viernes, 20 de septiembre de 2013

The Planet Of Music

Andaba yo sentado al borde de mi Luna, como me gusta hacer los sábados por la noche, cuando todo está en silencio, roto a veces por el paso de alguna estrella fugaz. Me pierdo en mis pensamientos y cavilo en mis cosas con los pies colgando, observando el Universo mientras me dedico a pescar estrellas. Cada vez que pica una, tengo una breve charla con ella y al cabo del rato, la vuelvo a soltar, libre de volver a su lugar en la inmensidad de la galaxia, o de reubicarse en otra parte, si tal es su deseo.
 
Como digo, tan absorto en mi mundo estaba, que no vi aproximarse a una estrella y, cuando noté el tirón de la caña, tuve que agarrarme como pude a los bordes de la Luna para no caer al vacío. ¡Era una estrella errante! ¡Qué suerte la mía! ¡Había pescado una estrella errante! Las adoro, he de confesar. Son tan independientes y tan de mundo, y tienen una aureola de misterio tal, que resultan irresistibles. Charlar con ellas es como abrir un libro de aventuras infinitas. Y en eso estábamos, ella relatando anécdotas y yo escuchándola como un bobo, fascinado y con la boca abierta, cuando, en plena conversación, preguntó:
 
—¿Has estado alguna vez en el Planeta del Silencio?
 
—No —respondí, con los ojos intrigados y oliendo a aventura.
 
—¡Vamos! —dijo—. ¡Sube!
 
Colgué mi caña en la Luna, y sentado entre dos de sus puntas, fuertemente agarrado, emprendimos un corto viaje a la velocidad de la luz.
 
—¡Es aquél! —dijo, señalando un precioso planeta de color pomelo al que nos aproximábamos.

A moonboy
Aminoró la velocidad y se acercó despacio, depositándome lo más cerca que pudo sobre la superficie de una loma. Nos despedimos y se alejó con elegancia, volviendo a situarse en el cielo nocturno, en espera de mi regreso.
 
Caminé tanteando el terreno, intentando acostumbrarme a la extraña gravedad. No flotaba, pero sentía que podía hacerlo si me lo proponía, y de hecho, cuando me sentí más confiado, bajaba por la ladera de la loma saltando, y posando los pies brevemente para impulsarme y volar de nuevo. El silencio era absoluto, salvo por el leve sonido de mis pies cada vez que tocaban el suelo. No veía más que tierra anaranjada y grandes rocas, y un río que se abría paso en silencio. Ninguna vegetación a la vista. Tal vez en esa parte del planeta no había insectos, aves u otros seres que le dieran cierta ruidosa armonía. No había tenido tiempo de investigar mucho, la verdad, y esa zona parecía desértica. Decidí aproximarme a una formación rocosa e iluminada que había divisado desde la cima. Tenía el aspecto de un anfiteatro natural, y todo apuntaba a que allí encontraría a sus habitantes, más por la luz que por el sonido. Ya cerca, sin hacer ruido, trepé por uno de los flancos para alcanzar el borde y poder observar lo que allí ocurría sin que me vieran. Cuando asomé la cabeza, vi mucha gente en las gradas, y cinco de ellos de pie, en el escenario. Era una especie de asamblea, supuse. Nadie hablaba, pero tras prestar atención, comprendí que se estaban comunicando de algún modo. Observé que, a pesar de la agitación que se adivinaba en algunos y de los gestos con que la acompañaban, nada se oía, y una mirada más precisa me hizo darme cuenta que todos parecían levitar, pues no tocaban la superficie. Al fijarme en sus extraños rostros, vi que no diferían en mucho de los humanos, y que lo que tomé por un hocico y orejas negros, era en realidad una suerte de artilugio, formado por una pieza negra triangular que les cubría la punta de la nariz y de la que salían a cada lado unas tiras hacia las orejas, cubiertas completamente con una funda negra, para terminar atadas detrás de la cabeza. Eso les daba cierto aspecto ratonil.

