viernes, 6 de enero de 2012

A Special Gift

Llegaba a casa, acelerada como siempre, y molida, soñando con un baño relajante y espumoso. Había estado cuatro horas de reloj recorriendo el centro comercial casi tienda a tienda. Debido a su trabajo, que la mantuvo en un pequeño pueblito de Alemania más de lo previsto, no había tenido más remedio que dejar las compras de Reyes para el último momento. Y por suerte lo había logrado, ¡tenía regalo para todos! Aunque el aterrizar en Madrid la noche anterior, tener reuniones toda la mañana desde primerísima hora y patear las tiendas en pos del regalo perfecto toda la tarde, la habían dejado completamente exhausta. Aparcó su coche y sacó del maletero todas las bolsas. Su guapo vecino del quinto acababa de aparcar también y al verla con tanto paquete se ofreció a echarle una mano.


—Los regalos de Reyes del último momento, no me digas más —le dijo él—. Anda, deja que te ayude.

—Mil gracias, Darío. Calla, calla, que llevo dos semanas fuera en viaje inesperado y no he tenido otra opción. Vengo muerta, deseando tirar estos tacones por la ventana y zambullirme en la bañera.

—¿Todo regalos y ninguno para ti?.

—Bueno, —dijo pícara—, confieso que en plena carrera por el centro comercial pasé delante de un escaparate y tuve que desandar unos pasos, porque estos zapatos me dijeron 'please, please, ¡cómpranos!', igual que le pasó a Alicia con aquellos frasquitos que le decían 'bébeme', y no pude decirles que no —dijo Sandra poniendo voz a los zapatos como si hablaran, al tiempo que sacaba uno de la caja para mostrárselo.

—Ya me parecía a mí, ¡jajaja! ¡Muy bonitos, por cierto!.

Le tendió la bolsa de los zapatos y unas cuantas más, para poder llevar ella el resto, el bolso y el portátil.

—Si no es por ti me habría tocado hacer dos viajes —le dijo agradecida.

Ya había coincidido con él más veces, sobre todo en la piscina durante el verano, y claramente era un encanto. Aunque sabía que vivía solo y no tenía novia, no sabía cómo podía pasar al ataque directo, aunque solo fuera por disfrutar de una buena charla tomando una cerveza o cenando. Pero si era sincera consigo misma, por su mente pasaban escenas mucho más ardientes y tormentosas que las habituales en un bar. "En fin", —penso—, "al menos ahora lo tengo delante para mí solita durante cinco pisos".

Entraron en el ascensor desde el garaje y comenzó la subida, pero el ascensor paró en la planta cero. Era Inés, la amargada del segundo. A pesar de ver cómo iban de cargados, en lugar de tomar el otro ascensor se metió de cabeza en éste, haciéndose hueco a codazos y haciendo que Sandra, que se giró en el último momento, estuviera aplastada contra la pared hasta que llegaron al piso de Inés. Sandra pensaba que por culpa de esa petarda tenía menos tiempo a solas con Darío. Lo añadiría a la lista de motivos a favor de hacerle vudú algún día a esa bruja.

Inés se bajó en su planta y salió sin despedirse. Reanudaron el ascenso charlando brevemente y llegaron al piso de Darío, quien se ofreció a subir hasta el séptimo con ella. Sandra le dijo que no era necesario, que dejara los paquetes en el suelo y ella se apañaba perfectamente para sacar todo. Se despidieron y subió hasta su piso.

No bien cerró la puerta se descalzó y entró directa al salón, donde soltó todas las bolsas en el suelo, cerca del árbol de Navidad. Mañana las llevaría a casa de su hermana a la comida familiar. Entró al baño a abrir los grifos de la bañera y dejar que se llenara mientras ella se desvestía, y ya desnuda, fue a la cocina a por una copa y una botella de vino que abrió y se llevó al baño. Cerró los grifos y se metió en la bañera espumosa para relajarse, mientras dejaba su mente vagar y disfrutaba del primer momento de paz en dos semanas.

Esa noche ni encendió la tele, ni leyó, ni revisó los emails, ni nada. Salió del baño y fue directa a la cama, y cayó profundamente dormida al poco, recordando que de pequeña, en la noche de Reyes era cuando más le costaba dormir por los nervios de la sorpresa del día siguiente.

Amaneció totalmente descansada a eso de las 9:00. Se sentía hambrienta, y fue directa a la cocina a prepararse un desayuno reconstituyente y atómico: zumo de naranja, un par de tostadas con mantequilla y mermelada, un café y un mini sandwich de queso blanco. Dio cuenta de ello en la cocina, y cuando acabó, se preparó un segundo café y se lo llevó al salón, con la intención de abrir el portátil.

Al entrar en el salón vio las bolsas tal como las había dejado la noche anterior, y recordó la compra de sus zapatos. Era su regalo al fin y al cabo, así que, casi con la misma magia e ilusión que sienten los niños cuando llega la mañana de Reyes, se acercó al árbol de Navidad. Se sentó en el suelo y dejó la taza a un lado, alargando la mano para coger sus zapatos y volver a ver lo bonitos que eran. Abrió la caja y...

—¡Ooohhhh!

Seguramente en su papel de niña abriendo regalos planeaba soltar una exclamación similar, pero ésta brotó de su boca sin actuación alguna, completamente sincera. Sus ojos despedían chispitas de felicidad y releían una y otra vez la nota que había encontrado:


Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Yo que vosotros no olvidaba dejar esta noche un par de zapatos listos, por si acaso, que nunca se sabe, y hay regalos realmente especiales. ¡Felices Reyes!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Matching Machine


Confesad. ¿Cuántos de vosotros habéis pedido a los Reyes o a Papá Noel una pareja? Me da que más de uno. Pero tal como lo veo, ¡pide un bolso o una cartera!, por ejemplo, que les va a resultar mucho más fácil de conseguir.

