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lunes, 15 de septiembre de 2014

Disappointment


—Me has decepcionado.

Tres palabras que cayeron a plomo. Y tras esa lapidaria frase, todo cambió. El cielo, azul, dejó de ser etéreo, se fagocitó al increíble Sol que lucía esa mañana y se tornó gris marengo, vomitando, tras su digestión, infinitas estrellas que en su correr veloz y alocado atravesaron la Luna y la rompieron en mil pedazos. Todo quedó negro y cayó sobre mí, clavándose como cristales y robándome el aire. Mi mundo se hizo más pequeño, y yo con él. Quedé reducida a una criatura diminuta, indigna de tu comprensión, a un ser que no merecía la suficiente empatía como para que te pusieras en mi piel y, con tu sabiduría, entendieras mi necesidad de amor, mi sensibilidad. No fue así, y fui arrojada a la charca de los desterrados.

 

 
Pero no me dejé vencer. Lamí mis heridas como un cachorro y encontré mi Sol y mi Luna. Mi sensibilidad, cuando es preciso, se convierte en huracán, y me ayudó a levantarme. Pude aclarar mi mente, intuir malentendidos y comprender que, en el fondo, quien me había decepcionado con su actitud, habías sido tú, y que la culpa no había sido sino mía, tan solo por esperar demasiado de ti.

No iba a dejar que una frase dicha a destiempo, y tal vez elegida sin considerar todo su calado, se colara por mis rendijas y se alimentara cada día haciendo más grande la brecha. No. Sin dudarlo, hice las paces contigo e hice las paces conmigo misma. Aprendí de todo ello, y hoy, camino sin rencores, un poco más sabia.

 
 

lunes, 8 de septiembre de 2014

As I Began To Love Myself

Hace poco hice una escapada a Denia con mi queridísima Isabelle. Hubo un poco de todo en tan corto período, en el que no faltaron nuestras largas charlas, de esas en que conoces tanto a la otra persona que parece que a veces sobran las palabras y una sola mirada lo dice todo. Y no sé cómo surgió en la conversación, la verdad, pero en algún momento, ella recordó un maravilloso poema que, afanosa, buscó en su móvil y pasó a leerme en español, entonando deliciosamente, con un leve toque de acento francés. El poema fue escrito por Charles Chaplin cuando cumplió setenta años, un 16 de abril de 1959. Os dejo la versión en inglés.

 
 
As I began to love myself I found that anguish and emotional suffering
are only warning signs that I was living against my own truth.
Today, I know, this is “authenticity”.
 
As I began to love myself I understood how much it can offend somebody
as I try to force my desires on this person, even though I knew the time
was not right and the person was not ready for it, and even though this
person was me. Today I call it “respect”.
 
As I began to love myself I stopped craving for a different life,
and I could see that everything that surrounded me was inviting me to grow.
Today I call it “maturity”.
 
As I began to love myself I understood that at any circumstance,
I am in the right place at the right time, and everything happens
at the exactly right moment. So I could be calm.
Today I call it “self-confidence”.
 
As I began to love myself I quit steeling my own time,
and I stopped designing huge projects for the future.
Today, I only do what brings me joy and happiness, things I love to do
and that make my heart cheer, and I do them in my own way and in
my own rhythm. Today I call it “simplicity”.
 
As I began to love myself I freed myself of anything that is no good for
my health – food, people, things, situations, and everything that drew
me down and away from myself. At first I called this attitude
a healthy egoism. Today I know it is “love of oneself”.
 
As I began to love myself I quit trying to always be right, and ever since
I was wrong less of the time. Today I discovered that is “modesty”.
 
As I began to love myself I refused to go on living in the past and worry
about the future. Now, I only live for the moment, where everything
is happening. Today I live each day, day by day, and I call it “fulfillment”.

As I began to love myself I recognized that my mind can disturb me
and it can make me sick. But As I connected it to my heart, my
mind became a valuable ally. Today I call this
connection “wisdom of the heart”.
 
We no longer need to fear arguments, confrontations
or any kind of problems with ourselves or others.
Even stars collide, and out of their crashing new worlds are born.
Today I know that is "Life"!
 

viernes, 5 de septiembre de 2014

Addicted


Llevaba muy poco tiempo sin fumar, y aún no podía quitárselo de la cabeza con facilidad. Antes o después, algo desencadenaba en su mente el recuerdo del cigarrillo: el café de la mañana, el momento de la cervecita en el aperitivo, o los momentos de presión en la oficina. Cuando eso ocurría, tenía que hacer grandes esfuerzos por pensar en otra cosa, llenar su cabeza con algo que no implicara humo. Sabía, —todo ex-fumador lo sabe—, que estaba siendo tentada por "la bicha", como ella decía. Sabía que si lograba ignorarla y se controlaba, ese breve momento de ansiedad se reduciría paulatinamente y desaparecería. La verdad es que lo estaba llevando bastante bien. Al principio, con la fuerza que te da intentar algo por primera vez y los ánimos de los que te quieren, se le hizo más sencillo. Pasadas unas semanas, aunque paradójicamente debería ser más fácil al estar más desenganchada de la dependencia física y al estar motivada por haber acumulado todos esos días, se le presentaba con mayor insistencia la tentación, como un eco que se repite una y otra vez antes de que salgas de su radio de alcance y te alejes para siempre. Cuando la bicha acechaba, pasaban por su mente mil y una razones que apoyaban la idea de que, total, nada pasaba por dar una sola caladita o por fumar solo un cigarrillo. Eso no mermaría su firme decisión de dejarlo, se decía a sí misma intentando creerlo así.
 
Sonia piensa en todo ello mientras batalla con las increíbles ganas de fumar que siente en este instante. Sentada en la terraza de un bar, la brisa del mar lleva hasta su nariz el olor del cigarrillo que, dos mesas más allá, otra mujer fuma con evidente placer. La observa mientras ella se refresca con un mojito, lo cual tal vez no ha sido lo más inteligente para luchar contra las ganas de fumar. Acaso un vino blanco habría servido mejor. No quita los ojos del cigarrillo de la mujer. Observa hipnotizada cómo lo lleva a su boca, frunce los labios dando una calada profunda, y libera lentamente el humo, que asciende directo al cielo en pequeñas volutas. Como en un segundo plano, una idea empieza a tomar forma y abrirse paso en su mente, mientras el cerebro que ocupa su primer plano hace la vista gorda, aparentando interés en las gaviotas y en el mar. Impulsada por la idea que acapara su mente, se levanta para dirigirse a la fumadora de la terraza dispuesta a pedirle un cigarrillo.
 
The lovely Audrey Hepburn
 
Un paso. Su vista fija en la elegante mano que sostiene el humeante tesoro. Otro paso. Sus fosas nasales aletean, nerviosas. Un paso más. La bicha sonríe por dentro, acariciando con antelación ese pequeño instante de triunfo. Le separan de la meta apenas unos metros. Otro paso. Su campo de visión, reducido, no ve otra cosa que a su presa. Avanza de nuevo su pie derecho. Sus labios, entreabiertos, anticipan el momento. Siente un golpe por la derecha cuando da el siguiente paso. Se ha tropezado con alguien. Se gira, para entender qué es lo que retrasa su momento. Es una boca. Solo ve una boca. No piensa más. Se deja llevar por un impulso desconocido, sedienta. Une su boca a esos labios. Necesita beber lo que tengan que ofrecer.
 
Hace ya tres años de aquel encuentro. Consiguió vencer a la bicha y sigue sin fumar. Su adicción es diferente ahora. Se llama Irene. 
 

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas ツ