jueves, 28 de febrero de 2013

Masquerade


No le apetecía nada, pero estaba indefenso ante el pertinaz Lucas, no solo porque fuera un gigante, sino porque era su mejor amigo, y finalmente decidió no malgastar la energía en batallas perdidas. Iría a la fiesta de máscaras, y lo haría por Lucas, pero no tenía intención de quedarse mucho.

—¿De dónde saco yo vestimenta para algo así? ¡Es este sábado! —murmuraba Adrián mientras rebuscaba en el armario.

Su insistente negativa a ir se debía a la reciente ruptura con Alba. Desde que la conoció y durante casi un año, habían sido inseparables y felices hasta que, hacía tres meses, había surgido otra persona que sumió a Alba en un mar de dudas, y planteó dejar la relación. Él decidió que era el fin, que no iba a quedar en el banquillo, esperando por si el nuevo jugador era expulsado y él volvía a entrar en el juego. Fue como un mazazo y aún la quería. Lo sentía aún reciente y no le apetecía nada hacer sociedad.

Tras algunas llamadas a amigos consiguió ropa elegante, de corte medieval y una preciosa máscara forrada en raso negro con una particular forma de nariz puntiaguda que, junto a la abertura oblicua para los ojos, le hacía parecer otro. Completado con su melena, el conjunto quedaría redondo.

Y llegó el sábado. Adrián salió de la ducha y se secó enérgicamente. Se afeitó y se arregló un poco las patillas. Entró en la habitación, donde las prendas, dispuestas sobre la cama, esperaban a cobrar vida. Se vistió, ajustó bien los blancos puños de vuelo, que asomaban por la manga de la levita morada, y se puso un vistoso pañuelo color mostaza en el bolsillo superior. Se colocó la máscara. ¡Listo! Estaba impactante. Sonrió satisfecho a la imagen que le devolvía el espejo.

Llegaron ya empezada la fiesta. No querían ser de los primeros y, cuando aparecieron, el inmenso salón ya bullía de conversaciones, risas y movimiento. El anfitrión no había reparado en gastos, su fortuna se lo permitía. Los camareros pasaban bandejas con exquisitos canapés y excelentes vinos. El champán soltaba las lenguas y quebraba posturas. Tras un rato, Adrián, despistado por Lucas, se encontraba solo, pero relajado y disfrutando. Divisó a unos metros a una sugerente pelirroja vestida de verde, que en ese momento apuraba su copa. Sin dudarlo, tomó de la bandeja que pasaba dos copas al vuelo y se acercó a ella.

—¿Más champán? —dijo tendiéndole una.

—¡Claro! Pero brindá conmigo —aceptó ella con una sonrisa y marcado acento argentino.
 

Venetian Masque by Ariadna Pinyana


Iniciaron una charla, superficial al principio, algo más personal después. Las máscaras ocultaban sus rostros, pero la boca de ella, siempre sonriente, enmarcada por la impresionante melena, le tenía rendido. Solo pensaba en besarla. Bailaron, bebieron, rieron... Adrián se había quitado la máscara, incapaz de soportarla por más tiempo, pero Selena aún la conservaba y su rostro era un misterio.

El tiempo había pasado volando y en contra de las intenciones iniciales de Adrián, la cosa se había alargado y fuera del palacete pronto amanecería. Selena era encantadora. En un arrebato, Adrián propuso salir a ver amanecer sobre el mar, y al poco, descalzos los dos, pisaban la fina arena de la playa, aún fría a esas horas. Caminaron un rato, sin dejar de conversar, y se sentaron a ver despuntar el día junto al espigón, al resguardo de miradas curiosas.

—¿Puedo ver tu rostro ahora? —preguntó Adrián dulcemente.

Selena se llevó las manos a la cabeza con delicadeza y, despacio, se retiró la máscara. Adrián quedó mudo al ver ante sus ojos a una desconocida Alba, pelirroja y diferente. Unido al acento argentino, era normal que no la hubiera reconocido. Ahora se sentía como un perfecto imbécil y sin dudarlo, se levantó para irse, pero ella lo detuvo agarrando su mano.

—Adrián, por favor —ya sin falsear su voz—, escúchame.

Le explicó que realmente no hubo nada serio con el otro chico, ni con nadie, pero conociéndole, sabía que no podría llamar a su puerta sin más diciendo que todo había sido un error. Así pues, acudió a Lucas, y le convenció para que lo llevara a la fiesta. Necesitaba acercarse a él y tantearle de incógnito.

