jueves, 27 de junio de 2013

My Grandpa

La tierra está fresca y el césped aún no cubre la tumba. La lápida reza: Arthur McFlynn (May 5th 1921 – Apr 16th 2013), "Travel at least once, before your last trip".

Mike llegó con tiempo, para visitar la tumba a solas antes de encaminarse a la gran mansión, donde acudirán el resto de familiares convocados por el notario. Le parece estar viendo al entrañable viejo, con gesto serio cuando le reprendía por algo para, acto seguido, sonreírle con sus ojos de agua y proponerle un juego, un acertijo, una aventura. Le adoraba. Se lamenta de no haber llegado a tiempo para despedirse.
Pone rumbo a la casa e imagina a todos falsamente contritos. No era un secreto que su abuelo se llevaba mal con sus hijos, ya fallecidos, cuyo encono hacia él heredaron sus primos: Elsie y Raymond, por parte del amargado tío Milton, y Rachel, por parte del apocado tío George. Terry, su madre, era la única que realmente había querido a su padre. Fue la niña de sus ojos hasta su temprana muerte, poco después de nacer Mike. Su padre, Charles, quedó destrozado, pero rehizo su vida, y contrajo matrimonio con una dulce australiana. El pequeño Mike necesitaba una madre, aunque ello les trasladó a la otra parte del globo. Arthur echaba de menos a su nieto favorito, a quien antes veía cada semana. Mike conquistó su corazón aquel día que gateaba por la alfombra de la biblioteca, directo a los pies de su abuelo, quien leía enfrascado en un libro sobre Asia. El pequeño, tambaleante, se puso en pie, y agarrándose a las rodillas de Arthur, llevó su manita a la página y señaló la foto de la Gran Muralla China, dando golpecitos, mirándole con sus grandes ojos y dedicándole una sonrisa grandiosa. Arthur convenció a Charles para que dejara con él al pequeño durante dos meses cada verano, y ello creó un vínculo especial entre ambos.
Mike, caminando por el sendero de gravilla, recuerda vívidamente las largas tardes con él en la gran biblioteca, repleta de libros hasta el techo. Disfrutaban de la lectura y perdían la noción del tiempo. Mrs. Sanders, el ama de llaves, no se intimidaba ante el ceño fruncido de Mr. McFlynn y, con mirada reprobadora, les hacía apartar los libros y sentarse a tomar el té y deliciosos pastelillos. Mientras merendaban, charlaban acerca de temas de lo más diverso. Habían hablado infinitas veces de que, algún día, irían juntos a la Gran Muralla.
—Ya no será posible —piensa Mike— pero iré. El año que viene, tal vez.
La dulce Mrs. Sanders lo recibe con un abrazo y le conduce a la biblioteca. El resto aguarda allí, ansioso por descubrir qué les depara la última voluntad del anciano. Pronto salen de dudas. El testamento es breve, y adjudica a cada nieto la suma de veinte mil libras, y a Mike, un libro, aquél que leía su abuelo sobre Asia. El resto lo lega a instituciones benéficas, sin olvidar a Mrs. Sanders y a Edward, su mayordomo, a quienes otorga unas casas en la villa, ante la indignación de los tres primos, quienes hablan de impugnar el testamento. Mike, sin embargo, se siente feliz.
—No entiendo cómo puedes sonreír —le dice Raymond—. Es un simple libro.
Mike le mira enarcando una ceja, sonriendo de nuevo, mientras piensa para sí: "Los libros me han permitido viajar a destinos exóticos y lejanos, a parajes desiertos o inaccesibles, a la Edad Media o al incierto futuro, me han permitido ver de qué está hecha la Tierra por dentro, descubrir qué hay fuera de la Vía Láctea, conocer otras razas y culturas, especies fantásticas y acaso de fábula, me han hecho saber qué se siente siendo pobre, rico, estando enfermo o siendo un superhéroe, me han hecho retreparme en el sillón de puro miedo, reír a carcajadas, llorar de pena o dejar que mi fibra sensible estalle de emoción por una maravillosa historia. ¿Y aún me pregunta por qué sonrío? Es un regalo maravilloso, y me permitirá recordar al abuelo siempre".
Sus primos se marchan despotricando, demasiado enfadados para seguir allí. Mike se queda, y acompaña a Mrs. Sanders y Edward a la cocina, a tomar un té.
—¿No mira el libro, Mr. Bolton?
—Ya lo conozco, Edward —dice Mike abriéndolo.
Al hacerlo, un sobre resbala. Mike saca algo de su interior. Es el título de propiedad de la mansión, a su nombre. Reconoce la pulcra caligrafía de su abuelo al leer:
“Mis libros son tuyos. Este es su hogar… y el tuyo.
Te quiere,
Tu abuelo Arthur”.