Y es que... ¡Qué difícil es eso de encontrar al que, en tu interior, intuyes que sería tu pareja perfecta!

Jaime, ¡tan cariñoso y dulce!, pero demasiado servil; Laura, inteligente y divertida, pero una amante pésima; Pablo, de naturaleza vital, pero lleno de miedos y negatividad...

Cualquiera de esos ejemplos es válido. No es que una relación falle por una pega concreta, es una suma de muchos "peros", tuyos y del otro, que desgastan poco a poco y al final llevan la relación al traste. A lo largo del camino vas aprendiendo a apreciar algunas cualidades en el otro que consideras, si no básicas, sí importantes, con las que dibujas en tu corazón un prototipo. Puede que no seas consciente, pero ahí está, hecho de los pedacitos que te vas llevando contigo de cada una de tus parejas, con los que vas formando un  puzzle. Claramente no eres la misma persona a los 18 que a los 30 ni a los 50. Vas evolucionando, y van cambiando las cualidades a las que das más peso, el molde que perfilas se ve modificado. Y se guarde esa información en el corazón o el cerebro, ¡qué fácil sería si te pudieran hacer un análisis y captar la esencia de lo que buscas! Si fuera posible extraerla, ¡imagina una gran base de datos mundial de esencias en la que buscar tu pareja! Un potente software que, con tu esencia codificada como dato de entrada, pudiera dar con aquellas que son afines a la tuya, tal como vemos en las pelis la búsqueda de personas a partir de una huella dactilar, una cadena de ADN, una voz o un rostro. Un sistema que fuera fácil y sencillo, cuestión de unos minutos: lanzar el proceso de búsqueda y ¡tachán!, ver como resultado varios positive matchs. ¿Dónde? ¡Quién sabe! Aquí y allá. Tal vez en New York, San Petersburgo, Kenia, Lanzarote, Tailandia... ¡Uffff! Ver puntitos latiendo en la pantalla que indican que ahí existe una persona muy afín a ti. ¡Qué emoción! ¿Qué haces? ¿Preparar las maletas y escapar al aeropuerto? Hum... tal vez no sea tan sencillo, lo mismo te entra el miedo, y hasta te pasa por la mente que tal vez no resulte, pues piensas, y con razón, que ya en el pasado te has enamorado varias veces y no usaste ningún cachivache predictor, ni sabías a priori nada de las posibles compatibilidades con el sujeto. Te lanzabas a la piscina sin más, y siempre era un juego maravilloso, una aventura emocionante ir descubriendo al otro, y fuera por la Química, la Física o todas las ciencias juntas, terminabas colada, enamorada hasta la médula, presa en unas redes de las que no querías salir.

Speech recognition and fingerprint
Dando vueltas a la idea pienso que la chispa del amor salta muchas veces, y son después el tiempo, la rutina, la realidad o una mezcla de matailusiones variada lo que la va apagando pero, ¿funciona al revés? ¿Funcionaría una relación con alguien elegido para ti por una máquina? ¿Lograría encenderse esa chispa que te hace sentirte enamorado? ¿Surgiría el amor al cabo del tiempo?

Si existiera esa máquina de probables emparejamientos, el dirigirte a un destino concreto a conocer a alguien que encaje contigo según unos estudios, se me antoja como ir al encuentro de aquél que otros han elegido para ti al igual que en los matrimonios concertados, como abrir una lata de amor en conserva o una caja de pastillas prescritas para tomar 3 veces al día después de las comidas, como hacer el amor en un ambiente de laboratorio rodeada de cables y maquinitas midiéndolo todo.

Es ciencia ficción claro, pero decididamente me parece más divertido el proceso estándar de conocer a alguien sin necesidad de análisis previos, aunque no ocurra cuando te apetece sino cuando menos te lo esperas, lo cual es parte del encanto. Aun así, no sé yo qué haría si el puntito que parpadea en la pantalla estuviera muy cerca, tal vez en mi ciudad. ¿Podría resistir y no lanzarme al encuentro? Difícil asunto. Pero vamos, que mejor que no inventen esto por si acaso, que malo es que salgan pocos resultados y encima en la otra punta del globo, pero ¿y si no saliera ninguno? Al menos ahora, por muy bicho raro que seas, siempre tienes la esperanza de que en alguna parte del mundo debe haber alguien hecho para ti, aunque de momento no tengas ni idea. ¡Nah!, definitivamente creo que es mucho mejor que la ciencia dedique su tiempo a otras cosas. Y en cuanto a la carta a los Reyes Magos, lo del bolso está bien pero... ¿qué tal una petición especial de mejoras en el transporte? ¿Puedo pedir el teleport? ¡Ains!... eso sí que me vendría de perlas ;)

PD: Como este es el último post del año, aprovecho a hacer un brindis virtual por la vida y desearos a todos un ¡Feliz 2012!