Tanto me había abstraído en la observación y tanto había estirado el cuello para ver bien, que no reparé en que tenía medio cuerpo volcado sobre el borde, lo que hizo que perdiera el equilibrio y diera con mis huesos en el suelo de la grada superior, soltando una imprecación, bastante más alto de lo que el sentido común de quien permanece escondido pudiera aconsejar. Como era de esperar, todas las cabezas se volvieron hacia mí, y sus caras mostraban un asombro mayúsculo, juraría que más por haber escuchado un ruido, que por toparse con un moonboy por los suelos. Me levanté y recompuse mis ropas, y como todos los ojos seguían el menor de mis movimientos, levanté tímidamente una mano y saludé:

—¡Hola! ¡Bonito planeta! —dije mostrando la mejor de mis sonrisas.

Grand Canyon or The Planet of Silence?

No sé cómo explicarlo, pero, de algún modo, me devolvieron el saludo. No es que les escuchara decir nada, no es eso. Fue más bien una comunicación... mental. Estaba perplejo y atónito. Si hubieran pronunciado algún sonido en su lengua, no habría entendido nada, pero aun sin mediar palabra, se estaban comunicando conmigo. De hecho, no era necesario que yo dijera nada. Mis pensamientos les llegaban también de alguna manera. No me sentí amenazado en ningún momento, —en todas partes saben de la existencia de los moonboys, de nuestro gusto por recorrer el espacio y que somos seres pacíficos—, sino que me sentí más bien un bicho raro, pues estaban cautivados y hervía en ellos verdadera curiosidad por mi habilidad para sonar, algo que ellos habían olvidado muchas generaciones atrás. "¡Qué raza más curiosa!", pensé. La causa de su mutismo parecía no estar clara, pero llevaban tanto tiempo comunicándose así, que realmente no echaban de menos los sonidos, ni estaban habituados a dar palmas o chascar los dedos, y por supuesto no sabían hablar, no ya mi lengua, sino ninguna otra. Me enteré de que cubrían sus orejas para preservar mejor ese silencio. Les comuniqué mi perplejidad al saber que desconocían el sonido de la risa, y sobre todo de algo tan maravilloso como la música. Al ver que no comprendían las ideas que se formaban en mi mente para intentar explicarles lo que era la música, decidí que, ya que no eran sordos, lo mejor era que lo escucharan por sí mismos.

Me llevé la mano al bolsillo y saqué mi pequeño reproductor de música. No imagináis el delirio que supone para los sentidos conectarlo cuando estoy en mi Luna, y hacer que suene a través del pequeño, pero potente amplificador, dejando que la música se pierda entre las estrellas y lo llene todo. Aquel anfiteatro también sería perfecto para mi demostración. Maniobré los controles con destreza y decidí empezar con algo clásico. Pasaron horas extasiados ante tanta maravilla. Casi todos se habían despojado de los cobertores de orejas, en un ansía por captar más. Les veía completamente entregados, conmovidos ante tanta belleza, pero yo me tenía que ir. Estaba a punto de amanecer. Veía por el rabillo del ojo a mi querida estrella errante haciéndome brillantes guiños para llamar mi atención, así que, me despedí de todos y prometí volver muy pronto con más sonidos.

Como los moonboys siempre cumplimos nuestras promesas, desde entonces voy con frecuencia, y me acompaña mi estrella favorita —Naya es su nombre, y nos hemos hecho inseparables—. Tras aquel inicio con la selección de algunas piezas clásicas de las grandes, pasé por muchas más cosas, desde ópera hasta soul, jazz o blues. Hoy les llevo pop de todos los tipos, y creo que les va a encantar. Les veo preparados para bailar, incluso, y si no, ¡al tiempo! 

Ya viene Naya. ¡Qué locuela! Viene casi haciendo cabriolas.