—He meditado mucho. Sé que te echo de menos y que te quiero.

­—Alba, no es tan fácil. He pasado tres meses de infierno. ¿Quieres que lo olvide sin más?, ¿que haga como si nada? Tengo miedo, pánico más bien, de que vuelvas a dudar..., de dudar yo mismo.

—Te entiendo, amor. Yo también. Pero hay que vivir el ahora. El miedo no puede atenazarnos, sino darnos alas.

Ambos quedaron en silencio por unos segundos, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol despuntaba. Alba, se giró hacia él y mirándole con ternura le dijo:

—¿Te... atreverías a intentarlo de nuevo?

Adrián respiró hondo y cerró los ojos. Al abrirlos, la atrajo hacia sí y, por toda respuesta, le dio el mejor beso que tenía, uno lleno de esperanza.




Nota: Este post (retocado) es el que envié para la Escena 6 propuesta por Literautas, que tenía que ocurrir durante un carnaval o una fiesta de disfraces, y debía haber un personaje que tuviera miedo de algo, por los motivos que fuera. Yo estaba flaca de inspiración, pero me forcé a escribir, para no perder el hábito. Algunos de los posts escritos para la escena por otros participantes me han parecido geniales. Si queréis echar un vistazo, podéis hacerlo aquí.
 

martes, 26 de febrero de 2013

Mother, What Did You Do?

—Nadia, tranquilícese. Su estado es grave. Necesita de un trasplante urgente. Hemos avisado a su madre y está de camino. Hay muchas probabilidades de que sea una donante válida.


Elena está en un taxi, nerviosa. Casi no puede pensar. El corazón le late a mil por hora, y su mente, ajena al recorrido, revive una y otra vez una escena acaecida mucho tiempo atrás. Era una apacible tarde de primavera. Había estado caminando por el parque, y llevaba un rato sentada en un banco junto al lago, leyendo una novela de Paul Auster. La historia la tenía completamente concentrada y fascinada. Apenas levantaba la vista del libro y por ello tardó unos minutos en percibir el llanto de un bebé. Intento escuchar y detectar de dónde procedía, pero no veía ninguno cerca. Se levantó, con los oídos alerta, y se encaminó hacia un árbol al que rodeaban en parte varios arbustos. Allí, semioculto tras ellos, descubrió a un bebé envuelto en una toquilla, tumbado sobre una manta de juegos, en la que reposaba un sonajero de juguete y una bolsa con un par de pañales de muda y un biberón. Se sorprendió muchísimo. En la escena solo echaba de menos a la mamá o al papá, pero allí no había nadie más. Se agachó y recogió a la criatura del suelo y la acunó en sus brazos para calmarla. Debía de tener unas semanas. Era una niña, ¡tan pequeña!, con sus grandes ojos grises anegados en lágrimas. Dejó de llorar cuando se sintió protegida y a Elena le pareció que hasta sonreía. Estuvo allí un buen rato con ella en brazos, haciéndole cucamonas y dándole el biberón cuando sospechó que podría estar hambrienta. Cuando parecía evidente que no iba a volver nadie a por ella, sopesó sus opciones y descubrió que no era capaz de despedirse de ella entregándola en comisaría o en un hospital. Algo le impelió a llevarla a casa para disfrutar de ella un poco más.

Pasó toda la noche pendiente de la niña, pensando, debatiéndose entre sus deseos, el bien y el mal, maquinando estrategias de todo tipo, y la mañana le sorprendió con los ojos como platos y con una determinación inusual en ella. Salió a primera hora de casa, fue derecha a una tienda de cosas para bebés y compró un cochecito. De vuelta a casa se aprovisionó de pañales, biberones y alimento para la pequeña. Empaquetó lo que creyó más importante en una maleta y salió con la niña, camino de la estación de tren. Compró el billete con destino a Alicante y dejó la capital.

