar, pues se abrazó a él en un gesto lleno de amor. Lo rodeó con sus brazos, riendo como una niña. Lo apretaba acurrucada en su pecho, y cuando separó un poco su rostro y tuvo el de él frente a frente, le dio un beso en los labios. Sus bocas se unieron en perfecta sincronía, y el beso dulce y tierno al principio, dio paso a un juego de lenguas que exploraban la boca del otro y de labios que se reencontraban como si hubieran sido parte del mismo todo. Will se detuvo, separándola un poco.

—Aia... ¿qué est...?

Fue ella esta vez la que le puso un dedo en los labios y le dijo:

—Will... si como científico quieres investigar los resultados de esta operación en un androide, hazlo, y si quieres elegir a Kurt, perfecto,... pero no lo hagas por mí.

—No entiendo... Tú...

—Yo, doctorcito mío, ya tengo a mi hombre... —y sonriendo ante la cara de puzzle de él, añadió: —Will..., ese hombre… ¡eres tú! Estoy enamorada de ti. Creo que siempre lo he estado, pero antes de la operación no lo sabía. Desde que puedo sentir, ha sido como encontrar una nueva frecuencia dentro de mí, y vibra contigo, amor. Sé que te engañé, y lo siento, lamento muchísimo que hayas sufrido por unas horas, pero necesitaba saber que lo que tú sentías era amor, y sé que lo es, del bueno, del verdadero. Estabas dispuesto a perderme por verme feliz, aunque fuera con otro. Has descartado eliminar mis mejoras o forzar mi amor por ti, y hallaste una posibilidad de darme una opción con Kurt y, sobre todo, has intentado por todos los medios que no intuyera tu amor por mí, para no ponerme en peligro al chocar con las leyes de la Robótica… Ahora sé que estás enamorado... Para mí es evidente, todos mis sensores lo captan.

—Aia... —Will no sabía qué decir. Se sentía engañado, y al mismo tiempo feliz, pues ello daba la vuelta a todo. Eso sí que era una sorpresa, la mejor de las sorpresas.

—Hum... deduzco que ahora viene la parte en que me regañas... ¿Me equivoco? —dijo Aia abrazándose más a él.

—Pues sí, te equivocas, listilla. Lo he pasado muy mal, no lo puedo negar. Creí volverme loco. Y lo que no entiendo es en qué momento me he despistado y he incluido esas dotes de actriz en tu software, o tal vez son armas de ginoide, al más puro estilo de las armas de mujer. Ya hablaremos más despacio de todo ello, pero ahora… mentiría si dijera otra cosa. Sólo puedo pensar en llevarte a mi habitación y hacerte el amor como a una mujer de verdad.

Volvieron a unir sus labios y fundir sus bocas. Si hubieran estado atentos a los sensores de la sala, habrían observado un aumento claro de la temperatura, pero estaban muy ocupados descubriéndose el uno al otro. Will la llevó abrazada a su habitación, e hicieron el amor una y mil veces, adaptándose el uno al otro y dando rienda a la pasión contenida por tanto tiempo, descubriéndose por fin uno ante el otro sin máscaras.

Will, de lado y apoyado sobre un codo la contemplaba a su lado. Ella reposaba, con el largo cabello azabache diseminado por la almohada y los ojos entrecerrados como si durmiera, aunque ambos sabían que no lo necesitaba.

—¿Te he dicho que te quiero? —le dijo Will.

Ella abrió los ojos y se volvió hacia él, recibiendo como premio un beso.

—Varias veces en las últimas horas, mi amor —le dijo.

—¡Vaya! Creo que lo he mantenido encerrado dentro de mí tanto tiempo que me parecen pocas las veces que lo confiese y ahora me recreo en cada palabra cuando lo expreso abiertamente. Ha sido mi sueño desde que inicié los cambios sobre ti, pero sabía que no habría garantías. En el amor nunca las hay. Por ello estaba dispuesto a intervenir a Kurt. Y aun así supongo que lo haré, pero antes he de incluir nuevos cambios, y el principal, será el de permitir que se dispare un inhibidor del amor hacia alguien cuando se detecte que no eres correspondido. Si puedes evitar sufrimiento, ¿por qué no hacerlo?

—Creo que es una idea excelente, Will. Poder sentir la magia del amor, vivirlo, y sólo hacerlo desaparecer cuando no es mutuo... —Se quedó pensativa un momento—. Pero dime…, —prosiguió—, si yo hubiera amado a Kurt de verdad, ¿quién habría inhibido tu amor por mí para evitarte sufrir?