—¡Sube, Kay! —dijo coqueta—. ¡Rumbo al Planeta... de la Música!
 

sábado, 24 de agosto de 2013

Lying & Lying

Un beso lleva a otro; una caricia, a otra más audaz; una prenda que cae, a cuerpos que se funden... Me pierdo en tus besos, que creo que me racionas, porque me dejan hambrienta. Desearía más, muchos más, no solo en mi boca, sino por todo mi cuerpo. Sentir tus labios húmedos en mi cintura, en mi cuello, notar que tu boca recorre mi espalda o se pierde entre mis muslos, donde tu lengua juguetona campa a sus anchas. Tus dedos también juegan, exploran mi cuerpo, rendido y expectante, ansioso de placer. Entras dentro de mí, a veces demasiado pronto, sin darme tiempo a que esté lista para recibirte. Pero te guío y nos acoplamos, cabalgamos juntos un trecho, más despacio, más deprisa ahora, ansío besos que no llegan y me llevo tus dedos a mi boca para calmar mi berrinche. Boqueo, jadeo, mientras nuestros cuerpos, resbaladizos por el calor, siguen su baile tribal. A horcajadas sobre ti, mi espalda se arquea hacia atrás mientras gimo de placer, y caigo sobre ti buscando tu boca.
 
—¿Has llegado? —musitas.

Is she faking?
 
Y en una fracción de segundo pasan por mi mente todas las sensaciones de infinito placer que he conseguido con otros, o cuando, a solas, juego con mi cuerpo y me inundan las sensaciones inenarrables de gozo, descargas que envían oleadas de puro deleite hasta la más alejada de mis fibras nerviosas y que, contigo, aunque disfruto, muy pocas veces he logrado experimentar. Si lo he conseguido otras veces, ¿qué es lo que falta cuando se trata de ti y de mí? ¿Es tal vez cosa de tamaños y formas como ocurre con las tuercas y tornillos? ¿Acaso de feromonas? ¿Influyen los olores, un timbre de voz en determinada frecuencia o el tacto de ciertas pieles? ¿Qué es lo que lleva a mi cuerpo a dejarse guiar por mi mente en lugar de accionar el interruptor y dejarla a off?
 
Alguna vez te he confesado que no siempre llego a ese placer, pero al final, casi invariablemente, cuando formulas tu pregunta, te miro a los ojos y, aún resoplando, respondo simplemente:
 
—Sí.


Solid circle Esta entrada es completamente ficticia, fruto de una conversación reciente con alguien muy especial. Pero me hizo pensar sobre el tema. Los hombres, normalmente, tienen una forma mucho más visible de mostrar que han alcanzado el máximo gozo, lo cual no indica que siempre lo sientan con la misma intensidad. Pero en el caso de nosotras, las mujeres, aunque en algunos casos sí es visible, en general podemos fingir un orgasmo, al menos siempre y cuando no haya un despliegue científico en torno a nosotras para medir si es o no auténtico. Y seguramente ese fingimiento se deba al miedo a hacer daño a la otra persona, —hombre o mujer—, a herir su ego y que sienta que no lo está haciendo bien y acaso ello lo aleje o, por el contrario, miedo a que la pelota se vuelva contra nosotras y nos acuse de frigidez. Pero tal vez, en lugar de frustrar al otro, el hacerle saber que no logra hacernos llegar al clímax, pueda también suponer un acicate que le haga ponerse las pilas, esforzarse en ser más creativo e intentarlo con más ahínco, ¿no?

¿Qué pensáis vosotros/as? ¿Habéis fingido alguna vez? ¿Habéis pillado a la otra parte fingiendo? ¿Cómo os sentiríais si supierais que realmente no alcanza el paraíso? ¿Minaría vuestra autoestima y moral o la reforzaría?

 

jueves, 15 de agosto de 2013

Trying To Make Up My Mind

No me decido. ¿Me ayudáis con esta breve encuesta? :)

Os cuento... Literautas va a sacar un libro recopilación de relatos, para celebrar que en septiembre se cumplirá el primer aniversario del taller de escritura Móntame una Escena. Los que hemos participado en alguna de las diez primeras ediciones, podemos enviar uno de los relatos para que lo incluyan, y se permite incluso ampliarlo hasta las 1.000 palabras. ¡Y ahí está mi dilema! Aunque mi mente ya ha descartado alguno, al final no consigo decidirme por uno de los seis relatos que escribí para seis de las escenas propuestas, y he pensado que lo mejor es preguntaros.
 