Se instaló en un hotel mientras buscaba alquiler y envió una carta a su empresa para darse de baja. Inscribió a la niña en el registro como hija suya, y estuvo muy atenta a los periódicos y la televisión en las primeras semanas, pero con el tiempo se relajó. El dinero que tenía ahorrado le permitió tener un margen para gestionar con su empresa un cambio de ubicación que, afortunadamente, fue posible, ya que contaba con oficinas en todo Levante. Con el paso de los meses y estando completamente instalada, decidió vender el piso que dejó en Madrid para contar con otra fuente de ingresos, y se olvidó de su pasado. Se volcó de lleno en Nadia, y en vivir la nueva aventura con la que el destino la había premiado. Su hija creció sana y le regaló una existencia no soñada. Enterró su secreto tan profundamente que lo había olvidado ella misma y había aceptado como cierta la historia que tantas veces le contó a la niña cuando, de pequeña, preguntaba por su papá. Para ambas, él murió antes de nacer Nadia, y la identidad que había escogido Elena era la de un vecino que tuvo en aquella época, quien no tenía familia y, efectivamente, falleció por entonces en un accidente de coche. Había añadido algún detalle romántico, para que la niña no le diera vueltas al asunto cuando fuera haciéndose mayor, así pues, Daniel, que así se llamaba, estaba enamoradísimo de ella, y tenían planes de boda que se vieron truncados fatalmente. Fue poco después del accidente cuando Elena descubrió que estaba embarazada. ¡Curiosa mentira! Ella, que jamás había llegado a acostarse con un hombre y tan solo había tenido un medio novio con el que no cruzó más que cuatro besos. ¡Qué extraño es el destino! Sí, sí, el destino. Elena asumió su mentira como una verdad producida por el destino, que le había puesto al alcance a aquella pequeña criatura una tarde de primavera.

—Me dijo la entrada principal. ¿Le viene bien aquí?

Not a case of Lupus this time
La voz del taxista la saca abruptamente de sus pensamientos. Abre nerviosa el bolso y paga la carrera. Recibe la bofetada del frío en el rostro casi con alivio. Necesita desenterrar sus recuerdos y encontrar desesperadamente a los padres biológicos de Nadia, si es que existen, y no sabe ni por dónde empezar. Su mente es un torbellino de pensamientos. Acudirá a la policía, les contará la historia, usará Internet y cualquier medio a su alcance para difundirla. No tiene miedo de ir a la cárcel, de ser sometida a insultos populares, de ser apedreada. Volvería a hacerlo de nuevo sin dudarlo un solo instante. Nadie podrá arrebatarle jamás lo que ha sido su vida con Nadia en estos treinta años. Lo que más teme es al rechazo de su pequeña y a no ser capaz de salvarla y que se vaya para siempre. Y también a su conciencia, que parece torturarla sin respiro con una pregunta, formulada con voz infantil, que se repite insistentemente en su cabeza:

—Mami, ¿qué hiciste?
 

viernes, 22 de febrero de 2013

Ungiven Kisses

Abro los ojos y ya es de día. Me estiro perezosa, tooooodo lo que mi cuerpo permite ser estirado, y resuelta a no desperdiciar la mañana, salgo de la cama. Aún adormilada, abro la ventana, sonriendo al comprobar que hace un día precioso y dejando que la luz inunde mi habitación. Al girarme, ahí la veo, olvidada en una esquinita. Me quedo parada y sorprendida, mirando como una boba la bolsa de los besos que guardaba para ti. Besos, sobre todo, pero también caricias, días perfectos, siestas veraniegas, noches de pasión... Es muy temprano para dejar viajar la mente soñadora en lo que podría haber sido, y además, ¡aún no he desayunado!, así que, mejor será que me encamine a la cocina. Y eso hago. Mecánicamente voy preparando mi desayuno, que disfruto pensativa y en silencio. Mi zumo de naranja, mis tostadas, mi café. Según doy cuenta de ello, mi mente divaga y vaga, transcurre por una dimensión alternativa durante un buen rato. Un gorrión que aterriza momentáneamente en mi terraza me trae a la realidad. Recojo la cocina y cuando salgo de ella sé lo que tengo que hacer. He decidido vaciar la bolsa.

Creo que es una sabia decisión. Dejaré en ella los besos de amistad, ¡esos sí!, y los abrazos, esos maravillosos abrazos. Pero he de deshacerme de los besos de amor, porque los besos de amor no dados se emponzoñan con el tiempo, se llenan de un veneno que no mata, pero que hace daño al alma y la vuelve turbia y rugosa. Abriré la bolsa y haré tres montones. Para el primero, me acercaré una mañana a a la cima de una montaña, al nacimiento de un río, o a un acantilado, y allí, dejaré que uno a uno, despacito, vayan saliendo, liberados. Para el segundo, voy a preparar la tierra en el jardín, para sembrarlos y darles cuidado con mimo y esmero, a ver si nace un árbol de hoja perennne y roja, con forma de corazón. Y el tercer montón de besos voy a guardarlo en una botella y salir a navegar en un velero, y cuando esté mar adentro, los lanzaré al agua, permitiendo que vayan a la deriva y recorran mares y océanos hasta llegar a alguien con hambre de besos.

