jueves, 9 de abril de 2015

Faking Fine

Voy acelerada porque llego tarde a una reunión. Detesto la impuntualidad. El ascensor va nutrido a estas horas. Contengo la respiración y me pongo de puntillas sin darme cuenta, como si ello le hiciera ir más rápido. En cuanto se abren mínimamente las puertas, salgo disparada cual gacela por la sabana, derrapando con elegancia en la curva del final del pasillo. Sin que me dé tiempo aún a tocar el pomo, se abre la puerta de la sala y te veo al otro lado. Sales tú al tiempo que entro yo. Nos sale con tanta coordinación que parece algo ensayado. Es como el giro de un vals. Me dan ganas de quedarme ahí un ratito, bailando contigo, y olvidarme del resto. Nos miramos a los ojos y susurro "¿Qué tal todo?". Un lacónico "Bien" es todo lo que me brindas por respuesta, acompañado de una sonrisa que se dibuja en tu cara. La sala me engulle con hambre y a ti te vomita con indiferencia.
 
La reunión es de esas en las que distintas personas son convocadas a lo largo de la mañana, cada una en su turno. Acabó el tuyo y comienza el mío. Mi compañero ya está también en la sala y juntos hemos de dar soporte al departamento que nos ha convocado para aclarar ciertas dudas. Alguien baja un poco la intensidad de la luz y comienzan a proyectar un PowerPoint. En esa inesperada penumbra que me regala el ambiente propicio, yo no puedo evitar pensar en ti. Sin darme cuenta mi cabeza ha saltado al momento de nuestro breve encuentro. Lo tengo en la pantalla de mi mente y necesito reproducirlo a cámara lenta, muy muy lenta, y observar.
 
Detengo un momento el mundo que me rodea, me sumerjo en una burbuja que me aísla. Externamente nadie lo advierte, mi mirada permanece atenta a la presentación, con la cabeza ladeada ligeramente, pero internamente observo, simplemente, observo de verdad. No digo mirar resbalando la vista líquidamente sobre el recuerdo que proyecto, haciendo que se desparrame toda ella sobre tu imagen. No, no digo eso. Digo mirar de verdad, volcándome en cada fotograma, atando el iris a la conciencia con una lazada y prestando atención plena, captando cada detalle que no quiero que se me escape, analizando esas pequeñas marcas, gestos y señales, —en tus ojos, en tu voz, en tu mano sobre el pomo o en la tensión de tu cuello—, microexpresiones todas que, tal vez puedan parecer minucias, pero que en conjunto no lo son y me dicen muchas cosas. Fue solo una palabra, modulada en un tono un tanto neutro. “Bien”, dijiste. Sin más. Ahora ya lo sé. Tú no estás bien, cielo. Tú no estás bien. A ti te pasa algo... y me lo vas a contar.

Behind the mask there might be a different face
 

martes, 31 de marzo de 2015

LifeFulness

Deambulo descalza por la casa, inundada por la luz del mediodía que entra a raudales por las ventanas. Camino con toda mi conciencia. Las plantas de mis pies sienten la superficie cálida de la madera a cada paso. Voy hacia la terraza y me detengo un instante para acariciar las hojas de la Kentia con las yemas de mis dedos. Sigo avanzando y salgo afuera. El sol da de lleno en los baldosines y cae sobre mi empeine cuando piso la terraza. El suelo quema. Muevo los dedos, alegrando la terraza con mis coloridas uñas. Hace calor, el sol resbala sobre mis hombros, lamiéndolos. Una leve brisa me hace levantar la vista hacia el cielo para sentirla en mi rostro y cuello mientras mueve suavemente mi melena. Capturo el momento con los ojos cerrados, mientras escucho los trinos de los pájaros que gorjean a su antojo y a los niños que corren y ríen abajo en el patio.
 
Dejo la terraza y entro de nuevo a la agradable sombra del interior de la casa. Mi vestido de gasa deja intuir al trasluz las largas y delgadas piernas y unas braguitas azules. Soy de pronto muy consciente de mi cuerpo. Me siento un tanto excitada. Debe ser el calor, el olor a verano que impregna la casa.