jueves, 8 de diciembre de 2011

Amnesia

Los movimientos silenciosos de la enfermera controlando sus constantes vitales la despertaron. Seguía en el hospital. Había sido hallada sin conocimiento en un callejón, sin documentación ni pista alguna que permitiera identificarla. Llevaba ocultos en el sujetador 300€. Un atraco rápido probablemente, en el que la golpearon y salieron huyendo con su bolso, sin pararse a buscar más. Un taxista la había visto en su ronda nocturna y había avisado al 112. Eso fue la noche anterior. Afortunadamente no había indicios de agresión sexual y, aparte de un gran chichón en la cabeza, parecía estar bien, pero seguía sin recordar. El golpe que había recibido le había borrado su vida. Era extraño y desconcertante encontrarse en ese estado. Sólo podía juzgar su aspecto exterior. La imagen que le devolvía el espejo era la de una mujer de unos 32 años, de mediana estatura, delgada y fibrosa. Su melena cobriza enmarcaba un rostro ovalado en el que unos ojos azules la escrutaban queriendo recordar. Decidió que le gustaba lo que veía, pero seguía ignorando si era una buena persona o una perra malvada. ¿De qué sería el dinero? ¿El pago de alguien o simplemente un escondite temporal más seguro que el bolso? ¿Estaría preocupada su familia? ¿Tendría marido? Su vientre plano confirmaba que hijos no, algo que ya le habían comunicado los médicos a juzgar por la ausencia de cicatrices típicas de un parto. Por más que intentaba, no servía de nada cerrar los ojos apretando fuertemente los puños para lograr evocar imágenes, nombres o lugares. Los médicos le habían dicho que se tranquilizara y que, tal como se fue, su memoria volvería probablemente en las próximas 24 horas.

Se acercó a la ventana. Hacía un día primaveral y sintió envidia de los pacientes que paseaban por el jardín o se sentaban en alguno de los bancos a leer. No había necesidad de estar encerrada en la habitación, así que decidió estirar las piernas y salir. Tenía unas horas por delante de no saber, y ello le otorgaba plena libertad. Caminaba disfrutando del calor del sol en su cara. Había un banco que estaba libre y se sentó.

Bench in the park
Miraba hacia el cielo las formas caprichosas de las nubes, y pensaba que eso era ahora su vida, vapor de agua buscando dibujar las imágenes de su presente. "Aquella parece un caballito de mar. Esa otra era hace un momento un sombrero, pero se está agrupando con las de al lado y parece querer formar una cara", pensaba. "¿Será mi cara?", susurró. No había advertido que un hombre había ocupado el otro extremo del banco, y se sobresaltó cuando le dijo:

—¿Tu linda cara?

—¿Perdón? —replicó volviéndose hacia él como pillada in fraganti.

—Oh, perdona. Creo que hablabas sola, o con alguien allá arriba —dijo señalando el cielo—. Escuché la pregunta y no pude evitar contestar.

Ella se volvió hacia él. Era un chico aproximadamente de su edad. Tenía una sonrisa encantadora y franca, que le otorgaba un atractivo especial. Iniciaron una conversación y se dieron cuenta de que ambos estaban en la misma situación. Él había ingresado también la noche anterior víctima de un asalto. Había entrado en urgencias por su propio pie, descalzo, sangrando por una ceja y sin recordar ni quién era ni qué había ocurrido. Tampoco llevaba documentación o un teléfono móvil que pudieran ayudar a identificarle. Charlaron animadamente un rato acerca de esa extraña sensación de no pertenecer a nadie ni a nada, de no tener raíces, ni preocupaciones, ni obligaciones de ningún tipo.

—¡Vaya! Veo que mis dos casos de amnesia se han conocido —dijo el doctor que les trataba—. ¿O ya os conocíais? Es broma. No contestéis. ¿Todo igual?.

—Sí —respondieron al unísono.

—Bueno, pues no queda más que esperar.

—Doctor, —dijo ella—, justamente de eso hablábamos. Nos ha dicho que a juzgar por los análisis y pruebas que nos han hecho, recuperaremos la memoria en las próximas horas.

—Así es —dijo el doctor.

—Pues bien, siendo así, hemos decidido pedir el alta voluntaria para pasar el día recorriendo la ciudad. Seremos como dos turistas más con plano en mano, aunque sin cámara de fotos. Será más divertido que estar en el hospital, y tal vez se despierte lo que está dormido o alguien nos vea y nos reconozca.

—No quiero ser aguafiestas pero creo que no es conveniente. El plazo que les menciono es aproximado. No tenemos la certeza de que así será y...

Ahora fue él quien interrumpió al doctor:

—Ya, ya, lo sabemos. No hay certezas. Ustedes los médicos siempre curándose en salud. Pero escuche, doctor, está decidido.

—Muy bien. En ese caso no puedo detenerles, pero sí les pido que al menor síntoma extraño o preocupante vuelvan de inmediato, y sí me gustaría que en cualquier caso se pasaran por aquí en 24 horas para verificar su estado.

—Prometido, doctor. Llevaremos anotada la dirección del hospital y su nombre y así, aunque volvamos a sufrir más percances de memoria, volveremos aquí. ¿Le parece? —preguntó él sonriendo.

—Ok. No puedo negarme.

—Una cosa más, doctor..., —le miraba los pies y parecía dudar, pero se dio ánimos y prosiguió—, ¿cree usted que podría alguien prestarme unos zapatos o unas deportivas? Tengo la sensación de que con estas chanclas de felpa no llegaré muy lejos.

—¡Jajaja! Veremos qué puedo hacer. Va a tener suerte. Creo que calzamos el mismo número.

Ready to go
Quedó en recoger unas deportivas que guardaba el doctor en su taquilla y se levantaron alegres como dos chiquillos, corriendo a sus habitaciones, para hacer cuanto antes el papeleo, vestirse y vivir la aventura del olvido. Unos cuarenta minutos más tarde, salían del hospital. Pasaron todo el día juntos, yendo de acá para allá, del muelle al parque, de la zona comercial a las tascas del casco viejo, charlando y riendo, parando a desayunar, comer, tomar un café. Es curioso, pues no sabían quiénes eran, pero recordaban si les gustaba o no el sushi o el Chardonnay, sus ideas políticas, los personajes famosos, y mil cosas más, lo cual hizo que charlaran sin parar de infinidad de temas a medida que recorrían la ciudad, guiados por un plano que pidieron en un hotel. Parecían conocerse de toda la vida, y sin embargo no sabían nada de su pasado, pero congeniaban y claramente lo estaban pasando bien, no había más que verles.