Los relatos son:
 
 
 
 
 
 
Me encantaría saber cuál es vuestra opinión. Podéis dejar un comentario (puede hasta ser anónimo, si queréis) indicando vuestra opción.


2013/08/25: Finalmente, tras recabar las votaciones recibidas por los distintos medios, y resuelto el casi empate entre The Wound y The Mission (curiosamente mis dos preferidas), opto por enviar la elegida mayoritariamente, que es... (redoble de tambores) ... ¡The Wound! :)

jueves, 27 de junio de 2013

My Grandpa

La tierra está fresca y el césped aún no cubre la tumba. La lápida reza: Arthur McFlynn (May 5th 1921 – Apr 16th 2013), "Travel at least once, before your last trip".

Mike llegó con tiempo, para visitar la tumba a solas antes de encaminarse a la gran mansión, donde acudirán el resto de familiares convocados por el notario. Le parece estar viendo al entrañable viejo, con gesto serio cuando le reprendía por algo para, acto seguido, sonreírle con sus ojos de agua y proponerle un juego, un acertijo, una aventura. Le adoraba. Se lamenta de no haber llegado a tiempo para despedirse.
Pone rumbo a la casa e imagina a todos falsamente contritos. No era un secreto que su abuelo se llevaba mal con sus hijos, ya fallecidos, cuyo encono hacia él heredaron sus primos: Elsie y Raymond, por parte del amargado tío Milton, y Rachel, por parte del apocado tío George. Terry, su madre, era la única que realmente había querido a su padre. Fue la niña de sus ojos hasta su temprana muerte, poco después de nacer Mike. Su padre, Charles, quedó destrozado, pero rehizo su vida, y contrajo matrimonio con una dulce australiana. El pequeño Mike necesitaba una madre, aunque ello les trasladó a la otra parte del globo. Arthur echaba de menos a su nieto favorito, a quien antes veía cada semana. Mike conquistó su corazón aquel día que gateaba por la alfombra de la biblioteca, directo a los pies de su abuelo, quien leía enfrascado en un libro sobre Asia. El pequeño, tambaleante, se puso en pie, y agarrándose a las rodillas de Arthur, llevó su manita a la página y señaló la foto de la Gran Muralla China, dando golpecitos, mirándole con sus grandes ojos y dedicándole una sonrisa grandiosa. Arthur convenció a Charles para que dejara con él al pequeño durante dos meses cada verano, y ello creó un vínculo especial entre ambos.
Mike, caminando por el sendero de gravilla, recuerda vívidamente las largas tardes con él en la gran biblioteca, repleta de libros hasta el techo. Disfrutaban de la lectura y perdían la noción del tiempo. Mrs. Sanders, el ama de llaves, no se intimidaba ante el ceño fruncido de Mr. McFlynn y, con mirada reprobadora, les hacía apartar los libros y sentarse a tomar el té y deliciosos pastelillos. Mientras merendaban, charlaban acerca de temas de lo más diverso. Habían hablado infinitas veces de que, algún día, irían juntos a la Gran Muralla.
—Ya no será posible —piensa Mike— pero iré. El año que viene, tal vez.
La dulce Mrs. Sanders lo recibe con un abrazo y le conduce a la biblioteca. El resto aguarda allí, ansioso por descubrir qué les depara la última voluntad del anciano. Pronto salen de dudas. El testamento es breve, y adjudica a cada nieto la suma de veinte mil libras, y a Mike, un libro, aquél que leía su abuelo sobre Asia. El resto lo lega a instituciones benéficas, sin olvidar a Mrs. Sanders y a Edward, su mayordomo, a quienes otorga unas casas en la villa, ante la indignación de los tres primos, quienes hablan de impugnar el testamento. Mike, sin embargo, se siente feliz.
—No entiendo cómo puedes sonreír —le dice Raymond—. Es un simple libro.
Mike le mira enarcando una ceja, sonriendo de nuevo, mientras piensa para sí: "Los libros me han permitido viajar a destinos exóticos y lejanos, a parajes desiertos o inaccesibles, a la Edad Media o al incierto futuro, me han permitido ver de qué está hecha la Tierra por dentro, descubrir qué hay fuera de la Vía Láctea, conocer otras razas y culturas, especies fantásticas y acaso de fábula, me han hecho saber qué se siente siendo pobre, rico, estando enfermo o siendo un superhéroe, me han hecho retreparme en el sillón de puro miedo, reír a carcajadas, llorar de pena o dejar que mi fibra sensible estalle de emoción por una maravillosa historia. ¿Y aún me pregunta por qué sonrío? Es un regalo maravilloso, y me permitirá recordar al abuelo siempre".
Sus primos se marchan despotricando, demasiado enfadados para seguir allí. Mike se queda, y acompaña a Mrs. Sanders y Edward a la cocina, a tomar un té.
—¿No mira el libro, Mr. Bolton?
—Ya lo conozco, Edward —dice Mike abriéndolo.
Al hacerlo, un sobre resbala. Mike saca algo de su interior. Es el título de propiedad de la mansión, a su nombre. Reconoce la pulcra caligrafía de su abuelo al leer:
“Mis libros son tuyos. Este es su hogar… y el tuyo.
Te quiere,
Tu abuelo Arthur”.