Zen :)
 
Voy a la cocina. Los trigueros siguen a fuego lento en la sartén, tan verdes y brillantes, y oliendo tan bien... Aleteo mi nariz y los olores me inundan. Me llega el aroma de la hierbabuena que tengo en la terraza. Huele a vida. Doy una vuelta a los trigueros, que ya casi están. Tú te acercas por detrás. No te oí llegar, tan absorta estaba en mi sentir el instante. Rodeas mi cintura con el brazo derecho y tus dedos palpan mi piel, mientras dejas una copa de vino para mí sobre la encimera. Bajo un poco el fuego hasta apagarlo y me giro despacio para tenerte frente a mí. Miro tus ojos negros que bailan ante mí, risueños. Tu beso sella mis labios, jugoso, dulce, apasionado. Me transmite tu sabor y detecto notas de vainilla y tal vez de castañas. Sabes rico. Quiero más.
 


jueves, 18 de septiembre de 2014

A New Reality

Aquel día, —hoy lo sé—, abriste una puerta nueva para mí. Charlábamos apaciblemente, reíamos las ocurrencias que tenían nuestras mentes, estábamos conectados por las palabras. Algo cambió, sutilmente, y las palabras dibujaron imágenes vívidas, esparcieron olores, ofrecieron sabores a paladear, implicaron susurros y jadeos, unieron dos cuerpos lejanos. Entré de tu mano a un mundo desconocido, en el que, debo confesar ahora, sentía un poco de miedo. Me hallaba un tanto desubicada en él. Me sentía un poco tonta por no saber, me sentía observada y me incomodaba no haber estado antes en esa situación. Poco a poco, vencí mis temores iniciales guardándolos en un bote de galletas y amarré mis tabúes a un poste, para que no pudieran liberarse. Tan solo me dejé llevar. Primero, tus palabras me guiaban, dibujaban la escena, con tanta delicadeza y naturalidad que era fácil entrar en el juego. Luego fue tu voz, que me puso en un dulce trance.

—Estamos bailando. Lo sabes, ¿verdad? —dijiste en cierto momento.

Sí. Era un baile. Nuestro baile. Cerré los ojos. Todo tuvo sentido y dejé que tu voz me guiara por un laberinto de pasiones.

 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Disappointment


—Me has decepcionado.

Tres palabras que cayeron a plomo. Y tras esa lapidaria frase, todo cambió. El cielo, azul, dejó de ser etéreo, se fagocitó al increíble Sol que lucía esa mañana y se tornó gris marengo, vomitando, tras su digestión, infinitas estrellas que en su correr veloz y alocado atravesaron la Luna y la rompieron en mil pedazos. Todo quedó negro y cayó sobre mí, clavándose como cristales y robándome el aire. Mi mundo se hizo más pequeño, y yo con él. Quedé reducida a una criatura diminuta, indigna de tu comprensión, a un ser que no merecía la suficiente empatía como para que te pusieras en mi piel y, con tu sabiduría, entendieras mi necesidad de amor, mi sensibilidad. No fue así, y fui arrojada a la charca de los desterrados.

 

 
Pero no me dejé vencer. Lamí mis heridas como un cachorro y encontré mi Sol y mi Luna. Mi sensibilidad, cuando es preciso, se convierte en huracán, y me ayudó a levantarme. Pude aclarar mi mente, intuir malentendidos y comprender que, en el fondo, quien me había decepcionado con su actitud, habías sido tú, y que la culpa no había sido sino mía, tan solo por esperar demasiado de ti.

No iba a dejar que una frase dicha a destiempo, y tal vez elegida sin considerar todo su calado, se colara por mis rendijas y se alimentara cada día haciendo más grande la brecha. No. Sin dudarlo, hice las paces contigo e hice las paces conmigo misma. Aprendí de todo ello, y hoy, camino sin rencores, un poco más sabia.

 
 

jueves, 11 de septiembre de 2014

Hundred

Cierta noche de agosto, me hallaba yo sumida en mis pensamientos mientras remojaba mi cuerpo en la piscina para aliviar los calores del verano. Estaba en la parte poco profunda, tomando un refrescante mojito a la luz de la Luna, cuando la tranquilidad de la noche se vio interrumpida por la llegada inesperada de mi moonboy favorito: Kay. Como siempre, llegó radiante, dispuesto a contarme sus viajes e historias con Naya, la estrella errante.
 
—No te he hablado del planeta Hundred, ¿verdad? —preguntó, sabiendo que, solo con la pregunta, ya me tenía atrapada y con la boca abierta, dispuesta a deleitarme con sus aventuras.
 
Sin darme tiempo a responder, comenzó a relatarme que se trataba de un planeta de una lejana galaxia, aún no descubierta por los humanos. Me contó que el nombre se debía a que todos los habitantes vivían cien años exactamente, ni un segundo más, ni un segundo menos. Todos, sin excepción, disfrutaban de ese período con plena salud, sin malestares de ningún tipo, en perfectas condiciones físicas y mentales y que, llegado el momento, morían, sin dolor, como una llamita que se extingue lentamente y en silencio.
 