Ella se detuvo un momento y se llevó la mano a los labios, como pidiendo silencio.
 
—¿Lo escuchas? —dijo.

Él se quedó quieto y giró sus verdes ojos como para captar el origen del supuesto sonido.
 
—Nop. ¿Qué cosa?

—¡Mis tripas! —remató ella riendo—. Tanta caminata me ha abierto el apetito y no recuerdo nada concreto de esta zona, pero... yo diría que un par de calles más allá hay varios restaurantes. ¿Cenamos?

—Andiamo! —dijo él emprendiendo la marcha.

Efectivamente un par de manzanas después llegaron a una plaza llena de restaurantes. Optaron por el que les pareció más tranquilo. Ya dentro, conversaban animadamente tomando un cocktail y un aperitivo mientras esperaban la llegada de la cena.

—Llevamos casi 24 horas amnésicos, —dijo ella—, ¿y si no recordamos nada? ¿Te ha venido algún destello de algo?

—No, la verdad, pero no me preocupa, ya vendrá. No tengo ninguna prisa por saber. Me siento bien y feliz.

—Sí, yo también, pero no me quito de la cabeza que tal vez nos estén buscando y... ¿sabes? No sé si quiero que me encuentren.

—¿De qué tienes miedo? —le preguntó él acariciando su mano dulcemente.

—Pues, te parecerá una tontería... Te conozco solo desde esta mañana, pero cuando recuerde mi vida temo no volver a verte, y no necesito recuperar la memoria para saber lo que ya sé. Querré verte —dijo mirándole a los ojos, y desvió la mirada hacia sus manos temiendo haber hablado de más.

Él soltó su mano y le agarró la barbilla para encontrar sus ojos de nuevo y le dijo:

—No me parece una tontería, sino una locura, —ella cerró los ojos como queriendo no escuchar pero él prosiguió y le hizo abrirlos—, una locura que también sufro yo. Jamás habría imaginado esto, pero no pienso asustarme por lo me está pasando, ni dar un paso atrás. No sé quién soy ni qué soy, y puede que el tema de la amnesia reste importancia a lo que voy a decir, pero... hoy he pasado el día más feliz de mi vida, y ha sido gracias a ti. No quiero perderte. Eres maravillosa.

—Tú también —dijo ella sonriendo.

¿Cómo decir? Era la típica escena en que una pareja se mira con ojos llenos de amor (de cordero degollado dicen, ¡qué horror!, prefiero pensar que no), y sobra todo lo que hay alrededor. La iluminación indirecta y tenue, las velas, la música que sonaba, todo contribuía a un ambiente romántico, y como no podía ser menos... se besaron. Un beso dulce, pequeñito primero, seguido de un segundo beso como afianzando la boca del otro, y de un tercer beso perfecto. Se separaron justo cuando el camarero les servía lo que habían pedido.


Hmmmm... A kiss
Cenaron tranquilos, hablando unas cosas y callando otras, pero para los postres, mientras intercambiaban algún beso más, ya habían decidido que el día en blanco que el Universo les había otorgado debía ser especial. Lo habían iniciado libres, dando rienda suelta a lo que les había ido apeteciendo a cada instante, y querían acabarlo igual. Dado que ninguno de los dos recordaba nada aún, lo tomaron como una señal para dejarse llevar y escuchar sólo a sus corazones y a sus cuerpos. El cerebro era el que había perdido la memoria, ¿no?, pues bien, no tenía voz a la hora de tomar una decisión. Que hubiera puesto más cuidado en saber dónde dejaba las cosas. ¡Mira que perder la memoria!

Salieron del restaurante y caminaron felices hacia el hotel donde tomaron el plano por la mañana, cerca del hospital y no lejos de donde estaban, pues habían ido dando un recorrido casi circular por la ciudad. Habían decidido pasar la noche juntos y descubrir por la mañana, juntos también, cuál era su vida si es que la memoria había vuelto para entonces. Hicieron el amor varias veces y quedaron dormidos, exhaustos y abrazados, a una hora incierta de la noche.

Fue ella la primera en despertar. Abrió los ojos sin saber dónde estaba. Miró tiernamente por unos minutos al hombre que la abrazaba y sonrió. Le despertó con un beso en los labios y diciendo:

—Buenos días, Mike.

Él abrió los ojos, somnoliento aún, y sonrió, atrayéndola hacia él. De pronto entendió y preguntó sin comprender del todo:

—¿Mike?

—¡Ajá! Ése es tu nombre —respondió ella viéndolo todo muy divertido.

—¿Has decidido rebautizarme y que nos fuguemos, princesa? Sé que ayer barajamos mil ideas, a cual más extraña. ¿Cómo quieres llamarte tú? ¿Puedo elegir un nombre para ti? —le dijo mirándola con ternura.

—Me temo que ya tengo nombre. Me llamo Diane.