Kisses in a bottle (based on a picture by Kraftwerckk)


...Looking for a recipient for ungiven kisses...



domingo, 17 de febrero de 2013

The Blue Envelope

Soy peluquera. Como puedes suponer, a lo largo del día me cuentan muchas historias. Mis clientas hablan de sus enfermedades, de lo listos que son sus nietos, de lo gorda que se ha puesto la vecina o de lo mala malísima que es la suegra, chismorrean de lo que ven en las revistas, de los famosos, de los casposos, de los escándalos que se van destapando en este país. Pero también, me cuentan sus vidas amorosas e infidelidades cada día. No siempre con palabras ni de modo consciente, pero de algún modo me lo cuentan, con sus cambios de look, su repentina preocupación por lucir impecables manicuras, su nerviosismo y brillo especial en los ojos, y lo percibo especialmente si las conozco desde hace tiempo y he visto que estas cosas solo las hacían muy de tanto en tanto o para una boda. Son mis clientas, sé de qué pie cojean. Hablan ilusionadas, vuelcan en mí confidencias que a veces no cuentan ni a sus mejores amigas. Soy una suerte de psicóloga tal vez, pues desde luego psicología no me falta, aunque ésta sea de andar por casa. Les hago preguntas, tantas como ellas me permiten, y ahondo tanto como puedo para hacerme una idea de la situación y darles mi opinión sincera. Son mis niñas, y cuando vuelven al cabo de la semana o del mes, nada más saludarlas ya sé si ha habido cambios buenos o malos desde la última vez.
 
Malena es una de ellas. Debe rozar la cuarentena, y la conozco desde hace años. Venía a cortarse las puntas y peinarse cada mes y medio, y excepcionalmente cuando tenía algún evento. Últimamente viene cada semana, a peinarse y a hacerse las uñas, y una vez al mes, pide cita para la de estética y se hace limpieza de cutis o alguno de esos tratamientos rejuvenecedores. Tiene un brillo especial en la piel, no solo producto de los tratamientos de belleza, sino más bien como si su piel sonriera, como si cada pose en ella tuviera ahora una gracia y frescura nuevas, que antes no estaban. Me empezó a contar su historia desde el primer día. Después de llevar años viuda, sola y aburrida, había decidido apuntarse a grupos de lo más diverso sin éxito aparente, hasta que por fin había conocido a alguien por Internet, en una de esas redes sociales de contactos tan en boga hoy en día. Estaba radiante, ilusionada y feliz como si tuviera veinte años. Me alegraba por ella, siempre había pensado que era un desperdicio que una mujer como ella estuviera sola. Era inteligente, atractiva, dulce y divertida.

Tras unas semanas, él le confesó que estaba casado, pero que no era feliz y quería dejarlo, lo cual les llevo a algunas tiranteces y a un intento de cortar por lo sano por parte de Malena, que tenía las ideas muy claras y no quería ser la amante. Quedó para hablar con él, y le dijo que no podía seguir más tiempo a dos aguas. Debía tomar una decisión: o seguir con su mujer, o dejarla y estar con ella. Le dejó bien claro que las medias tintas no le parecían justas para ninguna de las dos.

La última vez que vi a Malena vino a peinarse y a despedirse. En mi vida la había visto tan feliz. Él había accedido y, aunque sabía que sería un largo proceso que su mujer ni sospechaba, estaba decidido a pedirle el divorcio y empezar una nueva vida con Malena. Había dejado una larga carta a su mujer, explicando sus motivos, pidiéndole perdón por comunicárselo así y prometiéndole hablar en unos días, pues esa misma noche saldrían de viaje juntos, sin esconderse de nadie, y a su vuelta, contactaría con ella para hacer una separación lo más civilizada posible.
 
The blue envelope
De eso hacía ya una semana. Recuerdo claramente cada una de las cosas que hice ese día, hasta con quién hablé o qué comí. Al final del día, salí de la peluquería y conduje hacia casa, deseando abrirme una cerveza y descansar un rato. La estupefacción inicial que se dibujó en mi cara cuando entré y lo vi, me duró unos minutos. En el aparador de la entrada me esperaba un sobre azul. Tenía mi nombre escrito con la inconfundible letra de Carlos. Lo abrí a cámara lenta, sabiendo el contenido antes de leer una sola palabra. Lo leí de tirón. Como una sonámbula me dirigí a la nevera, saqué una cerveza y fui a sentarme al sofá del salón, muy tranquila. Tomé un trago directamente de la botella y, poco a poco, la sonrisa iluminó mi cara, mientras saboreaba un hecho que, sin saberlo, había estado deseando largamente.