Nota: Post escrito para la Escena 10 propuesta por Literautas.

martes, 28 de mayo de 2013

The Mission

Me giré al escuchar sus pasos. Sabía que era ella. Llevaba esperándola ya un rato, pero cuando su imagen llenó mi campo de visión, no pude evitar abrir la boca como un idiota. Mi mandíbula se descolgó al contemplar el cambio tan radical que había sufrido. No daba crédito. Cerré la boca, mientras ella avanzaba hacia mí y yo buscaba en lo más recóndito de mi cerebro las palabras adecuadas. Me sorprendió verla tan demacrada, con profundas ojeras, vestida con ropas que caían sobre su cuerpo como si fuera una pobre escoba. La triste sonrisa que esbozó al mirarme, dejó entrever unos dientes estropeados, y no logró iluminar su rostro como siempre ocurría. ¡Cómo podía haber cambiado tanto en solo unos días! Estuvimos juntos toda la semana anterior, disfrutando de la escapada al desierto de Atacama. Ella adoraba aquel lugar. Era su lugar favorito y procuraba escapar allí cuando podía, para disfrutar de la belleza de la naturaleza en su lado menos obvio. Bañar su cuerpo en las aguas cálidas de las termas, reflejar el azul de sus ojos en las aguas de los lagos altiplánicos, saciarse con las increíbles vistas del Valle de la Luna, sentada al borde de la gran duna con los pies colgando, mientras el anciano volcán Licancabur coronaba el contorno andino, bañado por los cielos de color rosa al atardecer.
 
Sí, no hacía ni una semana que habíamos vuelto. Allí atrajo todas las miradas, su belleza jamás pasaba desapercibida. Su cuerpo, fibroso y voluptuoso, dotado de una elegancia innata, recorría la calle principal de San Pedro de Atacama como si fuera parte de un paisaje que le perteneciera. Sus ojos azul profundo competían con el lapislázuli que los artesanos engarzaban en pendientes, anillos y colgantes. Su boca, grande, de labios gruesos, hacía que uno se preguntara siempre por la definición de beso. La mujer que tenía ante mí no era ni la sombra de todo esto.

Volcán Licancabur visto desde el Valle de la Luna
 
—Lía, cielo… ¿q.. qué te ha pasado?, apenas te reconozco —dije con un hilo de voz.
 
—Hola, Mark —hasta su voz parecía diferente, había abandonado la musicalidad que le era propia—. He venido a despedirme y a contarte quién soy en realidad.
 
Quedé casi mudo y en shock al oírlo.
 
—Sé que eres tú. Aun tristes y apagados, tus ojos te delatan, pero… mi amor, no entiendo nada —logré articular.
 
—Lo sé. Por eso vengo a explicarte.
 
Me cogió de la mano, me llevó hacia el ventanal y salimos al porche. Nos sentamos en el sofá de mimbre, con el mar ante nosotros. El calor de la tarde se sentía a pesar de la leve brisa.
 
Me miró dulcemente, pidiendo perdón y comprensión con la mirada, y empezó a hablar.
 
—Mi nombre real es Nauhirel y nací en un planeta muy lejano llamado Myrthan. Atacama me lo recuerda. Os vengo observando y cuidando en vuestra bola azul desde niña. Llegué aquí hace ya diez años. Se cumplen hoy, en realidad —empezó a contarme, con la vista anclada en el cielo, como si buscara en él su hogar—. La forma que ves… bueno, la que conociste… era temporal. Tenemos la habilidad de crear la forma que nos represente mientras dure nuestra estancia, pero ésta es finita, y no puede sobrepasar los diez años, momento en que la forma elegida se degrada y descompone, y nuestra… ¿cómo decirlo?... esencia creo que es la palabra adecuada, se separa de la forma y se diluye en el Universo, llegando de nuevo a Myrthan.
 
Hizo una pausa. Tenía la boca seca.
 
—Aquí he visto el odio, la guerra, la prepotencia, la locura, la intolerancia, la maldad en estado puro. Pero he aprendido mucho —prosiguió, acariciando mi mano—, especialmente gracias a ti. Me has enseñado cosas tan valiosas que no pueden ser mensuradas, como la amistad, el compromiso, la fe, el arte, la pasión, la gratitud, el amor… Todas ellas desconocidas para mí cuando vine. De todo he sacado una enseñanza que llevarme a mi mundo. Esa era mi misión y ya acaba. Pero, —dijo abrazándome—, no llores, amor… No me hagas irme triste.
 
—¿Cómo quieres que esté? Descubrir de pronto esta dolorosa verdad que te alejará de mí…
 
—Lo entiendo, pero no podía revelarlo hasta el final. Necesito irme en paz. Te quiero.
 
Puso un dedo en mis labios para silenciar lo que mis lágrimas ya decían. Se levantó y echó a andar hacia el mar, a disolverse en el agua.
 
Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.