Le explicó con excitación que ella ya había recordado quién era, y que no, no es que estuviera inventando un nombre para él, sino que ¡le conocía y sabía su nombre!. Fue contándole poco a poco todo lo que recordaba. Eran novios y vivían juntos. Se querían, pero llevaban más de medio año con continuas discusiones y la situación se había vuelto insostenible. Él la iba a dejar. La noche del accidente se habían peleado al salir de un restaurante. Cuando volvían a casa él no paraba de gritar y ella, viendo que no podía aguantar más frenó en seco, haciendo sin querer que él se golpeara en la ceja. Le ordenó que bajara del coche, y aunque al principio él se negó diciéndole que estaba loca, al final salió dando un portazo y dejando dentro los zapatos que se había quitado como siempre hacía. Hasta que él no recuperara la memoria no sabrían el resto de la historia, pero seguramente le atracaron por la zona donde le obligó a bajarse, pues no era muy recomendable y había frecuentes atracos.

Dark alley
Ella, por su parte, siguió conduciendo hacia casa. No paraba de llorar y el vino ayudaba a nublar su visión. Decidió aparcar y tomar un taxi. Necesitaba sacar dinero antes y paró en un cajero. La calle parecía solitaria y se sentía insegura. Sacó 300€ y en un acto reflejo se los guardó en el sujetador. Guardó la tarjeta en la cartera y ésta en el bolso, y echó a andar a buen paso hacia una avenida más grande para encontrar un taxi. Fue al pasar delante de un callejón cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza y todo se volvió negro. Debieron arrancar su bolso y salir corriendo, y un taxista la encontró poco después.

Paró un momento, y la diversión con que había empezado a hablar había terminado en una mirada triste. Él parecía recordar vagamente lo que ella acababa de contar, aunque en él el proceso iba más despacio.

—Diane, amor... Borra esa cara triste. No más discusiones absurdas, no más peleas, lo superaremos. Vamos a aprovechar esta oportunidad que se nos brinda. Y ya lo has visto, si el azar nos ha vuelto a reunir por segunda vez, será por algo. Tuve que perder la memoria para recordar lo mucho que te amo, pero no volveré a olvidarlo nunca más.

Se besaron, con la certeza de saber quiénes eran, mezclando sentimientos pasados y presentes y sintiendo su amor más real que nunca.

—¡Chocolate! —dijo ella con determinación y sonriendo tras el beso. Y ante la mirada perdida de él prosiguió, mientras se levantaba de la cama—. Una de nuestras estúpidas discusiones, amor. La de anoche fue por el color del sofá, y ya lo he decidido. Quiero un sofá color chocolate. ¡Qué bien que se acabaron las discusiones! —sonrió traviesa—. Y ahora me voy a la ducha.

—¡Tramposa! No creas que vas a salirte con la tuya porque me pilles en un momento de debilidad. No vale huir. ¡Ven aquí, que te vas a enterar! —dijo riendo y yendo tras ella.

Y se oyeron las risas de ambos, ahogadas en breves segundos por los besos.

jueves, 20 de octubre de 2011

Path of Pebbles To My Heart

Soy libre y feliz, pero si me conocieras bien y leyeras en mi alma, sabrías que tengo ganas de estar contigo, aunque aún no sé ni quién eres, ni tan solo dónde estás. Tal vez no es aún momento de que aparezcas en mi camino pero me apeteces. Y como no sabré si eres tú ni al cabo de dos horas, ni de dos días, ni tal vez de varios meses, me sigue valiendo lo que he hecho siempre y es vivir el presente.

Tengo la sensación de haber estado haciendo un puzzle durante toda mi vida, pieza a pieza pero a ciegas, sin ver la foto del resultado final. Adoro mi independencia (algo que no voy a perder por el hecho de hallar a alguien), pero echo de menos compartir contigo el día a día y los fines de semana, salir a cenar, ver una peli, hacer planes de escapada, "apechuscarme" cuando estoy mimosa o con el corazón "arrugaíto", disfrutar de una buena charla, comerte a besos si me da un ataque de amor y ¡tantas cosas!

Confío en que, algún día, toparás con el rastro de piedrecitas que he ido dejando en mi camino, y acaso, intrigado y aventurero, decidas seguirlo para ver dónde conduce. Y si llegas al final y es a mí a quien encuentras, tal vez me halles dando un paseo por las nubes o perdida en mis pensamientos soñándote mientras salto de estrella en estrella, así que no lo dudes, chístame, silba, bésame, haz algo que me traiga a este mundo de vuelta para verte, olerte y sentirte, y tal vez después volver a perderme, sí,... pero contigo :)

tiny pebbles
Tiny pebbles by caris j

sábado, 10 de septiembre de 2011

Not Anymore

Llevo más de la mitad de mi vida fumando, y tras varios años acariciando la idea de abandonar este hábito definitivamente, esta semana fue la elegida. ¿Por qué no antes? Pues supongo que porque el fumador buscará siempre mil y una excusas para zafarse y postergar la decisión: que el 1 de enero no es buena fecha con toda la de eventos familiares y con amigos que quedan (como si fumar los hiciera más divertidos); que casi mejor después de las vacaciones no sea que me dé un poco de ansiedad y me ponga irascible; que cuando apruebe los exámenes; que total no fumo tanto (esto te lo dicen los que fuman mucho más que tú, no te engañes); que ahora no, porque estoy en plena crisis con mi novio (o mi vida o mi trabajo) y no aguantaría; que cuando pierda unos kilitos, que sé que engordaré al dejarlo y no quiero estar como una vaca burra, y así ad infinitum.