—Soy... libre —musité.

Pues sí, ya ha pasado toda una semana. Malena y Carlos estarán a punto de volver. Seguramente piensan que mi reacción va a ser otra, quién sabe, pero no le voy a poner el más mínimo problema. Mentiría si dijera que no me duele, al menos un poquito, sobre todo comprender que él y yo no éramos felices juntos y no nos dábamos ni cuenta, habíamos puesto un velo a la realidad de la relación. Yo había llenado el vacío viviendo la vida de mis clientas, en lugar de vivir la mía propia. Nuestro día a día en cierto momento se volvió rutinario, y nos llevábamos bien, pero más como dos personas que comparten piso y coinciden a la hora de cenar, cruzan unas palabras y salen juntas de tanto en tanto. Tengo mucho cariño a Carlos, y le deseo lo mejor, y he de aceptar que ni yo era para él, ni él para mí. A veces hay que pararse en mitad de la vida, romper la rutina del dejarse llevar y asomarse desde fuera, como si vieras una película en la que los actores son otros y, en ese momento, preguntarte si serías feliz con una vida como la de la protagonista, y ser muy sincera y honesta contigo cuando respondas. En mi caso, fue la vida la que tomó la iniciativa, pues yo andaba en el limbo, pero no siempre es ella quien te organiza los pasos a seguir y te zarandea, y has de ser tú quien tome las riendas. Yo ahora tengo un nuevo camino ante mí, y estoy ilusionada y ansiosa por recorrerlo.

—¡Riiiiiiiiiiinnnnng, riiiiiinnng!

Ese debe ser Carlos.

 

martes, 29 de enero de 2013

The Wound

Allí está Nadia, esperándome a la puerta del teatro. La veo de lejos, atenta al móvil, seguramente a punto de llamarme a causa de mi demora. Siempre soy puntual, pero el tráfico hoy estaba imposible. Cruzo a grandes zancadas la calle y la sorprendo por detrás.

—Hola, princesa —digo besándola—. Perdona el retraso.
 
Me devuelve el beso fugazmente, aún sobresaltada, y bajando la vista al móvil algo azorada, lo guarda rápidamente en el bolso.

—No pasa nada —dice sonriendo y sonrojándose, al tiempo que me muestra las entradas—. ¿Vamos dentro?
 
La sigo, admirándola embobado. Aún no me creo la suerte que he tenido de conocerla. Llevamos juntos unos meses, y esta noche le pediré que se venga a vivir conmigo. Creo que ni se lo imagina, pero en las dos últimas semanas nos hemos visto muy poco, y ello me ha hecho darme cuenta de que quiero verla cada día.
 
Yo no soy mucho de teatro, pero ella lo adora y, cuando propuso el plan, acepté sin dudarlo. Nuestros asientos están centrados, en la quinta fila. ¡Vaya! ¡Esto es tener mala suerte! Se acaba de desbordar en el asiento de mi lado un tío enorme. Ha hecho suyo el reposabrazos casi sin querer. Bueno, bien mirado, ello me permite acercarme más a Nadia. Está preciosa. Me habla, contándome su semana, y a veces pierdo el hilo de la conversación. Me pierdo en sus ojos, imaginando qué dirá a mi proposición. Estoy nervioso, la verdad. Me sudan las manos. Odio que me suden las manos. Nos apañaremos en mi apartamento, aunque el suyo es algo más grande. Si es necesario me traslado. Lo importante es estar juntos.
 
Se atenúan las luces y los murmullos de las conversaciones. Está a punto de empezar. Silencio. Se abre el telón. Todos los ojos fijos en el escenario.
 
Thalía y Melpómene
 
La obra avanza. Trata de una pareja en crisis. Ella sospecha que él es infiel. Ha contratado a un detective para asegurarse. Él, en efecto, se ha liado con su cuñada. A su mujer se le va la olla, está un tanto desequilibrada y ha estado internada un tiempo. Tiene cambios de humor sin venir a cuento, y es posesiva y celosa. Mi Nadia no es celosa. En absoluto. Nunca me pide explicaciones de dónde voy o qué hago cuando no estoy con ella. De todas formas, no le he dado motivos para serlo. Mírala, ¡qué guapa está! No quita ojo del escenario. Yo estoy medio en escorzo, porque el de la izquierda no hace más que darme con el codo. ¿Cómo puede estar tan gordo siendo tan inquieto?