Desde que nacían se ponía en marcha el contador, y al alcanzar los veinticinco años, y nunca antes, les estaba permitido pararse en una edad y vivir el resto de su vida con ese aspecto. Solo podían hacer la elección una vez, y después no había marcha atrás. Desde ese instante, el paso del tiempo quedaba paralizado en lo que al aspecto del cuerpo, interior y exteriormente, se refería, todo deterioro se congelaba en una edad, y se vivía de ese modo hasta alcanzar los cien años. Esa decisión era a todas luces importante, y por ello, no estaba permitida antes de alcanzar los veinticinco años, para dejar que la mente evolucionara, la personalidad se formara y el individuo contara con cierta experiencia vital.
 
Ya estaba yo evaluando en mi mente en qué edad me plantaría yo, suponiendo, como bien me confirmó Kay cuando le pregunté, que la elección se hacía al alcanzar una edad, ni antes ni después, es decir, no elegías pararte en los cincuenta si todavía tenías treinta, pero llegado a los cincuenta, no valía retroceder y pararse en una edad menor. 
 
Kay pasó un tiempo allí, recorriendo las ciudades y pueblos del planeta, y le llamó poderosamente la atención que todos los habitantes con los que se encontraba, podían considerarse jóvenes, todos habían optado por congelar su aspecto entre la edad mínima y aproximadamente los treinta y cinco, al menos a juzgar por el aspecto que mostraban.
 
Incluso para Kay, inmortal y eternamente joven como todos los moonboys, no dejaba de ser chocante y curioso. Desde ese momento, su viaje turístico por Hundred cobró una nueva dimensión y tuvo como meta encontrar a alguien algo mayor. No podía creer que nadie hubiera sentido la tentación de dejar que el tiempo siguiera su curso. Cuando casi había abandonado toda esperanza y cercana ya la fecha en que Naya pasaría a recogerlo para llevarlo a su Luna, encontró lo que buscaba: una pareja de ancianos. Una adorable pareja de ancianos, para ser más exactos: Elia y Noob.
 
Ninguno de los dos quiso parar el reloj y ya iban por los sesenta y siete. Nacieron en el mismo momento y llevaban juntos desde los veintitantos. Rodeados de amigos que se congelaban como si no hubiera otra elección posible, pensaron ¿por qué no seguir? Opinaban que plantarse en una edad era como anclarse en el pasado, como seguir mascando un chicle que ya ha perdido el sabor, como comer todos los días lo mismo y vestir siempre la misma ropa, como repetir un día eternamente, viendo exactamente la misma cara en el espejo cada mañana. Ellos decidieron vivir de verdad. Sabiendo que su salud sería completa hasta el final, les pareció que lo más sabio, inteligente y emocionante era disfrutar de los cambios que la vida y el paso del tiempo operaban en sus cuerpos, del mismo modo que gozaban siempre del cambio de las estaciones, de la llegada de la primavera tras el invierno, y del otoño tras el verano. Cada etapa les aportaba nuevos matices, nuevas vivencias. Envejecer juntos les hacía avanzar. Querían vivir la maravilla de sentirse diferentes cada día. Cuando Kay les preguntó por qué, cruzaron una deliciosa mirada cómplice y respondieron al unísono una sola palabra:
 
—Plenitud.
 
Katharine Hepburn & Spencer Tracy (or Elia & Noob?)

 

martes, 9 de septiembre de 2014

Ghost Station

Abrí los ojos y me sobresaltó el ruido del tren acercándose. ¿Qué hacía yo allí? Estaba en el andén, sentada en un banco. Debí haberme quedado dormida esperando al metro al volver a casa. Un poco aturdida aún, subí al vagón en cuanto abrieron las puertas. Me encontraba cansada, pero extrañamente ligera. Era de noche y el vagón iba bastante atestado para lo normal a esas horas de un martes. Tenía frente a mí a una mujer. Lucía en su cara la mayor de las sonrisas. Me fijé en que realmente sonreía como si escuchara a alguien, y de hecho me sorprendió verla hablar y reír al momento, como si realmente mantuviera una conversación. Hablaba sola, como si se dirigiera a alguien sentado a su izquierda. Sus gestos acompañaban perfectamente la impresión de que así era, asintiendo de tanto en tanto, o poniendo su mano donde supuestamente podría estar la del otro. Miré a mi alrededor, por si alguien más lo había advertido, pero nadie parecía prestar atención o, tal vez, a esas horas no era algo inusual y pensaban que no estaba bien de la azotea o que había tomado unas copas de más. Estaba empezando yo también a pensarlo cuando caí en la cuenta de que el hueco que ocupaba su supuesto acompañante permanecía vacío desde que entré, a pesar de que en cada estación, aunque bajaban unos cuantos, seguía subiendo gente. El vagón continuaba llenándose, pero nadie ocupaba ese hueco. Tal vez era por respeto a la pobre mujer que, sin perder la sonrisa, seguía manteniendo una animada conversación.
 