Se acabaron las excusas para mí. Decidí enfrentarme a lo que todo fumador sabe:

  • no está rico: quien diga lo contrario miente, por muy rico que nos creamos que nos sabe y si no, recuerda a qué te supo aquel primer pitillo,
  • es un ataque directo a nuestra salud: varias de nuestras delicadas piezas internas sufren por ello aunque no lo veamos por fuera,
  • hace que nuestros dientes y dedos amarilleen, que nuestros labios y ojos se frunzan al dar cada calada, aumentando las arrugas,
  • nos envuelve en un olor apestoso (nos gastamos dinero en geles y perfumes para después echarnos un poco de eau de cigarette y fastidiarlo todo),
  • cada vez está más caro,
  • está de moda no fumar, abrazarse al verde y dejar de ser un paria

En resumen: es dejarse una pasta en fastidiar la salud consumiendo, cada vez en menos lugares permitidos, algo asqueroso que no alimenta ni es vital para el organismo, que nos hace oler a demonios y nos pone cada vez más feos, por dentro y por fuera.

Cada vez que pienso lo absurdo del tabaco me pongo negra. Y es que lo es de todo punto: sujetar entre los dedos, con mayor o menor estilo, un pequeño objeto cilíndrico, —el pitillo—, para inhalar una suerte de gas venenoso y expelerlo poco después, proceso el cual no nos alimenta ni proporciona nada necesario para nuestro organismo, sino que se encarga de mermar un poquito más nuestra salud y nos deja mal olor. Y si a eso le añadimos un temporal de lluvia, hielo, nieve, granizo, o de lo que sea, ahí estará el aguerrido y valiente fumador para luchar contra viento y marea y conseguir llevarse a la boca el pitillo para dar una calada. Absurdo no, lo siguiente.

Si antes de caer en el vicio del tabaco alguien nos hubiera contado que íbamos a estar dominados por un objeto de apenas unos 7 cm no lo habríamos creído. E igual que ahora, años después de las prohibiciones que se van extendiendo por todo el mundo, nos parece casi imposible que se fumara en autobuses, aviones, salas de espera de hospitales, etc y no hace tanto de todo ello.

Así que inicié mi aventura de vuelta al redil el lunes. Preferí hacerlo en jornada laboral, y más ahora que vuelvo a salir a las seis. No me costó demasiado resistir el primer día. Martes. Genial, ya llevaba dos de dos, y eso que salí a cenar con cuatro amigos, todos ellos fumadores. Miércoles. Seguía imbatible. Jueves. No sé qué pasó el jueves, pero caí. Sí. Dos o cuatro, ¡qué más da!, pero me fallé a mí misma. Muy mal, me dije. Muy mal, muy mal, muy mal. Pero de pronto, aunque aún lejos de optar por infligirme el harakiri, paré de autocastigarme. Igual que no actuarías así con un amigo, ¿por qué hacerlo contigo? No, he de animarme, pensé, ser dura, sí, pero no hasta ese punto, y confiar en mí, porque sé que puedo.


No es igual de sencillo para todos los que lo intentan. Cada uno busca sus motivaciones y apoyos, pero siempre es una decisión personal. En mi caso, sigo firme en mi propósito de dejarlo, pero me faltó tal vez el apoyo de alguien que te anime cuando estás a punto de recaer, alguien que no te deje engañarte de nuevo y te recuerde que tú también puedes lograrlo. Ese alguien existe, y no es sólo una persona, sois muchas, así que, no, no me he rendido. Y pronto llegará el día en que, cuando me ofrezcan un pitillo, diga orgullosa con una sonrisa: "No, gracias, no fumo. Ya no".

lunes, 22 de agosto de 2011

Are You A Pícaro?


Cuando te cobran de menos en una tienda o restaurante, ¿les avisas del error? Y si encuentras una cartera con dinero y la documentación del dueño, ¿intentas devolvérsela?

Circulaba la semana pasada con la radio puesta. Sonaban las noticias. Hablaban de la subida que el billete de metro y autobús había experimentado y las protestas que ello causó, unidas también al hecho de que había descuentos para los peregrinos de la JMJ. El locutor contaba que los "descontentos" amenazaban con colarse pues eso de hacer diferencias por religión era discriminatorio, y que el Consorcio de Transportes había dicho que tal acción llevaría multa. El Consorcio recordaba también que el abono especial de los peregrinos no debería usarse una vez terminadas las jornadas, pero que, de hacerlo, sus usuarios no serían multados. Pensé de inmediato que, probablemente los peregrinos de otros países que permanecieran en Madrid, pasadas las fechas de validez del abono, no lo usarían al no estar permitido, pero que los peregrinos españoles sí lo harían, y más sabiendo que no habría multa aunque les pillaran.

Todo ello me hizo meditar en todas esas ocasiones en que el ingenio te permite detectar un agujero en el sistema, y dependiendo de lo ética que seas, lo usas en tu beneficio o no, pero estás programado de tal modo que, detectarlo lo detectas. Supongo que es la llamada picaresca, un tópico más de españoles y latinos en general, que tiene connotaciones negativas por mucho pecho que a veces se saque presumiendo de ello, y que tiene más de caradura y artimañas disfrazadas de simpatía que de otra cosa.


El Lazarillo de Tormes y el ciego (Salamanca)
Me viene a la mente el cine de Boston, por ejemplo. Tras pasar las taquillas y el área hacerse con palomitas y “bebestibles” para la peli, hay varias salas para las películas que se proyectan. Hasta ahí, todo normal. La alerta no salta aún en el pícaro. Pero tras ver la película de turno, descubres que la salida de la sala no da a la calle o a algún espacio concreto, de modo que te obligue a entrar de nuevo en el cine y pasar por taquilla para ver otra película. No, nada de eso. Sales a la misma zona donde se encuentran las puertas de acceso a cada sala. Bing! Se activa la alarma y descubres el fallo en el sistema, porque puedes entrar en otra sala donde acaba de comenzar otra película. Nadie se va a enterar si eres discreto. Termine colándose o no, ¿le asalta este pensamiento a un noruego, por ejemplo?