Nota: Post escrito para la Escena 9 propuesta por Literautas, que debía ser narrada en primera persona, y debía empezar con la frase "Me giré al escuchar sus pasos" y finalizar con "Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando". En la historia aparece Nauhirel, quien hizo su aparición en un post doble que escribí el año pasado, y que os invito a curiosear desde aquí. Como siempre, si queréis pasar un rato agradable leyendo la variedad de historias a las que da pie la escena propuesta, os invito a hacerlo pinchando aquí.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Nighthawks

Y llegó el día esperado. Hoy por fin conocería a Jack, con quien llevaba carteándose ya tres meses. Cuando Kate aceptó el trabajo y se mudó a New York, no sospechaba que le resultaría tan difícil conocer a alguien, por ello, se decidió a poner el anuncio en la sección de contactos del periódico. Fueron varios los que le escribieron, pero tras unas semanas de correspondencia con algunos de ellos, sólo Jack pasó el filtro. Semanalmente, Kate iba a la oficina de correos, donde había contratado un apartado postal para no desvelar su identidad, y leía feliz las líneas recibidas cuando llegaba a casa. Mil veces estuvo tentada de abrir la carta allí mismo, pero se resistía y esperaba a saborear el momento relajada, sentada en el alféizar de la ventana, mientras tomaba un té helado y dejaba vagar su mirada ilusionada sobre el río Hudson. Aunque él propuso un intercambio de fotos, ella era reacia, y prefería verle en persona. Para no prolongar más la incertidumbre, finalmente hoy se verían las caras.

En la oficina, en un estado de nerviosismo feliz, la mente de Kate retozaba en el azul del cielo saltando de nube en nube, sus ojos se mostraban soñadores y su boca exhibía la sonrisa de quien guarda un secreto. La jornada parecía interminable, pero tocó a su fin. Más tranquila en casa, intentó relajarse con el sonido del último disco que había comprado. La voz de Sinatra cantando Begin The Beguine impregnaba el ambiente. Se sentía romántica, danzaba de puntillas girando por el salón con un almohadón del sofá, que dejó caer camino del dormitorio. Debía empezar a arreglarse y preparó con esmero las prendas elegidas para el encuentro: el vestido de manga francesa y falda evaseé, sus zapatos negros de tacón, un bolso de mano y... violetas para el pelo. Ese fue el detalle elegido para que Jack la reconociera. Él, por su parte, llevaría una corbata violeta.
 
Kate se vistió, mientras su imaginación intentaba poner rostro a aquel a quien ya creía conocer a través de las cartas. Se recogió la melena pelirroja, colocando las violetas con gracia, se puso carmín en los labios, unas gotas de perfume en su largo cuello y en las muñecas, y se miró satisfecha. Salió de casa flotando y paró un taxi, indicándole el bar de Little Italy donde habían quedado, normalmente muy concurrido los viernes noche.
 
Ilusionada, llegó puntual al bullicioso bar. Lanzando miradas en busca del esperado color violeta, se dirigió hacia el fondo, y encontró un hueco junto a la barra. Desde ahí veía bien la entrada, y se sintió segura. No había ni rastro del que pudiera ser Jack. Pidió un refresco y esperó, desoyendo los piropos que algún joven le brindaba, deseoso de trabar conversación. Ella permanecía atenta a la puerta del bar, mientras las parejas entraban y salían riendo. Acabó el refresco, y pidió otro. Kate esperó y esperó, y ya harta, decidió marcharse y no ser la boba a la que habían dado plantón. Abriéndose paso, aturdida entre parejas demasiado sonrientes para su estado de ánimo, fue arrasada por un hombre que salía tras ella como una tromba. Cayó al suelo sin poder evitarlo y se torció el tobillo. Se levantó como pudo, buscando su bolso, que había escapado de su mano en la caída. Lo vio, lo agarró y salió furiosa de allí.
 
"¡Menuda idiota crédula!", pensó. ¡Se había hecho tantas ilusiones! Se alejó caminando, todo lo digna que pudo, pero varias manzanas después las lágrimas caían, imparables. Al abrir el bolso para sacar un pañuelo, descubrió que le faltaba la cartera. Debió de salir del bolso en la caída. Desechó la idea de volver al bar. Se había alejado bastante y, probablemente, ya no estaría allí. Abandonó la idea de tomar un taxi y se resignó a caminar hasta el Greenwich Village, su barrio. Tras recorrer varias cuadras el tobillo le ardía, y recordó vagamente haber visto un par de dólares en un bolsillito interior del bolso... Rebuscó, rebuscó... y ¡ahí estaban! Realmente necesitaba una pausa, e intuía que también algo más fuerte que un refresco. Entró resuelta en un diner que hacía esquina.
 

Nighthawks, Edward Hopper (1942)
Estaba casi vacío. Había una pareja al fondo medio discutiendo, un hombre cabizbajo en un lateral y un afable camarero. Pidió un bourbon y, enfadada, se quitó las violetas del pelo y se concentró en sus pensamientos.
 
Al poco rato, el hombre cabizbajo pidió la cuenta y sacó la cartera para pagar.
 
—¡Eh! ¡Esa es mi cartera! —dijo Kate al verla.
 
Él la ignoró, deslizando un billete al camarero.
 
—¿No me ha oído? —dijo yendo hacia él—. Compruebe la documentación, y las fotos. Es mía, ¡sin duda! —siguió Kate, creyendo de pronto visualizar una americana y un sombrero similares en su caída—. Usted, usted estaba allí..., usted…
 
—¡Amigo!, ya ha oído a la señorita —gritó el joven del fondo—. Devuélvasela si no quiere problemas.
 