Nota: Post escrito para la Escena 10 propuesta por Literautas.

martes, 28 de mayo de 2013

The Mission

Me giré al escuchar sus pasos. Sabía que era ella. Llevaba esperándola ya un rato, pero cuando su imagen llenó mi campo de visión, no pude evitar abrir la boca como un idiota. Mi mandíbula se descolgó al contemplar el cambio tan radical que había sufrido. No daba crédito. Cerré la boca, mientras ella avanzaba hacia mí y yo buscaba en lo más recóndito de mi cerebro las palabras adecuadas. Me sorprendió verla tan demacrada, con profundas ojeras, vestida con ropas que caían sobre su cuerpo como si fuera una pobre escoba. La triste sonrisa que esbozó al mirarme, dejó entrever unos dientes estropeados, y no logró iluminar su rostro como siempre ocurría. ¡Cómo podía haber cambiado tanto en solo unos días! Estuvimos juntos toda la semana anterior, disfrutando de la escapada al desierto de Atacama. Ella adoraba aquel lugar. Era su lugar favorito y procuraba escapar allí cuando podía, para disfrutar de la belleza de la naturaleza en su lado menos obvio. Bañar su cuerpo en las aguas cálidas de las termas, reflejar el azul de sus ojos en las aguas de los lagos altiplánicos, saciarse con las increíbles vistas del Valle de la Luna, sentada al borde de la gran duna con los pies colgando, mientras el anciano volcán Licancabur coronaba el contorno andino, bañado por los cielos de color rosa al atardecer.
 
Sí, no hacía ni una semana que habíamos vuelto. Allí atrajo todas las miradas, su belleza jamás pasaba desapercibida. Su cuerpo, fibroso y voluptuoso, dotado de una elegancia innata, recorría la calle principal de San Pedro de Atacama como si fuera parte de un paisaje que le perteneciera. Sus ojos azul profundo competían con el lapislázuli que los artesanos engarzaban en pendientes, anillos y colgantes. Su boca, grande, de labios gruesos, hacía que uno se preguntara siempre por la definición de beso. La mujer que tenía ante mí no era ni la sombra de todo esto.

Volcán Licancabur visto desde el Valle de la Luna
 
—Lía, cielo… ¿q.. qué te ha pasado?, apenas te reconozco —dije con un hilo de voz.
 
—Hola, Mark —hasta su voz parecía diferente, había abandonado la musicalidad que le era propia—. He venido a despedirme y a contarte quién soy en realidad.
 