Y también recuerdo el boom de una de las máquinas de vending en el edificio donde trabajaba hace tres años. Alguien descubrió que al cargar la tarjeta, si no la retirabas, la máquina entraba en una especie de bucle y seguía añadiendo dinero a tu tarjeta monedero sin necesidad de volver a insertar monedas, hasta un tope de 6€. Os podéis imaginar el éxito que de pronto empezó a suscitar la mencionada maquinita de cafés. Los reponedores del resto de máquinas de comestibles variados se hacían de cruces y andaban investigando sin poder averiguar dónde estaba el pufo, pues desaparecía la mercancía pero las pocas monedas que contenían los cajones de cada máquina, no cuadraban con lo “vendido”. También es cierto que, una cosa era realizar una recarga extra de la tarjeta, por aquello de compensar todos los cafés erróneos que te dio, los donuts pasados de fecha o cualquier caso en que tu dinero se fue al garete, y otra muy distinta era sacar todo lo posible de las máquinas e irse a casa con la “compra” de las bebidas, zumos y demás productos hecha, y encima gratis. Hubo gente que se pasó tres pueblos y salía diariamente con bolsas repletas, hasta el punto de que si tenías hambre por la tarde, no había modo de encontrar nada que llevarse a la boca. La “promoción” duró un par de semanas, hasta que por fin, alguien, con un punto ético y honrado o con suficientes remordimientos, dio el aviso y señaló el fallo de la máquina y todo volvió a la normalidad. ¿Habría realizado esta recarga “mágica” un japonés?

He visto este tipo de actitudes toda mi vida. No sé si sólo se da en los latinos, como si tuviéramos un gen de Lazarillo de Tormes y usáramos ese ingenio y picardía de modo natural, o si también el resto de los europeos y gentes de otros países y continentes actúan igual. ¿Tú qué opinas? ¿A qué se debe esa antena especial detectora de "picardías"?

jueves, 11 de agosto de 2011

Just Feel It & Live It

—¿Me da un amor de fin de semana? —pidió un chico.

—Yo quiero uno para el verano, por favor —clamó ilusionada una señora.

—No se me arremolinen, tengan paciencia que hay para todos. Por favor, un poco de orden, he de atenderles uno por uno —se alzó con calma la voz del anciano al otro lado del mostrador—. No sé yo por qué deseché eso del turnomatic.

Entre las peticiones al dependiente y las conversaciones cruzadas, la algarabía era enorme.
 
—¿Le quedan frascos de un año? —preguntaba un trajeado caballero.

—Uno de una noche para mí —gritó otra mujer al fondo.

—Yo..., yo quiero amor eterno —dijo una dulce voz desde el fondo de la tienda.

Todas las personas que abarrotaban la estancia callaron de repente y cada una de las cabezas se volvió hacia la joven que, desde la puerta, agitaba aún su mano levantada y se empinaba de puntillas para hacerse ver. La luz brillaba en sus ojos soñadores que parecían flotar sobre un mar de pecas, y su boca seguía entreabierta, expectante por escuchar una respuesta afirmativa.

—¿Amor eterno? —dijeron varios a coro, y las carcajadas llenaron la tienda, rebotando en las paredes y multiplicándose en ecos, como si alguien le hubiera aplicado algún extraño efecto de reverb a una, ya de por sí, confusa pista de audio.

La extraña petición provenía de una chica muy joven. Debía rondar los 19 años. Se había quedado petrificada en la puerta al sentir sobre ella vueltas todas las miradas. Bajó lentamente la mano cerrando la boca, como a cámara lenta, y una pátina de tristeza e incomprensión se adueñó de sus ojos.

El Sr. Kuπdo se aclaró la garganta y pidió un poco de silencio para terminar de sofocar las risas y comentarios. Se dirigió a la joven diciendo:

—Acércate, jovencita, y déjame que te cuente. Eres nueva en la aldea, ¿verdad?

—Sí —asintió en tono casi inaudible, mientras se aproximaba al mostrador por el pasillo que la gente abría ante ella a medida que avanzaba—. Llegué ayer. Me dijeron…, me dijeron que aquí encontraría…

—Amor eterno —completó el anciano—. Te engañaron, pequeña. El amor no tiene duración conocida de antemano, no tiene fecha de caducidad conocida, ni tiene garantías de eternidad o de éxito. Todas estas personas y sus familias llevan aquí toda la vida, y por ello ya saben qué encontrar en mi humilde tienda. Han cambiado los tiempos y mi familia se ha adaptado a ellos, pero el amor siempre ha sido así, por mucha poesía y novela romántica que indique lo contrario.

El Sr. Kuπdo se ajustó las gafas y, aclarándose la garganta, prosiguió:

—Deja que te explique. Me llamo Evol Kuπdo. Habrás oído hablar sin duda de mis antepasados. ¡Qué tiempos! Flechas doradas con plumas de paloma para el amor, o de plomo con plumas de búho para la indiferencia.

—¡C…up…ido! —exclamó Nayh llevándose la mano a la boca como para ocultar semejante idea.