La verdad es que los actores lo hacen muy creíble. ¿Quién me iba a decir a mí que me iba a enganchar? Aquí me tienes, atento a cada palabra. Y es que esto es más cercano que el cine. El directo es el directo, sin duda. ¡Ay, pobre! Él está entre las cuerdas. En plena cena, su mujer le acusa de infidelidad y le tira a la cara las fotos en las que aparece con su hermana.

—¡Y en nuestra cama, Javier! —grita dolida—.

—¡Cálmate, Elena! —dice intentando tranquilizarla—. Hablemos civilizadamente.

Ella está como loca, y le pregunta insistentemente qué siente por ella. Él intenta zafarse, pero ella no ceja. Nadia está muy atenta, con sus grandes ojos verdes muy abiertos. Se ve todo tan cerca que es fácil sumirse de lleno en la obra. En el escenario, él va a confesar y se gira hacia el público.

—No fue premeditado, Elena. Surgió sin darnos cuenta.

—¡Qué fácil mientras la pobrecita loca no se entera! —grita fuera de sí—. ¿La quieres, Javier, o es un pasatiempo? No me dejes, ¡por favor! ¡No puedes hacerme esto! —suplica ella, llorando desesperada.

—La quiero —dice él con la mirada baja—. Ha entrado en mi vida y, no sé cómo ha sucedido, pero todo ha cambiado. La amo —prosigue con mucha calma, alzando sus ojos azules, que se clavan en nuestra fila.

¿Por qué mira nuestra fila? Se lo llevo notando hace un rato. Debe darle seguridad. Pero, ¿por qué mira a Nadia tan insistentemente? Me vuelvo hacia ella, a ver si lo ha notado. Tiene los ojos colgados de los de él, la sonrisa en su boca, entreabierta. Está… abducida. Los gritos de la actriz me sacan momentáneamente de mis miedos.

—Está aquí, ¿verdad? Entre el público. ¡Lo sabía! —dice gritando—. ¡Dime quién es! —chilla.

El actor se gira, asustado. Intuyo que eso no estaba en el guión. El público también parece notarlo. Hay cierto clamor y nerviosismo. Nadia está asustada, revuelta en su asiento. Su grito y carrera hacia el escenario me arrancan de mi ensimismamiento. La actriz, completamente ida, tiene en sus manos un cuchillo sangriento, y se intenta zafar de la que interpreta a su hermana, que la retiene como puede. El actor, de rodillas al borde del escenario, sangra por el vientre. Todo es caos. El público grita. Nadia está al borde del escenario, junto a él, pidiendo ayuda, descompuesta, intentando abrazarle.

Me ahogo. Estoy aturdido. Necesito aire fresco desesperadamente, y salgo de allí.

La noche se llena de sirenas de policía y aparca una ambulancia. Casi me arrollan al abrirse paso para entrar al teatro, pero no ven mi herida. Es mucho más interna.




Nota: Este post es resultado de mi participación en Literautas, maravilloso lugar que he descubierto hace poco gracias a M. H. Heels. Decidí animarme y escribir algo para la Escena 5 (que tenía que transcurrir en un teatro y en la que uno de los personajes debía guardar un secreto) y envié mi escrito. Este que publico es casi casi el mismo, con alguna pequeña modificación gracias a los comentarios que recibí de otros participantes y gracias también a que aquí no estoy sujeta a que no supere las 750 palabras.



viernes, 18 de enero de 2013

There are loves...

Hay amores que se siembran,
y se riegan, y se miman...
Cuando llega la primavera, florecen,
y para seguir vivos y lustrosos,
se protegen de los hielos del invierno.

Hay amores que se viven
con los cinco sentidos y los siete colores,
con la música alta y pasos de baile improvisados,
con el pañuelo de la ilusión anudado al cuello.

Hay amores que nacen de la amistad,
o del roce día a día, beso a beso,
boca a boca, cuerpo a cuerpo,
y envejecen dulcemente salpicados de tomillo.

Hay amores en conserva o expuestos en una vitrina,
y se ríen, se bostezan o se lloran
según la luz que entre por la ventana
y el polvo que se pose sobre ellos.


Ceramic hearts ornaments by ©KaroARt

Hay amores prohibidos,
ocultos a otros ojos y susurrados en la escalera,
que roban tiempo al presente,
porque no tienen futuro.