—Nadie, Aia. Los humanos no somos tan fácilmente reprogramables. Habría tenido que aprender a vivir con ello. No habría dejado de quererte, pero el verte feliz con Kurt me haría feliz, y tal vez encontrara otras formas de ver mi amor correspondido, o de enamorarme de nuevo. Sólo te habría pedido una cosa…, y ahora tiene más sentido aún que lo haga.

—¿Qué es? —preguntó Aia curiosa.

—¿Te gustaría ser la primera ginoide en en dar a luz a un niño..., a nuestro hijo? Si mis investigaciones siguen por el camino que van, dentro de muy poco será posible.

—¡¡¡Síiiiiiiiiiiiiiiii!!! ¡Ahora entiendo todo! ¡De eso trataba tu presentación en el congreso! ¡Me ocultaste los motivos! —intentaba poner cara de enfadada, pero la idea le gustaba tanto que no le salía y resplandecía feliz.

—Al irse mis padres, no he podido ser el tío Will y malcriar al sobrino que tal vez tenga, y pasé la infancia con la nariz tan metida en libros, números y fórmulas que, aunque miraba por el rabillo del ojo a los otros niños, me perdí todos los juegos que ideaban y disfrutaban. Me muero de ganas de jugar a batallas galácticas, al lasertag, a luchas con robots, a echar carreras con mini-naves... —decía Will con la mirada brillante y perdida probablemente en otra época.

—En ese caso..., —le interrumpió mimosa, acercando su cuerpo desnudo y perfecto al de él hasta situarse encima, besando sus labios y susurrándole al oído—, creo que tenemos mucho trabajo por delante...

—Aia..., —replicó Will confundido aunque encantado con la propuesta—, no funciona así en este caso,... no te puedes quedar embarazada...

—Will..., tú me has enseñado que es posible todo lo que puedas imaginar... Y estamos juntos... Déjate llevar...
 

martes, 21 de junio de 2011

Short-Circuited Love (Part I)

Corre el año 2032. Will es un eminente científico, experto en Robótica, dedicado en cuerpo y alma a los robots y androides, a quien él se refiere como humanians. Vive en el planeta Suinoi, en la populosa Moom City, en una casa aérea con forma de dirigible, donde tiene separados en perfecto equilibrio laboratorio y espacios personales.

Vive solo, o bueno, para ser exactos, no vive con ningún otro ser orgánico, salvo las plantas que adornan profusamente el jardín y los cientos de peces que nadan en el acuario gigante, pero está rodeado de robots, androides y ginoides de su propia creación. De algún modo constituyen su familia. Son todo lo que tiene, y pensar en prescindir de Aia o Kurt, sus favoritos, es inconcebible. Sólo abandona su hogar cuando ha de dar una conferencia y es requisito que no sea por holograma, sino en persona. El resto del tiempo trabaja en el laboratorio, ejercita sus músculos corriendo por el jardín cubierto que rodea el perímetro de la casa-nave y nadando en la piscina de la planta superior, o descansa en cualquiera de las modernísimas dependencias que conforman su casa. Es un hombre que ninguna mujer dudaría en calificar de atractivo: piel color miel, ojos azul oscuro de una franqueza infinita, labios gruesos, nariz recta, alto y de cuerpo atlético. Podría haberse dedicado al cine o al deporte, pero su cerebro privilegiado se vio cautivado por las Matemáticas a la tierna edad de 4 años. Mientras otros niños jugaban a pilotar mini-naves y a la guerra con los robots, él llenaba sus tablets de números y figuras geométricas, y a la tierna edad de 6 años construyó su primer robot siguiendo un complicado tutorial que muchos adultos no aspirarían a comprender. A los 14 años decidió constituirse como Moomita independiente, cuando sus padres decidieron formar parte del proyecto que colonizaría el planeta Ryan, situado a 5 parsecs del planeta Suinoi. Sabía que no volvería a verles en carne y hueso, pero su amor por la ciudad que le había visto nacer unido a los proyectos que ya tenía en marcha, fueron determinantes.