Quedé casi mudo y en shock al oírlo.
 
—Sé que eres tú. Aun tristes y apagados, tus ojos te delatan, pero… mi amor, no entiendo nada —logré articular.
 
—Lo sé. Por eso vengo a explicarte.
 
Me cogió de la mano, me llevó hacia el ventanal y salimos al porche. Nos sentamos en el sofá de mimbre, con el mar ante nosotros. El calor de la tarde se sentía a pesar de la leve brisa.
 
Me miró dulcemente, pidiendo perdón y comprensión con la mirada, y empezó a hablar.
 
—Mi nombre real es Nauhirel y nací en un planeta muy lejano llamado Myrthan. Atacama me lo recuerda. Os vengo observando y cuidando en vuestra bola azul desde niña. Llegué aquí hace ya diez años. Se cumplen hoy, en realidad —empezó a contarme, con la vista anclada en el cielo, como si buscara en él su hogar—. La forma que ves… bueno, la que conociste… era temporal. Tenemos la habilidad de crear la forma que nos represente mientras dure nuestra estancia, pero ésta es finita, y no puede sobrepasar los diez años, momento en que la forma elegida se degrada y descompone, y nuestra… ¿cómo decirlo?... esencia creo que es la palabra adecuada, se separa de la forma y se diluye en el Universo, llegando de nuevo a Myrthan.
 
Hizo una pausa. Tenía la boca seca.
 
—Aquí he visto el odio, la guerra, la prepotencia, la locura, la intolerancia, la maldad en estado puro. Pero he aprendido mucho —prosiguió, acariciando mi mano—, especialmente gracias a ti. Me has enseñado cosas tan valiosas que no pueden ser mensuradas, como la amistad, el compromiso, la fe, el arte, la pasión, la gratitud, el amor… Todas ellas desconocidas para mí cuando vine. De todo he sacado una enseñanza que llevarme a mi mundo. Esa era mi misión y ya acaba. Pero, —dijo abrazándome—, no llores, amor… No me hagas irme triste.
 
—¿Cómo quieres que esté? Descubrir de pronto esta dolorosa verdad que te alejará de mí…
 
—Lo entiendo, pero no podía revelarlo hasta el final. Necesito irme en paz. Te quiero.
 
Puso un dedo en mis labios para silenciar lo que mis lágrimas ya decían. Se levantó y echó a andar hacia el mar, a disolverse en el agua.
 
Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.




Nota: Post escrito para la Escena 9 propuesta por Literautas, que debía ser narrada en primera persona, y debía empezar con la frase "Me giré al escuchar sus pasos" y finalizar con "Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando". En la historia aparece Nauhirel, quien hizo su aparición en un post doble que escribí el año pasado, y que os invito a curiosear desde aquí. Como siempre, si queréis pasar un rato agradable leyendo la variedad de historias a las que da pie la escena propuesta, os invito a hacerlo pinchando aquí.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Nighthawks

Y llegó el día esperado. Hoy por fin conocería a Jack, con quien llevaba carteándose ya tres meses. Cuando Kate aceptó el trabajo y se mudó a New York, no sospechaba que le resultaría tan difícil conocer a alguien, por ello, se decidió a poner el anuncio en la sección de contactos del periódico. Fueron varios los que le escribieron, pero tras unas semanas de correspondencia con algunos de ellos, sólo Jack pasó el filtro. Semanalmente, Kate iba a la oficina de correos, donde había contratado un apartado postal para no desvelar su identidad, y leía feliz las líneas recibidas cuando llegaba a casa. Mil veces estuvo tentada de abrir la carta allí mismo, pero se resistía y esperaba a saborear el momento relajada, sentada en el alféizar de la ventana, mientras tomaba un té helado y dejaba vagar su mirada ilusionada sobre el río Hudson. Aunque él propuso un intercambio de fotos, ella era reacia, y prefería verle en persona. Para no prolongar más la incertidumbre, finalmente hoy se verían las caras.