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de problemas? —preguntó socarrón.
 
Por toda respuesta, el joven abrió la chaqueta un poco, dejando ver una placa de policía. El hombre cabizbajo, reconsiderando su postura, se levantó, dejó la cartera junto a Kate y salió del diner con cierta prisa, murmurando unas disculpas.
 
Kate la cogió, sin intentar comprender. No quería pensar. Viendo que no era su noche, pagó y se largó, caminando despacio y cojeando por culpa del tobillo, que para entonces ya estaba hinchado.
 
No bien había doblado la esquina, entró un joven al diner.
 
—Hombre… ¡Jack! ¿Qué tal? —saludó la mujer encendiendo un cigarrillo.
 
—¡Hola, chicos! ¡Vaya nochecita! —dijo acercando el whisky que ya le tendía el camarero—. ¡Llegué demasiado tarde!
 
Les contó lo ilusionado que había estado toda la semana porque por fin llegara el viernes. ¡Sentía que iba a conocer a su futura mujer!, pues tras meses de correspondencia con la maravillosa Kate, se sentía enamorado. Había salido con tiempo suficiente para la cita, incluso para ir caminando hasta el bar, pero, tal vez por llegar algo más relajado, decidió parar un taxi. Y ahí estaba él, tan abstraído imaginando cuáles serían sus primeras palabras en cuanto se vieran, que el sonido del claxon le hizo dar un respingo. Tardó en comprender que algo no iba bien. Estaban detenidos en un semáforo y el taxista había caído desmayado sobre el volante. Jack movió su brazo desde el asiento trasero, zarandeándolo un poco, pero al ver que no reaccionaba, salió del taxi con rapidez, e intentó reanimarlo. No sabía nada de primeros auxilios, pero pudo comprobar que respiraba y decidió que lo mejor era llevarlo a un hospital a toda prisa. Colocó al taxista con sumo cuidado en el asiento trasero, y condujo él mismo hacia el hospital más cercano lo más rápido que pudo. Llegó a urgencias e hizo los trámites con la agilidad que su mente —que escapaba a la imagen de una linda chica esperando a encontrarse con él— le permitió. Pero no podía dejarlo allí sin más, y esperó hasta saber que había sufrido un infarto, que estaba controlado y que se pondría bien.
 
—¡En fin! Tal vez sea cosa del destino y no deba conocerla —dijo finalizando su relato de los hechos con el gesto abatido—. Cuando finalmente llegué al bar, seguía abarrotado, pero por más que miré, no había ni rastro de la chica que debía llevar una violeta... ¡como ésa! —exclamó sorprendido al verla sobre la barra.
 
Quitándose unos a otros la palabra, le contaron atropelladamente que la llevaba en el pelo una joven pelirroja, que salió justo antes de entrar él.
 
—¡Corre, muchacho! ¡Es ella sin duda! —dijo el camarero, agarrándole del brazo—. No pierdas tiempo. Salió cojeando y no andará muy lejos.
 
Jack se levantó raudo y, recordando que no había pagado, se detuvo en la puerta un instante, al tiempo que el poli duro del fondo, cigarrillo en mano, decía con media sonrisa:
 
—¡Ve tras ella, idiota!, que ya pago yo. No puedo resistirme a una buena historia de amor cuando la tengo delante.
 


Nota: Post escrito para la Escena 8 propuesta por Literautas, que debía basarse en el famoso cuadro Nighthawks de Hopper. Intenté centrarme en Manhattan en los años 40, época en que se pintó el cuadro. Me quedé con ganas de ampliar un poco el que envié inicialmente y que titulé Violets, entre otras cosas para dejar ver algo más de Jack, como apuntó alguien en los comentarios que recibí. Y me gustó la idea que me dio mi compi Raúl con respecto a quién decía la última frase. Esta vez la participación aumentó, y os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.

sábado, 13 de abril de 2013

Rear Window

Estar atado a una cama es casi no tener vida. Jorge lo siente así desde el accidente. Una paraplejia traumática lo tiene en ese estado desde hace tres meses. Despierta por las mañanas, normalmente a la misma hora —cosas del cuerpo humano, que se habitúa a unos horarios—. Oprime el botón del pulsador y a los pocos minutos, la sonriente Graciela viene a desearle los buenos días.

—¿Cómo amaneció hoy lo más lindo de la casa? —pregunta melosa, al tiempo que sube la persiana y deja que la luz dé vida al cuarto.

Se mueve con eficiencia de enfermera, sacando a Jorge de la cama con agilidad, y da pie a la rutina matinal. Lo sienta en la silla de ruedas especial para el baño y lo deja un rato en su intimidad, mientras ella abre la ventana para ventilar la habitación y hacer la cama. Recupera a su paciente, y vuelve a meterlo en la cama, sin parar de hablar y decirle la buena cara que tiene hoy, preguntándole por sus preferencias para el desayuno. Se escabulle hacia la cocina y regresa poco después con una apetitosa bandeja. Jorge se bebe de tirón el zumo de naranja, pero no tiene hambre y juguetea con el resto de la comida en el plato ante la reprobadora mirada de Gabriela. Sabe que empieza su tortura, otro día más, igual que el anterior y que el siguiente.