Ahora, a sus 43 años, es un científico reconocido. Sólo se siente fracasado en el terreno personal, pues las relaciones que tuvo habían sido demasiado esporádicas, y no habían llegado a nada serio. Las mujeres que pasaron por su vida desistieron de luchar contra los androides para lograr que él les dedicara más tiempo a ellas. Tal vez por ello se había ido volcando más y más en Aia. Era su vida. La más perfecta ginoide jamás concebida. Era impresionante. Bella, inteligente, diligente, divertida… Conversaba con ella durante horas acerca de infinidad de temas. Había invertido mucho tiempo en humanizar a sus creaciones, y sus bases de datos, patrones de respuesta y software se retroalimentaban de tal manera de las experiencias humanas, que podía decirse que tenían sentimientos y sentido del humor. No era tal aún, pero Will estaba perfeccionando sus diseños para dotar a sus criaturas de algo parecido a los cinco sentidos. Era de la opinión de que con ello, podrían de algún modo sentir y amar. Necesitaba que así fuera. Era una locura, pero al final había claudicado y su cerebro había empezado a aceptar que estaba enamorado de Aia, y el lograr que ella tuviera un 'corazón' en el que poder penetrar le quitaba el sueño. Podría haber mantenido relaciones con ella, como hacía con otras ginoides, y habría sido placentero físicamente, pero necesitaba hacerle el amor de verdad, como a una mujer, sentir los jadeos de ella al oído e incluso notar su aliento. Era un proyecto muy ambicioso, sí, pero estaba preparado para acometerlo. Todo estaba listo para una primera prueba en que debería someter a su pequeña a una delicada intervención. Le había explicado a Aia con todo lujo de detalles en qué consistiría el cambio, ocultando los motivos que le llevaban a hacerlo, y ella había mostrado entusiasmo ginoideo lanzando un par de grititos y brincos.

Debía desconectarla, hurgar en su cerebro positrónico, en sus circuitos, relés, cables, chips y sensores, añadir nuevas piezas de software, pero también de hardware y elementos que ayudaran a humanizarla lo máximo posible, ya que pretendía que fuera capaz de saborear, de tener fibras nerviosas que enviaran estímulos al cerebro, de estallar de risa, llorar y hasta de soplar una vela. Eran muchos los cambios. Lo bueno es que no había peligro para la 'vida' de Aia. No requería un quirófano al uso, ni enfermeras prestas a darle el bisturí o secar el sudor de su frente. Estaba en la sala de Producción, él solo, con Aia sobre un soporte giratorio que la mantenía sujeta y permitía a Will acceder con facilidad a las diferentes secciones y puertas de entrada según requiriera. La música clásica llenaba la estancia. "¡Aaahhh", —pensaba Will concentrado en su tarea—, "los humanos ya no sabían componer piezas como aquélla".

La operación se alargó casi siete horas. Era muy tarde. Las dos lunas de Suinoi, ahora alineadas, eran testigos estelares del evento. Will estaba exhausto, pero al mismo tiempo, ansioso por revivir a Aia y empezar a observarla muy de cerca para captar cualquier leve cambio. Hizo repaso mental de que no olvidaba nada y de que todo estaba perfectamente calibrado, y se dispuso a conectar. Respiró hondo y activó a Aia. Click! En milésimas de segundo los increíbles ojos de la ginoide se abrieron.

—Hola, amo Will. La ginoide Aia, modelo X238832, se presenta para servirle y hacer su vida más amena, fácil y confortable —dijo Aia con voz metálica.

Will se atragantó a pesar de no tener más que saliva en la boca. Llevaba más de 24 horas sin comer nada.

—¡Aia! ¿Estás bien? ¿Qué dices? ¿Por qué hablas así? ¡Yo no te he inculcado ese patrón de respuesta!... Ni ningún saludo convencional. ¡Es arcaico! —decía Will inclinado sobre ella, tomándole la mano.

Y casi parecía a punto de llevar su barbilla hasta su frente para tomarle la temperatura, cuando ella irrumpió en carcajadas.

—¡Jajajaja! ¡Picaste, doctorcito! —replicó Aia—. Lo tienes merecido por tenerme desconectada 6 horas, 53 minutos y 37 segundos.

—Aia..., ¡serás...! —dijo ya más tranquilo, sonriendo y mirándola con un amor infinito y casi flotando de placer, pues esa reacción era totalmente inesperada y constituía el primer indicio de cambio—. Va a ser un éxito, ya lo verás.

Ayudó a Aia a liberarse del soporte giratorio y continuó:

—Y ahora, si me acompañas a la cocina, te cuento todos los 'nuevos poderes' que llevas incorporados mientras atraco la nevera, que no he probado bocado desde ayer.
 

Juntos se dirigieron a la cocina, donde aún permaneció despierto más de hora y media, charlando animadamente con Aia y calmando un poco el hambre con las delicias preparadas por Ranhya, quien hacía arte frente a los fogones creando diversidades culinarias originarias de cualquier rincón de Suinoi.