Vi que hizo ademán de levantarse y me sentí impelida a seguirla, por pura curiosidad. Me levanté yo también, y me puse tras ella y su acompañante invisible. La verdad es que me sentía realmente intrigada y fascinada.

Chamberí Station, by Daniel Dionne
 
Salimos del vagón y comenzamos a caminar hacia la salida. Ella seguía charlando y riendo al subir por las escaleras mecánicas, con el brazo izquierdo plegado, como si lo enlazara con el de alguien. Yo iba unos metros detrás, y enfilamos por un largo pasillo de una zona comercial. Al pasar por delante de uno de los escaparates de las tiendas, me giré por puro acto reflejo, para echar un vistazo casual, y entonces lo vi. El cristal reflejaba perfectamente a un hombre que caminaba hablando solo por delante de donde se supone que estaba yo. Ni la mujer ni yo aparecíamos en la imagen. No pude contener una exclamación de asombro y giré de inmediato la cabeza hacia delante, para ver, como antes, a la mujer sin el hombre. Ella, dándose cuenta de todo, se detuvo un momento y caminó hacia mí. Tomó mis manos con dulzura y me dijo:
 
—Primer día por aquí, ¿verdad? Te acostumbrarás enseguida, querida. Te llevará un par de días poder ver... a los vivos. Podrás hasta comunicarte con aquellos que puedan vernos. —Hizo una pausa, dándome tiempo a empezar a entender—. Siento comunicártelo así, pero... tú y yo, y la mayoría de los que iban en el vagón, ya estamos muertos.

 

lunes, 8 de septiembre de 2014

As I Began To Love Myself

Hace poco hice una escapada a Denia con mi queridísima Isabelle. Hubo un poco de todo en tan corto período, en el que no faltaron nuestras largas charlas, de esas en que conoces tanto a la otra persona que parece que a veces sobran las palabras y una sola mirada lo dice todo. Y no sé cómo surgió en la conversación, la verdad, pero en algún momento, ella recordó un maravilloso poema que, afanosa, buscó en su móvil y pasó a leerme en español, entonando deliciosamente, con un leve toque de acento francés. El poema fue escrito por Charles Chaplin cuando cumplió setenta años, un 16 de abril de 1959. Os dejo la versión en inglés.

 
 
As I began to love myself I found that anguish and emotional suffering
are only warning signs that I was living against my own truth.
Today, I know, this is “authenticity”.
 
As I began to love myself I understood how much it can offend somebody
as I try to force my desires on this person, even though I knew the time
was not right and the person was not ready for it, and even though this
person was me. Today I call it “respect”.
 
As I began to love myself I stopped craving for a different life,
and I could see that everything that surrounded me was inviting me to grow.
Today I call it “maturity”.
 
As I began to love myself I understood that at any circumstance,
I am in the right place at the right time, and everything happens
at the exactly right moment. So I could be calm.
Today I call it “self-confidence”.
 
As I began to love myself I quit steeling my own time,
and I stopped designing huge projects for the future.
Today, I only do what brings me joy and happiness, things I love to do
and that make my heart cheer, and I do them in my own way and in
my own rhythm. Today I call it “simplicity”.
 
As I began to love myself I freed myself of anything that is no good for
my health – food, people, things, situations, and everything that drew
me down and away from myself. At first I called this attitude
a healthy egoism. Today I know it is “love of oneself”.
 
As I began to love myself I quit trying to always be right, and ever since
I was wrong less of the time. Today I discovered that is “modesty”.
 
As I began to love myself I refused to go on living in the past and worry
about the future. Now, I only live for the moment, where everything
is happening. Today I live each day, day by day, and I call it “fulfillment”.

As I began to love myself I recognized that my mind can disturb me
and it can make me sick. But As I connected it to my heart, my
mind became a valuable ally. Today I call this
connection “wisdom of the heart”.
 
We no longer need to fear arguments, confrontations
or any kind of problems with ourselves or others.
Even stars collide, and out of their crashing new worlds are born.
Today I know that is "Life"!