Varias veces al día Gabriela le cambia de postura, de la cama al sillón o a la silla de ruedas y viceversa, y dos veces al día, se encarga de ejercitar los músculos de sus brazos y piernas, mientras Jorge se deja hacer sin muchos ánimos. Desde hace quince días, también es parte de su vida Carlos, con quien tiene sesión especial diaria, para empezar los ejercicios de bipedestación. Es muy duro, odia las barras paralelas y verse incapaz de mantenerse de pie. Los médicos le dijeron que no era una lesión irreversible, y tras una conversación muy seria con Carlos parece haberse mentalizado de que cualquier progreso depende de él, e intenta llevarlo mejor, aunque se lamenta de su estado mil veces al día y rompe a llorar de desesperación e impotencia ante él alguna vez.

Y así, la rutina se sucede cada día, salpicada por los ratos de descanso que Jorge rellena como puede: lee, ve la tele, escucha música, deja que el sueño lo venza echando siestas gatunas, come, vuelve a leer o a ver la tele, y así, con leves variaciones, hasta el momento antes de cenar, en que Gabriela lo baña, lo hidrata y vigila en su piel la aparición de úlceras por el sedentarismo y el decúbito prolongados. Sus lunes no se diferencian de sus viernes ni de sus domingos. Cada día lo llena el mismo ciclo rutinario, roto cada dos semanas por la ansiada visita de su hermana Lala, que se deja caer para contarle las novedades en la empresa familiar, algún chisme de algún conocido, anécdotas que protagoniza a menudo, hacerle muchos mimos y al cabo de tres horas de reloj, huir de nuevo hacia su atropellada vida, llena de eventos de toda índole. No es de extrañar que siga soltera, pues no para quieta un momento el tiempo suficiente como para consolidar un amago de relación. Jorge la adora. Siempre le hace reír, y sabe que es casi un lujo contar con que tenga un hueco para él en su apretada agenda, pero es que la debilidad de Lala es su hermano mayor, siempre lo fue, y más aún desde el accidente que lo dejó postrado en cama.

Una de esas monótonas mañanas, Jorge lee sentado en el sillón cerca del ventanal. No le convence mucho la novela, y está tentado de abandonarla y seleccionar otra de entre su colección de ebooks cuando vuelve la vista hacia la ventana. En ese momento la ve. Es una chica haciendo yoga en el edificio de enfrente, al otro lado de la calle, a unos 15 metros. Su piso está a una altura un poco menor, y Jorge la observa desde arriba, mientras ella está concentrada en las posturas y no se percata de él. Ve cómo termina su sesión de ejercicios y estiramientos, y desaparece del salón. Jorge sigue con su mirada la fachada, intentando adivinar cuáles de las ventanas pertenecen a su piso, queriendo imaginarlo y delimitarlo. Ve su silueta en otra ventana grande, a la derecha del salón. El dormitorio, piensa Jorge, pues se acerca a correr las cortinas, seguramente para ducharse y cambiarse de ropa. Deduce que la pequeña ventana entre salón y dormitorio corresponde al baño, y que la pequeña terraza a la izquierda del salón debe ser de la cocina. A los pocos minutos reaparece la chica con ropa cómoda, pero ya se ha despojado de las mallas. El gran ventanal de su salón le permite seguir sus movimientos. Ve cómo se sienta en el sofá y abre su portátil, cuando Gabriela entra para reintegrarlo a la cama y empezar la tanda de ejercicios. Él se da cuenta de que llevaba un buen rato mirándola como bobo, sin hacer nada más. Mientras Gabriela mueve sus piernas, Jorge, inquieto, siente que está deseando volver a asomarse.

From the famous suspense film Rear Window (1954) directed by Hitchcock

Pasan los días y, sin darse cuenta, ha incorporado a su rutina la ventana indiscreta. Se ha convertido en su momento mágico y cada día aprovecha la mínima oportunidad para estar en el sillón o en la silla de ruedas y poder atisbar. Disfruta de esos instantes en que, poco a poco, va conociendo las rutinas de la chica rubia. Sus ejercicios de yoga; sus ratos de trabajo ante un portátil, concentrada; sus salidas a media mañana hasta la hora de comer. Pero también la ve repantigarse en el sofá para ver la tele, trastear en la cocina, hablar por teléfono o recibir algunas visitas de amigos. Cuando sale a la calle, espera ansioso su vuelta, y a veces hasta cree adivinar si se trataba de salir a hacer la compra, a correr un rato, o a encontrarse con amigos. Es como si la conociera. Incluso en esos momentos en que a veces corre las cortinas por un rato, Jorge la imagina masturbándose en el inmenso sofá. Casi se sabe al dedillo sus horarios de tanto observarla. No se siente ni un espía ni un voyeur, pero es de sus pocas distracciones y se resiste a abandonarla.