Hay amores que se visten de rutina,
que se interpretan en un escenario,
que se pasean por las casas de los amigos
y que, a solas, y a veces a oscuras, se ven las caras.

Hay amores que no arrancan,
que entre el sí y el no se piensan tanto que pierden la frescura,
y se amputan de raíz, por miedo.
Son amores que se gastan sin vivir.

Hay amores imposibles, de momento,
pero nunca para siempre, porque siempre es mucho tiempo
y porque nada hay imposible si lo sueñas
y crees firmemente que puede ocurrir.

Indigo Heart - Image and ceramic by ©MAKUstudio

Y también hay amores que guardas para otra vida,
porque en ésta ya no hay sitio,
pero los intuyes mágicos y sientes que habrán de ser y
tal vez, solo tal vez,
dejando esto por escrito, yo lo encuentre cuando vuelva,
 y pueda seguir un rastro que me lleve junto a ti
donde, sin necesidad de verte,
mi alma te reconozca y
recuerde fácilmente lo que ahora siento y sé...
y es... que te quiero.



 

...Sometimes I tend to write such nonsense and ravings :)

jueves, 10 de enero de 2013

The Girl On The Train

Cristina, ya en la oficina y café en mano, escoge uno de los periódicos que descansan sobre la encimera. No bien lo desdobla, sus ojos quedan clavados en la imagen y titular de la portada y la taza de café se le cae de las manos y se estrella contra el suelo de la cocina. Paolo, el de Reclamaciones, se vuelve sobresaltado.

—Che colpo! Non ti preoccupare, tesoro, que de ahí no pasa —dice con su habitual buen humor—. Anda, déjame a mí, que te has quedado como ida —continúa solícito, mientras se encarga de recoger el pequeño desastre de restos de cerámica desperdigados por el suelo.

Bad or good news?...
Cristina, aún blanca como la tiza, se limpia las manos con servilletas de papel y frota mecánicamente la mancha en los pantalones, con la mirada perdida. Da las gracias a Paolo, y se dirige hacia su mesa, llevando consigo un nuevo café y el periódico. Agolpadas en su mente se suceden imágenes largo tiempo olvidadas, pero frescas de pronto, como si se hubiera pulsado un play y fueran de esa misma semana.

Hace ya dos años de todo ello. Cristina estaba a punto de casarse, y eran los meses previos de caos y preparativos antes del acontecimiento. Vivía con Javi, su novio, y tal vez por los nervios y la importancia de la decisión, tal vez por los cambios que veía en él según se acercaba la fecha, Cristina se llenó de dudas. Salir de casa cada mañana era un alivio e inhalaba con hambre el aire al salir del portal. Montaba en el metro a diario, camino a la oficina, con todas las preocupaciones del mundo agolpadas en su mente. Cada día repasaba durante el trayecto el comportamiento cada vez más posesivo y obsesivo de él, y se agobiaba y angustiaba. Se concedía esos diez minutos en que, intentando ser objetiva, analizaba la conducta de Javi con ella. Después, la vorágine en la oficina no le permitía pensar, y al llegar a casa, de nuevo se encontraba con él. Y era en esos plácidos diez minutos cuando repasaba los celos sin sentido, los comentarios a su vestimenta —muy escotada según él para ir a trabajar—, los insultos y malas caras, los cabreos, las innumerables faltas de respeto, y así un largo etcétera que al final terminaba en disculpas, perdones y besos, y que ella achacaba al estrés pre-boda, pero que terminaba por pasarle factura, pues cada vez sentía más rechazo a volver a casa y encontrarse con él. Había llegado incluso a convertirse en algo físico, pues sufría de dolores de cabeza, y su estómago parecía negarse a digerir los alimentos como solía.

