A veces voy tan acelerada por la vida que igual chocó con paredes, que descascarillo mi cadera contra los pomos de las puertas (me salen unos cardenales la mar de monos, todo hay que decirlo) o leo un texto en diagonal, por aquello de las prisas, rellenando los huecos con mi imaginación más que con las palabras que realmente contienen. Y es que es conveniente prestar atención cuando se lee, porque a veces se cae en errores... como éste:
Cierto amigo me recomendó un día un buen dentista, que resultaba ser su primo. No me dio sus datos de contacto en aquel momento, y fue hace poco, tras hablar con él por teléfono, cuando recordé su consejo y me di cuenta de que aún no disponía de los datos. Al saberle metido en un avión en ese momento, decidí enviarle un SMS, para que no se me pasara preguntarle y me contestara cuando pudiera.
Moona:
Pasó la tarde, y yo salí a cenar a mi japonés preferido, donde me puse las botas degustando sushi & sashimi, y acompañándolo de un delicioso vino. Ya no me acordaba del SMS enviado antes, y el sonido de recepción de nuevo mensaje en el móvil, según entraba en casa, me pilló desprevenida. Era de mi amigo. Abrí el mensaje, y leí:
Mi amigo:
Me quedé de piedra, y pensé, ¿eh?, este tío es imbécil y en su casa no lo saben. ¿A cuento de qué me dice esto?, ni que yo fuera por la vida creyéndome la reina de Saba, ¡será idiota! Pero... ¿qué mosca le ha picado? Es majo, pero no es George Clooney. ¿Le he hecho algún feo y mi memoria de mosquito me impide recordarlo? No parecía molesto hace un rato cuando hablé con él. Pero la que sí estaba de repente molesta era yo, y ni corta ni perezosa, sin pensarlo mucho más (¡ay, las prisas!) le respondí:
Moona:
Mi amigo:
Ahí me dije, ¿qué?, ¿cómo que qué?, ¿qué de qué, idiota?, ¿ahora vamos de graciosos o qué?. Pero en el fondo me chocó ese "¿qué?" suyo. Quiso la casualidad que tuviera su mensaje aún guardado (los suelo borrar tras leerlos) y pudiera releer de nuevo con más calma. Y releí. ¡Dios! ¡Qué chasco! Había escrito:
Mi amigo:
¡Ooooops! ¡Glubs! Menuda metedura de pata. Me moría de vergüenza, y me llamé torpe una y mil veces. Yo poniéndole verde, y él, pobre, inocente de todo, y seguramente planteándose el borrar mi nombre de su agenda por no tener que vérselas más con las acusaciones de una petarda. No tarde en responder diciendo:
Moona:
(claro, ¿qué otra cosa me iba a decir?, ¿que me cuide la vista o que me cuide de leer si bebo vino?)
Moona:
Pfiuuuuuu, ays... todo se aclaró y solucionó. Me partía de risa yo sola, y él se partía también al día siguiente cuando me llamó para ver si "ya estaba más tranquila" y le expliqué lo que había leído inicialmente y todo lo que pasó por mi cabeza en esos momentos con respecto a su persona. Charlamos un buen rato y nos despedimos, aún como amigos. En adelante, me cuidaré mucho de leer con detenimiento todos los próximos mensajes que reciba, en especial los suyos.



