Tal vez sea ella quien, sin sospecharlo, ha influido en que Jorge esté más animado, de mejor humor, volcado con ilusión en las duras sesiones con Carlos, deseando mejorar. Empieza a ver caminar como algo posible, y celebra cada pequeño progreso. Gabriela también se ha percatado del cambio operado en él, e intuye que se debe a la linda chica del edificio de enfrente. Se despierta contento, le encantan las mañanas. Gabriela ya no tiene que forzarle a comer, pues devora el desayuno con apetito, y ve feliz cómo mejora su paciente, que hasta ha consentido algunos días en salir a pasear a la calle en la silla de ruedas.

Justamente al volver a casa tras uno de esos paseos, descubre que van a hacer obras en el edificio de enfrente. Ya están colocando un andamio, al que cubrirá una tela especial hasta la finalización del remozado de la fachada, que llevará más de un mes. No habrá manera de poder ver a su musa. Tras unas semanas de mejoría y sonrisas, se le nubla el semblante y se siente hundido. Pasa el resto del día con la mirada triste, sin querer acercarse a la ventana, sin querer probar la comida. Los siguientes días no mejora y es renuente a salir. Gabriela y Carlos intentan animarle, intentan hacerle ver que un retroceso ahora sería lamentable, pero él no quiere escucharles. Incluso Lala le nota especialmente abatido cuando va a verle ese fin de semana. Ella, que logra iluminarle la cara casi solo con decirle que va, ve que sus esfuerzos por animarle son en vano, y se marcha preocupada por verle tan triste.

Pasan los días, y aunque su ánimo sigue bajo, al menos parece poner algo más de empeño en los ejercicios de rehabilitación, pero como le dice Carlos, lo principal es la actitud, y ser positivo, y Jorge últimamente es todo lo contrario.

—Don Jorge, tiene una visita —pregunta Gabriela una tarde.

—¿Quién es? No quiero ver a nadie. No me encuentro bien —contesta con voz apagada y cara de pocos amigos.

Sin que pueda evitarlo, una cabeza rubia iluminada por una espectacular sonrisa, asoma por la puerta.

—¡Hola, Jorge! Me llamo Laura y... vengo a ayudarte. Me topé con Gabriela en el supermercado, me habló de ti, y me interesa tu caso —dijo sin que Jorge pudiera intercalar un pero—. ¿Sabías que el yoga es fantástico para ayudarte en la recuperación? Yo doy clases de yoga y...

Jorge no se lo creía. ¡Era la chica del edificio de enfrente! Aunque reacio y cohibido al principio por no querer ser objeto de lástima para nadie, Laura era como un soplo de aire fresco, su sonrisa desarmaba a cualquiera, y en contra de su primer rechazo, disfrutó de su compañía toda la tarde, mientras hablaban de yoga, de cine, de poesía y de innumerables temas que descubrieron tener en común.

Esa noche, justo después de cenar, sonó el teléfono. Sabía que era su querida hermana antes de ver su cara en el móvil.

—Eres una brujita encantadora, Lala. Esto tiene tu sello —le dijo nada más contestar.

—No sé de qué me estás hablando, hermanito —fingió ella.

Pero su tono la traicionaba. Jorge la conocía demasiado bien e imaginaba a su hermana casi dando saltitos de alegría según le contaba la visita que había recibido y su resultado.

—Te quiero, pequeñaja. Hasta el infinito ¡y más allá!

—Hasta el infinito ¡y más allá!


Tengo que dar las gracias a Ana, por su soporte en los temas médicos y de cuidado a pacientes de este tipo, y por su paciencia respondiendo a mis preguntas ツ

viernes, 29 de marzo de 2013

Blue Madness

A todas las unidades... El sospechoso ha huido en un Saab plateado por Madison Avenue en dirección este. Va armado y es peligroso. Ha herido a un policía...

El mensaje suena en los coches patrulla. Las calles se llenan de sirenas de coches de policía y ambulancias. La mente de Mike es un ordenador que intenta dar con la ruta óptima de escape, mientras revive la locura del atraco de hace tres días. Escogieron varias cajas al azar y la que constituía su objetivo. Se sentían con derecho a recuperar lo que en otro tiempo fuera de su abuela, la Comtesse du Sheelly, y que su padre perdió apostando. Mike conduce con temeridad, esquivando coches en sentido contrario y saltándose semáforos, mientras baraja posibilidades. Habían quedado en dejar la ciudad el sábado, pero los golpes en la puerta de su apartamento aceleraron el plan. Ha escapado por la escalera de incendios, disparando a policías apostados en el callejón, y ha robado un coche a punta de pistola. Quieren cercarle. Su única opción es el barco, pero detesta la idea de que los explosivos sigan aún allí.

No lejos, un yate de lujo avanza despacio. Robert ha reservado mesa. Es el escenario elegido para proponer matrimonio a Claire. Lo hará antes del almuerzo, en cubierta, con el mar y el cielo de testigos. Ahora toman un cocktail en el bar. Salta a la vista que están enamorados, y no prestan atención a las noticias.