En la oficina, en un estado de nerviosismo feliz, la mente de Kate retozaba en el azul del cielo saltando de nube en nube, sus ojos se mostraban soñadores y su boca exhibía la sonrisa de quien guarda un secreto. La jornada parecía interminable, pero tocó a su fin. Más tranquila en casa, intentó relajarse con el sonido del último disco que había comprado. La voz de Sinatra cantando Begin The Beguine impregnaba el ambiente. Se sentía romántica, danzaba de puntillas girando por el salón con un almohadón del sofá, que dejó caer camino del dormitorio. Debía empezar a arreglarse y preparó con esmero las prendas elegidas para el encuentro: el vestido de manga francesa y falda evaseé, sus zapatos negros de tacón, un bolso de mano y... violetas para el pelo. Ese fue el detalle elegido para que Jack la reconociera. Él, por su parte, llevaría una corbata violeta.
 
Kate se vistió, mientras su imaginación intentaba poner rostro a aquel a quien ya creía conocer a través de las cartas. Se recogió la melena pelirroja, colocando las violetas con gracia, se puso carmín en los labios, unas gotas de perfume en su largo cuello y en las muñecas, y se miró satisfecha. Salió de casa flotando y paró un taxi, indicándole el bar de Little Italy donde habían quedado, normalmente muy concurrido los viernes noche.
 
Ilusionada, llegó puntual al bullicioso bar. Lanzando miradas en busca del esperado color violeta, se dirigió hacia el fondo, y encontró un hueco junto a la barra. Desde ahí veía bien la entrada, y se sintió segura. No había ni rastro del que pudiera ser Jack. Pidió un refresco y esperó, desoyendo los piropos que algún joven le brindaba, deseoso de trabar conversación. Ella permanecía atenta a la puerta del bar, mientras las parejas entraban y salían riendo. Acabó el refresco, y pidió otro. Kate esperó y esperó, y ya harta, decidió marcharse y no ser la boba a la que habían dado plantón. Abriéndose paso, aturdida entre parejas demasiado sonrientes para su estado de ánimo, fue arrasada por un hombre que salía tras ella como una tromba. Cayó al suelo sin poder evitarlo y se torció el tobillo. Se levantó como pudo, buscando su bolso, que había escapado de su mano en la caída. Lo vio, lo agarró y salió furiosa de allí.
 
"¡Menuda idiota crédula!", pensó. ¡Se había hecho tantas ilusiones! Se alejó caminando, todo lo digna que pudo, pero varias manzanas después las lágrimas caían, imparables. Al abrir el bolso para sacar un pañuelo, descubrió que le faltaba la cartera. Debió de salir del bolso en la caída. Desechó la idea de volver al bar. Se había alejado bastante y, probablemente, ya no estaría allí. Abandonó la idea de tomar un taxi y se resignó a caminar hasta el Greenwich Village, su barrio. Tras recorrer varias cuadras el tobillo le ardía, y recordó vagamente haber visto un par de dólares en un bolsillito interior del bolso... Rebuscó, rebuscó... y ¡ahí estaban! Realmente necesitaba una pausa, e intuía que también algo más fuerte que un refresco. Entró resuelta en un diner que hacía esquina.
 

Nighthawks, Edward Hopper (1942)
Estaba casi vacío. Había una pareja al fondo medio discutiendo, un hombre cabizbajo en un lateral y un afable camarero. Pidió un bourbon y, enfadada, se quitó las violetas del pelo y se concentró en sus pensamientos.
 
Al poco rato, el hombre cabizbajo pidió la cuenta y sacó la cartera para pagar.
 
—¡Eh! ¡Esa es mi cartera! —dijo Kate al verla.
 
Él la ignoró, deslizando un billete al camarero.
 
—¿No me ha oído? —dijo yendo hacia él—. Compruebe la documentación, y las fotos. Es mía, ¡sin duda! —siguió Kate, creyendo de pronto visualizar una americana y un sombrero similares en su caída—. Usted, usted estaba allí..., usted…
 
—¡Amigo!, ya ha oído a la señorita —gritó el joven del fondo—. Devuélvasela si no quiere problemas.
 