Los días siguientes Will inició el 'post-operatorio' con Aia. No había ni rehabilitación, ni reposo, ni dieta especial, tan sólo observación y volcado de datos de Aia al gran ordenador, Ysak, que procesaría toda la información y escupiría todo tipo de informes y gráficos finales para Will, quien sabría de cada nueva respuesta a estímulos, de cada nuevo logro, y podría ir calibrando cada pieza. Aia debía elaborar la presentación que Will usaría dentro de tres semanas en su próxima conferencia, presencial esta vez. Debería viajar a Xion, en las antípodas de Suinoi, y asistir al XXXIII Congreso Científico que duraría una semana. Iba a presentar al comité científico sus investigaciones para permitir que las ginoides pudieran albergar embriones humanos y llevar a cabo la gestación completa hasta el momento del parto. Era la solución a la baja natalidad, pues las mujeres preferían no hacer pasar a su cuerpo por el proceso del embarazo. Will no llevaría a la ginoide con él esta vez, pues quería medir si se producía en ella algo parecido a la morriña y le echaba de menos.

A sus tareas del día a día, Aia vería sumadas durante las siguientes semanas otras de naturaleza diferente a las habituales. Will debía verificar los cambios realizados en ella y debía someterla a nuevos estímulos y experiencias. Le hacía salir al jardín, pasear y oler las plantas, escuchar música de diferentes estilos, bailar, leer poesía, ver películas de acción, amor, comedias y dramas, salir al exterior a recorrer las calles de Moom City y probar diferentes actividades,... Will incluso había contratado a una acompañante para que le ayudara a medir la respuesta sexual en Aia y al mismo tiempo le instruyera en el uso de su cuerpo. La ginoide estaba encantada. Todo era nuevo para ella y lo encontraba divertido, y así se lo había dicho a Will, quien no dejaba de sorprenderse de los cambios operados en su criatura.

Al cabo de tres semanas, Will ya había anotado suficientes observaciones para considerar un éxito la intervención y trabajaba en los siguientes proyectos, aunque aún no había detectado ninguna respuesta hacia él por parte de Aia. A la mañana siguiente subiría al transbordador y estaría ausente una semana para asistir al Congreso. Pensó que tal vez a su vuelta hallaría cambios.

En su ausencia, Aia disponía de más tiempo libre, ya que Will no es probable que la necesitara en toda la semana, y dedicaba el día a esas nuevas tareas que le permitían inspeccionar y poner a prueba sus nuevas facultades. Eso le hizo pasar mucho tiempo con el resto de androides y con varios humanos con los que compartió diversas actividades en la ciudad, donde disfrutó al ir de compras, asistir a cenas y fiestas y aumentar sus experiencias en la vida social.

Pasó la semana y Will regresó. Hacía mucho que no se había ausentado por tanto tiempo, y los androides le recibieron con una suerte de fiesta improvisada, organizada por Aia, quien estaba radiante y parecía feliz de verle. De hecho, Will tuvo que plantarse firme en el suelo para no caer derribado cuando ella, como una niña chica, corrió hacia él y se le abalanzó al cuello en un gran abrazo, sellado con dos besos en las mejillas. Les agradeció a todos el detalle y fue charlando uno a uno con ellos para saber de las novedades ocurridas durante la semana.

Todo fue volviendo a la normalidad en los días siguientes, y Will percibía cambios en Aia. Parecía estar más sensible, y tal vez de humor variable: la veía animada y contenta, y al minuto siguiente un tanto ausente y soñadora. Lo que de seguro no esperaba es verla triste, pero de ese talante la encontró cierta tarde en el jardín. La vio desde el ventanal de su despacho, y por la pose tan abatida que mostraba sentada en el banco, supo que pasaba algo. Dejó de inmediato lo que estaba haciendo, y bajó al jardín apresuradamente. No quería alarmarla y suavizó el paso antes de abrir la puerta de entrada al vergel.


Ella debió notar que alguien se aproximaba, y secó rápidamente las lágrimas que surcaban sus mejillas y abrió el libro que reposaba en su regazo. Se volvió hacia él con una sonrisa cuando apenas estaba a dos pasos:

—¡Hola, Amito! —dijo, aparentando normalidad e impostando la voz para que sonara metálica—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¡Jajaja! Hola, Aia. Eres incorregible. Decidí hacer una pausa y tomarme un descanso. Salir al jardín para ver algo de naturaleza se me antojó lo más apetecible, y más cuando, por mucho que disimules ahora, me pareció verte triste desde la ventana. ¿Qué te pasa, niña?