¡Espectacular persecución! Mientras esperamos imágenes en directo grabadas por un testigo, conectamos con Main St, donde la huida de un sospechoso del pasado atraco a Glady's Bank ha ocasionado múltiples accidentes. Como recordarán, la cámara acorazada fue forzada con explosivos y se llevaron el contenido de varias cajas de alquiler. ¡Ahora sí! Ann, ¡adelante!...

El barman sube el volumen, mientras Claire y Robert salen a cubierta, a sentir la brisa y ver a las gaviotas. Pasean abrazados, admirando la grandiosa belleza del mar.

El Saab llega al muelle a toda velocidad. Mike detiene el vehículo, sabe que les lleva escasos minutos de ventaja y corre hacia la lancha. Libera amarras hábilmente y sube sin perder un segundo. Arranca el motor y maniobra para salir a toda velocidad, mientras escucha las sirenas acercarse. Ha de llegar al otro lado de la bahía.

Yatch in the blue sea

En el yate, Robert, nervioso, con la mano en la cintura de Claire, la guía al sitio elegido. 

—Claire... He pensado mucho en este instante. Habría deseado que fuera en Venecia, pero no puedo esperar —dice poniendo una rodilla en tierra y sacando de su bolsillo una cajita—.

Un par de lanchas salen en pos de Mike, y van acortando distancias. Un helicóptero se suma a la persecución. Mike está perdido. Estarán sobre él en breve. No ve escapatoria.

Robert alza la vista hacia los azules ojos de Claire.

—¿Quieres casarte conmigo? —pregunta abriendo la caja y mostrando un maravilloso anillo.

Alertados por las noticias, varios pasajeros salen del bar a ver la persecución en directo. Claire y Robert están absortos en su mundo.

—Ya sabes la respuesta sin más que mirar mis ojos. Sí, Robert, ¡sí!

Una de las lanchas intenta cerrar el paso a Mike, quien vira a estribor, donde está la otra. Todo ocurre con mucha rapidez. Desde la lancha efectúan disparos y dan en el blanco. Mike se desploma, herido, sobre el timón, pero ve que el yate está en su trayectoria. Tiene que esquivarlo, pero no puede... "¡Los explosivos!", piensa.

Claire sostiene el anillo entre sus dedos, admirando la exquisita factura.

—¡Es precioso, Robert!

El impacto es inevitable. La motora embiste al yate por la mitad, la explosión se ve desde la costa. Todo es caos. Robert sale despedido al agua, seguido de Claire, de cuyos dedos escapa el anillo, directo al mar.

Horas después, el muelle es un hervidero de actividad. Policías, equipos médicos y periodistas reparten su tiempo entre los ocupantes del yate. Claire está empapada, arropada por una manta, conmocionada por lo sucedido y por lo que va descubriendo.

—Nunca dijo que no supiera nadar —repite una y otra vez, balanceándose de atrás a delante sin parar de tiritar—. Ni que se llamara Sheelly.

La agente le acerca la foto del contenido de la caja robada, esperando respuesta.

—Sí —dice señalando uno de los anillos—. Reconozco éste.

—¿Dónde lo ha visto? —pregunta la agente.

—♪ En el fondo del mar ♪♫...

La canción, y su risa, desquiciada e histérica, llenan de irrealidad y sinsentido el muelle.




Nota: Este post es el que envié para la Escena 7 propuesta por Literautas, que debía ocurrir (en todo o en parte) en un barco, y tenía que suceder un robo. En el taller, enviamos nuestro texto y recibimos tres comentarios anónimos acerca de la forma y contenido, que incluyen una opinión personal. Me frustró que algunos no entendieran la historia (os recuerdo que condensada en un máximo de 750 palabras) y me pregunto si la entenderéis o no (que sé que sois muy listos, jajaja, pero me quedo más tranquila sabiéndolo). ¿Os queda claro quién cometió el robo, qué eran Mike y Robert, si vive alguno de los dos? ¿Dudas? ¿Os apetece hacer un comentario formal? No es malo criticar, es la única forma de aprender. Os invito a leer el resto de las escenas escritas por el resto de participantes aquí.
 
 
 

domingo, 17 de marzo de 2013

The Lost Senses


Ayer, te miraba y veía chispitas en tus iris…
una aquí, otra allá,

todas ellas compitiendo con las mías
a ver cuál brillaba más o hacía la pirueta más graciosa,
jugando a crear colores nuevos cuando chocaban.

Ayer, nuestras manos se unían,
saboreándose,
muy atentas a cada surco,
reaprendiéndose a base de recorrerse con las yemas,
jugando como chiquillas a fundir los pulgares en un beso.

Ayer, tus labios bebían de los míos,
a sorbitos y a tragos,
calmando la sed o provocándola,
dejando que nuestras lenguas hablaran un lenguaje mudo,
antiguo, lleno de rugidos, jadeos y dibujos.

Ayer, tu olor era mi perfume,
cubría mi piel,
vistiéndola poro a poro,
con mimos cálidos en invierno y de té verde en verano,
alimentando mi cuerpo y dejándolo satisfecho y hambriento de más.

Ayer, nuestros pasos resonaban juntos en la noche,
caminábamos de la mano de día,
abrazados o compartiendo meñique de tarde,
saltando en todos los charcos que nos salían al paso,
porque la vida se goza aspirándola y metiéndola de lleno en ti.