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de problemas? —preguntó socarrón.
 
Por toda respuesta, el joven abrió la chaqueta un poco, dejando ver una placa de policía. El hombre cabizbajo, reconsiderando su postura, se levantó, dejó la cartera junto a Kate y salió del diner con cierta prisa, murmurando unas disculpas.
 
Kate la cogió, sin intentar comprender. No quería pensar. Viendo que no era su noche, pagó y se largó, caminando despacio y cojeando por culpa del tobillo, que para entonces ya estaba hinchado.
 
No bien había doblado la esquina, entró un joven al diner.
 
—Hombre… ¡Jack! ¿Qué tal? —saludó la mujer encendiendo un cigarrillo.
 
—¡Hola, chicos! ¡Vaya nochecita! —dijo acercando el whisky que ya le tendía el camarero—. ¡Llegué demasiado tarde!
 
Les contó lo ilusionado que había estado toda la semana porque por fin llegara el viernes. ¡Sentía que iba a conocer a su futura mujer!, pues tras meses de correspondencia con la maravillosa Kate, se sentía enamorado. Había salido con tiempo suficiente para la cita, incluso para ir caminando hasta el bar, pero, tal vez por llegar algo más relajado, decidió parar un taxi. Y ahí estaba él, tan abstraído imaginando cuáles serían sus primeras palabras en cuanto se vieran, que el sonido del claxon le hizo dar un respingo. Tardó en comprender que algo no iba bien. Estaban detenidos en un semáforo y el taxista había caído desmayado sobre el volante. Jack movió su brazo desde el asiento trasero, zarandeándolo un poco, pero al ver que no reaccionaba, salió del taxi con rapidez, e intentó reanimarlo. No sabía nada de primeros auxilios, pero pudo comprobar que respiraba y decidió que lo mejor era llevarlo a un hospital a toda prisa. Colocó al taxista con sumo cuidado en el asiento trasero, y condujo él mismo hacia el hospital más cercano lo más rápido que pudo. Llegó a urgencias e hizo los trámites con la agilidad que su mente —que escapaba a la imagen de una linda chica esperando a encontrarse con él— le permitió. Pero no podía dejarlo allí sin más, y esperó hasta saber que había sufrido un infarto, que estaba controlado y que se pondría bien.
 
—¡En fin! Tal vez sea cosa del destino y no deba conocerla —dijo finalizando su relato de los hechos con el gesto abatido—. Cuando finalmente llegué al bar, seguía abarrotado, pero por más que miré, no había ni rastro de la chica que debía llevar una violeta... ¡como ésa! —exclamó sorprendido al verla sobre la barra.
 
Quitándose unos a otros la palabra, le contaron atropelladamente que la llevaba en el pelo una joven pelirroja, que salió justo antes de entrar él.
 
—¡Corre, muchacho! ¡Es ella sin duda! —dijo el camarero, agarrándole del brazo—. No pierdas tiempo. Salió cojeando y no andará muy lejos.
 
Jack se levantó raudo y, recordando que no había pagado, se detuvo en la puerta un instante, al tiempo que el poli duro del fondo, cigarrillo en mano, decía con media sonrisa:
 
—¡Ve tras ella, idiota!, que ya pago yo. No puedo resistirme a una buena historia de amor cuando la tengo delante.
 


Nota: Post escrito para la Escena 8 propuesta por Literautas, que debía basarse en el famoso cuadro Nighthawks de Hopper. Intenté centrarme en Manhattan en los años 40, época en que se pintó el cuadro. Me quedé con ganas de ampliar un poco el que envié inicialmente y que titulé Violets, entre otras cosas para dejar ver algo más de Jack, como apuntó alguien en los comentarios que recibí. Y me gustó la idea que me dio mi compi Raúl con respecto a quién decía la última frase. Esta vez la participación aumentó, y os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas ツ