Cada día, cuando entraba al vagón, casi siempre se sentaba, porque la estación era cabecera de línea. Siempre había disfrutado del recorrido y le gustaba observar a la gente alrededor, pero últimamente, al poco de sentarse, se perdía en sus pensamientos con los ojos fijos en sus manos, donde daba vueltas al anillo que lucía en su mano izquierda. No obstante, al cabo de unos días, reparó en que siempre coincidía en el trayecto con una mujer que se sentaba frente a ella. Era joven, más o menos de su edad, y le encontraba cierto parecido con ella. La chica se sentaba muy derechita en el asiento, y sacaba un libro. De vez en cuando Cristina levantaba la vista hacia ella, porque habría jurado que la observaba con atención, pero jamás la pillaba mirándola, sino concentrada en la lectura de su novela. Cristina advirtió que siempre coincidían en el mismo vagón, a la misma hora, tanto en el trayecto de ida a la oficina como en el de vuelta a casa, no importaba que se le pegaran las sábanas o que saliera a una hora diferente a la habitual. Aquello resultaba cuanto menos chocante. Cada vez que entraba en un vagón de metro, allí estaba la chica, sentada frente a ella, e incluso la había encontrado en las pocas ocasiones en que había usado el metro durante el fin de semana. No interactuaban, ni siquiera habían cruzado un saludo de gesto de reconocimiento con la cabeza o con los ojos. Era siempre igual, como un ritual inalterable: Cristina entraba en el vagón, constataba que la chica estaba allí, se hundía en sus pensamientos espiando de vez en cuando si seguía ahí o la observaba, y bajaba del vagón en su parada, dejándola concentrada en su libro en su sitio habitual.

Mujer leyendo (1950) de Karl Schmidt-Rottluf
Cierto día, Cristina estaba más sombría y sumida en sí misma que de costumbre. Aún le ardía la cara, más por orgullo que físicamente, por la bofetada que recibió la noche anterior cuando se atrevió a enfrentarse a Javi en una de sus discusiones. Ya calmada, tras recapacitar y pensar muy bien su decisión, parecía dispuesta a perdonarle y seguir adelante con sus planes de boda, a pesar de los miedos que le atenazaban el estómago casi con solo imaginarlo. Levantó la cabeza, para constatar en el cartel luminoso que la siguiente parada era la suya, y espió por el rabillo del ojo si la chica de siempre estaba frente a ella. Se levantó y se aproximó a las puertas, pendiente de que el coche llegara al andén y se parara, para accionar la manivela de apertura. En el reflejo del cristal, vio que la chica del vagón se levantaba y se dirigía hacia ella. Notó que le sujetaban del codo y se volvió, encontrándola cara a cara.

—Hazme caso, Cristina —le dijo con voz dulce y una mirada completamente franca, que mostraba preocupación y miedo—. Escapa ahora, mientras estás a tiempo. Es un buen consejo, confía en mí.

Cristina no tuvo tiempo de responder. La chica se escabulló de nuevo hacia el centro del vagón, y para cuando el tren se detuvo, Cristina se vio empujada hacia el andén casi sin querer. Se volvió, atisbando dentro del vagón, intentando buscarla, para poder preguntarle a qué se refería, para averiguar por qué sabía su nombre y a qué se debía ese extraño mensaje, pero la multitud lo impidió, y el tren, cerradas ya las puertas, se puso de nuevo en marcha. Cristina reanudó su camino hacia la oficina, intrigada y decidida a preguntarle al día siguiente, pero no volvió a aparecer, ni en esa semana ni en las sucesivas. Aquella fue la última vez que la vio. Tal vez influyera ese extraño e inquietante mensaje, o tal vez su decisión final se debiera a una larga charla con su buena amiga Esther esa misma semana, a quien contó todo acerca de su relación con Javi, y con quien pudo reflexionar sintiéndose segura, escuchada y arropada. Fuera cual fuera el motivo, Cristina decidió dejar a Javi. De la noche a la mañana, se cancelaron los planes de boda y tras una discusión memorable, salió con todas sus cosas del apartamento donde llevaba viviendo con él hacía casi tres años. Necesitada de una pausa en su vida, pidió una excedencia en el trabajo y se fue a vivir un año a casa de su amiga Esther en Londres.

El sonido del móvil le puso de nuevo los pies en el presente de la oficina. Era un cliente. Consiguió deshacerse de él a los pocos minutos. Tras colgar, se topó de nuevo con la foto en el periódico, la causante de extraer de su cerebro recuerdos tan profundamente enterrados. ¡Hacía tanto de eso! Y aún no daba crédito a lo que veían sus ojos: Javi en plena portada, esposado y escoltado por la policía. El titular indicaba que había sido detenido, acusado del asesinato de su mujer, a la que había sometido a malos tratos repetidamente. Cristina leyó la sinopsis y avanzó rápida a la página indicada para leer la noticia completa. Al llegar a ella, se encontró con un rostro que le resultaba vagamente familiar, pero lleno de moratones y heridas y carente de vida. Junto a la foto, se veía otra de archivo, en la que, sin duda alguna, Cristina pudo reconocer a su misteriosa salvadora: la chica del tren.