Ayer, mis sentidos se mezclaban, crecían en revoltijo
creando sentidos nuevos de nombres desconocidos.
Mis ojos te comían, mis labios te miraban,
mis manos aspiraban tu aroma y lo encerraban en frasquitos de esencia
para poder olerte a escondidas,
mi nariz seguía el trazo de tu pecho
luchando con mi boca para que no se entretuviera,
mis oídos sentían cada escalofrío de tu espalda
porque tus poros gemían a cada beso,
mi piel escuchaba a la tuya y seguía su voluntad
como conducida por un maestro de orquesta.

 
Sleeping woman by Anuraag Fulay

Hoy..., ya no estás.
Mis ojos perdieron su luz,
mis manos están vacías,
mi boca ya no sonríe y no sabe calmar su sed,
mi nariz busca anhelante como un yonqui el rastro de tu aroma,
mis pies dejan huellas invisibles y caminan silenciosos sin nadie al lado.
 
Hoy mis sentidos vagan adormecidos, drogados y aburridos,
como extraños en un mundo sensorial que no comprenden.
No encuentran nada que les despierte.
Les faltas tú.
Me faltas tú.


 
...More nonsense and ravings :)

jueves, 7 de marzo de 2013

The Three Denials

Salgo a disfrutar de este día tan luminoso dando un paseo. Adoro los días luminosos. El Sol tiene ese mágico poder de dar vida a los objetos; los matiza y los redefine maravillosamente, haciendo que parezcan nuevos. El aire huele a verano, mi cuerpo se activa y una sincera sonrisa se dibuja en mi cara. Las hojas se mecen y el viento pronuncia tu nombre en suave murmullo. Ainssss... ¡ya empezamos! Yo hago oídos sordos y simulo que no me entero, como que no va conmigo y que no significa nada para mí. Decido hacerle boicot y tarareo cualquier melodía repetida, como si fuera un mantra.

Sigo adelante, mientras observo mi entorno. ¡Cuántas veces caminamos sin mirar! Porque ver, vemos, pero no miramos. Así que, yo veo, y miro al cielo azul, salpicado a capricho de nubes con formas sugerentes, roto por las estelas blancas que dejan los aviones. Me fijo en la abuela del parque con su nieto, en la chica que me adelanta trotando con los cascos puestos y ceñida en un chándal divino de la muerte, en el chico tumbado en el césped leyendo de su tablet. En ese mirar mío, un banco a la sombra me sale al paso, invitándome a descansar un rato. Acepto la sugerencia agradecida con una sonrisa y me siento. Creo que es buen momento para sacar mi Moleskine y anotar lo que me rondaba por la cabeza, antes de que la esquiva musa se desvanezca. Me pongo a escribir, pero al detenerme un segundo buscando en mi mente la palabra adecuada, mis ojos se posan en el respaldo del banco. ¡No puede ser! ¿Me persigues aquí también? Ahí está. Leo tu nombre, grabado sobre la madera, tal vez con unas llaves. La inspiración se ha dado definitivamente a la fuga y cierro mi libreta de un manotazo, decidida a no dejar que mis pensamientos ahonden en ti. Le dije al viento que no. Se lo repito ahora a la madera del banco. ¡No! Decido ignorarte y no perder la sonrisa, y echo a andar de nuevo.

Mis pasos me conducen fuera del parque y al cabo de un rato me sumerjo de lleno en una calle comercial y bulliciosa. Paseo tranquila, esquivando a la gente, parando de tanto en tanto para mirar un escaparate bien dispuesto o hacer una foto urbana a algo que llama mi atención. Mi estómago gruñe, recordándome que comí hace ya tiempo. Me viene el vago recuerdo de que en la siguiente manzana hay una pequeña cafetería, acogedora y deliciosa, y mis pies caminan directos a ella con ligereza. Pido un café a la vainilla y un croissant, y los saboreo mientras me vuelco enfrascada en escribir de nuevo. Me levanto a pagar, y ¡no doy crédito! El chico que me cobra luce sobre el uniforme la chapa con su nombre, que resulta ser... tu nombre. ¿Es obsesión mía o acaso una confabulación? Muevo la cabeza desechando el enfado que pugna por brotar y salgo a la calle. Me da la risa tonta. Es de locos. Será casualidad, no digo que no, pero tanta ya me escama.

De la risa paso a ver cómo mi voluntad es anulada, y mi cuerpo camina, empujado por una decisión que no sé ni cómo ni cuándo he tomado, pero, he debido ser yo, ¿qué otro si no? No soy una marioneta movida por hilos, aunque es así como siento este caminar dirigido. Llego a mi destino, abro la puerta sin poder evitarlo y entro. Si ha de ser así, que sea.

Tras algo más de media hora salgo de nuevo a la calle, sintiéndome extrañamente liberada, y notando un leve escozor en mi espalda. Tal vez este tatuaje que adorna ahora mi cuerpo te exorcice de mi mente... para siempre.


If this doesn't work, next thing to do is a spell