—Nada, Will —replicó usando su dulce voz habitual—. Estoy aquí tranquila, leyendo.

—Ya. Con el libro al revés.

Aia bajó la vista al libro sorprendida, y vio que estaba correctamente abierto para su lectura.

—Will, ¡está al derecho!.

—Lo sé, querida, y el solo hecho de que hayas bajado la vista para verificarlo, me dice que no leías, ya que tu cerebro sabía cómo habías dispuesto la novela, la página por la que está abierta y hasta el contenido de las dos caras visibles. No necesitabas mirar para saberlo, y sin embargo lo has hecho. Desde que liberé ciertos cambios puedes actuar de un modo más humano y mentir u ocultarme ciertas cosas, siempre que ello no ponga en peligro a nadie, pero no tienes aún práctica suficiente porque nunca lo has hecho, y creo que acabo de pillarte.

Hizo una pausa y los dos quedaron en silencio por unos segundos. Casi diría que las mejillas de Aia estaban sonrojadas, ¿o era efecto de la luz de la puesta de sol? Continuó al poco:

—¿Y bien? ¿Me vas a decir ahora qué te ocurre? Aunque intentes ocultármelo, estás triste. Debes decirme qué te pasa, Aia. Has sufrido cambios importantes, y estás, digamos, en período de adaptación. Aún brilla una lágrima en tus ojos —dijo sentándose a su lado y rozándole levemente la mejilla—. Confía en mí, Aia. ¿Qué te tiene triste?

—No sabría ni cómo empezar. Me siento diferente. ¡Siento, Will! ¡Puedo sentir! Ahora soy un cocktail de sensaciones diversas, que pasa del ácido al picante, deja un regusto dulce y refrescante, y aporta un toque de amargura. Tan pronto tengo cosquillas por dentro y me dan ganas de dar volteretas y bailar desnuda sobre el césped..., —dijo con los ojos brillantes y chispeantes de felicidad—, ...como me repliego en mí misma, la tristeza me inunda, y las lágrimas asoman casi sin que pueda evitarlo —añadió con un hilo de voz y pena en sus ojos.

La veía tan... desvalida en ese momento, tan pequeña e indefensa, tan niña... Will abrigaba la esperanza de que fuera él la razón de eso que estaba definiendo Aia y que, un poco traído por los pelos tal vez, podría sonar a estar enamorado. No hay que olvidar que ella no era humana, y aunque la operación había sido un éxito, era consciente de las limitaciones que existían. Le pasó el brazo sobre los hombros, y la atrajo hacia sí, acurrucándola en su pecho y rodeándola en un abrazo sincero. Pretendía darle confianza y aliviar su pena.

—Ay, niña... ¿Cuándo te sientes feliz y cuándo triste? ¿Lo relacionas con algún evento concreto? ¿Qué te dispara cada una de esas sensaciones?

—Will..., tengo un banco de datos colosal y, gracias a ti, una impresionante capacidad analítica. Intuyo que esto que me pasa... tiene un nombre, —se detuvo, indecisa, pero continuó la frase—, y creo que es lo que los humanos llamáis amor.

Will se quedó quieto, casi conteniendo la respiración para no romper el momento. Los inmensos ventanales del jardín mostraban las dos lunas, compitiendo en belleza y espectáculo con el sol que se ponía en ese instante. Abrazada como la tenía se sentía el hombre más feliz de la galaxia. Atesoró ese momento en un rincón privilegiado de su corazón y su cerebro, para evocarlo cuantas veces quisiera, y besó su cabeza. Era el momento de averiguar. Tenía que formular la temida pregunta.

—Aia, cielo, ése no es motivo para estar triste. Amar es maravilloso. Te sientes vivo en cada partícula de tu cuerpo, más que nunca... Salvo... que temas no ser correspondida, pero...

—No es posible ser correspondida en mi caso —le interrumpió Aia—. Él no puede amar —dijo con la voz rota al tiempo que las lágrimas brotaban y surcaban imparables sus mejillas.

—Pero, cariño... ¿por qué lo das por hecho? Tal vez sí seas c... —no pudo terminar la frase, porque una idea vino a su mente de inmediato—. Un momento... Hablas de... ¿es...? ¿es... Kurt? —era él ahora quien hablaba con un hilo de voz.

—Sí —dijo en tono casi inaudible.


Continuará...

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