—Veo que sabes de qué hablo, jovencita. Ese método daba mucho trabajo, como podrás imaginar, y había que adaptarse a los tiempos. En la actualidad, sólo se administra amor.  ¡Que no está el mundo para complicaciones extras de añadirle desdén e indiferencia a los que ya desarrolla el ser humano por sí solo! —dijo con vehemencia—. Ocurrió que, uno de mis antepasados, hace ya varios siglos, era entomólogo, y realizó experimentos y cruces muy complejos de mosquitos diversos, que le permitieron obtener lo que llamamos en la familia el culex amoris o mosquito del amor. Es resistente a las extremas temperaturas de glaciares y desiertos, a la humedad de las zonas tropicales y a la contaminación de las ciudades, con lo que está por todas partes. Su picadura inocula una pequeña cantidad de la esencia a cambio de un poco de sangre, y el efecto en los humanos es el desarrollo de un sentimiento de amor hacia el humano que tienen más cerca o que antes entra en su campo de visión tras la picadura.
En el fondo parece un tipo majo, ¿no?
Evol hizo una pausa para beber un poco de agua. Sentía la boca seca, pero le encantaba tener audiencia y disfrutaba contando la leyenda de los Kuπdo. Desde el momento en que empezó, todos los allí presentes le escuchaban boquiabiertos a pesar de que, salvo Nayh, conocían la historia, y ninguno había hecho ademán de salir de la tienda ni mostraba tener prisa, aunque apenas unos minutos antes el local era un guirigay de voces que pedían ser atendidas.

El anciano carraspeó y reanudó la historia:

—Querida niña, la fórmula es la misma que se usaba antaño, y los resultados no han variado. Esta pequeña tienda es la única en el mundo que distribuye gratuitamente la poción en minúsculos frasquitos con distintas dosis, y perdura aún hoy por tradición a través de los siglos, ya que es en esta aldea donde surgió el laboratorio que creó aquel mosquito del que te hablaba. Entenderás que había que hacer pruebas sobre la población. Los aldeanos de entonces se prestaron voluntarios para probar los efectos y ganaron con ello el derecho de suministro para siempre.

—Pero, Sr. Kuπdo, no lo entiendo. He escuchado cómo pedían amor para una noche, un fin de semana, un año… ¿por qué no va a ser posible más tiempo?, ¿por qué no para toda la vida?

El anciano sonrió ante la inocencia de Nayh y le dijo:

—Cupido era travieso y usaba las flechas de forma caprichosa, como caprichosa es la picadura de los mosquitos. John puede ser picado y enamorarse de Susan. Aunque ésta le corresponda, cualquiera de los dos puede ser picado por un nuevo mosquito que eche por tierra la aventura de la pareja, y ello puede ocurrir en cualquier momento. Los frasquitos que entrego tienen distintas dosis y concentración, de ahí las curiosas peticiones que escuchaste, lo cual no da garantía de que sea esa la duración del efecto como bien detalla la etiqueta impresa, pues mosquitos hay en todas partes y en concreto, en esta aldea, estas gentes usan además la esencia contenida en cada frasco para dejarla escapar ante la persona elegida, o a veces arbitrariamente, jugando a ser el culex amoris ellos mismos. Saben que no hay garantías, pero se aseguran de disfrutar de un poco de amor y lo viven intensamente, que es como debería ser vivido, sin lanzar la vista al mañana perdiendo el instante del hoy.

Nayh quedó muda ante la explicación y un tanto abatida. Había cruzado el país de punta a punta porque llegó a sus oídos el rumor acerca de la pequeña aldea. Había sufrido su primer revés y había roto con su novio al pillarle con otra. Se le partió el corazón, y pensó en hacerse con un frasquito de la mágica esencia y poder usarlo para recuperarlo. Ahora comprendía que no habría certeza.

Una mujer que se hallaba junto a ella le tomó del brazo y le dijo:
 
—Cielo, me parece leerte el pensamiento y, créeme, no es el fin del mundo. Anima esa cara. Antes de que te des cuenta te habrás vuelto a enamorar, y tal vez tengas más suerte la próxima vez, pero como dice Evol, no hay garantía alguna. De todas formas, —prosiguió—, no dijo que no exista el amor eterno, pues sí han existido parejas que se han amado toda la vida, sino que nunca tendrás la certeza de que será eterno. No persigas ese sueño porque si lo haces, dejarás pasar tu vida tontamente. Hazme caso, pídele un frasquito para una noche y sal al mundo. Vive una noche como si no hubiera un mañana. ¿Quién sabe? Tal vez te dure mucho tiempo.

Tras las palabras de la mujer, todos empezaron a animar a Nayh a que lo probara sin miedo. Ella se sintió tan el centro de atención y tan arropada que venció sus reservas iniciales, y apoyando los codos sobre el mostrador con decisión dijo:

—¡Está bien! Sr. Kuπdo, por favor, ¿puede darme un amor de una noche?

Mientras Evol le tendía el pequeño frasco, hubo aplausos espontáneos para la joven que decidía enfrentar y vivir la vida intensamente. Nayh sujetó el pequeño tesoro, dio las gracias a todos y caminó hacia la puerta extrañamente feliz. Se detuvo un instante en el umbral, aspiró ansiosa el fresco aire de la noche y dio un paso con decisión, o más bien con demasiada decisión. En su aturdimiento no reparó en el chico que caminaba apresurado por la acera, y el destino quiso que chocaran bruscamente. Ambos cayeron al suelo, provocando que el frasquito se rompiera y dejara escapar su esencia mágica. Se pusieron en pie, frente a frente.

—Lo siento muchísimo. Iba tan rápido que ni te vi —dijo él.

—No, fue culpa mía. Salí sin mirar, la verdad —se explicaba Nayh.

—Tuya o mía, ¡qué más da! El golpe me ha hecho olvidar adónde iba con tanta prisa, y la verdad, me alegro de haberme topado con esas pecas tan divertidas —y la sonrisa que asomaba en su cara era de auténtico placer—. No me suenas, esta aldea es pequeña y te aseguro que tus ojos son imposibles de olvidar. ¿Puedo quitarte el susto invitándote a tomar algo mientras me cuentas de dónde vienes?

—¡Claro que sí!, —dijo Nayh resuelta colgándose de su brazo—. ¡Tú diriges!